Creatividad Segundo Ejercicio

Filed under: Creatividad - Segundo ejercicio — sindescanso at 2:58 pm on Martes, diciembre 21, 2010

Nevó durante toda la tarde. Por fin paró un poco y salí a la calle. Pero no había forma de caminar sin dejar huellas. Me encontrarías. Entonces llegó ella, con su flamante coche rojo y oliendo a puta barata. Entró en tu casa por la puerta principal y yo aproveché las rodadas de su coche para alejarme. Puse cuidado en tapar la nariz con un pañuelo para que no cayeran las gotas de sangre sobre la nieve.

Recordaba el día que nos conocimos. Era una de esas reuniones en las cuales se decidiría quién sería la próxima víctima. A quién seguiríamos, de qué empresario nos encargaríamos para averiguarle las evasiones al fisco, de cuál esposa de ministro nos encargaríámos de averiguarles hasta la talla de la ropa interior. Lo nuestro no es espionaje o terrorismo.? Lo nuestro es trabajo de segunda, poca cosa, sacarle los trapos sucios a la gente. Tal vez por eso somos desagradables y solitarios. Tú, en cambio, eras simpático. Apareciste ese día con una asignación especial y necesitabas ayuda. Yo estaba disponible y mi jefe me condenó a ser tu compañera en esa misión. Si hubiese sabido el peligro al que estaba enfrentando…

Pasábamos horas estudiando al sujeto, el secretario privado del ministro de Exteriores. Un verdadero pervertido sexual. La política siempre me había dado asco pero desde que empecé este trabajo me di cuenta que para ser político hay que estar enfermos de una forma u otra.

No sé si por las largas horas espiando en un coche, o en un hotel, o analizando los datos en tu casa, lo cierto es que terminamos enredándonos estúpidamente. Tú me lo habías dicho que tenías a “la otra” que no era importante en tu vida, que te habías enredado con ella en una de esas noches de palos y que simplemente se acostaban pero no tenían más nada. Yo en cambio, según tú, tan inteligente, tan callada, tan distinta, te volvía loco, me decías. Y yo te lo creía. Tal vez porque me sentía demasiado sola o porque el seguimiento que le hacíamos al sujeto agitó mi imaginación.

Lo cierto es que esa noche que terminamos en la cama. Pasamos semanas retozando y cuando llegaba el tema de “la otra” siempre me decías lo mismo, que al día siguiente hablarías. Pero pasaron los meses y nada. Siempre nos teníamos que ver a hurtadillas. Hasta que me harté.

Fui ese día a decirte que no quería que siguiéramos juntos. Que se había acabado esa relación y tú te pusiste violento. Me agarraste por las muñecas y forcejemos mientras te decía que me soltaras. Hasta que me diste una cachetada que me hizo sangrar la nariz. Te asustaste, sabías que habías pasado de la raya. Me pediste perdón y me suplicaste que me quedara contigo. Cuando te dije que me quería ir, empezó la violencia nuevamente. Más golpes y más sangre. Hasta que te juré que no me iría de tu lado. TE llegó una llamada, me amarraste a la cama con las esposas y te fuiste.

“Ya vengo” fue lo ultimo que escuché decirte. Empezó a nevar y el frío me entraba en los huesos.

Estaba casi inconsciente cuando te fuiste pero al recobrar las fuerzas, empecé a forcejear con las esposas. Se te había olvidado que yo sabía de esas cosas. Logré zafarme, con el corazón palpitándome por el miedo a que volvieras, me acerqué de puntillas a la puerta de la habitación. No había nadie en la casa. Seguí con cautela, apretándome la nariz con un pañuelo. Perdía muchísima sangre. Por fin llegué a la puerta principal y logré escapar.

Espejo

Filed under: Creatividad - Segundo ejercicio — Val at 11:04 pm on Domingo, noviembre 14, 2010

Nevó durante toda la tarde. Por fin paró un poco y salí a la calle. Pero no había forma de caminar sin dejar huellas. Me encontrarías. Entonces llegó ella, con su flamante coche rojo y oliendo a puta barata. Entró en tu casa por la puerta principal y yo aproveché las rodadas de su coche para alejarme. Puse cuidado en tapar la nariz con un pañuelo para que no cayeran las gotas de sangre sobre la nieve.

No sé bien por qué te cuento todo esto, no debería escribirte más, pero tengo esta absurda costumbre de hablar contigo todo el tiempo. Suelo pensar que es nuestro tiempo, pero creo que me has sacado de esa ecuación. Ahora malgasto mis horas vigilándote y cuando llega ella, a la que le dedicas las palabras que deberían ser para mí, corro, me escapo, el dolor no me permite permanecer ahí. Esta vez choqué contra la puerta, estaba tan concentrada en registrar cada olor que casi pierdo la nariz en el intento. Caminé por sus huellas y cuando por fin llegué a mi coche, entendí que en algún momento mi vida se diluyó en la tuya y en todo esto no te perdí a ti, me perdí a mí. Ha nevado más de una tarde en mis huesos y ahora puedo ver que llevo meses tratando de encontrarme en tu forma de verme, puedo ver que este aferrarme a ti me aniquila. Hoy voy a verme en el espejo, sin tu mirada, con la mía, voy a buscar mi propio olor, voy a cantar mi canción, voy a dejar esta obsesión de seguirte con el alma y voy a reinventar mi tiempo. Hoy voy a aceptar que tengo más que una nariz rota y con los pedazos voy a hacer una obra intensa, segura y viva. Y así cuando te vea, cuando te recuerde podré agradecerte por las alas que sin ti, nunca hubiera conseguido.

La tela de araña. Creatividad – Segundo ejercicio-Kattia M.

Filed under: Creatividad - Segundo ejercicio — Kattia M. at 11:23 am on Martes, octubre 12, 2010

Nevó durante toda la tarde. Por fin paró un poco y salí a la calle. Pero no había forma de caminar sin dejar huellas. Me encontrarías. Entonces llegó ella, con su flamante coche rojo y oliendo a puta barata. Entró en tu casa por la puerta principal y yo aproveché las rodadas de su coche para alejarme. Puse cuidado en tapar la nariz con un pañuelo para que no cayeran las gotas de sangre sobre la nieve.

¿Quién conducía su coche?

Me quedé con esa ? gran duda, ya que ella entró por la puerta sin ninguna preocupación, tan segura de sí misma, el coche lo llevaría algún “mandado” tuyo seguro, tenías todo muy dispuesto siempre, el dinero siempre te guardó las espaldas.

Seguridad, eso es lo que me gusta de las putas, y hablo de las putas que son de “alto standing” como las llaman, como ellas? se hacen llamar, tanta seguridad les abre las puertas a ser llamadas como ellas quieren, a estar donde quieren estar, a estar ¡como a ellas les da la gana!

Esa seguridad es la que supongo yo, es la que te tiene atrapado en la tela de araña que tú mismo has tejido, con tu dinero, con tu poder, con tu falsa seguridad, eres preso de tu propia lujuria mental, de tu propio veneno de vicio…

-? ? ? ? ? ? ? ? ? ¡Mariana! ¡Despierta!
-? ? ? ? ? ? ? ? ? ¿Qué ha pasado?
-? ? ? ? ? ? ? ? ? Estabas dormida, soñando con musarañas seguro.
-? ? ? ? ? ? ? ? ? ¡Fufffffffff! He tenido un sueño, de guión de cine.
-? ? ? ? ? ? ? ? ? ¡Ja! Qué raro, tu soñando en formato cliché.
-? ? ? ? ? ? ? ? ? Y que quieres que haga? Tengo una imaginación que vuela.
-? ? ? ? ? ? ? ? ? Lo que tienes que hacer es levantarte y volar de verdad que si no, llegarás tarde al trabajo.
-? ? ? ? ? ? ? ? ? Ok, seguiré dándole vueltas a esto, creo que mi subconsciente me está reclamando atención.

Voy caminando despacio, con un hilo de pensamiento nacido del sueño:

Papá, nunca he querido verte ni quererte, solo quiero saber:

Por qué el amor por tu propia sangre, no ha sido suficiente para poder dejar de tejer telas de arañas para las putas, para el alcohol, para las drogas y vicios sin fin.

Por qué tanto desprendimiento inoportuno? y tanto derroche de insensibilidad.

Por qué has querido ser un caníbal de ti mismo, te has ido comiendo desde adentro hacia afuera.

Por qué has permitido que los demás lo veamos, lo sintamos y lo recordemos.

Hay cosas que puedes contestar ¡qué suerte! Te concedo el placer de no tener que responder a las preguntas que solo me incumben a mí.

Por qué sigo soñando con tus putas, tus borracheras y tus vicios de media noche.

Por qué siempre yo,? tan desprendida del amor eterno, de la falta de confianza en la gente, de la falta de ganas de comprometerme ni conmigo misma.

Por qué sigo queriendo preguntarte.

Me ha contado mi madre, que la noche en la que llevaste a esa puta a vuestra casa, ella estaba organizando una cena expectacular para darte la sorpresa, una cenita con velas y con música de “Los Iracundos” que a ti tanto te gustaban, te iba a dar la noticia, de que yo llegaba al mundo.

De repente empezó a sentirse mal, un poco mareada, así que se fue al cuarto de baño a echarse agua fría en la cara para refrescarse, y se encontró con que sangraba por la nariz,? entonces se dio cuenta de que tenía toallitas húmedas y algodones en el cuarto de los abarrotes, en el jardín.

Pero no podía salir porque no paraba de nevar, así que esperó un poco.

Sonó el teléfono.

-? ? ? ? ? ? ? ? ? Blanquita, ¿está sentada?
-? ? ? ? ? ? ? ? ? Hola Conchita, ¿por qué me pregunta eso?
-? ? ? ? ? ? ? ? ? Es que le tengo que dar una noticia un poco fuerte.
-? ? ? ? ? ? ? ? ? Bueno, diga nomás, ya sabe que le echo fuerza a cualquier? asunto, ¿es algo de Gabriel?
-? ? ? ? ? ? ? ? ? Si, acaba de dejar a mi marido en casa e iba a la suya, le he preguntado por usted y me ha dicho que estaba de viaje, pero como yo la ví a usted por la tarde, sabía que no era así,? ? ? pero no le dije? nada. Iba en un coche rojo flamante, con una? mujer rubia, alta, con una pinta de puta, que no puede más.

Se hizo un silencio sepulcral y el relog de cuerda del salón emitía un tic-tac repetitivo y estridente.
-? ? ? ? ? ? ? ? ? Gracias Conchita, hablamos luego, ya le contaré.

Mamá había decidido marcharse de casa, apagó todas las luces, las velas, la música, recogió los resultados del embarazo, los metió en el bolso y salió por la puerta de atrás, pero no tuvo tiempo de cerrar del todo la puerta, ya que enseguida oyó las ruedas del coche rojo del que le habló Conchita.

Lo conducía otro? y ella, aquella mujer, que de lejos la percibía con olor a puta barata se bajaba de el, conducida por sus pasos a la puerta principal de casa. Detrás de ella bajaba un tipo, al que reconoció rápidamente, como uno de tus amigos de borrachera, uno de esos con los que le ibas a cantar serenatas? por las noches, cuando erais novios.

No cerró, se quedó quietecita, con la nariz aun sangrándole, se movía despacio y decidió? entrar con sigilo de nuevo, permaneció escondida detrás de la puerta de la cocina.

Entró? por? aquella puerta? la puta, tu amigo con un saco de drogas y luego muy sonriente y con los ojos muy brillantes entraste tu, diciendo:

– Que empiece la fiesta ¡hoy también, invito yo!

Todas esas historias que Conchita le había contado que había escuchado acerca de ti eran ciertas, los tríos con tus amantes, las orgías interminables y movidas por la energía de las drogas, las bolas chinas, el alcohol chorreando como cascadas por vuestros cuerpos desnudos, todo esto lo presenció calladita y expectante, haciendo que todo eso de alguna forma se grabara en mi proyecto de mente, en mi proyecto de ser.

Su mente vagaba en otro mundo, se enredó imaginariamente en tu sucia tela de araña, se vió envuelta en un mareo peor que el inicial, no se dió cuenta de que tu te moviste de donde estabas y te dirigiste hacia ella, le preguntaste:

– ¿Qué? ¿Te está gustando? Al final este soy yo, al final si te quedases y te dejases llevar, tal vez estuviesemos más unidos, tal vez …

Venganza

Filed under: Creatividad - Segundo ejercicio — Mariano Campo at 3:44 am on Lunes, octubre 4, 2010

En la actualidad…

Nevó durante toda la tarde. Por fin paró un poco y salí a la calle. Pero no había forma de caminar sin dejar huellas. Me encontrarías. Entonces llegó ella, con su flamante coche rojo y oliendo a puta barata. Entró en tu casa por la puerta principal y yo aproveché las rodadas de su coche para alejarme. Puse cuidado en tapar la nariz con un pañuelo para que no cayeran las gotas de sangre sobre la nieve.

Aunque pensé que había acabado contigo, por el rabillo del ojo pude percibir que te incorporabas a pesar de los golpes recibidos. No me daba tiempo a concluir el trabajo ya que, de seguir allí, tu última adquisición me reconocería y tendría que haberme encargado de ella también. No es mi estilo hacer daño a inocentes.

De todas formas te conozco. Eres mezquino y arrogante. Destilas odio por todos los poros de tu piel y esto te hace vulnerable: no piensas con claridad.

A pesar de la nieve que vuelve a caer y de que la noche se precipita con rapidez, sé que cometerás la imprudencia de salir a buscarme solo, pero esa eventualidad también la tengo prevista. Es fácil restañar una epístasis nasal. Tan solo tengo que presionar un minuto mi nariz con los dedos índice y pulgar y ésta dejará de sangrar.

Te ofreceré como pista el pañuelo ensangrentado. Pensarás que estoy gravemente herido y…., verás que sorpresa te llevas, cabrón de mierda.

Unos años antes…

Tres años llevaba Marcos planificando a conciencia su venganza.

Era buen jugador de ajedrez desde temprana edad y, además de la estrategia, la combinatoria, la capacidad de abstracción y la relajación, éste juego también le había dotado de una peculiaridad: la paciencia.

Como complemento, el “Taekwondo” le proporcionó agilidad, destreza y lo convirtió en un arma letal, si bien procuraba hacer prevalecer la fuerza de las palabras ante cualquier forma de violencia.

Su formación, cultura e inteligencia, unidas a una voluntad de hierro, lo convirtieron en una persona admirable. Siempre trataba de enfocar positivamente esas características.

Aunque se consideraba ateo, aún conservaba la pequeña hoja de cuaderno que un día le entregara su abuela a escondidas. Contenía escritas a mano las “Bienaventuranzas”. Le atraía una en especial: “Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra”.

-Lo siento abuela, pero me limpio el culo con esa hoja-, pensó ese aciago diecisiete de octubre. Fecha en la que cambió su vida para siempre.

Jacinto que, pese a detentar el nombre de una hermosa flor, era lo más parecido a un “cardo borriquero”, unido a su otro socio en reunión extraordinaria, lo pusieron de patitas en la calle.

Marcos se sorprendió porque no se lo esperaba. Durante seis años trabajaron codo con codo hasta alcanzar un estatus empresarial envidiable. Pero Jacinto quería más.

