La Diosa Fragil

Filed under: - Autorretrato,Relato - Primer ejercicio — turisasgodess at 2:59 pm on Jueves, septiembre 19, 2013

Oscura y terrible

se alza ante tu mortalidad mi magnificencia.

Diosa omnipotente, conocedora de tus miedos,

en mis manos tu vida,

en las tuyas, mi secreto.

tu aliento me da vida,

y bien lo sabes, mi alma,

que si te vas,

te llevas mi deidad atesorada.

Ay de mi si un día lo descubres!

que soy fuerte sólo en tu fuerza,

que sólo soy diosa en tu templo,

que si te vas ya nada me queda.

María

Filed under: Relato - Primer ejercicio — Mariano Campo at 2:56 am on Lunes, octubre 11, 2010

Agaete (Isla de Gran Canaria)

29 de Marzo de 1.934.

El sol se ocultaba tras la línea del horizonte. Las escasas nubes que cubrían el pequeño puerto de “Las Nieves”, se desplazaron hacia el oeste como atraídas por el gran disco rojo. Los últimos rayos iluminaron el enorme roque de piedra basáltica que, durante el transcurso de miles de años, el mar fue moldeando caprichosamente hasta hacerlo parecer un dedo índice apuntando al cielo. Los lugareños lo denominaban “El Dedo de Dios”.

Al amparo de la “Iglesia de La Concepción”, emplazada en el pequeño pueblo de Agaete, María llenaba sus pulmones por vez primera en manos de la “comadre” Adelita, avisada tres horas antes, ante la inminencia del parto.

Los hombres esperaban fuera de la casa. El parto y su preparación, era cosa de mujeres.

Adelita salió al patio exterior y, con sus finos labios, que dejaban entrever los dos únicos dientes que le quedaban sanos, le dijo al padre del bebé:

-Es una hembra. Tiene todos los dedos de las manos y de los pies-, aludiendo a que se trataba de una niña sana.

Álvaro se apoyó en el entramado de viejas tablas que configuraban el pequeño corral anexo a la casa. Extrajo de su bolsillo una porción de tabaco; lo depositó con cuidado sobre papel de fumar, lo lió y exhalando miró a la noche estrellada.

-Dios, ¿qué te hice para que me castigues así? Con ésta ya van tres hembras-, dijo escupiendo una hebra.

Eran pobres de solemnidad. La casa, por la que pagaban una renta mensual a “Don Salvador”, consistía en una salita a la que se abrían dos habitaciones: un dormitorio de matrimonio y una cocina. No existía retrete, ni ducha, ni agua corriente. Sus necesidades las realizaban en el corral y el agua la obtenían de un pequeño grifo comunal a las afueras del pueblo.

Todo ello compartido por seis personas: dos adultos, tres niñas y un varón.

En ese mismo instante, María mamaba plácidamente ajena al futuro que se le avecinaba.

Agaete (Isla de Gran Canaria)

10 de Septiembre de 1.959

A sus veinticinco años se había convertido en una preciosa mujer. Piel morena; ojos negros como el azabache; pelo ensortijado y curvas por las que hacían cola varios pretendientes.

Se secó la frente con el pañuelo, se refrescó con un poco de agua y prosiguió su tarea de recogida de tomates para la que había sido contratada como jornalera. Siempre la llamaban porque era rápida, eficaz y nunca se quejaba del trabajo duro.

El poco dinero que obtenía lo aportaba a la economía familiar. Ella se quedaba con unas monedas que ahorraba para poder comprarse un bañador y disfrutar de su único día libre al lado del mar.

No sabía nadar, como apenas sabía leer y escribir. Desde temprana edad la obligaron a dejar la escuela.

-Para qué necesitas la escuela. Tu misión en la vida es servir a tu padre y hermano. Cuando te cases, lo harás para tu marido e hijos-

Eso era lo que se esperaba de las mujeres. Esclavitud encubierta, amparada por el Estado y la Iglesia.

Pero como quiera que se necesitaba el dinero en casa, María se levantaba antes de que cantara el gallo. Junto a su madre y hermanas caminaban un largo trecho para recoger agua. Preparaban el desayuno, la ropa de los hombres de la casa, la comida que necesitaban para el descanso de una hora en su trabajo.

Por el contrario, los varones se levantaban más tarde, se lavaban con el agua fresca, desayunaban, cargaban en unas cestas la comida ya preparada y se marchaban a trabajar.

Las mujeres recogían la mesa, limpiaban la casa, hacían las camas y corrían para no llegar tarde a la recogida de tomates.

Cuando volvía a casa con la espalda reventada, continuaba trabajando: preparar la cena, dar de comer a los animales, recoger agua…

Cenaba una vez terminaban los varones y caía rendida en la cama.

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-Carmelita, mira que bañador he comprado-, dijo mostrando la prenda.

-Bonito de verdad-, asintió Carmela con admiración. -Este domingo, después de misa ¿vamos a la “caleta” con Maruquita y Tina?-

-Si, por favor. Tengo tantas ganas de sentir el mar en los pies…-. Sonrió y se despidió con un abrazo.

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Ese domingo, don Ramón, el párroco del pueblo, volvió a recordar a sus feligresas que Dios creó a Eva partiendo de una costilla de Adán. Por esa razón estaban supeditadas al hombre según la “Palabra de Dios”. Ellas escuchaban con recato bajo el pañuelo que obligatoriamente tenían que llevar cubriendo el pelo, tal vez para que el Cristo de la cruz no se excitara pecaminosamente, y asumían como verdad absoluta las idioteces que les espetaba don Ramón.

Por fin finalizó su arenga y dejó marchar a su manso rebaño.

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María y sus amigas reían y conversaban mientras se bañaban en los charcos formados por la bajamar. El sol acariciaba las únicas partes dejadas al descubierto por las prendas de baño: cara, brazos y piernas. De repente, como aparecida de la nada, una figura se recortó ocultándole el sol. Era su hermano Pedro.

-Vístete ya y vamos pa´casa-, dijo con la cara roja de ira.

Se hizo un silencio sepulcral. María se vistió y acompañó en silencio a Pedro.

Cuando entraron, él le dio una bofetada, cogió unas tijeras, le arrancó el bañador de las manos y, mientras lo cortaba en pequeños trozos le gritaba:

-Sólo las putas se atreven a llevar bañador en público. Que sea la última vez, porque sino te mato a palos-.

Las Palmas de G.C.

3 de Abril de 1.963

Llamaron a la puerta. Carmen corrió escaleras abajo y se quedó de piedra al contemplar por primera vez a Manuel. Era el hombre más guapo que había visto en su vida.

-¿Está María?-

-Un mom…., un momento por favor-, logró articular la cocinera.

Se reunió inmediatamente con Tata y le comunicó que un desconocido guapísimo preguntaba por María.

Después del fatídico episodio, ésta se trasladó a la ciudad para trabajar como personal de servicio en un palacete propiedad de una familia aristocrática.

Conoció a Manuel paseando por la calle y se enamoraron perdidamente.

Durante un año mantuvieron en secreto su relación. Si alguien se hubiese enterado, habría supuesto la humillación, el despido inmediato y la vuelta al pueblo de María.

-Una mujer sola con un hombre…, a saber lo que harán-.

Pero ahora las cosas eran diferentes, lo planearon meticulosamente y dispusieron hasta el más mínimo detalle para contraer matrimonio.

Manuel recogió la maleta que le tendió María.

-Adiós Tata. Buena suerte Carmen-. Las lágrimas corrieron por sus mejillas, lágrimas de felicidad.

Las Palmas de G.C.

18 de Agosto de 2.005

Aunque Manuel era un buen hombre, no pudo o no quiso sustraerse a las facilidades que le reportaba la sociedad patriarcal.

Sacaron adelante a cinco hijos: cuatro varones y una niña.

Ambos trabajaban duro para que a sus hijos no les faltara de nada, pero María cuando llegaba a casa seguía trabajando. Esta vez al servicio de sus hijos varones y de su marido.

Trató de inculcarle esas ideas a su única hija, pero no se percató de que los tiempos habían cambiado.

Sara quería a su madre con locura. En ella armonizaban perfectamente una belleza fuera de lo común, con un fuerte carácter.

-Tienes los huevos que les faltan a todos tus hermanos juntos-, manifestaba divertido su marido.

A lo largo de los años, su hija trató de cambiar en ambos esa forma de pensar y que la sustituyeran por la solidaridad. ¿Tarea imposible?

La brisa del mar acaricia sus mejillas, mientras las olas de la orilla bañan sus pies…

Los verás cogidos de la mano, entrelazados sus dedos y profundamente enamorados.

Mariano Campo.

Bailarina

Filed under: Relato - Primer ejercicio,Varios — SILVIA SOLIS CAMACHO at 7:39 am on Miércoles, enero 20, 2010

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“un pequeño regalo de amor.”

Lewis Carroll

?

Sentadas alrededor de la abuela Abejina, mis primas y yo tomábamos clase y sin abandonar de todo el juego, esuchamos:

-Niñas, -dijo la abuela-,? provenimos de la realiza. De acuerdo a nuestro árbol genealógico, somos de la familia de los himenópteros, insectos de alas y membranas traslúcidas? como las avispas y hormigas. Nuestra misión quedó inscrita por nuestras antepasadas egipcias y gracias a esos testimonios, se conocieron los primeros colmenares.

Levantó la? ? voz y me recriminó:

? ? ? ? ? ? ? ? ? -¡Abejita, por favor! Pon atención, siempre estás distraída. Eres demasiado inquieta. No encuentro la forma de tenerte en paz, ¡concéntrate niña!

? ? ? ? ? ? ? ? ? – Abuela, yo no debería estar aquí, yo no quiero ser reina, quiero ser bailarina; tengo entendido que el objetivo de esta preparación es la de elegir a la candidata para suceder a la reina.? Yo quiero ser bailarina, no quiero ser reina. La música llena mis venas, el ritmo mueve mis patas; no puedo evitarlo. Sé que nací para ser bailarina y nada más.

? ? ? ? ? ? ? ? ? -¡Niña! ¿Cómo piensas en eso?, ¿De dónde sacaste esa tonta idea si estás a punto de obtener el reinado? Nuestra familia siempre ha sido de obreras y? es la oportunidad de dejar de serlo; ¿muchas quisiéramos estar en tu lugar?

? ? ? ? ? ? ? ? ? -¡Pero abuelita! El poder corrompe todo, es una maldición, se pierde la libertad, es igual que cambiar el color y la brillantez por la oscuridad y el? desamparo.

? ? ? ? ? ? ? ? ? ¡Basta! No quiero oír más, sigamos la clase. Como vimos anteriormente, nuestra misión es la elaboración de miel, néctar que los mismos Dioses nos legaron. Una gota de miel es oro, es? llave que abre el más exigente paladar pero también es cura. La esencia está en esa dualidad: veneno y? salud.

Ahora veamos este esquema.? Nuestros ojos son perfectos, son móviles y? nos permiten ver en todas direcciones, incluso detrás. El daltonismo que para muchos es un defecto en nosotras es cualidad. Percibimos la luz en forma de espectro para muchos invisible. Las antenas suplen la nariz? haciéndola más sensible a los olores por eso, podemos localizar fuentes ocultas de néctar y comunicarnos por secreciones olorosas; las dos mandíbulas sirven para cortar, pinzar, cepillar? y amazar el propóleo o? para construir las paredes de los alvéolos. Nuestra trompa posee una lengua retráctil? que permite aspirar hasta lo más profundo de las flores y recolectar el polen.

Con las patas delanteras lo agarramos mientras las posteriores son cucharas para recogerlo. Aquí en la panza? -se soba el vientre- se acumulamos la miel y el agua que luego se expulsa.? Con estos recursos debemos? defender el colmenar y a la reina? a costa de nuestra? vida.

Interrumpí? para hacer una pregunta:

? -abuelita, el otro día en la clase de civismo aprendí que las abejas practicamos la más pura democracia? Cierto que debemos a nuestra soberana el máximo respeto y lealtad absolutas pero entonces, ¿Por qué no somos libres de escoger nuestro destino? ¿Por qué no podemos ser libres? ¿La democracia no incluye la libertad como un Derecho?? A mí la democracia me esta pareciendo un sistema enmascarado de esclavitud.

La abuela me miró con notable disgusto y sin ningún comentario prosiguió la lección:-como decía-, Abelina I? tuvo que librar una batalla a muerte con su más cercana rival al trono.? Como vencedora, emprendió el vuelo nupcial donde se unió cinco veces a una decena de zánganos.

-¿Sin estar enamorada? ¿Sólo por el mandato natural? de aparearse? Me han contado que el verdadero amor es eterno –dije en tono de seguridad- ella estaba enamorada de otro ¿no?

La abuela siguió ignorándome:

?

? Entre los candidatos desgraciadamente no estaba Abejón, su más ferviente enamorado. Ella se sintió decepcionada? y a él lo embargó? un estado de profunda tristeza de la que, hasta la fecha, no se repone.

Volví a interrumpir:

? -¿Es decir que tampoco la reina puede decidir a quien amar? ¿Cuáles son los privilegios de ser reina??

La abuela se acercó disgustada y con el puño? me? dio un coscorrón; acto seguido, volvió al tema.

-La vida monárquica no es fácil, la reina está al servicio de la comunidad y ésta, al servicio de la reina. Su deber es recluirse durante cuatro o cinco años dedicada aponer un huevo por minuto? para garantizar su descendencia.

