TsEdi, Teleservicios Editoriales, S. L. — Junio 2, 2006, --

* Ejercicio 30 - Páginas siguientes

En el ejercicio anterior redactamos las dos primeras páginas del libro.

En este ejercicio continuaremos escribiendo como mínimo las dos páginas siguientes, intentando mantener el mismo estilo y provocando intriga en el lector para que siga leyendo nuestro libro.

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  1. Comentario de Facrumio @ Junio 4, 2006, --

    – ¡Uao! Cuanto quisiera un día no necesitar calzados- dijo Juan- ¿Que tengo que hacer para eso?.

    — Algún día ya no los necesitaras. Algún día…– dijo don Julio suspirando—Y continuó– El camino es largo Juan, y al final tendrás que subir la montaña. Cada cual tiene una misión secreta aquí en la vida. Tan secreta que ninguno es capaz de encontrarla así como así.

    - ¡Oh!- exclamo Juan, soñando con el gran momento de subir la montaña o de encontrar su misión.

    A partir de aquel momento Juan buscaba incesantemente la manera de conocerse, vencerse y algunas veces aceptarse. Se dio cuenta de que en el conocerse a si mismo se confundía mucho; pues innumerables veces se descubría examinando las cosas como el creía o quería que fueran y no como realmente eran. Avanzaba, se caía, se detenía…, y poco a poco…, se descubría.

    Así transcurrieron tres años. Tenía la base del conocimiento de si mismo. Había aprendido que todos los problemas se solucionaban desde uno porque allí se originan. En uno mismo. Pensaba para si: “Entramos en conflicto porque guardamos intereses personales muy escondidos en nuestro interior.” Descubrió que cuando no existía ningún interés; ni humano; ni espiritual; no surgía el conflicto. Aprendió que los demás no pueden ver sus faltas mientras las viven, de la misma manera que el artísta no puede ser espectador; y que la mejor manera de ayudarlos en esa situación era cuidándolos, estando a su lado para ayudarlos a levantarse, quedándose quietos; así como cuida la gallina sus pollitos. Protegiéndolos, curándolos si se herían con sus propias espinas (pensamientos dañinos), dejándolos ser.

    En este aprender el amor fue la lección más fuerte y edificante que encontró. Solo aquellos que aman o han amado lo conocen. –Se decía a si mismo– “Es la fuerza que mantiene unidas las partículas y átomos que sostienen la existencia”. —Y pensaba– “La muerte es dejar de amar”; El infierno es estar lejos de Dios.

    Encontró Juan dentro de si mismo una fuerza que lo volvía mas joven (la fuente de la juventud), que le daba fuerzas después de quitársela; que coloreaba la vida después de un día nublado. Se sorprendía de que todos pudieran ir a esa fuente, pero no todos pudieran bañarse en sus aguas puras y cristalinas. Esa fuente, según el zapatero, nacía en el corazón y corría por los sentimientos hacía fuera; saliendo sus torrentes por los espejos del alma que tenemos en la cara: “los ojos”.

    Juan no era el mismo de antes; sus zapatos ya no se gastaban tanto en el talón había cambiado su forma de caminar, de hablar, de respirar…

    Ocurrió en un día lluvioso y frió cuando se dirigió donde “el zapatero” y le dijo:
    — Debo atravesar la gran montaña para entonces descender al valle de los peregrinos y guiarlos hacia la gran morada.

    -El zapatero se estremeció y sus manos fuertes temblaron levemente al escuchar esto, y le dijo:

    — Mi gozo, es el gozo de todos en tu peregrinar. Tu llanto y tu dolor será el gozo y el llanto de todos al no encontrar su misión, más, tú la encontraras.

    Juan se quedo callado escuchando a ese amigo viejo que siempre le ilustro el sendero y después de un silencio entrecortado solo por los grillos del bosque le dijo:
    –Don Julio, ¿Por qué detuvo su caminar?, entiendo que decidió ayudar a los transeúntes, pero quizás los hubiera ayudado mejor si hubiera atravesado la montaña y bajado al valle. ¿Qué le hizo detenerse?

    — Pues veras, –contesto el zapatero– en el sendero que hoyamos, los caminos se abren ante nosotros. Cada camino asciende, pero no de la misma forma; aquel que se baña en las aguas del verdadero amor no se mansilla nunca en los momentos del existir. —En ese momento Don Julio se quedo callado y pensativo como evocando viejos recuerdos y el viento de la noche puso mas sobrio el instante al peinar su cabello blanco. — Conocí hace muchos años a una mujer; una mujer que con su ternura y su compasión cautivó mi atención, quise ayudarla, me involucré, … y me perdí en su mundo. Viví todo lo que vive un ser humano; sentí que moría; a pesar de saber que lo que no ha nacido no puede morir y lo que no muere, nunca nace. Me entregué a la vida y viví. Descubrí la grandeza más alta al que llega un mortal en alas del amor. Sentía la vida en cada latido, en cada suspiro.

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