No contentos con su expulsión, lo denunciaron por “apropiación indebida”, para no tenerle que abonar su participación en beneficios.

-¿Por qué me haces esto, Jacinto?-

-Si te digo la verdad y con el corazón en la mano, no existe una razón. Se trata simplemente de negocios-

-¿Corazón? Yo diría que te lo has dejado olvidado en alguna parte-.

-Jódete Marcos, eres un “pringao” idealista. Yo tengo los pies en el suelo y me arrimo al árbol que más sombra dé. Lo quiero todo simplemente porque me sale de los huevos y tú ya no sirves a mis propósitos.

-¿Te das cuenta de que estás jugando con mis “garbanzos” y los de mi familia?¿Por qué no te pones en mi lugar?-

-Realmente me enferma tu forma de actuar. Eres un tonto del culo que piensa que todo el mundo es bueno. ¿No sabes que el hombre es el lobo del hombre?-, dijo Jacinto encendiendo un puro y echándole el humo a la cara.

-Me importa un bledo lo que les ocurra a tu familia-, prosiguió.

-Que tu mujer y tu hija se metan a putas. Eso se paga bien, especialmente las niñas de nueve años. Ya sabes la cantidad de pederastas que pululan por ahí-. Rió de su propia ocurrencia.

-Ok, colega. La suerte está echada. No olvides que cuando un hombre considera que ha perdido todo, se vuelve muy peligroso-, comentó Marcos mientras se levantaba del mullido sillón del despacho.

-Mira como tiemblo, capullo. ¡Sal de mi vista inmediatamente!-

Se tuvo que defender durante año y medio frente a una pléyade de abogados, lo que mermó en gran medida sus ahorros.

A sus cuarenta y nueve años no pudo encontrar otro trabajo y, finalmente, se vio obligado a vender su casa por la mitad de su precio. Su mujer y su hija se trasladaron a la vivienda de sus padres. Y él desapareció…

La venganza, como sugieren algunos filósofos naturales, es una de las motivaciones humanas más universales. Y se sirve bien fría.

En un primer estadio, Marcos consiguió una nueva identidad por mediación de un “colega” del barrio donde se curtieron de niños. La guardó como un tesoro en lugar seguro.

Durante un año fue retirando pequeñas cantidades de su cuenta corriente para no levantar sospechas. Ingresó el dinero, gracias a su asesor, en un paraíso fiscal. Cuando la hubo vaciado, la canceló, anuló todas sus tarjetas y se diluyó como una gota de agua en el océano.

Durante dos años más se disfrazó y vivió como un vagabundo, comiendo y durmiendo de la caridad. Se hacía acompañar de una botella de vino barato y parecía un borrachín. Pero tan solo era una ilusión. Disfrutaba de todo el tiempo del mundo para planear su venganza.

Por su parte, Jacinto se había olvidado completamente del tema, hasta ese día…

En la actualidad…

-¿Qué ha sucedido aquí?-, preguntó la puta del coche rojo.

-¡Cállate!-. Jacinto se tambaleaba por la paliza recibida.

Con los ojos inyectados en sangre, cogió su escopeta de caza, introdujo dos cartuchos y salió al exterior. Trataba de encontrar a su agresor que, aunque siéndole familiar, no lograba ubicar debido a la parka blanca que le cubría por completo, a la larga barba y al olor a vino rancio y sudor de meses.

-¡Sal, hijo de puta!, gritó. Ni una simple rama se movió.

Reparó en el pañuelo ensangrentado tirado en el suelo y se acercó con precaución. Lo recogió y escuchó un leve chasquido a su izquierda. Disparó en aquella dirección cuando, a su espalda, de repente, se abrió la nieve elevándose una figura perfectamente mimetizada. Lo agarró por el pelo con la mano derecha echándole la cabeza hacia atrás. Con la izquierda le atenazó la traquea y, con un rápido movimiento se la partió.

-El hombre es el lobo del hombre. ¿Lo recuerdas, pedazo de carne con ojos?- Lo miró Marcos con frialdad.

Esas fueron las últimas palabras que oyó Jacinto antes de expirar, mientras se meaba y cagaba en los pantalones debido a la relajación de los esfínteres.

Mariano Campo.

EL CAMINO DEL INFIERNO

Filed under: Creatividad - Segundo ejercicio — cc at 10:46 am on Lunes, agosto 30, 2010

Nevó durante toda la tarde por fin paró un poco y salí a la calle. Pero no había forma de caminar sin dejar huellas. Me encontrarías. Entonces llegó ella con su flamante coche rojo y oliendo a puta barata.
Entró en tu casa por la puerta principal y yo aproveché las rodadas de su coche para alejarme. Puse cuidado en tapar la nariz con su pañuelo para que no cayeran las gotas de sangre sobre la nieve.

Me alejé del lugar procurando no ser visto.
Sentía martillear la cabeza mientras el frío me helaba las mejillas.
Al llegar al pueblo más cercano lo encontré desierto a pesar de que era pleno día. Todos los establecimientos permanecían abiertos. Pero…
-¿Dónde estaba la gente?.
Entre en un bar cercano, sobre la barra se podían contemplar las bebidas como acabadas de servir.
Me aproxime a la nevera que se encontraba en la cocina, en la parte trasera. Al abrirla el terror recorrió toda mi columna vertebral helándome la sangre. En su interior perfectamente envueltos en plástico transparense te podían ver toda una colección de restos humanos, así como varias cabezas que habían sido cortadas limpiamente de un tajo, al lado de estas descansaban cuatro ampollas de sangre roja y espesa.
-¡La epidemia se había extendido hasta aquel lugar y no debía salir de él!
Anochecía, tenía que darme prisa. Recorrí el recinto buscando aquello que me permitiera llevar a cabo mi plan. Por fin lo halle, en el garaje sobre una estantería se apilaban las latas de gasolina. Me dispuse a realizar la labor meticulosamente.
En unas horas todo el pueblo ardía como una gran antorcha que iluminaba el cielo nocturno.
Tanto él como ella divisarían el fuego pero no me importaba, ya no podían detenerme.
Continué caminando en la oscuridad sin rumbo fijo. Atrás quedaba el olor nauseabundo de aquellos monstruos sedientos de sangre. Entonces apareció ella envuelta en un transparente velo que dejaba al descubierto toda la belleza de su piel sin vida. Tomé la última lata de gasolina guardada para la ocasión en la mochila que colgaba de mi hombro arrojándola ante sus pies de nieve. Después lance el cigarrillo que ardía entre mis labios, en unos segundo los gritos infernales y el olor a quemado se extendió en la oscuridad de la noche.
Sabia que el lugar de donde provenía, aquella casa de la que yo había huido era un reguero de muerte y que en su interior albergaba un cadáver sin alma y sin vida.

Por una puta

Filed under: Creatividad - Segundo ejercicio — Victoria at 4:20 pm on Domingo, junio 6, 2010

Nevó durante toda la tarde. Por fin paró un poco y salí a la calle. Pero no había forma de caminar sin dejar huellas. Me encontrarías. Entonces llegó ella, con su flamante coche rojo y oliendo a puta barata. Entró en tu casa por la puerta principal y yo aproveché las rodadas de su coche para alejarme. Puse cuidado en tapar la nariz con un pañuelo para que no cayeran las gotas de sangre sobre la nieve.? La hemorragia sobrepasó la posibilidad de absorción de la fina tela, y cayeron dos gotas que colorearon de rojo parte minúscula de la enorme alfombra blanca que mis pies pisaban; mas no pude eliminar el rastro, tu te asomabas por la ventana corriendo la cortina, yo tuve que esconderme? tras el auto de ella hasta que te esfumaste y rápidamente me borré del posible alcance de la vista de los dos.

No tenía bien claro qué hacer, así que fuí al restaurante en donde nosotros siempre nos encontrabamos, pedí un café ya que debía consumir algo, y mirando por el vidrio algo tapado por la áspera nieve, que ahora nuevamente empezaba a caer, veía de vez en cuando solitarios caminar con bufandas camperas y gorros abrigados; pero en excepción vi venir a dos enamorados abrazados andando lento y despreocupado, y claro, eras tu, que ahora repetías la misma historia sólo que con una puta recién estrenada, tu poca imaginación me sorprende, ¿no te aburres de seguir con cada una los mismos pasos ya pisados?

No tuve más tiempo para pensar, me vi obligada a correr al baño tapándome la cara con el ancho cuello de mi buzo de abrigo que yo misma había tejido en mis cálidas tardes hogareñas. Entré desesperadamente y para nada disimulada, sin siquiera ver si había alguien, abrí la ventana y escapé de allí.

Mientras sin consuelo caminaba, me decidí repentinamente a esperarte, a ti y a esa, sentada junto a la puerta de tu casa. Pasaron horas, y el frío me estaba dejando sin aliento ni ganas de seguir con ese jueguito de niños ennoviados, de todas formas esperé hasta que los vi llegar; no tenía ningún plan, ni ninguna idea de como actuar para cuando me miraras a los ojos. Te acercaste, se acercaron, y ¡Por Dios, Cuánto descaro! No vi ni pizca de verguenza en tu rostro, no vi ni pizca de verguenza? por haberme golpeado y luego haberme pedido perdón, haberte arrodillado y humillado por mi amor, y luego, luego de unas horas ahí, mostrándome tu engaño cara a cara; y yo como una imbécil, teniendo esperanzas de tu fidelidad, y? más me sulfuraba aún el hecho de que me hayas golpeado cuando yo siempre estuve diciendo la verdad, y tu tras la violencia escondías esa vil traición ya tan sabida por mi parte.

“¿Qué hacés acá?”, me preguntaste, qué ganas, pero qué ganas tuve de abofetearte y decirte lo mucho que te aborrecía; y me mirabas, me seguías mirando con una indiferencia que nunca antes me habías enseñado. Sin absolutamente nada que decir, me paré y te escupí en la cara, una felicidad y un orgullo me recorrió el cuerpo de manera tal que terminó en una sonrisa del mismo tamaño que el odio que sentía por ti. Me miraste inmóvil, y esa, esa puta te miraba a vos como esperando una defensa tuya de mi admirable movimiento, pero yo me fuí antes de que pudieras decir palabra alguna, me fui feliz y maravillada de mi propia actitud que era digna de galardonar. Mi indudable exultación me hizo irme corriendo dando pequeños saltitos involuntarios.

Cuando llegué a mi casa todo me esperaba igual, quieto, inerte, aguardando mi llegada. Me senté junto a la estufa y le desembaulé mis penas al fuego, y mientras lloraba reía, hacía tiempo que debía haberme desecho de ti. Recién en ese momento me di cuenta de todo el tiempo perdido, de todas las caricias que tu fingías sentir tan profundas, de todas las sonrisas que te regalé y vos ni las quisiste abrir para mirarlas. Ahora te veo desde lejos, sin esperar ni querer nada de ti, si ni siquiera sentirte, sin ni siquiera extrañar tu falso amor que me envolvía el alma superficialmente.

Filed under: Creatividad - Segundo ejercicio — barbara at 11:15 pm on Jueves, abril 22, 2010

Nevó durante toda la tarde. Por fin paró un poco y salí a la calle. Pero no había forma de caminar sin dejar huellas. Me encontrarías. Entonces llegó ella, con su flamante coche rojo y oliendo a puta barata. Entró en tu casa por la puerta principal y yo aproveché las rodadas de su coche para alejarme. Puse cuidado en tapar la nariz con un pañuelo para que no cayeran las gotas de sangre sobre la nieve.

Eche la cabeza para atrás para intentar detener la hemorragia de la trompada que me había dado. Mis manos temblaban, tal vez del frío o quizás del miedo. Nunca había sentido tanta adrenalina en mí, ni mucho menos me había considerado capaz de reaccionar de semejante manera.

Seguí caminando como cualquier persona lo haría al salir a dar una vuelta. Me tape la cara con la bufanda de lana que había llevado con mijo, y seguí adelante pensando cual sería mi siguiente paso.

Por un momento pasó por mi mente la idea de regresar y enfrentar nuevamente a ese bastardo. Arrancar algún fierro de los barrotes que cercaban las vías del tren o alguna rama gruesa y fuerte de los moribundos árboles, o quizás levantar alguna botella rota que había por el suelo, eran opciones que consideré para acabarlo si desidia regresar. También consideré de ir para mi desolado departamento, dirigirme sin rodeo alguno hasta la cómoda de la habitación y sacar del segundo cajón a la izquierda, por debajo de la ropa que a presión había guardado, una pequeña arma que había guardado desde hace mucho tiempo. Nunca lo había usado, pues nunca había tenido motivos para ello. Era completamente nueva, y aunque comúnmente no soportaba tenerla en mano o pensar que lo tenía cerca, a solo unos metros de donde dormía, en esa ocasión verdaderamente desee tenerla con migo, sostenerla con firmeza y apretar ese pequeño gatillo sin siquiera vacilar.

¿Qué hubiera pasado de haber regresado?

La mejor opción era romper una de las ventanas de atrás. En una casa tan grande no se escucharía el vidrio romperse, y de seguro ellos estaban en el segundo piso, en uno de los tantos cuartos de la casa. Caminaría silenciosamente hasta subir las escaleras. Una vez arriba, bastaría solo con seguir los ruidos, gemidos y golpes que de seguro habría. ? Abrir la puerta de la habitación de un golpe sería algo que definitivamente? lo tomaría por sorpresa. Seguramente la haría a un lado a ella tirándola al suelo, y en cuestión de segundo tomaría su arma. Pero antes de que eso sucediera, yo ya habría efectuado el primer disparo, y de seguro que no fallaría.

¿Y de haber llevado el fierro o la rama?

Antes de que alcanzara su arma, me abalanzaría hacia él y lo golpearía hasta desangrarse. En cambio, con el pedazo de vidrio se lo habría clavado en el estomago y luego en la garganta.

De cualquier forma que decidiera matarlo, se formaría un gran charco de sangre en el piso y mis huellas estarían por doquier. Todos habían visto la discusión que habíamos tenido, todos sabían de mi profundo odio hacia él, no había forma de que escapara a una prisión perpetua. Pero lo bueno era que ella ya no tenía que escoger, ahora quedaba yo y nadie más. Podía hacerla feliz, siempre se lo había dicho de todas las maneras posible. Pero en vez de intentarlo, opto una vez más por el dinero antes que su bienestar.

Puede haberle dado mucho más de lo que tiene ahora, cosas que jamás podrá tener con todo el dinero de ese bastardo. Pude haber hecho de su vida un cuanto de princesas, como también pude haberla amado y coronarla de rosas y laureles como la mujer más bella del mundo.

Aunque, ahora que lo pienso mejor, ¿porque una mujer tan sucia y engañosa, que no dudo ni un instante en engañarme, merece tenerlo todo? Dinero y felicidad… Una vida de encantos, pues estaría librada de su marido, soltera y con mucho dinero.

Mejor la dejo en su gran agujero, y me pongo a pensar a donde voy a ir ahora no teniendo un mango. Tal vez, con algo de suerte, pueda recuperar mi trabajo perdido.