Hace días se confirmó que Abelina I está gravemente enferma, los médicos de palacio hacen todo lo posible por salvarla.

Guardé un profundo silencio. La preocupación me saltó con ferocidad al pensar que mi más inmediata estrella me conducía a sustituirla.

Esa noche no pude conciliar el sueño. Una cadena de pesadillas confusas me mostraba un porvenir del cual no era partidaria.

Las clases con la abuela siguieron su curso:

Nosotras, -enseñó la abuela-, somos insectos sociales, nos necesitamos las unas a las otras y no podemos vivir fuera del colmenar. Desde siempre se nos ha reconocido la constancia, disciplina y variedad en el trabajo. A diferencia de nuestras parientes las hormigas que realizan una única tarea toda su vida,? nosotras cambiamos de función según sea conveniente. Podemos ocuparnos de limpiar los alvéolos de la colmena, almacenar el polen, fungir como nodrizas y? hasta ser arquitectas y constructoras de nuestra casa.

? ? ? ? ? ? ? ? ? ¡Abuela! volví a mi puñado de interrupciones:

– A mí lo que más me gusta es ayudar a mantener la temperatura y humedad del castillo colmenar, para ello,? agito con rapidez mis alas? y eso me divierte mucho, es como bailar. La danza eleva el alma mientras la conduce al centro del equilibrio. Cada movimiento del cuerpo va siguiendo la música por un sendero que llega al cielo, a la eternidad.?

A mí, – dijo Abelida, mi prima- me encanta estar de guardia a la entrada del castillo y luchar contra las avispas y las mariposas. Me siento como valerosa guerrera. La confianza es depósito de tentaciones sometidas; el control es freno de excesos. Vigilar el sueño y la paz de la reina provoca en mi el orgullo y la satisfacción del deber cumplido. Fíjate abuelita que el invierno pasado se apareció Abejón con quien sabe qué intenciones. Aunque es más gordo y más peludo que yo, lo ataqué ? con? decisión? y? lo hice respetar la ley que prohíbe? a los zánganos presentarse? ante su majestad sin su anuencia. Abejón? soltó en llanto. Está profundamente enamorado.?

-No me importaba morir o ser? expulsado –gritaba abatido.

Abuelita, ¿Por qué los zánganos son esclavos de la colonia, por qué no se les trata con más consideración? Sabemos que fuera del reino no son capaces de sobrevivir, carecen de aguijón y no pueden defenderse? del enemigo. Es injusto que? únicamente se les utilice para concebir, ellos también sienten ¿no?

¡Niñas! -gritó la abuela- eso no es posible, la naturaleza ha determinado que su función sea fertilizar y luego, ser destrozado por la reina o ser abandonado a su suerte así ha sido siempre y no hay manera de cambiar esto.? Habrá muchas cosas que a su corta edad pueden parecerles injustas pero, el? orden es equilibrio y si se rompe, viene el caos. Sin decir más prosiguió la lección:

Hoy hablaremos de un tema muy interesante: las feromonas. La reina segrega una sustancia química específica para cada colmena e indispensable en la cohesión social. Al tocarla,? nos transmite la información genética necesaria para dar continuidad a nuestra misión. ¿Se dan cuenta de la importancia de la actuación de la soberana?

A nosotras, como obreras, las feromonas nos sirven sólo para localizar manantiales de néctar que son lugares de enjambrazón de la reina por los zánganos durante el vuelo nupcial, para emitir señales de alarma o para controlar reservas de comida.

Al concluir la sesión, salí a toda prisa a mi clase de danza; mis primas fueron conmigo. Ya en el salón de baile, practiqué complicados pasos en una coreografía perfecta. Traté de mostrar lo que alguna vez aprendí del filósofo austríaco Karl Von Frisch quien estudió por treinta años nuestras costumbres y descubrió nuestro lenguaje escondido en la danza. Afirmó también que el baile contiene un código secreto; así? me enteré,? que cuando volamos en círculo se pueden inspeccionar lugares de hasta veinticinco metros; en tanto, para supervisar distancias mayores, el baile debe ser bullicioso, en forma de ocho o con figuras más complicadas las cuales, por su grado de dificultad, requieren de? largas horas de práctica.? El baile siempre se? debe remontar tomando como referencia al sol. Con distancia y la velocidad de las vueltas se mide la pericia de cada abeja sobre sí misma. Esto fue prueba irrefutable para el estudioso quien concluyó que las abejas poseemos una facultad de entendimiento muy desarrollada.

El baile es mi vida por él descuido algunos de mis deberes. Me olvido hasta de comer y sacrificó mis horas de sueño en? el perfeccionamiento de cada paso, de cada movimiento.

A la mañana siguiente, luego de la clase, la abuela? nos dio una mala noticia:

-Jovencitas, hoy la clase tratara acerca del papel tan importante que debemos realizar: La polinización. De las especies florales y del desarrollo de los cultivos frutales se obtiene el polen. Es indiscutible: “¡sin polen, no hay fruta, sin abejas, no hay polinización!”. Como saben, la técnica que hemos de emplear para realizar esta función es la llamada entomófina. Apréndase de memoria la forma en que se lleva a cabo porque serán las encargadas de esa tarea, recuerden, se espera de ustedes? calidad y eficacia.

Posteriormente leímos, “La vida de las abejas” de Aristóteles ? y supimos que el? científico Einstein dijo: “Si la abeja desapareciera de la superficie del globo, al hombre solo le quedarían cuatro años de vida: sin las abejas, no hay polinización, ni hierba, ni animales, ni? hombres…”

Con esto damos por terminada la clase. Les informo –concluyó-, que el Consejo Directivo de este Plantel, convocó a una junta extraordinaria;? al parecer, la reina madre ha tenido una recaída y su salud se ha agravado; en cualquier momento se espera el desenlace fatal. Su majestad pierde peso y se la mira demacrada. Ya el Consejo médico presentó su diagnostico final: Nosemosis, una enfermedad que afecta la capacidad de postura. También, la reina ha sido atacada por algunos ácaros y la inmovilidad? se ha tornado casi? absoluta, el sufrimiento es indescriptible. La medida terapéutica que se tomó para evitar la infestación? es destruir el colmenar? ? e inmolarse en sacrificio. Ella misma? pide a gritos que sea cuanto antes.

Todas guardamos profundo silencio. Luego de unos instantes, la abuela se dirigió a mí con voz enérgica:

? ? ? ? ? ? ? ? ? -Abejita, debes estar preparada porque oficialmente, eres la sucesora. Cuando llegue el? momento, deberás iniciar? como reina virgen. La ceremonia nupcial iniciará al tomar el cetro, la coronación y? elegir? el séquito de? zánganos que formarán tu corte inicial.

Sin decir palabra abandoné el lugar. Me sentí? con? deseos de visitar a la reina a quien había tomado un sincero cariño.

Por el camino me encontré a una abeja ajena. Era distinta de todo a todo. Su ropa brillante y de muchos colores pero, sus alas eran muy distintas a las mías; eran como alargadas y no volaban, al menos, la sujetan como si descendiera del cielo.

Me llamó por mi nombre. Y confieso que, uno de mis peores defectos, según dice la abuela es la curiosidad así que fui a su encuentro.

Me dijo que era mi hada madrina y venía a ayudarme.

¡A quien le importa ser reina!? – dije sin pensar-. Lo único que anhelo? es ser bailarina.

El hada me miró con ternura y se acercó para susurrarme unas palabras. Asentí con obediencia y seguí mi camino.

Me dirigí? a la casa de Abejón. Lo encontré desecho, ya se había enterado del estado de la reina. Traté de consolarlo pero todo fue inútil; luego de un? largo rato de desesperación, me pidió que lo picara con mi aguijón, que mi veneno fuera la única forma de? estar? con su amada. No quería seguir viviendo.

-La vida, desde que no la veo, perdió su significado –dijo entre sollozos-, me conformé porque como futura soberana? tenía deberes que cumplir. Le propuse huir pero ¿a dónde iríamos?, sería perseguida y condenada a muerte. Fuera del colmenar tendría los días contados.

Admiré y respeté con toda sinceridad los deseos de Abejón.

No me importó lo demás? porque creo en las promesas. En las que nos hacen.

? Llegué ante su majestad. Me acerqué mientras se deslizaba una sombra. La noticia de tu enfermedad? me enloquece; deseo? compartir su suerte. Si mueres no necesito la vida. ¡Por favor ayúdame! ? -me dijo desesperado-. Sé que tú? crees en el amor; sabes que es? mejor? morir por el ser amado que? vivir una vida sin sentido. Mis días y los de ella están contados, ayúdanos a estar juntos? aunque no sea en este tiempo ni en este espacio. Sin pensarlo lo piqué.

Luego me fui a la clase de baile. Al iniciar la práctica, no escuche las recomendaciones de la profesora? quien me advirtió que esa pirueta? ? presentaba un alto grado de dificultad que aún? dominaba. Un silencio vertical vislumbró el ambiente. Minutos más tarde? y tras la sorpresa de los presentes, mi cuerpo voló sin control mientras alcanzaba el abismo. Las promesas se cumplen y el hada; cumplió.

Filed under: Relato - Primer ejercicio — SILVIA SOLIS CAMACHO at 7:37 am on Viernes, enero 15, 2010

El resto es silencio

-Shakespeare

?

Todo empezó como un juego. Ella tenía la costumbre de salir a la calle, barrer la grada y dar de beber a las macetas y árboles que encontraba a su paso. Con? la punta de los dedos vertía agua sobre el piso para que el polvo no alborotara la mañana.

Siempre bien peinadita con el plateado cabello discretamente custodiado entre dos peinetas.? Poco maquillada pero los labios pintados de rojo carmesí. Vestida correctamente, casi siempre con traje sastre a dos piezas y blusa? con cintas? amarradas al cuello en forma de moño como si? todavía fuera a? ir a la escuela a impartir sus clases de piano. Las zapatillas de medio tacón cuadrado repiqueteaban en la piedra como dos castañuelas. Era una mujer silenciosa. Cuando me veía llegar con mi maleta cargada hasta el tope, me daba los buenos días con una sonrisa afable.? Yo desde muy temprano seleccionaba? de entre los paquetes,? su correspondencia: Cuidadosamente escudriñaba entre timbres,? códigos fiscales, señas? particulares y direcciones hasta encontrar especialmente esos. Tomaba? los de pago de servicios y el sobre azul que era el que contenía el cheque de su pensión. Los sacaba de la maleta y los depositaba en el buzón? mientras ella simulaba a duras penas, el insomnio de la noche anterior en espera del pliego azul mismo que representaba un suspiro para la liquidación de sus deudas; sobre todo, el pago de la renta al señor González quien le había advertido lo importante de no estrazarse en el alquiler si deseaba seguir beneficiándose? con ese pago tan “simbólico” que la ayudaba para irla pasando.

¡Él ejerció libremente su derecho a largarse! –dijo con ojos llenos de lágrimas. Pero yo me? quede; no supe a donde ir. ¿Dónde está el lugar para una mujer vacía??

Luego de caminar unos pasos, observé de reojo? como revisaba la? correspondencia habitual y? de cómo se sorprendía por la presencia de un sobre distinto. Revisó dos o tres? veces para cerciorarse que era para ella. Su rostro se iluminó igual que un niño cuando recibe una golosina. Con la vehemencia asomada en sus grandes pupilas, olvidó su cotidiana labor y? enseguida se escucharon sus tacones correr hacia el interior de la casa.

De los trece años que tengo de cartero asignado a esta zona, es la primera vez? ? que veo? tanta? felicidad de alguien que recibe una carta. De hecho, ha disminuido el trabajo, los carteros,? me temo, están a punto de desaparecer. ¡Qué distinto hace unos años!? Por estas fechas, no nos dábamos abasto para entregar las tarjetas de felicitación para Navidad y Año Nuevo.? Los que estaban lejos de la familia, establecían un vínculo cariñoso al escribir unas líneas; quien las recibía, luego de luchar con una desesperada alegría,? se iban colocando en el árbol navideño el cual,? muchas veces no necesita de más adornos al cubrirse de buenos deseos escritos en tarjetas de colores. De pronto, todo eso terminó; tal vez fue porque se encareció el papel o el valor de los timbres quedó fuera del alcance de muchos.

Las cartas desde hace tiempo han caído en desuso; lo mismo que los filatelistas o el romántico encargo de hacer llegar una misiva amorosa? o secreta a través de palomas mensajeras.

Al? otro día regresé y la encontré en su? labor habitual, mientras? tarareaba una canción que yo conocía muy bien, “Solamente una vez” de Agustín Lara. Esta vez entregué el sobre en propia mano. Ella se ruborizó. Yo le guiñé un ojo en maliciosa complicidad.? Ella se alejó dejando sonar un alegre y apresurado taconeo.

Al día siguiente fue lo mismo y así durante noventa y tres días descontando los fines de semana. Si por un descuido pasaba por esa calle? algún domingo, la veía en la ventana, con la mirada perdida. La espera suele ser multifacética: A veces se aguarda con impaciente deleite y otras, con sórdidas ganas de atormentar al reloj para que acelere su paso.

Ella esperaba siempre con esa tenaz disciplina de necia ilusión. Yo, en mis noches de desvelo, hubiese querido adivinar ¿Qué esperaba?, ¿Un aumento en la pensión?, ¿Alguna noticia?, ¡Dé quién si se la veía tan sola! ¿Un amor? ¿Qué diablos esperaba con tal desesperación? El tiempo derrota a la? distancia, los orgullos, los rencores, tal vez hasta los olvidos para entregarse por fin al punto de armonía? con un espacio determinado.