Señas de muerte

Filed under: Creatividad - Segundo ejercicio — edurodriguez at 7:03 pm on Lunes, diciembre 7, 2009

Nevó durante toda la tarde. Por fin paró un poco y salí a la calle. Pero no había forma de caminar sin dejar huellas. Me encontrarías. Entonces llegó ella, con su flamante coche rojo y oliendo a puta barata. Entró en tu casa por la puerta principal y yo aproveché las rodadas de su coche para alejarme. Puse cuidado en tapar la nariz con un pañuelo para que no cayeran las gotas de sangre sobre la nieve. Tenía poco tiempo y no debía desaprovechar ni un segundo para mi huida.

Durante unos días me quedé encerrada pensando en cómo te habrán encontrado y pensado. Todavía me duele la nariz del golpe que me diste cuando intentaste defenderte, pero eso no fue suficiente para impedir que hundiera mi puñal en tu abdomen. Tus ojos se abrieron, como cuando te sorprendías con algo que no esperabas que te regalaran en tu cumpleaños. Apretaste mi mano fría que empuñaba tu muerte; no sé si querías quitar eso que comenzaba a quemarte por dentro o asentías mis deseos de poner fin a esta historia. Nos quedamos mirándonos fijamente. Tu boca se abrió, tal vez buscabas un poco más de aire o decir algo, yo la tapé con mi mano izquierda y empujé para que cayeras al suelo. El puñal salió con la misa facilidad con la que entró. Te agarraste el estómago y te acurrucaste como un feto. Será que cuando morimos volvemos al mismo lugar de donde hemos venido. Me quedé sentada a tu lado mirándote, esperando que dijeras algo. No sé cuánto tiempo estuve ahí.

Nadie puede sospechar que fui yo. Soy tu mejor amiga y esa mujerzuela no será capaz de decir que los últimos cinco meses discutíamos todo el tiempo. Si habla sabe que la van a devolver a su país por ilegal. No hubo testigos, sólo los tres nos reunimos aquella tarde: tú, yo y la muerte que se quedó contigo.

Hace tres meses que no soporto pensar que ya no estás, aunque me reconforta saber que tampoco estás para nadie más. Yo quería darte lo mejor de mi vida y tú preferiste querer a esa fulana. Ahora lloro tu ausencia y ojalá hubieras aceptado mi amor. Estaríamos los dos bien vivos.

A pesar de todo, al salir de tu casa un deseo inmenso se apoderó de mí: además de querer huir y desaparecer para siempre, deseaba que no estuvieras muerto. Incluso me pareció esucuchar tus pasos detrás de mí, pero me aterraba el pensar que podría volver a mirarte a los ojos, y esto hizo que saliera aún con más prisa porque temía que me encontraras. Y si así era, que de verdad no habías muerto a pesar de mi empeño, lo mismo tenía que seguir huyendo y escondiéndome para que no me encontraras. Es todo una contradicción, pero deseo que estés muerto para que no seas de nadie más y no tenga que avergonzarme del fracaso como asesina, y al mismo tiempo quiero que estés vivo y que me encuentres para que puedas escuchar una vez más que te quiero.

Ya no aguanto más este encierro y necesito ver la luz del día. Comencé a marcar las paredes para llevar cuenta de los días que pasan y que van poniendo distancia entre tu tumba y mi encierro. No sé qué es mejor, si estar muerto en un nicho o estar muerta en una celda.

Filed under: Creatividad - Segundo ejercicio — sblach at 11:50 pm on Miércoles, noviembre 25, 2009

Nevó durante toda la tarde. Por fin paró un poco y salí a la calle. Pero no había forma de caminar sin dejar huellas. Me encontrarías. Entonces llegó ella, con su flamante coche rojo y oliendo a puta barata. Entró en tu casa por la puerta principal y yo aproveché las rodadas de su coche para alejarme. Puse cuidado en tapar la nariz con un pañuelo para que no cayeran las gotas de sangre sobre la nieve. Caminé hacía mi coche, lo había dejado en un desvío poco antes de tu casa. No me fui inmediatamente, necesitaba fumarme un cigarro y pensar en lo que había pasado. La nariz ya no me sangraba pero me dolía simplemente con respirar. Después de verme en el espejo retrovisor y maldecir a toda tu familia, me convencí de que no tenía tan mala pinta, incluso me daba un aire de hombre duro que pensé me sentaba bien.

Sé que me buscarás y te estaré esperando, como lo hiciste tú, sabías que iría antes de lo previsto, lo que aún no he averiguado es como te enteraste. Me cogiste por sorpresa, el estado de mi nariz es prueba de ello, aunque tú te llevaste la peor parte. Por suerte aquel objeto de cristal quedó al alcance de mi mano, ya sabes que pasó después. Puse cuidado en que no pudieras moverte ni gritar por si lograbas salir de tu inconsciencia. Esperé a que dejara de nevar, mientras pensé en los lugares más absurdos donde esconderte, e imaginé la cara de la fulana con la que te entiendes cuando te descubriera. Me divertí un rato, a ti seguro que no te hace tanta gracia, tenías que haberte visto, diste una foto muy buena.

Si te preguntas si me habré llevado yo el dinero, pues lo más probable, o eso, o tu amiguita, ya te dije el día que la conocimos en aquel antro de mala muerte que no era de fiar. Te acuerdas de aquella noche, claro que te acuerdas, una voz anuncio su aparición en el escenario, acompañada por el trío de jazz de la casa, tengo que confesarte que su aparición en el escenario me impresionó, ese andar pausado al ritmo de la música poniendo un pie justo delante del otro, aquel vestido rojo que le sentaba tan bien, como se fue acercando al micrófono suavemente y le susurro, desbordaba sensualidad esa noche.

Mi embelesamiento fue breve, después de escucharla hablar durante una hora seguida sin apenas pausas para respirar sentí unas ganas irrefrenables de meterle algo en la boca para que se callara (? ? ? ) esté paréntesis fue para reírme un rato.

Sin embargo tú esa misma noche te convertiste en su pelele, su perrito fiel, acatabas sus órdenes y complacías sus deseos, todo por un polvo de vez en cuando. Fue una perdida de tiempo yo conseguí lo mismo haciendo totalmente lo contrario, apostaba a dos caballos ganadores, aunque el único que nos era consciente de su juego eras tú.

Ella nos atrapo como a dos moscas en su telaraña, nos enredo con su verborrea y acabamos robando el puñetero banco, sorprendentemente salió bien. Reconozco que siempre formamos un buen equipo tú y yo. Nos fue bien hasta que intentaste jugármela,? sin acierto, se que ella fue la lo maquino todo, pero la pierde su sucia lengua y acabe por enterarme. Aun debes estar mareado por el giro que pego el asunto, nunca quisiste admitir que voy un paso por delante de ti.

Ahora me encuentro más lejos todavía, soy un anónimo en un país anónimo, supongo que querrás saber más detalles pero te bastará con saber que hago lo que me da la gana cuando me da la gana. Pensé en enviarte una foto pero ya me parecía un poco cruel y creo que ya he sido bastante (? ? ? ) no se que me pasa hoy que tengo la risa floja.

Bueno querido amigo, me despido de ti con el deseo de no volver a verte.

P.D. No pierdas el tiempo con el matasellos, he cuidado mucho los pequeños detalles.

la nieve

Filed under: Creatividad - Segundo ejercicio — Rosa Marina Campos at 10:57 pm on Martes, noviembre 24, 2009

Nevó toda la tarde .Por fin? paro un poco? y Salí a la calle .pero no había forma? de caminar? sin dejar huellas. Me encontrarías, entonces llego ella, con su flamante coche rojo y oliendo a puta barata, entro en tu casa? por la puerta principal y yo aproveche para alejarme.

? Puse cuidado en tapar la nariz con un pañuelo para que no cayeran sobre la nieve.

Cuando me alejaba me dije ya nunca volvería a verte ni a hablarte ,lo único que me importaba era deshacerme de tu recuerdo y en mi, ya no cabía ni el mas mínimo sentimiento bonito hacia ti, quería , alejarte de mi corazón que un día dijo amarte, pero ahora ya nada importaba.

? Me aleje en un? jeeap? ? ? ? ? ? a toda velocidad? no se, paro tenia la sensación ? que en ese instante en ese tiempo dejabas de existir luego subí a la habitación del hotel, ya mi nariz no sangraba gracias adiós y me dispuse a darme un baño ,luego me recosté un poco y me quede dormida no se cuanto tiempo ,cuando desperté ya era demasiado tarde ,y como pude adormitada quizá ? me fui a darme un buen baño ,me acorde que ese día tenia una reunión muy importante ,con uno de mis proveedores ,y me fui estando en la reunión no podía concentrarme ,pensando en ella ,me molestaba recordar ese mal momento que pase y tu ni cuenta te distes? ? ? ? ? ? ? ? ? ? ? .

UN MOMENTO TE CAMBIA LA VIDA

Filed under: Creatividad - Segundo ejercicio — Beny at 8:45 pm on Miércoles, noviembre 18, 2009

Nevó durante toda la tarde. Por fin paró un poco y salí a la calle. Pero no había forma de caminar sin dejar huellas. Me encontrarías. Entonces llegó ella, con su flamante coche rojo y oliendo a puta barata. Entró en tu casa por la puerta principal y yo aproveché las rodadas de su coche para alejarme. Puse cuidado en tapar la nariz con un pañuelo para que no cayeran las gotas de sangre sobre la nieve.

La discusión fue cruel y violenta nunca imaginaron ni Raúl niPaula que llegarían a tal grado de agresividad, Paula con el desconcierto acerca del estado de salud de Raúl caminaba sin sentido, por medio del tacto trataba de buscar alguna herida en su cuerpo pero se dio cuenta que solo los golpes en el rostro y la hemorragia que tenía en la nariz fue el saldo en su contra.

Camino a casa de su amiga Sara,? ? pensaba, ¿no sé cómo apareció ese puñal en mi mano? nunca lo vi en casa de Raúl, ¿cómo iniciamos esto, como llegamos a tanto?, no recuerdo, solo sé que fue subiendo de tono hasta cegar la mente y actuar por instinto.

Para ese momento la casa, ahora impregnada de ese penetrante perfume, lucia desordenada, con huellas latentes de violencia, la sangre fresca figuraba unescenario peliculesco, ¡Raúl! Gritaba Roselía, buscando desesperadamente a suamante en turno,? al fin al entrar a la recamara siguiendo un rastro de sangre lo encontró desmayado a la orilla de la cama en posición de querer alcanzar el teléfono.

Desesperada, tomo el teléfono con su pañuelo, marco el numero de emergencias pidió el auxilio y salió rápidamente de la casa cuando encendió el automóvil al querer salir rápidamente de la cochera a punto estuvo de estrellarse al derrapar en la nieve.

Varios días después Raúl hacia un recuento de suvida pensando en Paula y en como la estaría pasando, ignoraba la gravedad de los golpes que le propino desde ese día no había sabido nada de ella, en la declaración realizada a la policía después de recuperar el conocimiento, menciono que un tipo desconocido encapuchado entro a su casa y al tratar de defenderse termino herido, ignorando quien realizo la llamada de auxilio, ni de quien eran las marcas de los neumáticos saliendo de su cochera.

La confusión era mayor al no recibir ninguna comunicación de su amante, ignoraba que ella fue quien llamo a los servicios de emergencia.

Roselía por su parte se hacía a la idea de terminar esta relación que era una más en la larga lista de amantes con los que habíasido infiel a su marido, pero Raúl tenía un lugar especial era alguien que dejaría una huella en su corazón, aun cuando fue otra relación pagada existo algo más que sexo y pasión.

Recuperada físicamente Paula esperaba en el aeropuerto el avión que de acuerdo a sus planes la llevaría lejos de ese infierno que vivió las últimas semanas al enterarse de quien realmente era el que había pensado? seria la pareja de toda la vida.

Como si estuvieran sincronizados mentalmente Raúly Paula, regresaban a su pasado, de la forma tan? accidentada cuando por una falsa alarma deincendio tuvieron que salir del restaurante donde se encontraban, en la salida ella mirando hacia dentro n o se percato que de frente venia Raúl elchoque fue tan fuerte que ellacayo y casi perdió el conocimiento el sin perder un segundo la tomo en sus brazos y la llevo a un lugar seguro en la calle insistiendo en que debería valorarla un medico para saber si no existía alguna lesión de consecuencia a lo que ella accedió más por estar un momento con él, que por alguna molestia física.

Lo demás fue como uncuento rosa magistralmente escrito, existió química de inmediato y todo fue tal y como ella había pensado que era una relación perfecta entre dos personas.

Raúl por su parte recordaba en primer encuentro en el que la culpa fue el primer sentimiento al no darse cuenta de cómo impacto a esa bellamujer, posteriormente y fiel a su forma trato de seducirla con el simple fin desumarla a sus conquistas y poder ver si sacaba algún provecho de ella.

En el recuento él salió perdiendo pues seenamoro perdidamente, lo que marco la relación fue la primera mentira, al indicar que sededicaba a la construcción, mentira a medias pues su profesión de arquitecto encajaba, lo malo es que siempre se dedico a vivir de las mujeres.

La casualidad, sigo siendo determinante en esta relación, Carmen amiga dePaula conoció muy bien a Raúl y sin saber quealgo existía entre ambos le conto toda la vida de excesos cometidos por Raúl, era elGigoló más cotizado en el país las damas de la sociedad lo buscaban.

Conocer quién era en realidad Raúlle dolió demasiado a Paula pero fue fuerte y no volvió a buscarlo, a pesar de la insistencia de este ella no cedió hasta ese infame día en que por necesidad tuvo que acudir a la casa de Raúl, documentos importantes la obligaban a esta última cita.

Contra su forma de ser, Raúl perdió ese día los estribos al saber quePaula partiría y nunca volvería a saber de ella, desesperado, imploro, pidió perdón, externo el gran amor que sentía por ella, peroPaula permaneció firme, hasta que finalmente menciono que ella no le podía dar el dinero quele daban Roselía por sus caricias y que no sería una más en la lista de sus víctimas.

Al tratar de retenerla le golpeo en el hombro con una fuerza desmedida y deahí la desesperación lo cegó y en repetidas ocasiones tiro algunos golpes recordando únicamente el borbotón de sangre que salió de la bien esculpida nariz dePaula.

Raúl, solo en elhospital pensaba que le deparaba el futuro sin el apoyo deRoselía y sin el amor dePaula, por suparte Paula llegaba a su nuevo destino en donde al parecer la esperaba el hombre que en silencio siempre la había amado

Nevó…

Filed under: Creatividad - Segundo ejercicio — Ursus at 12:32 am on Miércoles, noviembre 18, 2009
Nevó durante toda la tarde. Por fin paró un poco y salí a la calle. Pero no había forma de caminar sin dejar huellas. Me encontrarías. Entonces llegó ella, con su flamante coche rojo y oliendo a puta barata. Entró en tu casa por la puerta principal y yo aproveché las rodadas de su coche para alejarme. Puse cuidado en tapar la nariz con un pañuelo para que no cayeran las gotas de sangre sobre la nieve.

Nevó durante toda la tarde. Por fin paró un poco y salí a la calle. Pero no había forma de caminar sin dejar huellas. Me encontrarías. Entonces llegó ella, con su flamante coche rojo y oliendo a puta barata. Entró a tu casa por la puerta principal y yo aproveché las rodadas de su coche para alejarme. Puse cuidado en tapar la nariz con un pañuelo para que no cayeran las gotas de sangre sobre la nieve, pero en un segundo y a pocos metros de ti, de ella, empapé de ? rojo aquella nieve blanca. No tenía fuerzas para proseguir y decidí regresar… muy contrario a lo que tú esperabas, muy contrario a lo que ella imaginaría.