También a los carteros nos tienen olvidados; ya no entregamos cartas de amor o mensajes personales, sólo publicidad y estados de cuenta. Ya no se? nos felicita el doce de noviembre en el mejor de los casos,? ? alguna vez,? recibimos una fría propina.

Caminaba por esas calles mil veces recorridas. Mis pies? se sabían de memoria cada tramo. Avanzaba paso a paso entre las baldosas; a veces,? en las ruedas de? bicicleta o en la rapidez de la moto. Por años, diariamente he recorrido? esas calles que en esta colonia llevan nombre de flores; es como si? cada manzana se deshojara en una cascada de pétalos bajo mis constantes recorridos. Esa noche no pude escribir? una sola línea.

El saludo esperanzador que ella me ofrecía cada mañana se tornó en? amargo gesto de desilusión al percatarse de la ausencia del habitual sobre. Un silencio vertical enturbió su rostro.

A la mañana siguiente no estaba. Dejé la correspondencia en el buzón. Lo grave fue que pasaron varios días y no la vi. Nadie había retirado las cartas atrasadas.

? Junté el mayor disimulo que pude y pregunté a una vecina. Ella se santiguó y dijo en tono de tragedia: “¿Elena? ¡La pobre! Murió de sueño o soñó con morirse. No despertó. Por varios días nadie se dio cuenta,? ¿mira si es grande el destino y esta ciudad es chica?” –me pregunté-.

La igualdad entre hombres y mujeres

Filed under: Relato - Primer ejercicio — Sofia Moreno at 1:52 am on Sábado, enero 2, 2010

Martín abre su regalo de Navidad. Un enorme camión articulado hace su aparición, saliendo de papeles satinados cubiertos con alegres dibujos infantiles. El camión reluce bajo la lámpara elegante. Se mueve alante y atrás, es un volquete. Martín lo carga de nueces como si fuera tierra para una obra. Levanta la palanca lateral y… ¡se vuelca el contenido! ¡Es maravilloso! Mi regalo sigue entre mis brazos. Nadie me lo puede quitar. Es mío, y solo mío. No tengo prisas en abrirlo, prefiero extasiarme ante el de mi hermano menor. ¡Qué suerte tiene! ¡Qué maravilla de aparato! Es exactamente como los camiones de verdad que entran y salen por las enormes puertas de hierro del recinto de la fábrica de tubos donde trabaja mi Papá. Cuando vamos, nos tratan muy bien. Nos hacen carantoñas, dicen que somos muy monos. Creo que nos tratan así porque somos los hijos del jefe.

Allí jugamos a escondernos en los tubos de cemento. Los hay a miles. Casi todos están bien alineados, secando al sol. Unos pocos están rotos y feos, torcidos. Esos son para tirar. No valen. Un amigo de mi Papá me explica que esos han salido mal, y vendrán a buscarlos para llevárselos y tirarlos. «¿Dónde los tiran?» pregunto. El amigo – bueno, más que amigo, creo que es un ayudante de Papá, porque le escucha muy serio y corre a hacer todo lo que le dice mi Papá; desde luego, en casa no le hacemos tanto caso – enfin, el caso es que ese señor que nos trata tan bien me aclara el asunto: los tubos mal hechos los rompen y con los trozos hacen casas. Mejor dicho, usan los trozos para rellenar un gran agujero. Sobre esos trozos ponen las casas, y con tanto cemento muy duro, pues no se caen. Así la gente está contenta porque sus casas no se caen mientras ellos duermen. Qué buena idea.

Martín se lo pasa pipa jugando con su camión. Ni siquiera quiere ver qué me ha tocado a mí. Bueno, él se lo pierde. Tengo mi tesoro entre los brazos. Decido abrirlo. Rasgo los hermosos papeles de regalo. El ruido que hacen al romperlos es casi lo mejor. Es como una campana que dice: «Atención, vamos a ver algo desconocido y maravilloso, no sabemos lo que será, mirad todos…» Mis hermanas ya han abierto los suyos. Ya he roto todos los papeles, ya lo puedo ver. El paquete es enorme también. Bueno, no está mal. Es un carrito para meter un bebé. Un bebé falso, claro, de juguete. Una muñeca, vamos. Tengo una muñeca así. Bueno, vale, se trata de pasearla para que se duerma. Menudo rollo. A mí me gusta mucho más lo del camión. Sobre todo porque es un volquete de verdad. La carga se vuelca y puedes estar todo el día llevando arena a la obra. Es mucho más divertido que pasear a un bebé dormido que no hace nada. Mi madre me explica que las niñas cuidamos de los bebés. Las obras son para los niños. Pues no hay derecho. Qué injusticia.

A mí me gustan más las obras, son más divertidas. Hay que hacer mil cosas: agujeros en la tierra, rellenar los agujeros con piedras o gravilla, buscar palitos, ponerlos para hacer las casas, buscar hojas, cubrir los palitos con hojas sin que se caigan, pegarlas con arena mojada, hacer caminos para poder llegar a la casa, poner un río y un puente para no ahogarse en el río. Si no hay puente no llegas a la casa. El puente es difícil porque un palo solo no sirve. Hay que poner más. Si pones muchos, puedes pasar encima del puente con un coche y a lo mejor, si haces muy bien el puente, puedes pasar con el camión ese tan grande y el puente no se hunde. Bueno, que hay que hacer un montón de cosas distintas. Mientras que el carrito… Sí, vale, tiene ruedas relucientes que brillan mucho, y suspensión para los baches, pero no es lo mismo. Es un poco aburrido. Mis hermanas están muy contentas con sus carritos. Las tres tenemos el mismo regalo. A mí me gusta más el de mi hermanito Martín.

Mis hermanas pasean charlando y riéndose.
– «Mi bebé es el más bonito.
– Pues mira, el mío está curado, porque ayer tenía fiebre.
– ¡Qué me dices! ¡Pobrecito! ¿Está mejor, entonces?
– Sí, el doctor le puso una inyección y ya se curó.
– ¡Menos mal! Menudo susto, ¿no?»

Se pueden tirar horas así. Qué aburrimiento. Pero si eso no interesa, jolines. Bueno, voy a buscar al perro para dejarle salir. Necesita correr mucho y en el jardín no tiene suficiente espacio para galopar. Encuentro a Canelo al lado del pozo. Llora de alegría cuando ve que le animo a acercarse a la valla del jardín. Le suelto. Corre como el viento y enseguida está muy, muy lejos. Salgo corriendo tras él. Viene y se alegra porque vamos a correr juntos. Corremos bajo el sol de invierno, por los campos casi verdes. Corremos y corremos. Al final me tiro al suelo, exhausta. Canelo viene hacia mí, muy contento. Quiere que le abrace, así que lo estrecho con fuerza entre mis brazos. Me lame la cara y me río con él. Me hace cosquillas. Esto es mucho mejor que el carrito aburrido para pasear despacio. Rodamos Canelo y yo por la tierra, abrazados. ¡Cómo me gusta este amigo perro!

Al día siguiente consigo convencer a Martín. «Mira a Papá, pues claro que a veces él también empuja el carrito. Los hombres también pueden empujar carritos con bebés dentro. No es solo para las niñas. Es una injusticia que a ti no te hayan dado un carrito tan brillante, con esos amortiguadores tan eficaces. Coges un bache pero el bebé ni se entera. Es una suspensión muy mullida. Pruébalo, Martín, ya verás qué estupendo.» Pobre Martín, qué fácil resulta engañarle. Casi demasiado fácil. Durante largo rato, juego con el maravilloso camión volquete. Mientras tanto, él empuja el carro. Por fin llegan mis hermanas. «Pero Martín, ¿qué haces con el carrito de Silvia? ¡Pero si eso es solo para niñas!» Martín replica repitiendo mis argumentos uno por uno. Mis hermanas le sacan del error y se me acaba la diversión. Él recupera su volquete y yo tengo que volver a mi carrito. Lo aparco y voy a buscar a Canelo. Últimamente se rasca mucho. Le voy a quitar las pulgas y garrapatas con alcohol, porque el pobre está fatal, siempre rascándose. La cocinera me enseñó cómo se hacía.

Voy a por el trapo del perro y el frasco de alcohol. Canelo se tumba a mi lado, muy obediente. Sabe que soy como una doctora para perros. Sabe que nunca le haré daño. Busco los bichitos asquerosos. Uno fuera. Lo aplasto con una piedra pequeña en la losa del sendero. Suelta tanta sangre que no entiendo cómo podía caber en un insecto tan minúsculo. Le chupaba la sangre a mi pobre Canelo. Busco otro. Y otro. Y así toda la tarde. He matado a mil bichos por lo menos. Eran como pequeños vampiros, muchos, muchos. Soy una heroína, el perro está contento. Le he restregado con alcohol en todos los sitios donde antes había un bichito asqueroso. ¡Ahora el perro está limpio! ¡Sin bichos! ¡Y gracias a mí! Esto es mucho mejor que cualquier carrito de postín, por muy grande que sea. Puaj, carritos a mí, que mato bichos de verdad, con sangre y todo. Mis hermanas no pueden matarlos, dicen que es un asco y no quieren hacerlo. Pero el pobre Canelo necesita que alguien se los quite. Menos mal que estoy yo aquí para mi Canelo, para lo que él necesite.

¡Ah! Mi hermano está leyendo su cuento, esta es mi oportunidad, he de aprovecharla, rápido, antes de que se dé cuenta. Vuelo hacia el camión. Me lo paso en grande, descargando toneladas de arena. Sigo con las obras que empezamos mi hermano y yo esta mañana. Están quedando muy bien. Ya tenemos tres casas terminadas. Con su techo y su camino de acceso. Hemos hecho un solo garaje para las tres casas. Mi hermano dice que así está bien, pero yo pienso que sería mejor un garaje para cada casa. ¿Y si se pelean los dueños de las tres casa entre sí? ¿Cómo van a compartir garaje si están enfadados? Es mucho mejor que cada casa tenga su propio garaje, como nosotros en la vida normal, la de verdad. Yo creo que mi hermano es un poco vago y simplemente no le apetecía trabajar tanto. Bueno, pues que me deje a mí, a mí no me importa hacer más garajes. Es más, me gusta. Da igual, los hago y luego él seguro que dice que están muy bien. Como pasó con el puente. El quería solo una birria de puente. Si lo hubiéramos hecho como él decía, se habría hundido bajo el peso del camión. Pero yo insistí y ahora tenemos el mejor puente del mundo entero.
Papá lo vio el domingo pasado y lo dijo: «Es el mejor puente del mundo entero.» Y él sabe mucho de esto, porque él hace tubos. Me lo ha explicado.

Con esos tubos enormes que hacen llevan el agua de un río a otro. A veces, llevan agua desde un río gigante hasta una zona que es como un desierto. No me acuerdo bien del nombre, algo como trasplante, pero no con plantas sino con vasos. Claro, como llevan agua, pues por eso los vasos de agua. ¡Ah, sí! Trasvase. Eso es, trasvase. Me explicó que gracias a esos tubos, la gente tiene agua. Pueden beber. Regar sus patatas. Comérselas después. Sin los tubos de Papá, todos se morirían de sed y de hambre. Claro, es normal, porque mi padre es un héroe. Salva a la gente gracias a los tubos que él hace. Los hace bien. Son grandes porque cabemos cuatro hermanos dentro y nadie nos ve desde fuera. Nos reímos porque no nos ven. Los pobres empleados corren detrás de nosotros, con un casco en cada mano. Nos quieren obligar a ponernos cascos cuando estamos allí. ¡Pero si no caen meteoritos ni nada! ¡Esos cascos no hacen falta! Para jugar en los tubos no necesitas casco. Qué bobos son los mayores, no tienen ni idea de nada.

Mi hermano es muy bueno. Como tiene su camión nuevo, pues ha dicho que desde hoy, puedo usar los dos coches pequeños que ya no le gustan. A uno le falta la puerta delantera derecha y el otro no tiene ruedas. No entiendo quién se las ha podido quitar. ¿Por qué quitarle las ruedas a un coche? Lo de la puerta no importa. He visto fotos de coches sin puertas, y resulta que son de carreras. Se meten en todo el barro a una velocidad tremenda. El otro día enseñaron eso en la televisión. Así que no me importa que no tenga puerta, pero lo de las ruedas es peor. He comentado esta preocupación con Papá. Dice que tampoco es grave, porque hay países con carreteras muy malas y allí solo pueden circular coches sin ruedas. Si tienen ruedas de goma, se pinchan con las espinas de las plantas. Entonces sus dueños les quitan las ruedas de goma y dejan solo la llanta de acero, que no se puede pinchar con nada. Así es mejor, porque no pinchan nunca. Bueno, pues qué bien. Ahora sí que podré jugar con ese coche. Ahora tengo dos coches, uno sin puerta y otro sin ruedas, pero los dos son estupendos. Uno es naranja, el otro amarillo. El amarillo tiene un número encima del capó, el número 87. A lo mejor puedo hacer una carrera y todo. Yo creo que ganará el 87, parece muy veloz. Ya veremos. Hoy es tarde. Mañana veremos.