Toqué el timbre con las pocas fuerzas que me quedaban y oí ese silbido en mis oídos, una mezcla de pájaros y viento, me desplomé. Cuando abrí los ojos, te tenía ahí mirándome perplejo, tenías en tus manos mi boleto de avión. Me habías cuidado bien , la hemorragia había parado.

-¿Pensabas irte así? ¿Así?

No pude contestarte, ni siquiera podía mirarte a los ojos porque todo en mí estallaría.

-Igual te hubiera encontrado y lo sabes. Más aún que sé que lo quiero es vivir contigo, aunque fuera un sólo día, aunque sólo tuviéramos un sólo miserable día. Ninguna enfermedad, ninguna fuerza o circunstancia humana me harían desertar a ti… no vuelvas a huir de mi, por favor. Tú has creído en mí más que nadie , siempre.

Ahí entró esa mujer, dónde estuvo todo ese tiempo?, no lo sé. Pero su olor ya no me pareció el de una p… me avergoncé… de mí, de mi locura, de mi pequeñez…de la cobardía que hubiera sido dejar a aquel hombre maravilloso.

Ella se acercó a mí, y muy feliz me dijo que había traído el contrato con la galería, que no había podido esperar hasta el lunes y decidió partir aún con nieve, a nuestra casa… porque era “nuestra”; a traernos la gran noticia que nosotros esperábamos . Sus palabras eran dulces, no había nada malintencionado en ellas, sólo habían sido mis demonios, mis celos, mis inseguridades que lo tergiversaron todo, todo al punto de casi perderlo todo.

No importan los detalles, ese día la connotación de la nieve fue increíble, tan inesperada nieve trajo claridad a nuestras vidas, a mi vida en particular, fue como un baño blanco del alma, fue como aplastar la negrura no sólo de mi enfermedad, sino de mi corazón. Casi no podía razonar pensando que él me dejaría, imaginando a cualquier mujer, la peor mujerzuela tratando de seducir al hombre que era lo único que me ligaba a esta vida. Había resuelto marcharme aquella tarde pero no era tan necia, no fui tan necia, de eso estoy orgullosa.

Ahora pienso, si esa claridad no hubiera llegado de pronto , así… tan inesperada, qué hubiera sido de nosotros? qué hubiera sido de mí? Cegada por el orgullo, los celos y la violencia la enfermedad hubiera terminado por matarme en unos pocos días. Todo eso es tan lejano ahora, en la debilidad de mi enfermedad hallé fortaleza, algo que no hubiera esperado, algo que no conocía.

El velo que muchos llevamos delante, tiñe de otro color no sólo nuestras mentes, sino también nuestros corazones…eso es lo que yo había recordado de las palabras que mi madre me dijera el día que me casé y sólo después de mucho las entendí, adquirieron forma ese día de nieve.

La puerta

Filed under: Creatividad - Segundo ejercicio — Quioreng at 9:57 am on Martes, noviembre 17, 2009

Nevó durante toda la tarde. Por fin paró un poco y salí a la calle. Pero no había forma de caminar sin dejar huellas. Me encontrarías. Entonces llegó ella, con su flamante coche rojo y oliendo a puta barata. Entró en tu casa por la puerta principal y yo aproveché las rodadas de su coche para alejarme. Puse cuidado en tapar la nariz con un pañuelo para que no cayeran las gotas de sangre sobre la nieve. Nevó durante toda la tarde, y ella estuvo allí contigo en tu casa. Yo estaba ya muy lejos, y según me alejaba, esperaba que vinieras a buscarme. Aunque no quería que lo supieras,? pero si no llegaras, ¡me decepcionaría tanto! Esperaba, necesitaba una reacción, una señal que apoyara tus palabras. Porque hasta este momento sólo había sentido como te fuiste alejando más y más de mi lado. Llegué a la casa de Ángela, ya habíamos acordado que pasaría allí la noche. A la mañana siguiente salía hacía Oxford un primo suyo y podría ir con él en su coche. Esa ya no era mi casa nunca más.? Sé que te arrepentirás y querrás que esté allí contigo pero ya no vas a poder encontrarme.? También nevaba aquella noche. ¿Por qué? Todo había ido bien desde que murió. Hemos estado tan bien solos, pero tuvo que llegar esa bruja a estropearlo todo. Sólo tienes esta noche Papá. Sólo tienes esta noche para venir a buscarme. Lo hice por ti. Lo que me pediste. Y ahora sin embargo, ¿Por qué no vienes a buscarme? Ya casi esta aquí el alba y no llegas. Me meto bajo las sábanas y puedo ver con claridad la primera vez que viniste a mi habitación. La tía Beatriz estaba enferma y Mamá pasaba unos días con ella. Me sangró por primera vez la nariz.? Qué tonta, me asusté, pero sólo la primera vez. Después esperaba con ansía, cada noche a que abrieras mi puerta. Era nuestro secreto. Está amaneciendo. ¿He hecho algo mal?? Pero si ya no había obstáculos. En un par de horas saldré para Oxford y todo habrá acabado. No volveré nunca, y lo lamentarás. Sigo en la cama, sin querer que llegue la hora, cuando alguien llama a la puerta. Ángela ha salido. No está aquí. No la he visto desde hace un par de semanas. ¡Es que acaso se ha vuelto loca! Salí disparada hacia la entrada, bajando las escaleras de dos en dos. Pero cuando llegué a la puerta. No estabas sólo. ¿Cómo has podido venir con ella? ¡Te odio! Ángela se interpuso cuando intentaste llevarme del brazo. ¡No se va a ir contigo! ¡No va a volver nunca más! Entonces me miraste a los ojos y lo vi con claridad. No te preocupes Ángela, lo mejor será que me vaya. Te sonreí con la mirada y no hizo falta decir nada. Sólo era cuestión de tiempo. Y pronto volvería a ser como antes. Ya lo he entendido Papá.

Filed under: Creatividad - Segundo ejercicio — Gunaro at 12:22 pm on Lunes, noviembre 16, 2009

Nevó durante toda la tarde. Por fin paró un poco y salí a la calle. Pero no había forma de caminar sin dejar huellas. Me encontrarías. Entonces llegó ella, con su flamante coche rojo y oliendo a puta barata. Entró en tu casa por la puerta principal y yo aproveché las rodadas de su coche para alejarme. Puse cuidado en tapar la nariz con un pañuelo para que no cayeran las gotas de sangre sobre la nieve.

¡Carajos!? ¿? por que lo hice?? Ni siquiera era de mi incumbencia…

Caminé sin rumbo, hasta que mis pies congelados me llevaron al bar dónde te conocí. Grandísimo Pierre, el cantinero, ni siquiera se molestó en levantar la mirada, pero hizo llegar un tequila doble hasta mis manos, -sabía que el whisky me producía dolor de cabeza- y debió ser evidente desde que entré, que no necesitaba empeorar mi condición. La sangre aún húmeda, no se si por lo? fresca ? o por la nieve? que la empapaba, delataba que venía de una riña y que no estaba? de humor para soportar ? las acostumbradas burlas por justificar la posición del Manchester? ? ? ? en la copa de Europa.

Con discreción Pierrot, como llamabamos a Pierre, mas por su costumbre de usar sueteres y calcetines de rombos, que por su nombre preguntó: ¿todo bién?

¡Vete al diablo! pensé, pero dejé la exlamación girando dentro de mi cabeza, pues sabía que si no contestaba, era la mejor manera de decir: no te voy a responder.

Tomé el trago de un golpe y me dirigí al lavabo, tenía el ojo inchado y la sangre seca en la naríz, el labio superior y la chamarra -nunca pensé que pegara tan fuerte-; después de todo? era una adolescente de apariencia debilucha aunque con un rostro encantador.

-Esa hija tuya pronto será una mujer hecha y derecha- te había dicho, sin pensar que aquello te ofendiera

NEVÓ DURANTE TODA LA TARDE

Filed under: Creatividad - Segundo ejercicio — NADDIA at 12:05 am on Lunes, noviembre 16, 2009

Nevó durante toda la tarde. Por fin paró un poco y salí a la calle. Pero no había forma de caminar sin dejar huellas. Me encontrarías. Entonces llegó ella, con su flamante coche rojo y oliendo a puta barata. Entró en tu casa por la puerta principal y yo aproveché las rodadas de su coche para alejarme. Puse cuidado en tapar la nariz con un pañuelo para que no cayeran las gotas de sangre sobre la nieve. Pero las gotas cayeron una tras otra dejando tras de mí un reguero como las miguitas de pan de Hansel y Gretel cuando iban por el bosque y al igual que ellos, yo también encontré una casita de chocolate. Una anciana me abrió la puerta y me preguntó qué me había ocurrido. Yo no quería dar muchas pistas porque conocía a aquella anciana. Era vecina de toda la vida.

Nevó durante toda la tarde. La nieve cubrió todo el jardín y los árboles fueron formando una postal de Navidad. Desde la noche en que mamá murió no tuve ni un minuto de paz en esa casa. Su enfermedad nos había mantenido unidos y habíamos hecho un frente común, pero después del dolor inicial y las coronas de flores nos habíamos quedado vacíos. Yo quise cuidarte y sobre todo conservar viva la imagen de mi madre aunque pronto supe que eso no estaba en tus planes. Quería escaparme, perderte de vista, pero sabía que por el momento no era posible. Me encontrarías. Aquella misma tarde te había dicho que no quería vivir bajo el mismo techo que una mujer que no fuera mi madre. Discutimos y salí del salón dando un portazo. Me encerré, como siempre, en el garaje. Allí tenía mi estudio y tú lo respetabas como refugio salvo que fueras a sacar el coche. Decidí que me iría para siempre, pero nevaba demasiado. Cuando paró un poco salí a la calle, pero no había forma de caminar sin dejar huellas. Entonces llegó ella con su flamante coche rojo y oliendo a puta barata. Ella. Ella que había cuidado a mi madre en sus momentos más débiles. Ella a la que mi padre jamás hubiera mirado de haber estado mi madre sana. Pero mi madre para entonces era un ser casi inerte tirado en una cama, sin pelo, con la calavera pintada en la cara, los ojos muy abiertos, el dolor punzante que ya era parte de sí misma y el pico de morfina que cada vez duraba menos tiempo. Ella la lavaba, la cambiaba de ropa, la consolaba y la ayudaba a hacer pequeños paquetes con recuerdos que iba dejando para sus hermanas, sus primas, su hija, su marido y hasta Ella misma. Ella también organizó la ropa que recibiría la hija para su ajuar y había confeccionado los menús sin azúcar que supuestamente? prolongarían la vida materna. Ella había amado a mi madre con tanta intensidad que se había reencarnado en su propio cuerpo y se había adueñado de su casa. Sabía dónde se encontraba la ropa de mi padre, la mía, los objetos de verano, los de valor, las vajillas, los teléfonos importantes. Mi padre era un hombre torpe que nunca supo vivir sin una mujer secretaria intendente y amante y cuando estas funciones empezaron a fallar en mi madre y se vio sin organización interna pronto dispuso que alguien tendría que ordenar aquel caos. Mi madre aceptó y fue entonces cuando Ella llegó a nuestras vidas.

Entró en tu casa por la puerta principal y yo aproveché para alejarme. Tu casa y no mi casa. Su casa. De Ella. Pero Ella poseía la casa y todo lo que contenía, incluido tú que te habías añadido a sus pertenencias. Sólo yo y mi reino independiente del garaje permanecíamos ajenos a aquella conquista. Ella entró en tu casa por la puerta principal y tú la besaste. Empezó a sangrarme la nariz como siempre que estaba en tensión. No quería ver aquello. Una vecina me vio en ese deplorable estado y me invitó a entrar, pero le dije que me encontraba bien y que llevaba prisa.

Nevó durante toda la tarde. Cuando murió mi madre también nevaba. Ella vino a hacerse cargo de la situación. La lavó, la vistió, la peinó. Lo que quedaba de mi madre se dejaba hacer dejando patente que había perdido su última voluntad. Ella estuvo en el tanatorio como una más de la familia y después nos acompañó a depositar las cenizas bajo el castaño grande de la tía Tere. Ella se instaló en nuestra vida ese mismo día y desde el primer momento quiso suplantar a mi madre y a tu mujer. Siempre fuiste práctico y si te servían en bandeja a alguien que se ocupara de la intendencia no lo ibas a dejar pasar aunque fuera a cambio de amor. Pero yo no podía cargar con la suplantación de mi madre y decidí desaparecer como Lucky, el perro que tenía a los diez años. Un día se fue y no volvió más. Así me sentía yo, como un perro abandonado, sin rumbo.

No sé cuántas horas caminé. Iba bien abrigada y con botas, andaba despacio, pero con decisión. Si me encontrabas, me volvería a escapar. Faltaba un mes para mi mayoría de edad, después ya no podrías obligarme a volver. Me daba pena abandonar mi casa, mi habitación, mi jardín, toda mi infancia. Cogí un autobús, quería alejarme de la ciudad, llegar donde Ella no estuviera. Rezaba a mi madre como si fuera un ángel.

Nevó durante toda la tarde. Finalmente llegamos a una estación. Sabía que me encontrarías. Ella esperaba en el coche. No opuse resistencia. Me dijiste que no querías perderme y yo te creí. No recuerdo nada desde entonces. Estoy atada a una cama en una habitación desconocida. Intento hacer memoria para saber qué pasó el último día que estuve en mi casa, pero cuando cierro los ojos sólo veo escenas inconexas. Lo único que recuerdo con certeza es que aquel día nevó durante toda la tarde…

Yo no te pedí un corazón

Filed under: Creatividad - Segundo ejercicio — Naiara at 8:54 pm on Domingo, noviembre 15, 2009

Nevó durante toda la tarde. Por fin paró un poco y salí a la calle. Pero no había forma de caminar sin dejar huellas. Me encontrarías. Entonces llegó ella, con su flamante coche rojo y oliendo a puta barata. Entró en tu casa por la puerta principal y yo aproveché las rodadas de su coche para alejarme. Puse cuidado en tapar la nariz con un pañuelo para que no cayeran las gotas de sangre sobre la nieve.

Me refugié en un recinto que estaba en obras, muy cerca de tu casa. Abrí el maletín que me diste para las emergencias. Abrí la parte superior de mi cabeza y, con cuidado de que el ligamento hacia la mandíbula inferior no se rompiera fui espolvoreando los minerales que me mantenían con esta forma humana. Todavía no entiendo para qué me creaste si me ibas a tener escondida siempre, si iba a estar al borde de la desaparición cada vez que sangraba de la nariz (no sé si se le puede decir al borde de la muerte porque nunca he sabido si estaba realmente viva) y sobre todo, si ibas a seguir con ella. Aunque a estas alturas, probablemente ella ya no esté a tu lado, ¿me equivoco? me gustaría ver tu cara en estos momentos.

Tampoco entiendo por qué me da tanta rabia, porque metiste dentro de mí estos sentimientos si no ibas a hacerte responsable de mí. Me pregunto cuántos más como yo habías hecho antes, ¿era yo la primera? No importa, porque me encargaré de ser la última.