Mis hermanas dicen que mi bebé se va a morir si no lo cuido. Jolín, qué pesadas. Bueno, vale, le doy un biberón mágico que nunca se vacía. Cuando casi no queda ni gota de leche blanca, puff… se vuelve a llenar, nadie sabe cómo. Ay, pobre bebé, le tenía olvidado con tanta carrera y tanto perro y tanta obra y puente. Ya está, ya ha comido, ahora a dormir. Es lo bueno de jugar con muñecas, te dejan mucho tiempo libre para poder hacer por fin lo que más apetece: construir edificios, acarrear materiales, cuidar al perro, incluso montar en bicicleta. Y puedo hacer todo eso aunque sea una niña. ¡Esto sí que es nuevo! Después de mucho insistir para que yo jugara a los mismos juegos que mis hermanas mayores, parece que por fin Mamá se ha dado cuenta que no pasa nada si juego a cosas de chicos. Me ha dado su permiso. Me ha dicho que sí, que no llore, que no está prohibido hacer todas esas cosas, aunque sea una niña. Entonces, ¿por qué los demás dicen que solo debo jugar con mis muñecas?

Mamá también sabe eso, porque lo sabe todo. Aunque parezca imposible, ella lo sabe absolutamente todo. Esta es la respuesta: Los demás no tienen ni idea, y punto. Mamá dice que algún día, habrá una mujer astronauta, y que a lo mejor seré yo. Pero el abuelo se ríe y dice que menudo disparate. Compramos la tele justo para eso, para ver cómo llegaba un astronauta hasta la luna, y llegó. ¿Mujeres astronautas? ¿Yo, astronauta de mayor? Sería bonito, podría hacerme amigos marcianos y haríamos picnics en alguna estrella que tenga césped. Llevaría a mi Canelo, claro. A él le encantan los picnics. A mí también. Es buena idea, caramba. Gracias Mamá, no se me había ocurrido, astronauta de mayor… Además, habrá que hacer casas en la luna, porque no vas a quedarte en la nave tan pequeña, qué agobio. Astronauta de mayor, con mi perro y su escafandra para cabeza de perro y una bici que funcione en el suelo lunar, y un robot que nos traiga la comida en una bandeja, y la nave, preciosa, limpia, sin bichos ni sangre. Qué bien, astronauta de mayor…

Amor de doble filo

Filed under: Relato - Primer ejercicio — Melquiades at 12:19 am on Martes, diciembre 15, 2009

La similitud entre el rostro de Anna y la figura formada por el humo de la última bocanada de aquél cigarrillo húmedo llamó la atención de Marco por unos instantes, hasta que la helada brisa marina desdibujó la aparición y desvaneció los pensamientos. Era hora de emprender el regreso y el empedrado de las cincuenta cuadras que debía recorrer hasta la estación de ferrocarril, prometía dolores para la mañana siguiente. El desvencijado taxi que abordó no auguraba un viaje menos trajinado que el que podía deparar la caminata, pero la repentina idea de sorprender a su amada Anna al llegar anticipadamente, le proporcionó el valor necesario para la travesía que finalizó en el barrio de la colina. Allí eligió la mejor botella de malbec que había a la venta en “La boutique del vino”. Ya estaba relativamente cerca y prefirió caminar el último tramo, entreteniéndose en pensar cuanto reiría Anna al oír el nombre de aquél pretensioso local de venta de vino. En su paseo por la calle del muelle había meditado sobre su vida, que se dividía en antes y después de Anna y había tomado la decisión de demostrarle cuanto la amaba y durante cuanto tiempo había soñado con una compañera como ella. Sabía que no lo había hecho hasta entonces y por ello Anna le había hecho notar su poco compromiso con la relación en varias oportunidades. Poco antes de llegar al portal del edificio, cuando terminaba de dar los últimos pasos sobre el césped de la plaza, Marco vio como Anna se alejaba en el mismo taxi que unos minutos antes lo había sacado a él del húmedo ambiente del muelle y corrió desconsolado hasta su apartamento con la esperanza de encontrar indicios del pronto regreso de aquélla mujer que lo había rescatado de su solitaria existencia y, por primera vez, lo había hecho sentir parte de una familia. Al llegar, con una mezcla de sorpresa, desencanto y resignación, halló sobre la mesa de la cocina una nota escrita en una hoja descuidadamente arrancada de un viejo libro de Hermann Hesse. La carta, escrita de puño y letra por Anna, era una cruel despedida. Había sido redactada desde las entrañas, sin el mínimo cuidado en que no fuera a resultar hiriente. Más bien, todo lo contrario. Le reprochaba su lejanía, su carácter parco, sus largas caminatas nocturnas, sus incomprensibles e infinitas discusiones, sus hábitos de animal solitario y taciturno. Con la carta fuertemente apretada en su mano izquierda, intentando aprovechar la tenue y mortecina luz de una lámpara -último indicio de la presencia de Anna en ese lugar alguna vez-, se sentó en el borde de la cama, releyendo una y otra vez el manuscrito mientras bebía de la botella el malbec de la boutique. No llegaba a comprender lo que sentía. Siempre había sido un hombre independiente, sin apegos emocionales, sin preocupaciones por los demás y tampoco por sí mismo, casi un ermitaño. Algo así como un experto en vivir sin sentir. Quien no lo conociera podría pensar que nunca fue feliz antes de conocer a Anna, pero se equivocaría. Su estilo de vida nunca le había molestado, ni siquiera había llegado a impacientarlo. Sin embargo, al verse despojado del único sentimiento sincero que había provocado en otra persona, sabía que no podría soportar volver a aquella vida vacía de afectos, huérfana de cariño. No podría regresar cada noche a su apartamento habitado de sombras y nostalgia. En medio de la turbación se soñó a si mismo balanceándose en un columpio colgado sobre un profundo hoyo, cuya culminación podía imaginarse como un filoso piso de roca y, al estremecerse de miedo, se sintió un gallina. Resulta extraño, pero a pesar del carácter y el comportamiento habitual de Marco, nadie pudo pronosticar que tres días después de la partida de Anna, Deolinda entraría a la habitación empujando la puerta entreabierta y que, en vez de cambiar la ropa de cama como lo hubiera hecho habitualmente, encontraría a Marco tendido boca arriba sobre el lecho, con sus pies todavía apoyados en el suelo y que tendría que hacer un gran esfuerzo para diferenciar las manchas rojas del vino derramado sobre las sábanas, de los granates lamparones de sangre que resultaron consecuencia del certero disparo que Marco se había infligido con un viejo revólver, desgraciado souvenir de una noche de corridas por el puerto, donde lo ocultó entre sus ropas por pedido de un matón que escapaba de la policía después de haber provocado todo tipo de disturbios durante las votaciones para elegir el delegado gremial de los trabajadores portuarios. Deolinda, absorta ante lo que tenía a su vista, solo atino a pensar en lo peligroso que puede llegar a ser para un empedernido solitario encontrar el amor y en que la buena compañía puede ser un arma de doble filo en las manos equivocadas.

iguales

Filed under: Relato - Primer ejercicio — Quioreng at 10:53 am on Lunes, diciembre 7, 2009

Estaba terminando un informe para los alemanes que me había traído de cabeza el último mes. Cuando me llamó mi jefe.

– Si. Claro… Ahora. ¿Es muy urgente? Es que estoy terminando el informe para EMEA y me gustaría enviarlo ahora. Ok. Tardo cinco minutos.

Terminé el informe y redacté el mail, antes de adjuntar el archivo, comprobé todo una vez más. Yo creo que está todo bien, hala le doy a la tecla, espero no haberme equivocado en nada. Bloqueé el ordenador y fui hacia el despacho de mi jefe, iba por el pasillo cuando me di cuenta de que no llevaba el cuaderno, así que volví a buscarlo, estaba segura de que iba a colocarme algún marrón.

– Hola. Perdón, no estaba Paula, ¿Puedo pasar?

Para mi sorpresa con mi jefe estaba Ramón Regás, pelo rizado peinado hacía un lado, camisa azul, gemelos de oro, sentado orientado hacía nuestro querido jefe, al que nunca jamás dice que no. Todo está bien, aunque se le nota que más de una vez, el virtuoso de mi jefe, le toca bastante las pelotas. Porque otra cosa no, pero en tocar las pelotas mi jefe es un experto.

– Si, si, no me lo cuentes, Paula hoy está enferma. Adelante, adelante Sara, pasa.
– Hola Sarita. Me saludó Ramón con tonito.
– Hola. No sabía nada de lo de Paula. ¿Qué le pasa?
– Le dolía la cabeza y no se encontraba bien, alguna de esas tonterías vuestras.-“Cuatro días de regla le daba yo a este, será imbecil el tío”.- Siempre os pasa algo.
– Claro, dije con media sonrisa en la cara, seguro que mañana estará bien.
– Si, si, seguro que estará buena, confirmó Ramón mirando al jefe con su mejor sonrisa entre pánfila y viciosa. Los dos ríen.
? Y que una se tenga que callar ante estas situaciones. Que en pleno siglo veintiuno tenga que seguir aguantando las mismas gilipolleces de cuatro salidos insatisfechos.
? Después de casi diez meses de ardua búsqueda había conseguido un nuevo trabajo. La maldita situación económica del país me afectó directamente. Un buen día leí en los periódicos? “el gigante farmacéutico Xanatil ha presentado un ERE a los sindicatos, lo que supondrá la destrucción de más de mil puestos de trabajo”. Un mes más tarde supe que entre ellos estaba el mío. Soy una Técnico de Recursos Humanos, y enamorada de mi profesión que además comparto con mi marido. Gracias al universo él mantuvo su puesto, para bien de nuestra economía y de la letra de la hipoteca.? En mi antigua empresa había un equipo de cuatro personas además de mi. Ramón Regás, alías maxitragaderas,? Sofía Vertel, alías “Me acuesto con el jefe y esto no forma parte de mis funciones”,? María, la becaría e íntima de Sofía,? y Fernando y yo, los únicos normales del departamento, quiero decir, los que siempre estábamos hasta arriba de mierda y como protestábamos poco y salía el trabajo, nos seguía cayendo mierda de manera potencial. Curiosamente las subidas, no eran proporcionales, porque según mi jefe, algo debíamos hacer mal para que tuviéramos que hacer tantas horas. Sobre todo tu Sara, porque Fernando todavía, pero tú, encima, no hay mes que no haya incidencias en la nómina. Luego querrás cobrar el bono.

– Sara, siéntate, no te quedes de pie, hombre.

No me gustaba mucho las ideas que se le podían haber ocurrido a mi jefe y al soplagaitas de Ramón, me senté sujetando el cuaderno contra el pecho, esperando el marrón de los marrones. Si al menos estuviera Fernando, me echaría un cable.

– Nos han encargado elaborar un programa de formación, y? habíamos pensado en que lo lideraras tú.

? Llevaba 5 años en la empresa y mi jefe? al fin me nombraba líder para un proyecto. Era lo último que podía esperarme, sobre todo porque sólo le daba proyectos a Ramón o a Sofía. Y? paradojas del ser humano, me sentía agradecida. Pensaba que mi jefe empezaba a valorarme un poco.

– Nos tomamos un café mientras vemos todos los puntos a tratar.
– Si, yo me tomaba un cafetito con leche.
– Yo también, Sara, cariño,? te importa.
– Si, claro, ¿los dos con leche?.?
– Si, y tu ponte lo que quieras. Mientras vamos preparando las transparencias.
? “¿Ponte tu lo que quieras? ¿Sara, cariño? ¿De que cariño está hablando el? capullo este? O es que acaso a Ramoncito le llama cariño. Y porque narices no puede poner Ramón los malditos cafés. Es que ni un por favor. Venga Sara tranquilízate. Es circunstancial, Paula no ha venido y no pasa nada por poner un café. Ya no pasa nada, pero tampoco pasa nada porque los ponga Ramón.”

– Traigo el café. Dejarme un hueco.- Pedí con desgana.
– Gracias Sarita. ¿Este es el mio?
– Si, todos son iguales, con leche.
– Gracias, Sarita.- Mirando con ojitos y su maldita risita.
– ¿Ponemos las transparencias?.- Dijo dando un sorbo a su café.
– Ahora mismo Don Luis.

Estuvimos dos horas en el despacho viendo todo lo que se esperaba del proyecto y aunque yo lo iba a liderar, por supuestos el querido Ramón había preparado un esquema, que nuestro jefe alabó largamente y que acotaba bastante mi libertad para darle mi propio enfoque. De todas formas tenía muchas ganas por las expectativas de hacer algo diferente y poner en práctica los miles de cursos que había hecho los últimos años para mejorar en mi profesión.
?
– ¿Han fijado una fecha de fin?
– Si. Tiene que estar presentado y comunicado en la intranet para finales de año.
– Ya se que estamos en julio, pero yo tengo mucho volumen de trabajo siempre. No me entienda mal estoy encantada con embarcarme en ello pero,? ¿alguien va a asumir parte de mis funciones actuales para que pueda dedicarle tiempo?
– En principio no estaba previsto. Sabemos que vas a tener que hacer un esfuerzo extra, pero confiamos en ti, este es un proyecto muy ambicioso, y tú eres la persona más idónea para llevarlo a cabo. Y además no es operativo traspasar tu trabajo a otra persona a mitad de año.
– Yo no sé si puedo comprometerme a terminarlo para la fecha prevista Don Luis.
– Puedes contar con Ramón para lo que necesites. ¿Verdad Ramón?
– Por supuesto Don Luis, por supuesto.
– Llevo diciendo seis meses que necesito ayuda.? No sé si voy a sacar el trabajo.
– Estoy seguro de que si vas a poder. Además, no quería decírtelo, pero el resultado puede significar un gran cambio en tu trayectoria. Contamos contigo Sara.

Me marché del despacho, segura de Ramón no me iba echar más que una mano al cuello, pero en el fondo estaba ilusionada. La consecuencia de amar tu profesión. ¡Un cambio en mi carrera! Es lo que estaba esperando desde que salí de la universidad. Volvía a casa, parada en el atasco como cada día pero con una sonrisa de oreja a oreja. Sentía que iba a poder demostrar mi valía. Hacía planes de como iba a enfocar el programa de formación salvando el esquema que había trazado Ramón. Orgullosa internamente por lo bien que lo iba a hacer. Cuando llegué a casa empecé a buscar mis antiguos apuntes del Master, y otros documentos que tenía de proyectos en los que había participado en otras empresas.? Estaba tirada en el suelo con un montón de carpetas y papeles, pasando las páginas rápidamente, buscando algo relacionado con formación. Cuando llegó David. Me levanté y fui corriendo hacia la puerta para darle la noticia.? Casualidades de la vida a David le habían propuesto exactamente el mismo proyecto, aunque el tenía que empezar desde cero, porque en su empresa no tenían hechas las descripciones de puestos de trabajo. Desde entonces pasábamos muchas horas en casa juntos trabajando, en realidad era una ventaja compartir la profesión, aunque unos días fueron buenos y otros David dormía en el sofá. La fecha se acercaba y según mis cálculos, ni aunque duplicaran las horas me daría tiempo a cumplir con el plazo previsto. Necesitaría pedir unos días de vacaciones para dedicarle el 100% del tiempo.

Estaba concentrada en responder los mail más urgentes, apagando fuegos como siempre. Unas voces llegaban desde el pasillo. Era Sofía protestando. Venía con Ramón. El jefe estaba de viaje por eso acudía a él.

– Mira Ramón yo soy una técnico senior y no hago tareas administrativas.
– Sofía, chatina, pero que es lo que te han pedido.
– Una relacción de todos los procesos de selección del año. Vamos que no me voy yo a ponerme a hacer listas ahora.
– Pero Sofía, tu llevas la selección. Seguro que ya tienes una lista con los procesos.
– Te digo que no Ramón.- Sofía cada vez estaba más enfadada y yo empezaba a temerme lo peor.-No entra dentro de mis funciones Ramón ya te lo digo. Porque Don Luis no está aquí pero si no te lo diría él mismo.-Ya lo había hecho. Había pronunciado las palabras mágicas.
– Por supuesto que no Sofía, ya lo sé. Pero que hacemos.
– No tengo ni idea. Si quieres llamamos a Don Luis.-A estas alturas a Ramón se le estaban cayendo los pantalones. Y Ramón que no da para mucho, pues asocia, administrativa-mujer.
– No, no Sofía. No vamos a molestar a Don Luis ahora.
– Eso es lo que pensaba yo, que no íbamos a llamarle para esta tontería.
– Sarita, puedes venir un momentito, guapa.
– ¿Qué? Ya os he oído. Ramón yo no doy más de si. Sabes que estoy a tope.
– Sarita, tiene que estar entregado mañana. Mujer sólo va a ser un día.
– Pero Ramón, estoy muy justa con el proyecto. La semana pasada me dijiste que te ibas a sentar conmigo y todavía no has podido. No me va a dar tiempo.
– La que estoy hasta arriba soy yo. Que parece que eres la única que trabaja guapa. Yo si que no puedo ponerme con eso ahora.
– Sarita, de verdad chatina, yo no sé. Mañana te prometo que me siento contigo. Ahora haz el listado. Sofía te manda un mail con lo que nos piden. Por favor ponte con ello.
– ¿Puedo ayudar en algo?.-Fernando como siempre al rescate.
– No te preocupes Fernando, ya se pone Sarita con ello.
– Hombre Fernando, si pudieras echarme una mano te lo agradecería muchísimo.
– Bueno, arreglaros entre vosotros. Pero tiene que estar entregado esta tarde. Sofía te bajas a tomar un café.
– Voy, espera que termino de mandar el mail.

Sabía que no podía esperar ninguna ayuda por su parte pero esto ya era demasiado. Estaba a punto de explotar en un ataque de ira. No me lo podía creer. Me fui al baño porque sabía que iban a saltárseme las lágrimas de un momento a otro. Estuve intentando dejar de llorar un rato, pero cada vez me ponía peor. Tenía la cara encendida, de irritación y de rabia, no podía salir así. Fernando llamó a la puerta.

– Sara, ¿estas ahí? ¿estas bien?
– Si, si, no te preocupes.
– Lo siento Sara, no quería venir para que pudieras estar sola. Pero Ramón ha subido y te está buscando.
– Vale ahora salgo. Gracias Fer, tú no te preocupes, eres un amor.
– Si quieres le digo que no te encuentras bien.
– No, ahora salgo de verdad. Pero si pudieras traerme el bolso te lo agradecería.

Que querría ahora, seguro que encima me caerá una bronca. Yo no puedo más, no sé si me merece la pena seguir aquí. Tengo que buscarme otra cosa pero ya. Fernando volvió con mi bolso y me puse un poco de maquillaje para disimular la llorera. Ramón se atrevió a decirme que estaba muy preocupado por mi y que creía que no me gestionaba bien el tiempo. “Si quieres planificamos un curso, los hay buenísimos, verás como te organizas mejor”. Fue la gota que colmó el vaso. Me puse muy nerviosa y le dije todo lo que me había estado guardando durante tantos años. Al final me dijo que estaba histérica y que lo mejor sería que me tomara dos días de vacaciones. Como estaba agotada moral y físicamente y además necesitaba tiempo para terminar accedí a tomármelas. Aunque ahora pienso que fue como reconocer que estaba mal de los nervios o algo así.
Y al fin llegó el día de la presentación y los dos tuvimos un absoluto éxito. David desde entonces estaba muy bien considerado en la oficina y se había convertido en la mano derecha de su jefe. Yo sin embargo seguía con mis funciones ahora aún más rutinarias. El programa se implantó y ha contribuyó para crear muy buenos futuros directivos en mi empresa, pero por supuesto no supuso ningún cambio en mi trayectoria y mucho menos grande. Es más crearon un puesto de Responsable de Formación que le dieron a Sofía. Y fueron pasando los días hasta que llegó la infinitamente nombrada CRISIS. Rumores de pasillo, y comentarios de todo tipo invadieron la oficina. Yo intentaba mantenerme al margen.
Un viernes a las dos de la tarde y? finales de mes,? estaba metiendo incidencias para la nómina cuando sonó el teléfono. Levanté la vista y me crucé la mirada con Sofía que para mi sorpresa me lanzó una sonrisa amable

– Estoy con la nómina podemos verlo el lunes. Vale, pues voy ahora? mismo.
– ¡Que querrá ahora!, -fui hacia su despacho y ¡como no! Ramón le acompañaba.? Estaban particularmente serios.
– Hola.
– Pasa, Sara, siéntate. ¿Quieres tomar algo? ¿Un café, un vaso de agua?
– Si, voy por agua.
– No, no te preocupes? siéntate. Ramón por favor.

Al oír esto supe con certeza cual era el motivo de la reunión. Y efectivamente, Ramón me trajo el agua por primera y última vez y yo salí del despacho con la carta de liquidación.? Fui a mi mesa a recoger mis cosas. Sonó el móvil, era David. Iba a contarle lo sucedido, pero no me dio tiempo a hablar.

– Gordi, a que no sabes lo que ha pasado. ¡Me han ascendido! No podía esperar a llegar a casa…

No pude evitar sentir una sombra en mi corazón. No sólo por mi mal, también? me hacía sufrir su bien, aunque su bien fuera también el mío. Estaba segura de que tenía muy difícil avanzar en mi carrera, por el simple hecho de ser mujer. Sabía que tenía que demostrar diez veces más mi valía. Terminé de recoger y me marché a casa. Ya no había nadie en la oficina así que no pude despedirme.

? Estaba inmersa en mi mundo, Que iba a hacer ahora. Y como iba a decírselo a David,? con lo contento que estaba. Mejor se lo digo mañana. Luego pensé en todo lo que había trabajado en el último año, y se me saltaban las lagrimas pensando en lo injusta que me parecía la situación. Como iba a afrontar vivir con el éxito de David? conviviendo con mi fracaso. Ese día el atasco duró más de lo normal, pero el trayecto me pareció muy corto. Finalmente llegué a casa. Entre y dejé el abrigo en el armario del recibidor. David se asomo al final del pasillo con su gran sonrisa, tenía la cara iluminada de alegría. Y venía hacía mi. Hacía su mujer. Hacía una mujer fracasada.

Nadie

Filed under: Relato - Primer ejercicio — Esther at 1:36 pm on Domingo, diciembre 6, 2009

“¿No ha rehecho su vida? “
Y abrió, como en un rito o un sortilegio, la primera de las páginas de un cuaderno en los que fue anotando las historia de Nadie, que hablaba de su vida. Una vida que pasó inadvertida para el resto de personas. Las cicatrices que dejaron en el alma tanto dolor se reflejaba en sus ojos: “Hay mujeres que arrastran maletas cargadas de lluvia”
? ? ? ? Uno de los renglones de la canción, del cantautor de voz quebrada, le hizo pensar en su propia vida. Sintió que ese fue su equipaje, el de un llanto maldito porque no saciaba el dolor, y en algunos momentos la llevaba al borde de la desesperación. Necesitaba rescatarlo del pasado, para poder seguir con el presente?

Y empezó a traducir cada lágrima, en un renglón de tinta que le permitiera superar las muchas noches de insomnio y desesperanza
Las primeras páginas, que escribió, él aun estaba a lado, medio adormilado, la contemplaba apesadumbrado, adivinando sin palabras, el motivo de las largas horas en vela. Pero, preferían no hablar, no decir nada y decirlo todo con la mirada.

Nadie sabía que podía contar, escribir y borrar pero, casi nunca olvidar y ni lo uno ni lo otro le resultó posible. Es difícil comprender lo mal que llevó ese tiempo maldito, pues con el paso de los años, se mitiga el dolor y se aviva la memoria… pero el corazón, no se recupera.
Pensó con tristeza en su pasado y lo hizo presente:
En el alma quiso conservar la lucidez de esos recuerdos, que eran sus raíces, la mujer que había sobrevivido a tanta frustración, era ella, y ahora debía revisar sus vivencias para seguir existiendo.
Deseaba cada vez mas, recobrar de una vez para siempre el timón del resto de su vida. Pues temía perder las últimas fuerzas que le quedaban, para dejar este lastre atrás.

A menudo se decía, que siempre había querido tener el control sobre si misma, ahora sabía con la experiencia de los años que esto es imposible. Estamos a merced de las circunstancias y de fenómenos ajenos a nuestro poder, es una de la muchas lecciones que aprendió, y ahora trataba de seguir al pie de la letra, sólo la retenía del pasado el amor. Pero, necesitaba saber, si eso era suficiente. Aunque aquellos difíciles años, estaban en su mente más vivos que el día de hoy.

Nadie sabía que era imposible impedir que caiga la lluvia, y empezó a escribir por temor a la perdida de su identidad, de la realidad lejana, que a veces la engañaba, pues no tenía ni tiempo para olvidar, ni le quedaba fuerzas para luchar contra los fantasmas del pasado.

Por todo bagaje, el infortunio que le obligo buscarse a sí misma y empezar una y mil veces su destino. Reconoció para que no existían milagros que lo devolvieran a sus brazos.
? ? ? ? ? Tenía veintinueve años cuando recién llegada, a una ciudad cualquiera de la que ahora no importaba su nombre, supo que su destino sería la soledad. Todo su mundo se reducía a mi familia que en 1980, eran dos hijitos de corta edad y su marido, delicado de salud, y sin muchas esperanzas de sobrevivir

Tras un penoso peregrinar por hospitales, iniciaron la cuenta atrás, de una agonía que duro apenas un año, el mas largo de sus vidas y a la vez el mas corto.
Una de aquellas tardes de otoño, en que apenas mediaban palabras entre ellos, leyó en sus ojos casi sin vida, tan lejanos de aquella mirada que la había cautivado, el adiós definitivo, y supo que el final se aproximaba sin remedio.

Observando sus pasos cansados, cada tramo de escalera que subía era una prueba innecesaria que ya no podía salvar, y se rendía sin luchar, la vida se escapaba por cada poro de su piel. ? Sus miradas se cruzaban doloridas, en un adiós prolongado, que no necesitaba de palabras… Que podía hacer por él. Solo acurrucarse a su lado, darle el calor que se escapaba por todos los poros de la piel, mientras la noche traicionera se acercaba

La vida les escatimó miserable, los breves momentos de felicidad que podían haber disfrutado juntos… Irremisiblemente perdieron la juventud, la esperanza, e incluso el amor que habían compartido, en un ocaso precipitado y estéril.
Luego la muerte lenta y voraz, en una aséptica cama de hospital, sin darles tan siquiera tiempo al adiós. Él solo tenía treinta y cuatro años, y el espejismo de una vida casi normal, desapareció a la vez.
? ? ? ? ? En el combate cuerpo a cuerpo con la muerte, ella siempre salió victoriosa, y consiguió adueñarse de sus vidas, no importaba la falta que hacía en el hogar. Lo atrapó hasta convertirlo en su esclavo, para desaparecer por siempre con su leve carga, dejando el vació de la ausencia que nadie más podría volver a ocupar.
? ? ? ? ? ? Eran los años lentos, en los que el tiempo se detuvo una tarde de otoño, y se llevo en silencio su corazón. Luego, el deambular sin rumbo, de la mano de sus hijos, por parques y jardines al pálido calor del sol del otoño, cundo los árboles desnudos no podían cobijarles, sus ojos ya sin lágrimas, buscaban sin querer nostálgicos, a las familias que a su alrededor cruzaban del paseo a sus casas. Y sus vocecitas inocentes preguntando !mamá, y papá cuándo va a volver¡ yo quiero que este con nosotros. Cada semana la escapada furtiva, para tratar de asimilar, cual era su sitio, como una cobarde, buscaba en el dolor y la rabia, las fuerzas que fallaban y, seguía el sendero del destierro a encontrarlo ante la fría piedra que lo tenía cautivo.