Si ha llegado a tus manos esta carta es porque está todo en marcha, pronto volveremos a vernos y tendrás la oportunidad de explicarme qué pretendías conmigo. ¿Es que necesitabas a alguien para torturar? Todavía no entiendo lo del corazón, ¿por qué me hiciste esto? no quiero parecerme a vosotros, no quiero sufrir como vosotros. ¿Creías que si tenía un corazón no iría a por tí para vengarme? Por muchas vueltas que le doy no le encuentro ninguna lógica, por eso he intentado quitármelo y lo he conseguido… pero no sé por qué sigo sintiendo todo esta rabia y este dolor, si ya he perdido mi corazón.

Te encontraré y haré que entiendas de verdad lo que significa nacer con corazón, mientras tanto sigue disfrutando de ese músculo que te bombea sangre desde el pecho.

Hasta pronto.

Sin escrúpulos

Filed under: Creatividad - Segundo ejercicio — carla at 12:11 pm on Domingo, noviembre 15, 2009

Nevó durante toda la tarde. Por fin paró un poco y salí a la calle. Pero no había forma de caminar sin dejar huellas. Me encontrarías. Entonces llegó ella, con su flamante coche rojo y oliendo a puta barata. Entró en tu casa por la puerta principal y yo aproveché las rodadas de su coche para alejarme. Puse cuidado en tapar la nariz con un pañuelo para que no cayeran las gotas de sangre sobre la nieve, pero ésta sería mi última visita de cortesía.

Me dirigí a mi coche gris cubierto, en parte, por la nieve. Una vez en el interior, el teléfono móvil encendió la pantalla y el manos libres dejó paso a una voz aterciopelada:

? ? Señor Johnson, el Jefe de Seguridad no sabía dónde se encontraba. ¿Está bien, señor?

? ? Sí, Adelaida. Ahora voy, estoy tomando la autopista hacia el despacho, tranquila.

Suspiré y repasé mentalmente mis siguientes pasos mientras me introducía en el endiablado tráfico de la city.

Dos días después de nuestro encuentro, mi candidatura arrasaba en las primarias. La primera llamada que recibí me llenó más que cualquier otra. Fue un simple, contundente y significativo: “Todo ok, señor”. Colgué y me giré sobre mí mismo para asomarme al Hudson. La vista era privilegiada, digna de un futuro Gobernador. A mí, Michael Johnson Jr. ? nada me impediría triunfar. El obstáculo había desaparecido.

El Inspector Farrell era nuevo en aquel destino. Arrastrado a la gran ciudad por amor, se enfrentaba a su primer caso. Un hombre sin apenas recursos vivía a todo tren y había decidido suicidarse. La impersonal nota de despedida no le convencía. ¿Quién quería desaparecer viviendo así? Además había cierto aroma de mujer que le despistaba. Sus sentidos se agudizaron cuando buscando entre las cosas personales del fallecido, encontraron una foto de él y un niño y, posiblemente, el mismo chico convertido en joven en su graduación en otra fotografía posterior. Su intuición pocas veces le fallaba.

Cloe Wilkins había decidido que su tesis se centraría en la personalidad del político Michael Johnson. Al contrario que los chicos de su edad, ella no estaba desencantada con el mundo de la política pues veía en este nuevo personaje el viento fresco que necesitaba su país. Al igual que para él, su infancia había sido difícil ya que su madre también había fallecido cuando ella era muy pequeña. Se sentía muy cercana a él. Había concertado una entrevista con su asistente y en unos días se conocerían. El fin de semana que comenzaba lo iba a dedicar a reconstruir la vida de aquel hombre que como tantos otros personajes públicos guardaba un halo de misterio no exento de cierto romanticismo. Encendió la televisión para disponerse a cenar y se quedó sin aliento. En un especial informativo destacaban la triste muerte del padre de Michael Johnson.

El funeral fue discreto e íntimo. El Inspector Farrell observaba desde la distancia al hijo desconsolado. El que su padre no tuviera fotos de él en zonas? visibles de la casa, le resultaba raro. Ese golpe del destino, pensó, le granjearía todavía más admiradores.

El lunes después del entierro me cité con la estudiante universitaria Cloe Wilkins en la más absoluta intimidad en una exclusiva cafetería de Manhattan. Poco a poco cogimos confianza y los encuentros se hicieron menos serios y más románticos. Mi labia y detalles lograron conquistarla.

Un soleado dos de noviembre del año después de conocernos se celebró el enlace. Sólo unos pocos fueron testigos de la unión. En mis votos, dediqué unas palabras a mi padre añorando que no estuviera para sentirse feliz por su hijo. Cloe arrobada por mi ternura, recordó también la figura de su madre.

Seis meses después Cloe Wilkins echaría de menos aún más a su progenitora tras la primera paliza, inicio de las sucesivas, que durante un tiempo su esposo apagaría con pasión, lágrimas y arrepentimiento.

? ? “Eres una puta, como lo fue mi madre. Todas sois iguales”. Aquella frase resonaba en mi cabeza cada vez con más fuerza. Cuando ? perdía el control, acababa llamándola por el nombre de mi madre, Candance.

Cloe estaba tan hundida que no sabía a quién recurrir. En un primer momento intentó comprenderle y buscó en el despacho cerrado siempre bajo llave algo que le encadenara al pasado, que le hiciera ser así. Sin embargo, encontró una dirección de Brasil y un teléfono. Investigando cada vez con más interés, descubrió que mensualmente su marido ingresaba una suma considerable de dinero a nombre de Susan F. Se sintió traicionada. Michael estaba muy relacionado y su aire santurrón desorientaba a sus detractores.

Una mañana el teléfono de Michael sonó sin que él estuviera cerca. Enseguida Cloe reconoció el número pues lo había memorizado: era Susan F. Temblando cogió el móvil y preguntó qué quién era. Al otro lado reconocieron su voz: ¿Eres Cloe? No cuelgues. Ten cuidado. Te hará desaparecer como a su padre. ? ? Al otro lado sollozaron. ? ? Habla con Farrell. Él no se venderá. ? ?? Sonaba angustiada y verdadera.

Se quedó helada. A pesar de las ya continuas palizas y las humillaciones no me veía capaz de aquello, hasta que enfadado entré en el despacho y al ver que estaba allí, rojo de ira, la golpeé con tal fuerza, que su sangre tiñó la pared cercana.

Durante meses, Cloe aguantó la imagen de pareja feliz mientras en mi ausencia investigaba. Una tarjeta del Inspector Farrell avivó en su memoria la recomendación de Susan. Memorizó el número, pero no podría hablar con nadie sin que yo lo supiera. Estaba aislada. Con paciencia, se ganó la amistad de un camarero que contactó con el Inspector.

Susan F. se había vendido por dinero, pero lejos de sentirse afortunada, se arrastraba por hoteles selectos que no estaban hechos para ella. No dudó en prestar declaración por la muerte de su amante, mi padre, ? a pesar de convertirse en cómplice.

Fui declarado culpable del asesinato de mi padre, de lesiones sobre mi esposa y de provocar el aborto del hijo de ambos.

Se supo que mi madre ? abandonó nuestro hogar para irse con un vendedor de coches de segunda mano a Las Vegas donde terminaría ejerciendo la prostitución. El secreto que el miserable de mi padre quería desvelar y que amenazaba mi ? imagen perfecta.

Somos Puntos

Filed under: Creatividad - Segundo ejercicio — Nora Noemí Zeliz Pirillo at 2:54 am on Sábado, noviembre 14, 2009

Somos Puntos

Hoy me preguntaba como nace un cuento y que realidad se abstrajo para tal, estaba caminando por la ciudad, hoy la luz en todas sus formas me tiene fascinado, imagino la no forma, el punto, las partes, miro dividiendo todo, ¿cuantos puntos nos hacen y lo hacen al todo? Y ¿hasta donde hay puntos?

También pensaba en el que descubrió el punto, pensaba que ese hombre era de lo mas fantástico, un semidiós casi, descubrir el punto, dejarlo en cada final de oración, dejarlo como una unidad mas entre las formas, el punto la unidad básica, inmedible, incolora, la nada circular, sin luz somos punto, con luz somos muchos puntos.

Entonces pensaba que la luz era una compañía, aun en nuestro aislamiento de luz artificial, mirarnos y mirarnos, donde roza más o menos la luz, donde el brillo en una mirada distorsionada comienza a dejar puntos y más puntos a flora de piel.

Pensaba ¿sobre donde se edifico el todo? Un punto de nada es la respuesta más asombrosa, hoy descubrí que la nada no existe y que el porqué del punto esta en empezar a entender la luz: un punto elevado, contagiando a otros.

¡Somos los ojos de la luz! Su vientre! ¡Su embarazo! ¡Somos su musa! ¡Somos musa de la luz! Somos una misma parte, quebrada por la mirada interna, somos el punto de partida de un todo.

*Todo es una sola alma*

Proverbio Mapuche

Mis lágrimas son tuyas

Filed under: Creatividad - Segundo ejercicio — albino at 1:09 am on Sábado, noviembre 14, 2009

Nevó durante toda la tarde. Por fin paró un poco y salí a la calle. Pero no había forma de caminar sin dejar huellas. Me encontrarías. Entonces llegó ella, con su flamante coche rojo y oliendo a puta barata. Entró en tu casa por la puerta principal y yo aproveché las rodadas de su coche para alejarme. Puse cuidado en tapar la nariz con un pañuelo para que no cayeran las gotas de sangre sobre la nieve. El dolor que sentía en la cara todavía era intenso y llegaba hasta el interior de las cuencas, por eso mis ojos lloraban, por el golpe y por angustia.
El viento granizado paró la leve hemorragia de mis fosas nasales y seguí trastabillando por la nieve despareja y blanda. Cada paso era más lento y pesado, sentí desolación como nunca antes y no sabía que hacer. Dudé una y otra vez, giré mirando hacia atrás y me di cuenta que había caminado en vano…
Mis pasos estaban perfectamente marcados entre las huellas de esas cubiertas, las que había dejado esa mujer despreciable con el auto que le regalaste.

Volví a pensar en mamá y no me reconocí a mi misma; regresé enfurecida, con ansias de pegarle, romperla a pedazos y escupirle la cara hasta el cansancio y que mi saliva se transformara en ácido. A ti también…
Y así retorné sin importar nada, llena de amargura encubierta por rabia desatada y me apoyé de espaldas en el cupé. Estaba contra la puerta del conductor y me fui deslizando vencida hasta tocar el asfalto nevado con mis manos y mi trasero, a pleno llanto.
Hubiera querido morir y no pude, quería encontrarme con ella y contarle cuanto la necesitaba, tampoco pude.

Sobre mis palmas apoyé mi cara y no sé cuanto tiempo estuve así, acurrucada, inmóvil, segundos…, quizás años.
Subí mi mano para tomar la manija y ayudarme a levantar, se abrió la puerta que estaba sin traba, y no dudé, me introduje dentro abatida por el cansancio y el frío que sentía hasta en las uñas.
Pude acomodarme en la butaca y miré completamente turbada hacia el ventanal del living donde se podían ver los leños ardientes del hogar que se trasparentaban a través del cortinado.
Sabía que la sombra que veía deambular por dentro sería la de ella, suelta de ropa, ordinaria, ajena…
Bajé los ojos imaginándote con esa mujer, traicionándonos a ambas, en cuerpo y alma y sentí que la desilusión me carcomía.

Al levantar mi vista, y de casualidad, me percaté que estaban las llaves puestas en el tablero, observé la calle en dirección a la ciudad esperando no ver nada ni a nadie y menos a ti.
Apenas si sé conducir pensé, pero no me importó y puse en marcha el motor saliendo lo más rápido que pude en dirección opuesta, así como estaba aparcado el auto, hacia las afueras de la ciudad. Noté que el cortinado se corrió, pero no quise volverme y seguí concentrada en mantenerme sobre la calzada.
Me temblaban los brazos y tenía dos cascotes en lugar de pies, casi no los sentía, el agua que se fue filtrando por mi calzado terminó por entumecerlos. Sólo llevaba puesto unos calcetines de lana y zapatillas deportivas.
El auto derrapaba cada vez que pisaba el acelerador más de lo debido, hasta que llegué a la ruta y fui tranquilizándome mientras la tarde se esfumaba entre los pinos nevados.
La nieve parecía mas firme, pero no dejaba de agarrar el volante con fuerza e insistía en mantener mi vista centrada hacia adelante, sabía que transitaba lento, pero nunca había manejado con nieve.

La noche se adueñaba de todo y seguí persiguiendo la ruta a oscuras, como una fugitiva. Intenté cortar con la monotonía y con el temor que imbuía la oscuridad poniendo música. Sabes bien que eso me lleva y nos pasábamos horas en la vieja casa escuchando, ¿te acuerdas?

Pensaba que esa ramera mal oliente, junto contigo ya estarían gritando como locos al ver lo que dejé en vuestro dormitorio.
Ya lo debes saber, igual te digo: Cogí algunos vinos de la bodega, tomando la precaución de elegir los más costosos, y saqué toda la ropa de ella y la tuya del ropero. La tiré al piso y derramé cada botella sobre esta, me senté sobre la cama y sin darme cuenta fui bebiendo un poco, meditando sobre la muerte de mamá… tan pocos días pasaron desde que ocurrió; estaba muy enferma y no importó, tenías oculto el reemplazo. ¿Hace cuánto?
Me puse de pie bastante mareada, tropecé con unos zapatos de taco que había por allí tirados y me di de lleno contra la cómoda. Pensé que me había partido la cara en dos.
Fui al baño como pude, me lavé repetidamente y llena de rabia volví para orinarles la cama.
Luego sentada en el sofá cubrí mi nariz con un pañuelo mirando como se consumían en el fuego esos zapatos, esperando que el odio cesara. Esperando…
Cuando sentí el ruido del automóvil que se aproximaba pensé que eras tú y me agazapé como un felino, detrás de la puerta lateral, la que da hacia el parque…

Todavía sonaba Björk inundando el habitáculo y recordaba el momento en que entré a casa y estabas con ella tirado sobre la alfombra donde pocos días antes mamá había muerto. ¡Que asco!
Las luces, formando dos perfectos conos, me mostraban el camino como abduciéndome en mis pensamientos hasta que repentinamente vi un venado. ¡No sé que era!, una cabra y clavé los frenos, viré sin sentido con las cuatro ruedas deslizándose sin control directo hacia la banquina y terminé en un zanjón volcada. Recuerdo patente cuando pegué la cabeza contra el techo en el momento en que el auto se tumbaba y luego no mucho más.
Sentí un dolor fuerte y desmayé.
No me digas, no me interesa saber cómo llegué aquí. En definitiva es tu culpa.
Recuerdo verme por el espejo retrovisor, como una mancha, una lágrima negra.

—¿Cómo me veo ahora?
—… los médicos dicen que pronto podrás volver a casa —le dijo padre.

Enferma de deseo

Filed under: Creatividad - Segundo ejercicio — Carminacd at 4:45 pm on Viernes, noviembre 13, 2009

Nevó durante toda la tarde. Por fin paró un poco y salí a la calle. Pero no había forma de caminar sin dejar huellas. Me encontrarías. Entonces llegó ella, con su flamante coche rojo y oliendo a puta barata. Entró en tu casa por la puerta principal y yo aproveché las rodadas de su coche para alejarme. Puse cuidado en tapar la nariz con un pañuelo para que no cayeran las gotas de sangre sobre la nieve.

Pero no olvidaría la paliza durante meses y quizá también todo ese tiempo me quedarían los moretones violáceos alrededor de los ojos para que cada vez que me mirara en el espejo pensara en ti y en tu fuerza bruta, en tu excitante fuerza bruta. En tus músculos de titanio, en tu altura, tu cabello rubio, tu lujuria.

No quise dejar huella en tu calle ni en tu vida, borraría mis pasos desapareciendo; no sabía en ese momento cuál fuera el lugar más lejano del planeta, pero hacia allí me dirigiría. Creí que mi nariz no necesitaba cura, pero aunque la necesitara se debía sanar sola porque ni loca ni rematada me acercaba a ningún hospital que yo no sé mentir y apenas me hicieran alguna pregunta sospechosa hubiera dicho toda la verdad.

Para qué llamaste a la puta de tu madre no lo sé. La única que necesitaba consolación era yo en ese caso. Por lo menos las huellas que dejó con el auto me sirvieron para ocultar las mías.

Hasta me atropellaron las ganas de volver, entrar sin ser notada y romperte el cráneo con el perchero de bronce que has parado junto a la puerta trasera, todo frente a los ojos de tu madre que gritaría como la loca puta que es. Si te mato dejo de sufrir. Cuando no existas este deseo enfermizo morirá contigo.

Como pez fuera del agua

Filed under: Creatividad - Segundo ejercicio — Esther at 2:54 pm on Viernes, noviembre 13, 2009

Nevó durante toda la tarde. Por fin paró un poco y salí a la calle. Pero no había forma de caminar sin dejar huellas. Me encontrarías. Entonces llegó ella, con su flamante coche rojo y oliendo a puta barata. Entró en tu casa por la puerta principal y yo aproveché las rodadas de su coche para alejarme. Puse cuidado en tapar la nariz con un pañuelo para que no cayeran las gotas de sangre sobre la nieve. Despacio pero con agilidad sobre la vieja Harley, fui alejándome de ese horrible lugar donde ya nunca nada sería igual. Tú, flotando boca arriba en la piscina, habías encontrado el lugar tan añorado, tu propio cielo azul, que de fondo enmarcaba ese cuero negro similar a un pellejo hinchado en que te habías convertido. Yo, aunque sangrando aún, conseguía escapar por el foro, como lo que siempre fui, una insignificante y anodina comparsa. El juego que entre la vida y la muerte, que habías ideado desde que nos conocimos, se volvía en tu contra. Las cadenas de tus malditas mentiras, eran ahora mi salvación, nadie creería que el que allí boca abajo, flotaba como un corcho hinchado y pestoso fantasma de si mismo, eras tú y no yo. Todos creerían que era el miserable gusano que habías llamado para hacer de partner en la charada, no era otro, que yo mismo sin serlo, un muerto más vivo que nunca. Por fin encontraría la manera de escapar a ese destino que tú inventaste para ser, el único personaje importante. Una risa amarga me subió hasta la boca, ahora las cadenas que fueron mi prisión, eran ya tu mortaja. Yo, el impostar, con tu misma cara, con la nariz casi rota, pero vivo y coleando. Reclamaría mi destino, el tuyo, ayer inventado, para tener tu poder, para gastar hasta el último dólar que robaras a otros desdichados, que tuvieron la desgracia de tropezarse contigo, de tantos que sirvieron por no tener a donde ir, de comparsas de tus muchas charadas. El inventor de mentiras que cada año estrenabas, como el que estrena un traje: Vida nueva, casa adosada con piscina y descapotable, otra nueva furcia se adueñaba de tu cama, mientras el partener de turno, era el que recibía a duras penas unas migajas, a cambio de jugarse la vida, por tu cara, siendo una copia de ti mismo, sin ser nada. Pero hoy la suerte, te volvió la espalda. Eres tú, la víctima, nadie reconoce tu mirada en mi mirada, ahora yo salgo a escena y tú a flotar como un trozo de corcho hinchado. Tú el mejor pez del acuario de Villa Miranda, tú, que ni nadas, nada de nada y yo salgo por piernas con la cartera bien repleta, con tu propia cara.
Seré quien invente historias, que otros hagan de comparsa, de desgraciados de turno. Cojo la revancha y te invento bien muerto sobre un cielo enlosado de aguas mansas, de esa piscina azul que tanto te gustaba, es ahora el acuario donde descansas. Mañana tal vez en las noticias de las cuatro dirán como aquel que no dice nada: “La señorita G H al llegar a las veinte treinta a la casa del famoso Humberto Mendoza, éste se hallaba ausente de la villa, encontró a un infeliz, uno que despistado cruzo a nado la piscina de Villa Miranda, pensando que era una charca y se quedo tieso igual que una mojama” y yo seré quién me reiré a tus espaldas. Fingiré ser un cretino con voz de ginebra de marca; con ojos de bolsas sin sueño, con la oronda papada, embutido en Armani, con un habano colgando descuidado de la comisura de mi boca, al iniciar la charada: “ Pobre desgraciado cruzo el mar y se quedo sin agua”

Aurora

Filed under: Creatividad - Segundo ejercicio — ivalopano at 12:02 am on Viernes, noviembre 13, 2009

Nevó durante toda la tarde. Por fin paró un poco y salí a la calle. Pero no había forma de caminar sin dejar huellas. Me encontrarías. Entonces llegó ella, con su flamante coche rojo y oliendo a puta barata. Entró en tu casa por la puerta principal y yo aproveché las rodadas de su coche para alejarme. Puse cuidado en tapar la nariz con un pañuelo para que no cayeran las gotas de sangre sobre la nieve.

Era esta la oportunidad para desaparecer. Ya no miraría atrás. Ya no más llantos. Estas eran mis últimas lágrimas con tu nombre y mi sangre. Caminando con dificultad por la nieve, encorvada para hacerle frente al viento, fui acortando la distancia que me separaba de mi libertad.

Cada paso, me alejaba de ti. Cada metro que con esfuerzo andaba, representaba en mi interior un verdadero logro.

Fueron muchos años soportando en silencio; callando ante los amigos y ante la familia. Mi familia no debía saberlo nunca. No tendría el valor de reconocer ante mi madre, que siempre tuvo razón cuando me advertía y pedía que no tomara la decisión de irme contigo al extranjero, que lo pensara un poco más. Que dejara pasar algún tiempo, que te conociera mejor.

“No le tengo confianza”, me decía. ? “No me preguntes porqué, pero siento que no es buena persona”. ? Mamá y sus “corazonadas”.

Debo ser sincera, nunca se equivocó cuando al momento de conocer a alguien decía: “No sirve”. Así, tajante y sin vueltas. Y tarde o temprano lo podíamos comprobar. De una manera u otra, aquella persona dejaba ver sus malas intenciones o su calidad de mala persona.

Por supuesto, en este caso, tampoco se equivocó.

Por no haber querido oír sus consejos y advertencias, hoy estoy herida. Temo mirar de frente a la gente, siento que todos adivinan mi secreto. No puedo mirar a ningún otro hombre. En mi mente surge invariablemente la imagen de esas manos, agresivas, pesadas, siempre prontas a descargar un golpe. Odio hasta el perfume que usas.

Todos tus movimientos, que en mi primer momento de enamorada, me encantaban y adoraba, se transformaron en temor, a partir del primer golpe, aquella noche de vacaciones, en esa casita adorable que tenían tus padres en el campo.

Una hermosa noche, a fines de otoño. Era la primera vez que encendíamos la chimenea. Hermoso. Romántico. Yo adoraba estar entre tus brazos, sobre la alfombra, frente al fuego.

Sin saber cómo, y seguramente por una puerilidad, discutimos. Yo tenía razón y no estaba dispuesta a reconocer lo contrario (quizás uno de mis mayores defectos), lo que me costó caro.

Enardecido, desconocido totalmente para mí, descargaste un puñetazo sobre mi rostro.

Sin poder entender lo que había sucedido, loca de dolor físico y moral, sentí que me moría.

No morí. Pero algo murió para siempre en mí. Nunca más pude sentir nada cuando tus manos me tocaban. Nunca más sentí nada cuando accedía a tu requerimiento sexual.

Muchas veces, cansada, sintiéndome un elemento de uso, trataba de imaginar algo hermoso, para al menos, poder tolerar tu contacto, para evitar los golpes, imaginaba que estaba en brazos de un hombre adorable y hermoso. Tu perfume que me era odioso, impedía que pudiera evadirme mentalmente. Imposible imaginar otro hombre haciéndome el amor. Imposible sentir este acto como algo hermoso y amoroso. Ya no. Se había transformado en algo asqueroso, doloroso, humillante. Debía callar y morder la almohada tantas veces, ahogando mi llanto mientras dormías lejano y tranquilo.

Ahí te quedas. Cuando tu amiga del auto rojo y el perfume de mal gusto, se vaya, me buscarás.

Será tarde. No me busques. No llames a mis padres. Ellos no saben dónde voy.

Hasta nunca. Aurora.

PRUDENCIA

Filed under: Creatividad - Segundo ejercicio — Corina Harry at 10:54 pm on Miércoles, noviembre 11, 2009

Nevó durante toda la tarde. Por fin paró un poco y salí a la calle. Pero no había forma de caminar sin dejar huellas. Me encontrarías. Entonces llegó ella, con su flamante coche rojo y oliendo a puta barata. Entró en tu casa por la puerta principal y yo aproveché las rodadas de su coche para alejarme. Puse cuidado en tapar la nariz con un pañuelo para que no cayeran las gotas de sangre sobre la nieve. Decidí que alejarme, no era lo mejor. Regresé sobre lo andado y entré a tu casa por la puerta trasera intentando que ella no me viera. El olor que desparramaba en el ambiente, me sugería los lugares por donde no transitar si no quería toparme con ella. No quería encontrármela de sorpresa y tener que entablar la misma conversación insana de siempre. ¿Por qué será que te empecinas en relacionarte con alguien que huele tan mal? ¿Por qué no me advertiste a cerca de cómo eran las cosas? ¿Piensas que nunca te perdonaría semejante cosa? Es cierto, jamás lo haría. De todas formas, lo hecho, hecho está. Y aquí me encuentro, tan cerca de ella, que tengo miedo de contagiarme el olor. Ya lo decía tu madre: “auto rojo, auto de puta barata con aires de grandeza”. Comencé a pensar alguna estrategia efectiva para huir de la casa antes de que tú llegaras y de que ella terminara de desparramar su espantoso olor. Lo primero que se me ocurrió fue salir corriendo. Lo intenté, pero el vidrio de la puerta trasera provocó que mi nariz comenzara a sangrar nuevamente.? “La? debilidad capilar es hereditaria” – dijo el médico de cabecera de la familia. Pero ¿por qué siempre era yo la que debía poner a prueba esas cuestiones? Acaso ¿tú no eres parte de esta familia? Por suerte el pañuelo era de papel tisú y podía deshacerme de él fácilmente arrojándolo por el retrete, y así nadie se daría cuenta de que mi nariz había sangrado por enésima vez. Me pareció una idea estupenda hasta que lo arrojé por el retrete y recordé que el sonido de la descarga del agua podría advertirla de que no se encontraba sola en la casa. Decidí retirarlo y estrujarlo, buscar una bolsita plástica y colocarlo dentro, con la idea de sacarlo de la casa y proceder a arrojarlo? muy lejos. Comencé la operación de rescate del papel tisú. Logré asirlo con una mano. Al estrujarlo para que no chorreara sobre el piso del baño, la sangre, que ya se había mezclado con el agua, tiñó de un rojo pálido el blanco retrete de loza. Abrir una canilla, o apretar el botón, serían igualmente ruidosos y yo no quería eso. Quedarme encerrada en el baño hasta que ella se fuera en su flamante coche rojo y oliendo a puta barata, era un riesgo que quizás debía correr. Pero ¿Y si tú llegabas antes de que ella se fuera? Siempre tuvo mucha paciencia, ¿Por qué perderla ahora, hoy, en este preciso momento? ¿Acaso no te ha esperado mil veces más de la cuenta, sólo para verte unos instantes? Creo que dejar su olor en los espacios en los que transita, es uno de sus mayores placeres. Ese, y que la vean con su auto rojo. ¿Qué tiene el rojo de especial? No era el momento de ponerme a pensar en eso. La sangre en el retrete era lo que realmente me preocupaba. De pronto pensé que tampoco eso era tan importante. Ella no se molestaría en averiguar a qué obedecía la presencia de una ligera coloración rojiza en un baño. Y ¡si preguntaba? ¿Qué le dirías? Por un momento comprendí que estaba teniendo un comportamiento algo paranoico.? Decidí dejar de pensar. Pero la verdad es que si no hubiera nevado en toda la tarde, si no me hubiera sangrado la nariz, si no hubiera querido que no me encontraras y sobre todo, si no hubiera llegado ella en su flamante coche rojo y oliendo a puta barata, las cosas hubieran sido mucho más fáciles para mi. Pero todo eso ocurrió y no pude evitarlo. Pero lo cierto es que yo estaba en la misma casa que ella con mi nariz sangrante. Me senté en el suelo intentando armar una nueva estrategia de huida. El tiempo corría, tú llegarías en cualquier momento, ella estaba allí, y yo también. No era lo esperado, pero me entretenido mirando cada rincón de tu cuarto, cada objeto que me había sido familiar durante tantos años. La idea de detener el tiempo me pareció obsoleta y deslucida; antigua, estúpida. Pero era lo único que venía a mi mente. Era obvio que necesitaba tiempo para pensar y no lo tenía. ¿Cómo salir de la casa, luego de haber vuelto a entrar? No podía quedarme toda la noche sentada en un rincón sin ser vista. O debajo de la cama, o dentro de un placard. La nieve comenzó a caer nuevamente, podría salir de la casa y caminar hasta la ruta. Los copos que caerían tras mis pasos borrarían las huellas de mi pisada. Así lo hice. Me quité el abrigo para barrer con él las huellas más profundas. La nieve caía con fuerza. Comencé a sentir frío. Necesitaba llegar a la ruta. La nevada se volvía más intensa. Mis manos comenzaron a entumecerse. No era normal que nevara tanto en esa época del año. La nieve borró no solo mis huellas sino las de todo ser vivo alrededor de la casa. Me dolían los pies. Un apagón se apoderó de la única luz de referencia. El auto rojo seguramente ya se habría cubierto de nieve, ya que no se distinguía del resto. Todo era blanco. Todo era nieve. Mis rodillas también se habían dormido. De pronto comprendí que no era yo la que debía de haber dejado la casa. Pretendí regresar. Era demasiado tarde. Había anochecido y yo había perdido todo punto de referencia. Mis piernas estaban hundidas en la nieve y la tormenta comenzaba a tapar el resto de mi cuerpo. Me encontrarías, pero sería demasiado tarde.