Al desandar el camino sin mirar atrás, las dudas atormentaban su corazón y, en la garganta los sollozos le impedían respirar.
Por qué seguir aquí, qué la aferraba a esta tierra, nada tenían en común, lejos de los suyos sin conocer apenas a nadie, sin presente ni futuro, con la escasez en los bolsillos del emigrante sin nada que perder o ganar, su mundo se reducía al hogar sin él, y con unos niños que educar y mantener,
Aquellos pensamientos doloridos alimentaban su pesar, pero buscaba refugio en el reducido espacio de su casa en la que el vacío su ausencia se hacia más palpable. Todo el empeño en que simulara a un hogar; en el barrio de aquella ciudad desconocida, era una batalla perdida de antemano. Ahora solo era una más, entre más de dos millones de mujeres viudas.

Ser viuda: Esa condición no deseada, pero asumida, reza en muchos de los papeles oficiales que acreditan el estado civil.
Con el paso de los años, se asumen derechos y deberes que conllevan esa u otras etiquetas, como es soltero/a, casado/a, separado/a y viudo/a, de está categoría, censadas en asociaciones por toda España; hoy son 18 regionales, con más de 420.000 viudas asociadas que representan 18 comunidades autónomas y a las más de dos millones de viudas que existen hoy en España.
“¿No ha rehecho su vida? “ La frase que engloba en sí misma una batalla contra la desigualdad en lo que respecta al requisito de estado civil, viuda/viudo es la obligación implícita de una vida deshecha e incompleta por el mero estado de serlo.
Mi acreditación como viuda data desde el 21 de noviembre de 1981, hasta la actualidad, toda una experta en estas lides.
El 45% del sueldo que en vida tuviera el cónyuge, en mi caso, está cantidad del 45 % expresada en dos pensiones de orfandad hasta que mis hijos de cinco y siete años alcanzaban la edad de dieciocho años y ni un minuto más, a la que mientras yo no me case, me corresponde de por vida la otra mitad de ese mismo 45%.
En cuanto al derecho de ayudas por parte de cualquier administración como cabeza de familia, eran impensables porque en el momento de fallecer mi marido que contaba treinta y cuatro años dejó, en el 45% por ley, la cantidad que sobrepasaba cien pesetas de las de antes del sueldo base ínter profesional del año 1981. Por lo que carecía de cualquier ayuda a pesar de no tener trabajo retribuido, ni bienes o inmuebles que pudieran en ese momento, hacer más llevadera, la difícil situación de una pérdida irreparable en mi familia y en mi corazón.
Después de tres años de dura enfermedad que dio con los últimos esfuerzos por salvar su vida, lejos de las respectivas familias, de un entorno conocido y que tubo que ser el lugar de arranque del rehacer cotidiano de la familia mermada por la muerte del esposo y padre, al escaso año de haber iniciado la diáspora sin retorno, de una vida mas o menos normalizada a mil kilómetros de nuestra vida anterior, en otra zona del país que recorrimos de norte a sur. Dónde establecimos nuestra frágil familia, en un barrio limítrofe de una ciudad acogedora pero extraña, con costumbres y modos de habla y convivencia, todos nuevos, adaptándonos a nuevas situaciones en un pequeño piso de cuarenta y ocho metros cuadrados, acogieron una nueva forma de afrontar cada día sin apenas unos miles repartidos en la compra de la vivienda, la manutención y las mínimas necesidades, de abrigo y educación.
Las dificultades fueron en aumento, desde la simple petición de un crédito, al que por pesar sobre una pensión considerada alimenticia y no contributiva, era siempre denegado, por lo mismo, una simple tarjeta de crédito, con la necesidad de una firma masculina que acreditará mi intención de cumplir con el pago. Dándose por supuesto que mí firma y compromiso no eran suficientes para hacer frente, al crédito de cien mil pesetas, que me facilitaran la compra de ropa, zapatos y libros.
La realidad se ha impuesto, no existe consideración especial a pesar de que en vida mi esposo, fuera un contribuyente más y su familia acogida al sistema de prestaciones que marca la ley, una vez desaparecida la cabeza visible del trabajador, esposo y padre desaparece además con él, la seguridad económica, la estabilidad de la familia que aún asumida por el otro cónyuge, por ser mujer, carece del apoyo de las instituciones y la sociedad ve con indiferencia la lucha de la viuda, que lejos de ser quemada en la pira funeraria de otras civilizaciones más bárbaras, quedan olvidadas a su suerte, ellas y sus familias. Quién de ustedes no conoce a una de las asistentas, señoras de la limpieza, o cocineras de bares, costureras etc. Entre las humildes e ignoradas señoras en los más humildes trabajos, para sacar a diario ése ¿y no has rehecho tú vida?
Es estado civil de viuda, no es un estado de Gracia, es más bien un estado de desgracia permanente. Pues cada una de nosotras, lo hace a diario, en la medida de nuestras fuerzas, trabajando en casas ajenas. Mientras en nuestras casas, nos aguardan los hijos que precisan amor, calor, zapatos, ir al médico, que el profesor nos diga que esté estudia poco, que el otro necesita clases de apoyo, etc. En las noches en blanco, haciendo números, intentando cursos nocturnos, para encontrar un trabajo mejor remunerado, para poder ayudarlos en sus tareas escolares, por llenar sus vidas de todo lo que hubieran tenido de vivir su padre, es decir el cien por cien del rendimiento de su trabajo, de su apoyo y consejo, deben y pueden salir adelante, con sus estudios, ilusiones, y rehaciendo cada día con puntadas de valor y cariño de esas madres viudas, que a pesar de lo peyorativo del calificativo, la viuda del cuarto A, que pesa pero apenas se valora.
En la actualidad más de tres millones que lo ostentan con honor y dignidad que se enfrentan a diario una batalla perdida de antemano, ser viuda es un cargo duro de llevar a cabo, siempre en tela de juicio en la educación que se da a los hijos, cuya única culpable, si sale mal es la que queda, si sale bien, nadie te da el honroso mérito de haber forjado un futuro para los hijos. Tiene también sus momentos de gloria, que se llevan adelante con el corazón roto, cuando tu hija se casa y llevarla al altar lo hace otra persona que su padre y el ramo de novia se deja como presente sobre una fría tumba, cuando los nietos dicen la primera vez abuela, o cuando te dan el primer dibujo que queda pegado como un cuadro de Miro en la puerta del frigo, y ante él, en la noche solitaria, piensas en lo afortunada que eres al poderlo contemplar. El único galardón que atesoras, algo que consideras un regalo merecido por la lucha silenciosa que la vida y no tú te ha obligado a llevar, no eran las expectativas de una vida, es el deber de seguir a pesar de las mil veces que hubieras tirado la toalla, y al mirarlos a ellos, al fruto de tu amor por el cónyuge desaparecido, recuerdas el amor que unió vuestros destinos y que has intentado por todos los medios, preservas en su memoria de lo que podía haber sido un padre. Mientras para ti, queda en el corazón el vacío de haber hecho el cien por cien de padre y madre, con o sin el 55% restante que te escamotean las leyes por el mero hecho de ser viuda

una guerra de erizos y estrellas…

Filed under: Relato - Primer ejercicio — Ursus at 9:36 am on Jueves, diciembre 3, 2009

-No es la primera vez que los erizos caen a mis pies-

Los erizos… oh estos erizos, me encanta acariciarles la nariz , mira es tan punteaguda pero ? no pueden cegarme con su belleza.

Así hablaba Inata, con rostro tan duro como el tronco de un árbol, tan arrugado… de nuevo como el tronco de un árbol.

-Los erizos… eternos enamorados… eternos ilusos-

Inata es la última mujer de Barba Azul, la que escapó de ser asesinada como todas las esposas que éste ? había tenido.

Asumió gobernar esta tierra de fuego y ahora estaba quemándose por la guerra entre las estrellas y los erizos de mar.

Ella estaba enamorada de los erizos, y sólo quería alejar a las dulces estrellas de sus imperios donde había dado asilo a todos los erizos y les proporcionaba todo lo que ellos deseaban, al punto que los erizos habían comenzado a tener más influencia sobre el reino que la propia Inata.

Cegada por este amor extraño, ordenó un ataque devastador hacia las estrellas quienes se habían reproducido en toda su magnitud, en todo el ancho del reino de Inata. Tal era el poder de las estrellas que en los campos de batalla, los erizos habían comenzado a invitar a las estrellas a compartir noches de música , canciones en armónica y juegos con las estrellas del cielo.

Nadie sabe cómo apareció Inata en medio de tal fiesta.

Las estrellas se estrecharon unas con otras y se volvieron una sola en todo el ancho del mar; y las del cielo se miraron unos minutos y se juntaron formando un aro blanco enorme en las alturas, abriendo al cosmos… enfrentándose ámbos bandos en medio de una guerra de música y folgorio.

Ella estaba absorta por lo que sus ojos veían.

Su reino la había escondido del mundo cuando su madre quien entonces gobernaba , fue traicionada por un erizo.

Siendo aún niña se extravió y dicen que cuando perdió el camino hacia su reino, perdió también la memoria y nunca más volvió a recordar quién era; pero la pena de su madre por el extravío de su hija, hicieron que Inata se transformara en un seco y arrugado manojo de mujer de un árbol, dura y arrugada había logrado engañar a Barba Azul en un disfraz que pudo disimular su aspecto haciendo que este se enamorara locamente de ella.

Así se hizo conocida como la última mujer de Barba Azul.

Pero se había convertido en una perversa versión de su madre y se había empeñado en engañar a los pobres erizos que pasaban por sus proximidades, terminando esclavos de sus deseos. ? Había heredado a la muerte de su madre, todas las tierras cercanas al mar y había mantenido una doble identidad con la tierra del agua y la Tierra del fuego, a la cual ella se sentía muy atraída ya que la estrellas eran muy amables, eran tan dulces que la envidia se le apoderó y creyó que de conocerlas, los erizos la abandonarían; los erizos que venían desde años queriendo sublevarse, dejaron actuar a su reina, ofreciéndose serviciales siempre al punto que ella ya no sabía de los asuntos del reino , vivía sumida en su amor por los erizos que olvidó a las estrellas . La envidia y la inseguridad le hizo argumentar tanto a erizos como a estrellas de mar, sobre la igualdad de derechos de ambos, sorteaba la idea de que las estrellas eran más importantes en la existencia del cosmos

hombres y mujeres.

Filed under: Relato - Primer ejercicio — Ursus at 6:10 am on Jueves, diciembre 3, 2009

Deseo y contrición.

Filed under: Relato - Primer ejercicio — Carminacd at 1:04 pm on Lunes, noviembre 30, 2009

Don Rolando era el cura párroco de un pueblito perdido entre los campos sembrados con maíz, soja y vides en el nordeste italiano, en una localidad completamente desconocida para el resto del mundo y también ignorada por todos los demás habitantes del país. Allí los campos se sembraban solamente una vez por año, entre los meses de mayo y octubre se los veía crecer y reverdecer, para luego amarronarse antes de ser recogidos los frutos y los cereales. Se podía disfrutar de deliciosas y largas caminatas entre las diferentes gamas de verde gracias a la diversidad de plantaciones enmarcadas por finas zanjas de agua clara y cristalina llamadas “ledra” y por líneas de árboles bajos que servían para dar leña cada dos años. Don Rolando era un cura nacido en Polonia, fue una bendición para él que el Papa fuera también polaco ya que un extranjero, en un pueblo de campesinos ignorantes, es siempre un extranjero; es el que habla extraño, el que tiene costumbres diferentes, trae en su bagaje tradiciones exportadas y difíciles de integrar en el interior de una comunidad fuerte y cerrada. Una sociedad circunscripta dentro de las dos tapas de una cáscara de nuez.

Los largos años de seminario, entre otras cosas, habían despertado en nuestro párroco en cuestión, el amor por el arte de todas las épocas y en su diversidad de manifestaciones: música, pintura, escultura, literatura, cine; las múltiples formas de expresión artística le importaban, le despertaban nuevas y exuberantes sensaciones, lo hacían sentir cercano al resto de la humanidad. Le gustaba participar en todas las actividades, muestras, eventos y espectáculos que su empeño celestial le permitiese. Por ello, cada dos años en noviembre, se subía al tren que lo llevaba a Venecia para visitar la Bienal ( La Biennale di Venezia). La ciudad lagunar lo embrujaba, lo llamaba en sueños, hubiera querido vivir en Venecia, en uno de sus palacios, ser párroco en una de sus iglesias milenarias; morir en Venecia. Calles de agua, cimientos de agua, húmeda cultura veneciana.