Perro

Filed under: Creatividad - Segundo ejercicio — MiguelR at 9:08 pm on Miércoles, noviembre 11, 2009

Nevó durante toda la tarde. Por fin paró un poco y salí a la calle. Pero no había forma de caminar sin dejar huellas. Me encontrarías. Entonces llegó ella, con su flamante coche rojo y oliendo a puta barata. Entró en tu casa por la puerta principal y yo aproveché las rodadas de su coche para alejarme. Puse cuidado en tapar la nariz con un pañuelo para que no cayeran las gotas de sangre sobre la nieve. Resistí todo impulso a encender un cigarro hasta no estar frente al cenicero sobre mi mesa ratona. Tanto tiempo había pasado ese maldito perro, desatendido y abandonado por ella, que llegue a tomar la decisión de darle su merecido fin, ese mismo viernes de invierno.

Fueron los últimos reproches que le realizo, las ultimas suplicas contra su abandono, que escuchara cualquier vecino. Cualquier ser con sangre en sus venas aborrecería la situación y mucho mas los sollozos lamentos en la madrugada.

Conocía la casa, y al ser ella mi vecina sabia de sus viajes. Aproveche la situación. No fue a sangre fría, tuve una larga charla con el. Así fe que me quedo claro que el destino ya estaba resuelto. Aunque la sangre se desparramo por la blanca alfombra, siempre es la mejor manera, el impacto, el arrepentimiento y la necesidad de olvido es la mejor garantía a la impunidad. Una cuchillada sin amor. Gajes del oficio.

Ella lloro días enteros, falsamente. Una custodia permanente le garantizo tranquilidad, también alcohol y un desahogo alguna que otra noche, en la que ella dejaba de llorar pero no de jadear, donde era más que su protector. La vi revolcada en la cama, deseosa, cubierta de sudor y de varias lagrimas. Todo tan evidente, todo al alcance de mi ventana.

Cuando la policía, con sus clásicas averiguaciones, llego a tocar mi puerta y entre preguntas y cafés me contaron que ese maldito perro había dejado una nota de despedida, me eche a reír. Que ella este cada vez más cerca de la locura, haría que la investigación se resolviera más rápido a mi favor.

Un mes después, volvió a los viajes, entonces me pregunte si tan cerca de las nubes lo habrá extrañado por primera vez. Cuando retomo sus rutinas, la cruce un par de veces, siempre sonriente un, “buen día vecino”, y? “que clima hoy” fueron sus palabras. Al dirigirse en las mañanas de invierno, con nieve aún en las calles, dejaba huellas siempre al pasar.

Siempre me quedará París

Filed under: Creatividad - Segundo ejercicio — Alfonso at 7:14 pm on Miércoles, noviembre 11, 2009

Nevó durante toda la tarde. Por fin paró un poco y salí a la calle. Pero no había forma de caminar sin dejar huellas. Me encontrarías. Entonces llegó ella, con su flamante coche rojo y oliendo a puta barata. Entró en tu casa por la puerta principal y yo aproveché las rodadas de su coche para alejarme. Puse cuidado en tapar la nariz con un pañuelo para que no cayeran las gotas de sangre sobre la nieve.

?

Siempre que salía de tu casa me juraba que no volvería nunca más. Sabía desde hace tiempo que no era la única en tu vida y a pesar de todo volvía una y otra vez. Mientras caminaba por la nieve rememoré el momento en que te conocí.

Una figura cargada de maletas y bultos entraba en la estación de Valencia, andaba, tropezaba, perdía algún bulto; volvía a por él, lo intentaba colocar entre los otros y volvía a repetir todo el proceso con lo que el avance sé le hacia muy dificultoso. Su aparición se convirtió en un espectáculo que no pasó desapercibido. Su aspecto era informal aunque no excesivamente desaliñado, pantalones vaqueros, camisa de cuadros y chaqueta marrón;? barba de varios días y? pelo desordenado.

? ? ? ? ? ? ? ? ? ? ? Se situó delante de uno de los monitores que indican la salida de los trenes y comprobó los horarios. Parecía sobrarle tiempo por la lentitud de sus pasos. Se dirigió hacía el andén y tomó unas escaleras mecánicas excesivamente estrechas para la anchura que él necesitaba; varios bultos iban en los pasamanos y otros en la escalera con lo que las velocidades eran distintas y aunque todos consiguieron llegar abajo, primero lo lograron unas bolsas, luego Zoilo que tropezó con ellas y cayó encima y a continuación todos los demás paquetes que se desmoronaron sobre él y casi alguno de los pasajeros, que venían detrás, que se las vieron y desearon para poder esquivarle.

? ? ? ? ? ? ? ? ? ? ? Desde uno de los bancos del andén le vi. Me pareció una broma y no pude evitar reírme a mandíbula batiente. Me vio y se dirigió hacia mí. Reprimí mi regocijo y adopté una actitud seria no fuera a enfadarse. Se acercó y durante un rato estuvo colocando en el suelo todos sus fardos, cuando lo consiguió se sentó a mi lado.

-? ? ? ? ? ? ? ¡Qué!, ¿te diviertes? Me dijo

Le miré sonriente. Aquellos ojos grandes, relucientes y verdes, muy verdes me hipnotizaron y creo que todavía me tienen secuestrada.

-? ? ? ? ? ? ? Si mucho, le contesté sollozando de risa.

-? ? ? ? ? ? No me extraña me contestó y lanzó unas cuantas carcajadas estruendosas que lograron que la gente le observase todavía con más curiosidad.

Miramos a nuestro alrededor y nos reímos.

Me contó que había exprimido al máximo el verano después de pasarse vendiendo por toda la costa mediterránea. Los turistas ya escaseaban y el tiempo se había convertido en la maldita gota fría que siempre daba guerra en septiembre u octubre. Así que se volvía para Madrid.

Yo había estado en Marbella y en Ibiza pero no lo había pasado trabajando sino de fiesta en fiesta con mis amigas y ahora hastiada y cansada volvía también a Madrid.

Nos reímos un rato largo y al llegar el tren me despedí rápidamente para coger mi asiento. Me instalé en la ventanilla y eche un vistazo buscándole por el andén. Ya no se le veía. Había desaparecido. Era una pena. Me había resultado muy gracioso. Alguien que me pedía disculpas mientras colocaba sus maletas me sacó de mi ensimismamiento. Me di la vuelta y me quedé con la boca abierta. ¡Era él!

No sé que nos unió. Más bien creo que había muchas cosas que nos separaban. Quizás fue eso pero hablamos y hablamos durante todo el viaje. El me contaba historias, experiencias y aventuras y yo le escuchaba expectante.

El tren avanzaba a toda velocidad, sin que el paisaje nos importase lo más mínimo, nos habíamos metido el uno en el otro y la investigación mutua nos tenia absorbidos.

Me dí cuenta que tenía cogido su brazo. No sabia como había sido pero en el transcurso del relato había sentido la necesidad de que sintiera mi apoyo. Me azoré.

Nos quedamos callados y noté que íbamos en el tren la realidad del traqueteo y el paisaje que se veía por la ventanilla irrumpieron de forma violenta. El dialogo nos había puesto en un contacto íntimo que ahora se rompía y nos advertía que no estábamos solos. Nuestras manos estaban ya entrelazadas.

Casi sin darme cuenta estábamos llegando a Madrid.

Zoilo me preguntó:

-? ? ? ? ? ? ? ¿Quién te espera en Madrid?

-? ? ? ? ? ? ? ¡Oh! Un invierno muy, muy largo.

-? ? ? ? ? ? ? A mi no me espera nadie, añadió.

El tren descendió suavemente su velocidad hasta que se detuvo con un pequeño frenazo.

Nos miramos largamente esperando que fuera el otro el que se moviera.

Numerosas personas salen por el pasillo; él no se puede mover.

Sus ojos? no se apartan de los míos y nuestras manos se aprietan fuertemente.

El pasillo está libre.

Mi corazón late apresuradamente, unas perlas de sudor aparecen en su frente.

El tren anuncia que va a hacer su salida con rumbo a Irún.

Ninguno nos movimos.

Me pareció que su boca temblaba, que me iba a pedir algo pero no le deje y le besé con pasión.

El tren comenzó a deslizarse lentamente.

Ahora entre la nieve pienso que el sueño se ha acabado. Aquel invierno en París valió la pena, pero ahora estoy enganchada a un sueño. Después de aquel tiempo volvimos al Mediterráneo y luego a Madrid pero ya nunca fue igual. Ahora su desprecio es humillante y cuando se lo digo me maltrata.

Me soné suavemente intentando que la sangre me dejara respirar.

Me he perdido el respeto a mi misma y siempre vuelvo a verle a pesar de que cuando me voy de su lado me juro que no volveré.

En mi cabeza empiezan a bullir ideas. Cojo un taxi y me presento en la estación de tren.

El tren con destino París no tardará en salir. ¡Si me atreviese!

Compro un billete y me siento a esperar.

Un muchacho de pelo castaño y sonrisa amplia se sienta a mi lado.

-? ? ? ? ? ? ? ¿Vas de viaje?, me pregunta

-? ? ? ? ? ? ? Yo voy a París y ¿tu?

-? ? ? ? ? ? ? Yo también me contesta

Pues vamos le digo y cogiéndole del brazo le susurro “Siempre me quedará París”.

Sangre en la nieve

Filed under: Creatividad - Segundo ejercicio — Sofia Moreno at 4:03 am on Miércoles, noviembre 11, 2009

Nevó durante toda la tarde. Por fin paró un poco y salí a la calle. Pero no había forma de caminar sin dejar huellas. Me encontrarías. Entonces llegó ella, con su flamante coche rojo y oliendo a puta barata. Entró en tu casa por la puerta principal y yo aproveché las rodadas de su coche para alejarme. Puse cuidado en tapar la nariz con un pañuelo para que no cayeran las gotas de sangre sobre la nieve. Pero no me di cuenta entonces que mis pisadas furtivas aparecían claramente impresas sobre las huellas de sus neumáticos. Mi suerte estaba echada, y yo ni siquiera lo sabía.

Maldita sea la hora en que te conocí. ¡Quién me manda a mí meterme en semejante berenjenal! Y todo por mis buenos sentimientos. Estabas tan apagado, tan mortecino, te vi tan indefenso… No pude resistirme, la verdad. Siempre me han gustado los perros, especialmente los perros apaleados, abandonados, con aspecto lastimero. Eras un precioso perrito joven, no ya un cachorro pero aún lejos de ser un adulto. Era fácil ver que te habías perdido. Allí estabas, pegado a la carretera, hipando y goteando sangre, lamiendo tus heridas.

Detuve el coche. Me acerqué a ti con cuidado. Gruñiste un poco, pero te dejaste tocar. Tenías un fractura fea. Te dejaste llevar en brazos. Era evidente que ya habías estado en un coche, porque no extrañaste nada durante el viaje, no protestaste.

La veterinaria se portó muy bien. No quiso cobrarme. Pasó su lector de tarjetas magnéticas por tu oreja derecha y la técnica, bendito invento, nos reveló todos tus secretos: nombre y dirección, edad, datos de contacto del dueño.

Yo me hubiera quedado contigo con mucho gusto, pero la veterinaria insistió: “Déjeme averiguar primero si se trata de un caso de maltrato o si simplemente se ha perdido y no fue culpa de sus dueños.”

Fue blando y cedí. Debía haber insistido, haber sido más firme.

Al día siguiente, llamé a la veterinaria desde la oficina. En cierto modo, deseaba que tus dueños le hubieran causado mala impresión, así hubiera tenido alguna posibilidad que adoptarte. Pero ella estuvo tajante: “Mi hermana la conoce, es buena gente, no puede haber sido maltrato. Si quiere adoptar a algún perro, le indicaré dónde acudir. Siempre los hay, no se preocupe, tendrá candidatos entre los que elegir.”

Pero a mí no me interesaba un desconocido, era a ti a quien yo había rescatado del borde nevado de aquella carretera sangrienta. Le di palique y conversación, conseguí así saber más y acabó revelándome la dirección que tu tarjeta magnética llevaba inscrita. Ella me dijo que no, no había ningún inconveniente en que yo pasara a visitarte en tu casa, seguramente la dueña estaría encantada de poder agradecerme el haberte salvado.

Aquella misma tarde salí de la oficina más pronto que de costumbre y aparqué frente a un hermoso chalet. Gente de dinero, no cabía duda. Nada que ver con el pisito exiguo donde yo pasaba mis noches. La mansión era tan amplia que el garaje era un edificio separado de la casa por una hermosa extensión de césped. Incluso en invierno, lucía brillante y frondoso.

Aquí serías seguramente muy feliz. No te faltaría de nada: comida, espacio, extensiones de verde para correr.

Llamé al timbre y sonaron dos hermosos tonos de campana, elegantes, distinguidos. Una mujer regordeta me abrió. Llevaba un delantal con encaje planchado. Dios mío, ¡solo le faltaba la cofia para ser la viva caricatura de una ama de llaves de postín!

Me indicó una salita para esperar. Me senté en una silla que juraría que era de época, pero la verdad, no tengo ni idea de qué época. Eso sí, seguramente era una época en que mis antepasados se dejarían la piel trabajando mientras los antepasados de tu ama vivían a costa de la sangre, el sudor y las lágrimas de los míos, qué duda cabe.

Daba igual, para mí esa era tu casa, y tu ama eran tan solo tu invitada.

Y entró ella, alta, rubia, desenvuelta. Casi me olvidé de ti. Me besó, estuvo a punto de llorar de emoción. Intentó darme una gratificación en dinero, pero me negué. Tengo mi sentido del honor, qué diablos. Le expliqué que simplemente estaba preocupado por el perro. Me ofreció algo de beber. Acepté un Jerez, sin duda lo más refinado que haya bebido jamás. Me fui animando con la charla y sin saber cómo, prometí volver al sábado siguiente.

Así empezamos a salir juntos, un tremendo error, ahora me doy cuenta. Éramos de mundos distintos y como solía decir mi abuela, jamás te mezcles con los que no son de tu clase. Solo te traerán problemas.

Yo pensé, iluso de mí, que eso eran tonterías de vieja, cosas del pasado. Al principio todo fue bien. Estaba ilusionado. Descubrí con ella mundos nuevos. Sus amigos eran de pronto mis amigos. Íbamos a estupendas fiestas donde nunca faltaba de nada. Adopté sus gustos. Me encantaba perderme a mi mismo, descubrirme una nueva identidad de joven glamuroso. Aprendí a esquiar, a montar a caballo. ? Acudimos a exposiciones, inauguraciones, conciertos. La cabeza me daba vueltas, pero parecía que por fin, mi vida dejaba de ser gris.

Debí recelar cuando muy al principio, en aquella primera entrevista, ella me explicó cómo te habías extraviado. Pero no quise ver su egoísmo, su falta de cuidados contigo. Estaba deslumbrado: ¡aquella diosa se interesaba por mí! En realidad, sí había sido culpa de ella. Nunca debió dejarte solo, al menos sin atarte siquiera, en aquel lugar extraño. Debió haber previsto que podrías asustarte por algo inesperado, como aquel camión. Debía haber sido más precavida contigo.

Ella se aburría rápidamente de una actividad, así que pronto no le bastó con el esquí y la equitación. Quiso probar deportes de riesgo y así, por su vana frivolidad y mi estúpida sumisión, he acabado hoy probando el “puenting” y rompiéndome la nariz en aquel parapeto de cemento. Maldita desgraciada extravagante… Qué poco le importamos tú y yo.