La Bienal, desenvuelta entre las dos estructuras principales y las actividades adjuntas, era inmensa para recorrerla en un solo día. El tema desarrollado por los artistas en esa oportunidad era “Crear mundos”.? Videos, grandes escenografías, estatuas y decoración de interiores armando hasta mismísimas casas; estaba la casa de la familia tipo y la casa de una pareja de homosexuales; la casa del horror y la tela de una viuda negra abarcando toda una habitación. Unas estatuitas móviles llamaban negativamente la atención del público, porque hasta los oídos de Don Rolando llegaban las expresiones de admiración escandalizadas. Éstas representaban a tres sacerdotes en escala de uno a diez, vestidos para dar misa, con sus sotanas negras y todo. Las expresiones de sus caras eran extravagantes, gesticulantes, hasta abrían la boca. Había un cierto movimiento debajo de las sotanas y las tres se abrían dejando paso a sendas prostitutas semidesnudas que se veían agachadas debajo de los párrocos.

Luego de visitar gran parte de la exposición, Don Rolando tomó el tren para volver a la casa parroquial donde le esperaba una carta de la diósesis conteniendo la noticia de su traslado a una parroquia de vuelta en su propio país y también lo esperaba la razón de ese traslado, la rubia catequista que desde hacía dos años se enfilaba cada tarde en su cama y en su corazón.

Almuerzos de Trabajo

Filed under: Relato - Primer ejercicio — Corina Harry at 3:11 pm on Domingo, noviembre 29, 2009

El se abrochó el pantalón luego de un largo almuerzo de negocios que lo había dejado exhausto. Ella pretendiendo no quedarse atrás, le siguió el ritmo en la ingesta de alimentos y consumió la misma cantidad de platos que él. Su vestido suelto fue un alivio a la hora de tener que levantarse de la mesa para salir del restaurante. El había bebido dos botellas de vino tinto. Ella, siguiendo la tradición, lo igualó en cantidad y en tiempo. Al día siguiente, la contienda se reinició. Otro almuerzo de negocios los convocó en el mismo restaurante y esta vez la competencia improvisada les presentaba un desafío de ? pastas. No había ninguna razón en especial para que esto fuera así. Simplemente el paladar de los invitados y potenciales clientes de la empresa eran unos italianos del norte, más precisamente de Pordenone, cerca del Piamonte. Y como es sabido, para ellos, un almuerzo sin “pasta ciuta”, no es almuerzo. De parte de él, era un desafío involuntario. Lo contrario ocurría de parte de ella, quien a sabiendas secretas, ocultas y veladas, se había propuesto internamente, destronarlo de su lugar paradisíaco, de ser la persona dentro de la empresa, capaz de devorar cantidades inhumanas de comida, sea cual fuere la situación que se presentara o la oportunidad que lo convocara. En sus actos, no había una intención de sentirse ganador de ninguna olimpíada de la gula. Al parecer, su cuerpo estaba diseñado para estar a la altura de las circunstancias. ? Las diferencias anatómicas entre los contrincantes hacían suponer que Ella no tendría jamás la más mínima oportunidad de que la balanza se pudiera inclinar a su favor. Todo lo contrario. Esto hizo que más de uno se sorprendiera al reparar en su manera de comer e hiciera el tonto pero oportuno comentario de: -“¡Por Dios! ¿Dónde es que metes tanta comida?” A Ella no le importaba demasiado que la criticaran. Es más, en algunas circunstancias, sentía que ese tipo de comentario ridículo, podría ser una advertencia a su inconsciente contrincante para que se diera cuenta, de una vez por todas, que el desafío estaba echado y seguiría vigente hasta el último minuto en que alguno de los dos sufriera las consecuencias. Ella estaba dispuesta a todo. Era capaz de someterse a situaciones impensadas, aquellas a las que no hubiera entrado si las circunstancias hubieran sido otras. Pero existían, a su entender, valiosos parámetros que deseaba establecer de manera contundente. De alguna manera sentía que su proceder, estaba injustamente justificado.

?

Hacía años que las cosas se presentaban de esa manera. El padre sólo aceptaba a los hijos varones. –“Las mujeres no sirven más que para criar hijos, y encima hasta eso lo hacen mal. Los varones deben ser criados por varones. Las mujeres los crían débiles de carácter y holgazanes. Para lo único que sirven, es para meterlo a uno en problemas. Y si no las tenés cortitas, hasta la honra te pisotean”. Para Ella, los dichos de su padre, eran solo palabras vacías carentes de fundamento. Estudiar piano nunca había sido un pasatiempo que le permitiera conseguir un novio un poco más acomodado dentro de la sociedad en la que vivían. La música es un arte real, para el cual había que tener condiciones innatas y una especial perseverancia y vocación de sacrificio, si se pretende trascender. La misma suerte corría la pintura y desde ya, el ballet. Los conocimientos científicos correspondían a otro estrato intelectual, para el cual, según criterio de su padre, había que ser varón para entender las profundidades misteriosas de las investigaciones. Pero esta valoración, no es solamente una premisa perniciosa y especulativa de los machos temerosos de ser apartados de su tronos honorables del saber y el hacer. La falta de acceso a las herramientas y la práctica en la manipulación de las mismas, confabulan contra la más inteligente de las mujeres. La mujer intelectualmente valiosa no podía existir sin un hábito en el ejercicio de poner a prueba a su inteligencia dentro del campo científico o del campo intelectual en general. Pero algunas mujeres supieron hacer de su cocina un laboratorio, de sus lechos, sus escritorios, de sus hogares sus escenarios donde cantar, bailar, e interpretar, dentro de sus mentes y sus corazones, los dramas más intensos, de los cuales solamente sus diarios íntimos fueron testigos. El mundo exterior era un escenario de difícil acceso. Solo algunas privilegiadas o aquellas dispuestas a pagar precios muy altos, tenían su lugar.

?

? ? Ella carecía de talento y tampoco estaba dispuesta a pagar ningún precio, ni alto ni bajo, a cambio de ser reconocida como una de ellos, dentro de la empresa. Tampoco mantener su figura le resultaba importante. Era joven y más allá de las modas, no le gustaba que alguien pudiera ser calificado a partir de su apariencia. Tenía la suerte de tener un cuerpo proporcionado y bien constituido. Su peso estaba en relación a su altura y su tez blanca la ponía dentro del platillo de los aceptados en la balanza social. No contaba con una inteligencia natural ni desarrollada particularmente destacada, y la belleza tampoco era uno de sus fuertes. Estaba en la empresa porque su currículo cayó en las manos del gerente en un día en el que sentía particularmente alegre y con ganas de amigarse con la vida. Ella misma no pudo creer que la convocaran para ese puesto después de todas las empresas que había recorrido, solicitando al menos un puesto de telefonista. Pero ahí estaba, cara a cara con la única persona que podía desafiar secretamente y en un campo en el que no se jugara el puesto. Sabía que no tenía las habilidades necesarias para otros desafíos y que eso la mantendría en un anonimato ventajoso para los que querían hacer carrera dentro de la empresa y le aseguraba la paga mensual. Así que para no morirse de tedio, se abocó a imponerse en una contienda personal y anónima. Tampoco estaba claro para nadie, qué es lo que ella hacía allí, en los almuerzos de negocios. Quizás una figura femenina hacía ver a la empresa como un lugar confiable, en el que no se discrimina a las personas por su sexo.

?

Lo cierto es que allí estaba, sentada frente a su plato de pastas, pensando en cual sería el segundo plato y el tercero y así sucesivamente. Sabía que no debía beber demasiado líquido. – “El agua o las gaseosas te llenan y no permiten que la digestión se haga como corresponde. Es distinto si tienes que beber alcohol. Si vas a beber vino, sobre todo blanco que no es tan sano porque tiene mucho químico y se te sube más rápido a la cabeza, primero bebe un par de vasos de agua. Echarle agua o soda al vino, no sirve de nada y la gente piensa que no saber beber”, palabras de su santa abuela que debe de haber sido una de las primeras mujeres que aprendió a fumar y que el día en que su marido intentó prohibirle su más apreciado placer, le dijo sencillamente: -“El día que seas capaz de darme la mitad del placer que me da fumar, lo conversaremos”. Su abuelo, según Ella misma contaba, no tocó más el tema.

?

La comida no era un tema de discusión ni dentro ni fuera de su familia. Y ya iban por el segundo plato de pastas, cuando Él comenzó disimuladamente a desabrocharse el primer botón del pantalón. Ella ya había notado que en el último mes, le había tenido que hacer dos ojales nuevos al cinturón pero todavía usaba el mismo talle de camisa y pantalón. Ella iba y venía caminando a su trabajo, lo que la ponía en ventaja sobre Él, a quien la empresa le había dado el auto y un lugar en el estacionamiento del subsuelo. Estaba haciendo su balance en cuanto a las ventajas con las que contaba cuando Él se desabrochó el segundo botón y comenzó a transpirar como si su corazón le estuviera jugando una mala pasada. Nadie podía deducir si su transpiración obedecía a que el almuerzo de trabajo no estaba llegando a las metas establecidas ni respondía a los requerimientos de sus jefes o al hecho de que la comida lo había sobrepasado en su exigencia corporal, más específicamente al de su aparato digestivo. Ella sonrió al pensar en su tan esperada victoria. Hasta el momento estaban empatados, si Él seguía sentado allí, intentando conversar de negocios y se daba la oportunidad de acceder a un tercer plato, aunque solo comiera la mitad, ya le daba el tan preciado triunfo que durante meses persiguió y que no había logrado hasta el momento. Era cuestión de tiempo. La espera era un factor importante y ella la disfrutaba atrasando unos minutos algo que sabía, ya le pertenecía por derecho propio. Pero ¿y si esta situación no era más que una artimaña de Él que venía perdiendo no solo la ignorada competencia de tragonería sino la negociación de la que se había hecho responsable frente a sus jefes? A lo mejor todo era una gran farsa para dejar en suspenso las decisiones que debía tomar en ese preciso instante y de esta forma dilataba la respuesta, descomprimía la situación y ponía la balanza a su favor, ya que ningún empresario que se precie, intentaría aprovecharse de una situación así para ventaja propia. La única duda era si Él era capaz de semejante actuación. No lo creía capaz. Se inclinaba más a pensar en que realmente su aparato digestivo había colapsado y que Ella estaba perdiendo la contienda por abandono de su contrincante. Porque lo que estaba sucediendo la mantenía en una posición de igualdad y no de superioridad, que era lo que Ella anhelaba. Ganarle, no igualarlo. Superarlo. Demostrarle que hasta en las cosas más cotidianas, una mujer puede más que un hombre.

?

Alguien llamó al 911. Una ambulancia llegó y a Él se lo llevaron a la sala de guardia. No era grave, pero nunca se sabe. De todas formas, lo prudente era posponer el ? almuerzo de trabajo hasta la semana entrante, a la misma hora, en el mismo restaurante, con los mismos comensales.

El ocaso de un ósculo

Filed under: Relato - Primer ejercicio — SILVIA SOLIS CAMACHO at 3:22 am on Domingo, noviembre 29, 2009

Jeremías Popoca Archin es un hombre de mandíbula pronunciada. Ojos como dos arroyuelos ocultos entre las matas del camino; cejas abundantes. Boca grande de color rosa oscuro. La dentadura se forma en filas casi perfectas y tan brillantes que contrastan con lo achocolatado de su tez. Osco, su semblante lo delata un gesto de permanente disgusto.

No obstante su aspecto insignificante, desde muy joven había adoptado un hábito que se fue haciendo necia costumbre hasta convertirse en auténtico vicio: un irrefrenable gusto por besar.

Todo comenzó cuando, el diagnóstico de un medico practicante, determinó que Jeremías era introvertido, antisocial; con grave tendencia al mutismo y recomendó como tratamiento, una fuerte dosis de besos y caricias? cada dos horas durante un mes.

A Jeremías se ? complicó surtir la receta puesto que en fu familia desde generaciones anteriores no tenían esas mañas. De hecho, se creía que esas manifestaciones eran propias de gente; rara por eso, a los infantes, se les destetaba al mismo tiempo que se les retiraban los mimos y chiqueos de las madres y del resto de parientes. Y si alguien cedía a la tentación? prodigar algún acercamiento, era sancionado severamente con la exposición pública y la burla de todos para evitar exhibicionismos, al margen de la creencia de que los besos? traían consigo un buen número de enfermedades contagiosas.

Así, para castigar la osadía del profesional que había salido con tales recomendaciones, ? lo expulsaron de la región bajo la amenaza de que si se le sorprendía por los alrededores, sería lapidado sin mayor averiguación.

Jeremías Popoca Archin se postró en lastimera tristeza. Se le veía? caminar sin rumbo con ojos extraviados mientras su cuerpo se estremecía preso de escalofríos y temblores. Era inminente su extinción pero Joaquina, su madre, no estaba dispuesta a seguir viendo a su hijo sufrir de esa manera, así que tomó la decisión de seguir las indicaciones del galeno.

Todas las noches apagaba las luces y cualquier destello de luz. Atrancaba la puerta y ahí, en la más profunda oscuridad abrazaba y besaba a su muchacho sintiéndolo como un frágil pajarito que se había relegado ? en el camino y la lluvia lo había dejado hecho una sopa.

La madre lo arropaba con toda la ternura de que era capaz arrullándolo hasta que lo vencía el sueño.