Ni siquiera he tenido el valor de decirle a la cara que lo nuestro se acabó. Seguramente ya habrá leído la nota de adiós que he deslizado con todo sigilo bajo la puerta de entrada. Estoy casi seguro que ni tú ni su mucama os habéis dado cuenta de mis movimientos silenciosos… La verdad, no tengo el valor de enfrentarme a ella, de darle explicaciones. Espero que no salga corriendo a buscarme ahora. Intentaré olvidaros a los dos, a ti y a ella, aunque me costará olvidar tu mirada confiada y tu bondad.

(fin del 2º ejercicio de creatividad)

Puntos de vista

Filed under: Creatividad - Segundo ejercicio — Alicia at 9:31 pm on Martes, noviembre 10, 2009

Puntos de vista

?

Nevó durante toda la tarde. Por fin paró un poco y salí a la calle. Pero no había forma de caminar sin dejar huellas. Me encontrarías. Entonces llegó ella, con su flamante coche rojo y oliendo a puta barata. Entró en tu casa por la puerta principal y yo aproveché las rodadas de su coche para alejarme. Puse cuidado en tapar la nariz con un pañuelo para que no cayeran las gotas de sangre sobre la nieve.

Tal vez me había sobrepasado; por eso el miedo y los deseos de no regresar.

Supe desde siempre que aquello tendría un final. Que el ocupar tu cama sin límites y sin horarios no iba a ser duradero. Y sin embargo me atreví.

Me atreví a cruzar tus vallas y a desafiarte luego, sabiendo que te rendirías a mi poder de seducción.

Me animé a dejar el calor de mi cuerpo entre tus sábanas aún después de una? noche de silencios.

Arriesgué en ocasiones hasta mi vida, tratando de cubrirte por tus bravuconadas.

Esa tarde trataba de huir de tus enojos; en la premura me lesioné y recurrí como pude al pañuelo que habías dejado sobre la silla, evitando dejar rastros. Observé desde las sombras tu noche compartida, no pudiendo impedir cierta congoja. Los días de la ausencia se me hicieron eternos y por eso celebro este reencuentro.

Y aquí estoy de nuevo. Entibiada por tu cobertor de pana, mirando a través de los cristales la nieve que no cesa de caer. El fuego del hogar crea en el cuarto un clima irrepetible y yo admiro tu sombra mientras te despojas de la ropa y te me acercas.

Me tomas del pelo y echas atrás mi cabeza en un movimiento que sabes me distiende. Tus manos me acarician y yo me entrego con la fantasía de quedarme para siempre.

Por eso volví. Porque a pesar del olor a puta barata y? de tus sábanas ajadas, algo me dice que he ganado tu confianza y que no has de suplantarme; que no tendré que huir como en la tarde aquella; que continúo siendo, a pesar de todo, tu mascota predilecta.

No me lo reproches

Filed under: Creatividad - Segundo ejercicio — Indalo at 8:29 pm on Martes, noviembre 10, 2009

Nevó durante toda la tarde. Por fin paró un poco y salí a la calle. Pero no había? forma de caminar sin dejar huellas. Me encontrarías. Entonces llegó ella,? ? con su flamante coche rojo y oliendo a puta barata. Entró en tu casa por la? ? puerta principal y yo aproveché las rodadas de su coche para alejarme.? ? Puse cuidado en tapar la nariz con un pañuelo para que no cayeran? ? las gotas de sangre sobre la nieve. Espero que aún recuerdes las continuas hemorragias que sufría por aquellas fechas… Por cierto, ayer se cumplieron dos años; ¡cómo pasa el tiempo!

Te preguntarás, cariño, ? cuál es el motivo de esta carta. Muy fácil, quiero contarte por qué actué de esa manera, quiero que comprendas que no fui la única culpable. También resulta que soy perfeccionista y me gusta concluir todo aquello que empiezo, por lo que he pensado que tú, que fuiste el damnificado,? tenías derecho a conocer la realidad.

? Antes de llegar al Mesón del Águila me crucé con la policía. Iban hacia tu casa. Ya imaginarás que fui yo quien les avisó, y lo hice desde tu propia casa, antes de marcharme. Me vi obligada a ello por una serie de circunstancias que a continuación te aclararé. Pero el detonante fue tu deslealtad, averigüé que eras infiel, que estabas tramando fugarte con tu amiguita y… con el botín ¿Y quizá teníais previsto liquidarme antes? Eso solo vosotros lo sabréis, a mí ya no me importa.

Como pudiste comprobar, me adelanté. Imagino que te sorprendería, porque siempre tuviste un concepto muy pobre de mí, quiero decir que me menospreciaste. ¿Acaso creías que era tonta? ¿No recuerdas que el golpe al banco lo organicé yo, que tú sólo empleaste la fuerza, la fuerza del macho? ¿Acaso me creías prisionera de tus encantos, embobada por tu amor, perdida en el deseo? ? Cariño, hacía mucho tiempo que pensaba antes de actuar: la adolescencia me quedaba lejana. Soy una mujer apasionada, tú lo sabes muy bien, pero antes de conocerte ya había aprendido a conducirme.

? Y acerca de ti, siendo un buen espécimen como eres, siempre me pareció que te faltaba algo, o mejor, que te sobraba algo, que te sobraba soberbia. Tu entendías el amor como un negocio productivo, un negocio que generaba regalías, y una de ellas era mi abnegación; tú te considerabas el centro del mundo y te sentías con derecho a utilizarme. Y me creías dócil porque no alzaba la voz como tú. Pensabas que “mandar” era subir la voz más que el otro: lamentable…

Por suerte, descubrí tus intenciones, tus sucias intenciones, y actué. Sólo tuve que ponerte un somnífero en el café aquella tarde; así de fácil. Claro que… tuve un contratiempo, un pequeño contratiempo: la aparición de tu amiguita con su cochecito rojo, algo que no tenía previsto. Tuve que apresurarme. Sin embargo, las huellas de su coche me ayudaron a escapar con más garantías aún de las previstas.

¡Qué pena que te robaran el botín del banco! Bueno… en realidad me alegro de que no lo disfrutaras tú ni tu amiguita. Treinta millones de euros era mucho dinero para vosotros dos.

? Cariño, espero que estos casi dos años de cárcel te hayan servido para recapacitar. No me los reproches nunca; si acaso, piensa en tus propios errores. Por cierto, cariño, suerte que la policía no encontró el dinero en tu casa, porque de haberte pillado con las manos en la masa tu condena habría sido muchísimo más larga y penosa.

? No me busques, cariño, no me encontrarás. He tenido un golpe de suerte y vivo muy bien, en un lugar de ensueño. Con dinero es fácil esconderse, con dinero y con los avances de la cirugía. Te haría gracia comprobar lo voluble que es el aspecto de una mujer.? En un santiamén te pueden modificar el cabello, los labios, los dientes, los pómulos, las caderas, los pechos… cualquier cosa, y lo hacen bien, es cuestión de dinero. Ahora bien, los especialistas a los que me refiero no son tan chapuceros como los que le pusieron esos melones tan rígidos a tu amiguita. ¡Ah!, se me olvidaba, también es fácil cambiarse el nombre.

Para terminar, cariño, te aconsejo que no pienses mal, que te conozco…: que desapareciera el dinero aquella tarde, no significa que yo me los llevara.

Suerte, cariño, supérate.

Nieve y sangre

Filed under: Creatividad - Segundo ejercicio — atman at 5:56 pm on Martes, noviembre 10, 2009

“Nevó durante toda la tarde. Por fin paró un poco y salí a la calle. Pero no había? forma de caminar sin dejar huellas. Me encontrarías. Entonces llegó ella,? ? con su flamante coche rojo y oliendo a puta barata. Entró en tu casa por la? ? puerta principal y yo aproveché las rodadas de su coche para alejarme.? ? Puse cuidado en tapar la nariz con un pañuelo para que no cayeran? ? las gotas de sangre sobre la nieve”.

¿Los celos podrían hacer sangrar la nariz? me pregunté, en tanto huía, casi como un asesino.

No puedo creer que el tiempo sane todas las heridas. Semejante cosa sólo se le puede haber ocurrido a algún idiota sin memoria emocional. Han pasado más de dos años y siento el mismo dolor, la misma angustia.

Este pañuelo ya está empapado… me acabo de dar cuenta que he llegado a las afueras, cada vez hay menos casas. Casi nadie camina por la carretera.

La nieve se hace más gruesa, se me dificulta caminar. Giro la cabeza, puedo ver las gotas que voy dejando. Ni siquiera la camisa me sirve ya.

El brazo húmedo, tibio y rojo, me recuerda aquella mañana…aquella mañana y el auto de la muy puta que se debe estar revolcando contigo en este momento…

No puedo con mis celos, ni con mi nariz, ni con mi angustia.

López tiene que entender que no me puede tener dopado. Finalmente la medicación no debía ser tan necesaria. Hace una semana que no la tomo y tan mal no me ha ido.

O tal vez si. A juzgar por como me siento, por esa ira que me llevó a escapar cuando escuché que vendría otra vez una mujer…

Pero si sabes cómo terminó la última? ¿por qué traes otra?, ¿cómo te atreves?.

Estoy cansado, he caminado mucho, está oscureciendo y esta puta nieve que no me deja ver.

Estoy mojado, todo teñido de sangre, tengo frío, me duelen las piernas.

Lo que me faltaba, estas putas lágrimas. No te tengo delante, no podrías decir ahora que lloro para conmoverte. Lloro porque lloro, no se por que lloro.

Por la mierda de vida que he llevado, porque no me quieres, porque no me quiero, porque me siento sólo, porque estoy sólo. Por esta mierda de sangre que no para de salir. Porque me duelo, porque no me aguanto más, porque quisiera sacarme la cabeza,? tirarla por ahí, perderla, no tener memoria, no tener conciencia.

Si, la maté por celos, la maté porque la querías, porque te lo ví en los ojos. No me importaba realmente que fuera hombre o mujer, eran sus manos las que te daban placer, era su boca…, con ella no podía competir, qué iba a hacer…

Sí la maté y bien muerta está y qué. Ahora otra vez, ahora otra vez quieres que mate también, ¿por qué me obligas?, no me das elección, volveré.

Estoy muy cansado, pero ya verás cuando vuelva… Ahora me voy a sentar…

?

El charco de sangre era enorme, superaba incluso la silueta oscura e inmóvil del hombre sólo, tendido sobre la carretera.

NOCHE INFERNAL

Filed under: Creatividad - Segundo ejercicio — SKORPIONA at 7:36 am on Martes, noviembre 10, 2009

Nevó durante toda la tarde. Por fin paró un poco y salí a la calle. Pero no había? forma de caminar sin dejar huellas. Me encontrarías. Entonces llegó ella,? ? con su flamante coche rojo y oliendo a puta barata. Entró en tu casa por la? ? puerta principal y yo aproveché las rodadas de su coche para alejarme.? ? Puse cuidado en tapar la nariz con un pañuelo para que no cayeran? ? las gotas de sangre sobre la nieve.

No era la primera vez que el muy cobarde me golpeaba sin motivo alguno y cuando lo hacía, le aborrecía con todas las fuerzas de mi ser. Y pensar que otrora fui gestora de su éxito a nivel mundial,? siendo? reconocido como uno de los mejores tenores del momento. Cuánta indignación sentía por haber dedicado tantos años de mi vida a endiosar a un falso ídolo de barro. Demasiado? tarde comprendí que eran ciertos los sabios consejos de mi difunta madre: “Un hombre que arremete contra una mujer tiene mala entraña”.

Sentí vergüenza de acudir al mismo nosocomio, toda vez que de un tiempo a esta parte me había convertido en paciente asidua al Servicio de Emergencia.? ? En razón de ello preferí acudir a otro hospital, teniendo en cuenta que nuestra última discusión se desarrolló bajo escabrosas circunstancias? y estaba plenamente segura que el desenlace podría tener un giro inesperado.

Me anestesiaron la nariz para poner el tabique? en su sitio: la fractura había sido de consideración. Esta vez culpé del accidente a mi fiel perro labrador, a sabiendas que el verdadero culpable era mi controvertida pareja. Abandoné el centro hospitalario con? la nariz enyesada y con un dolor cada vez más fuerte,? al pasar paulatinamente el efecto de la anestesia.

En cuanto llegué a mi casa traté en lo posible de mantener la calma. Disfruté de un baño de tina con? agua tibia y sales relajantes.? Me incorporé, sequé mi cuerpo con una toalla y cubrí mi desnudez con una bata de felpa. Encendí la chimenea, arrojé al fuego mi? ropa ensangrentada? y observé cómo? quedaba reducida? a cenizas: quería desaparecer toda evidencia de aquella trágica noche.

Me serví una copa con coñac, recosté cómodamente sobre el sofá y centré mi mirada en el teléfono. La incertidumbre me estaba matando, por no saber a ciencia cierta cómo se encontraba el hombre que antaño? hizo latir mi corazón enamorado.

Sin embargo, no dejaba de asombrarme la parsimonia que yo demostraba en esos momentos. Sabía que el golpe que le propiné en la cabeza fue muy fuerte, porque de inmediato brotó la sangre a borbotones. Quizá al verse ensangrentado recurrió? a su incondicional mujerzuela que raudamente acudió en su auxilio. Resulta insólito lo que a veces soportamos las mujeres enamoradas, pero todo en esta vida tiene? un límite y esa noche lo fue para nuestra tormentosa relación.

El tictac del reloj martillaba en mi cabeza, mientras los dientes devoraban mis uñas. Coloqué más leña en la chimenea y preparé otro coñac. El alcohol apaciguó mis nervios que por momentos me traicionaban. Fue inevitable no rememorar los gratos momentos que pasamos antes del fatal desenlace.

Hasta ahora me parece escuchar los interminables aplausos que al concluir el apoteósico concierto, hicieron retumbar las antiguas paredes del Teatro Monumental. Tras el brindis de rigor siguió un opíparo banquete, que congregó a una distinguida concurrencia conformada por importantes personajes de la cultura, de la política y del mundo empresarial: todo un éxito que juntos compartimos en aquella inolvidable noche.

Cuando llegamos luego a su casa continuó bebiendo con desenfreno y mostró la cara oculta de su propia luna:? ? aspiró aquel polvo? blanco? que, según siempre me expresara, lo elevaba a su? indescriptible paraíso imaginario.? ? Mi cuerpo adicto al suyo? era prisionero de su embrujo, aceptaba en silencio el cruel castigo y gozaba en los parajes del placer inagotable…

El teléfono sonó a las siete de la mañana. Sobresaltada atendí la llamada que provenía de la delegación policial. Se me informó que el conocido tenor Domenico Gastello había sido encontrado muerto en compañía de una desconocida mujer y requerían de mi presencia por ser su manager. Al llegar quedé estupefacta con el macabro cuadro que tenía ante mis ojos: dos cadáveres en el piso sobre un charco de sangre.

Al día siguiente la prensa dedicó la primera página a publicar titulares formulando mil conjeturas. Según el parte policial, se presumía que entre la difunta pareja ocurrió un fuerte altercado que llegó a palabras mayores. El hombre murió desangrado a causa de un fuerte golpe en la cabeza que le propinó la mujer, quien posteriormente se suicidó cortándose las venas. Se tiene casi la certeza que el fatal desenlace fue originado por el resultado de un laboratorio clínico, encontrado en la escena del crimen. En dicho documento se leía claramente que la mujer había sido diagnosticada portadora del VIH.