La comunidad empezó a sospechar y una noche, Joaquina creyó ver una sombra en la ventana.

Presa de miedo tomó a su hijo, guardo sus hilachas y en papel de estraza? puso un par de gordas embarradas de fríjol y abandonó el jacal. Por un momento dudó porque su partida significaba también renunciar a la remota esperanza de que su marido volviera cualquier día.

Caminó largo un largo trecho hasta que se le deshicieron los huaraches como volutas de algodón de azúcar.

No hubo más remedio que refugiarse con los ixtecos que en un principio habían sido parte de los suyos, pero se separaron en busca de mayor libertad.

Renunciaron a un Dios postrado en una cruz para sujetarse? a los mandatos de preceptos más humanos. Decidieron apoyarse en la solidaridad y al respeto mutuo. Los ixtlecos los recibieron con alegría congraciándose con su decisión.

Madre e hijo se tomaron su tiempo para adaptarse a su nueva vida. En esta parte del mundo todo se hacía al revés: se veían por todas partes manifestaciones abiertas de cariño. Todas las familias, amigos y parejas se demostraban sin remilgos toda su afectividad.

Jeremías se veía renovado, alegre, le brillaban los ojos y una carga de delirante energía.

Construyó una casa de tabique, cemento y hasta con piso firme. Un corral de gallinas y un lechón que les habían dado como regalo de bienvenida. La comunidad ixtleca estaba convencida de que, legalmente, la tierra es para quien la trabaja.

A Joaquina le costaba mucho trabajo adaptarse a la nueva situación porque en sus antepasados sólo se aceptaba el beso respetuoso en la mano de los mayores. Nuca se vio que los padres se dieran un abrazo ni siquiera en fechas especiales. Las mujeres debían caminar detrás del padre, del hermano o de los esposos pero nunca a la par. Uno no podía explicarse cómo era la procreación? de por lo menos una docena de hijos por familia.

Los miembros de la se hablaban de “usted” y? conversabas en privado en voz baja y los menores? debían permanecer con la cabeza baja.

También aquí ? en Ixtitlán se seguía la costumbre de reunirse? en asamblea dominical donde las manifestaciones afectivas se hacían, para los recién llegados, melosas y exageradas.

Aquí sólo se hacía una excepción: las llamadas suripantas tenían estrictamente prohibido besar a sus clientes porque podría darse una situación de intimidad y ellas debían sujetarse a prácticas sexuales.

Los caminos paralelos no se juntan a menos que un cruce se atraviese en su destino y Jeremías Popoca Archín bebía con peligrosa avidez? toda esta aventura. Preguntaba, investigaba pero sobre todo, experimentaba y poco a poco fue descubriendo que el beso no tiene nada que ver con el tamaño de la boca o la forma de los labios puesto que su eficacia no se veía alterada.

Entonces Jeremías decidió no perder el tiempo y aprovechar toda oportunidad abandonando, de una vez por todas, la necia abstinencia de la primera etapa de su vida para volverse todo un experto en la materia.

Empezó a hablar de una gran variedad de besos: técnicas, usos y objetivos preestablecidos. Formales, falsos? sociales, hipócritas y hasta traidores. Descubrió que todos son distintos aunque sean liberados de la misma boca.

Se sintió confundido al saber que la práctica no podía ser infinitamente gozosa que igual, podría resultar peligrosa.

¡No! A él no le pasaría –pensó- ? a estas alturas? ya estaba preparado para diferenciar unos besos de los otros para tomar únicamente los verdaderos.

Alguna noche empezó a soñar con un centenar de bocas entreabiertas que lo perseguían. Sentía ? el húmedo contacto? y el chasquido al estrellarse en toda su piel. La visión se repetía. Despertaba sudoroso, afiebrado y con bocanadas de sangre que, en su desesperación se hacía él mismo por chasquear los dientes contra los labios.

En poco tiempo su boca se lleno de aftas y fisuras de color oscuro, como amoratadas y se puso tan reseca? que crujía como ? las viejas hojas caídas de los árboles.

Sin darse cuenta se empezó a obsesionar con uno de esos besos amorosos de los que tanto se hablaba pero, mientras más buscaba, más se desilusionaba? al encontrarse sólo con una gama de besos insípidos, incoloros e irreparablemente vacíos.

Cambiar sus costumbres. Primero por decepción? y luego porque los buches de agua con sal que le recomendaron para apagar los fuegos y disminuir la inflamación de los labios era muy tormentosa.

El agudo dolor que empezó a padecer lo volvió a su aislamiento. Se hizo asiduo a largas caminatas.

Un día llegó hasta las orillas del río Verde y no se atrevió a cruzar porque ésa franja de agua, separaba su pueblo natal; era el límite con su pasado.

Pero ahí la vio a ella. Ángela Topetec justo del lado opuesto. Su silueta tenía un raro esplendor. Ella presintiendo el peligro, se alejó a toda prisa.

La perseverancia de Jeremías bajó la guardia de la joven que fue acostumbrándose a esa sombra inmóvil hasta que un día, decidió enfrentarlo:

-¿Quién es usted? ¿Por qué se esconde?

-Por favor no se asuste –respondió Jeremías en tono suave. La joven empezó a hablar sin parar y al darse cuenta de que a sus cuestionamientos tenían como respuesta largos silencios se calló

-Me llamó Jeremías Popoca Archin y vivo aquí en Ixtitlán…

-¡Ah! –expresó ella con temor.

-Somos amistosos

-Sobre todo muy cariñosos ¿no? –No tomó en cuenta el comentario.

-Tal vez un día podría invitarla…

-¡Ni Dios lo permita! Esa es una tierra? de pecado –lo dijo santiguándose.

-Dice el Padre Camilo que se parece a Sodoma y Gomorra y que si cruzamos, estaríamos condenados al infierno y la culpa de ser impuros y no podría lavarse ni con el más sincero arrepentimiento. No habría penitencia suficiente para alcanzar el perdón.

Si tú eres de ese lugar de endemoniados ¡aléjate! Y salió corriendo como alma que lleva el diablo.

Las pesadillas de Jeremías cambiaron de rumbo. Ahora se sentía perseguido por los brillantes ojos de Ángela.

Durante el día pensaba mucho en ella. Se la imaginaba paseando por las angostas calles o rezando en la capilla a la patrona del pueblo: María Magdalena, la pecadora tocada por Dios. La veía ir y venir por agua del pozo o ir a vender pan de anís y ? canela en la plaza.

La cabeza de Jeremías pareció recibir un descalabro que termino por alborotarle los recuerdos: su choza, sus paseos dominicales y cómo lo llevaba a empujones su madre a la santa ? misa. El aire impregnado de olor a pan fresco. Tal vez esa vida no fue tan mala. Sacudió con violencia la cabeza para alejar esos pensamientos.

Se volvió más callado, taciturno, ausente. Su madre estaba convencida de que esa enfermedad de sus labios lo había cambiado.

El muchacho hizo de sus paseos nocturnos algo vital y Ángela también acudía como a una cita impostergable. No pronunciaban palabra aunque el cruce de miradas ? visiblemente los llenaba.

Entonces Jeremías se fijó en sus labios delgados y apetecibles. Supo al momento que en esa boca estaba aprisionado un dulce beso de amor. Daría la vida por ese beso aunque en el fondo de su alma estaba convencido que jamás sería para él. Caminó de regreso a su casa y fue directamente al costurero de madre; buscó una aguja? y la ensartó con suficiente hilo. Unió sus gruesos labios y confeccionó en ellos un bordado a punto de cruz.

ESQUEMA EXPERIENCIA VITAL MANOLO – PILI

Filed under: Relato - Primer ejercicio — NADDIA at 1:35 am on Domingo, noviembre 29, 2009

? ? ? ? ? ? ? A tantas Pilis que todavía hay.

? ? ? ? ? ? ? ? ? ? ? ? ? ? ? ? ? ? ? ? ? ? ? ? ? ? ? ? ? ? ? ? ? ? ? ? ? ? ? ? ? ? ? ? ? ? ? ? ? ? ? ?

Para desgranar la bonita quimera de la igualdad entre hombres y mujeres no hay más que abrir un libro de Educación para la Ciudadanía. Estudiamos que la igualdad es la meta a seguir y lo repetimos machaconamente, pero ahí va el primer error: seguimos invadidos de cuentos tradicionales con los que taladramos las orejas de nuestros hijos. Princesas encerradas en el baluarte de su belleza que esperan pacientemente a un príncipe que llega al final de todas sus desgracias y con un beso les hace olvidar todos los pesares. FIN. Hasta aquí, el cuento. Ahora comienza lo que pasó después:

Ella se llama Pili y está enamorada de Manolo. Se han dado el primer beso y han practicado tanto el sexo oral como el escrito. Qué bonito es el amor. Salen todos los fines de semana hasta bien entrada la mañana. Beben cerveza, bailan, se agarran, se frotan, hacen el amor en una fuente. Hace calor. Se emborrachan. Manolo no sabe beber y siempre tiene un punto violento adorable. Le gusta que la agarre por la fuerza y la bese. Se siente Escarlata O´Hara, le da una pizca erótica importante. Deciden casarse.

En la fiesta de la boda Manolo coge una cogorza del trece. Casi no se tiene? de pie. Pili apenas puede disimular su contrariedad, pero no dice nada delante de los invitados y baila con unos y otros luciendo el vestido de ensueño demasiado escotado que siempre soñó para su boda. Un amigo de la panda intenta tocarle una teta, pero ella lo rechaza. Manolo le dice a su amigo que no le importaría que la compartieran. Pili se va. Sigue la fiesta. Los invitados se acaban marchando.

Los novios tienen la suite nupcial reservada en el mismo hotel de la celebración. Pili intenta llevarse a Manolo a la habitación, pero él quiere tomarse la penúltima. El personal del hotel mira a Pili con conmiseración. Finalmente llegan a la suite donde Pili sueña con meterse en el jacuzzi. Desde que contrató la estancia imaginó que haría el amor a 33º C bajo el agua. Manolo cae sobre la cama como un fardo. Levanta un momento la cabeza y vomita sobre el edredón de seda. Con gran esfuerzo, Pili consigue sacar el edredón de la cama y desnudar a su nuevo y apestoso marido. La suite se ha convertido en un lugar repugnante con olor ácido. Manolo yace como un pelele sobre la sábana y sigue durmiendo. Pili se desnuda, enciende el jacuzzi y lo programa para 33º C. Se mete en el agua. Sola. No había imaginado así su noche de bodas. Se pregunta si el amor es eso. Al final acaba acostándose al lado de ese hombre ácido. Siempre le hizo gracia verlo borracho, pero hoy ya no le hace tanta. Se duerme con un camisón rojo de encaje transparente.

Manolo despierta cinco horas más tarde. Recuerda que se ha casado y que no ha cumplido con su deber marital. Se acerca a Pili e intenta besarla. Pili lo rechaza.

-Hueles mal.

-Soy tu marido.

-Qué asco.

Siguen durmiendo. Por la mañana les? traen el desayuno. Pili lo recoge en la puerta.

-Gracias.

Da una propina. A Manolo le duele la cabeza. Acaban de comenzar la luna de miel, no tienen que volver al curro en quince días. Mañana saldrán para la Ribera Maya.

? …..

? El sol, el descanso, las pirámides y los daiquiris hacen que el amor aflore otra vez. A la vuelta, Pili se reincorpora a la caja del supermercado y Manolo al taller. Al llegar del trabajo Pili pasa la aspiradora, hace la comida del día siguiente y la cena de hoy, limpia el cuarto de baño, plancha alguna ropa, hace las camas y pone la lavadora. Manolo sale más tarde que ella del trabajo y para en el bar de la esquina a tomar una cerveza con los colegas. Cuando llega a casa Pili le da un beso y cenan. Manolo se ha llevado el plato a la sala porque hay fútbol. Pili recoge la mesa y friega los platos. Van a la cama, hacen el amor. Pasan unos meses. Pili está embarazada. Alegría. Al malestar inicial de las náuseas le siguen días de espera e ilusión. Pili carga con su barriga y a la vuelta del trabajo aspira, plancha, cocina y pone lavadoras. El último mes, cuando ya no puede con su cuerpo, pide una baja y pasa el día tumbada porque apenas puede moverse. La casa se va ensuciando, la ropa se amontona, comen de lata. La madre de Pili corre en su auxilio y pone algo de orden en el hogar. Nace una niña. Manolo protesta porque llora por la noche. Pili amamanta al bebé cada tres horas. A las siete Pili se levanta a preparar el desayuno de Manolo. Disfruta de la baja maternal, pero la niña ocupa todo su tiempo. La ropa se sigue acumulando, la plancha es un reproche silente que Pili ya no es escucha.

? …….

? Han pasado varios años. Pili ha parido tres hijos. Es encargada del supermercado.? Manolo se ha quedado en paro. A pesar de que el sueldo de Pili es mayor que antes, el dinero no llega. Manolo no sale a buscar trabajo. Pili encuentra una actividad adicional para los fines de semana. Cuando llega a casa aspira, plancha, cocina y pone lavadoras además de hablar con sus hijos, con los profesores, ir a las reuniones de la comunidad de vecinos y a las de las excursiones del colegio. Su espalda se resiente. Tiene varias hernias discales. Manolo encuentra trabajo. Está dolido porque Pili gana más que él. Discuten con frecuencia. Manolo nunca ha pegado a Pili, pero sí la llama puta y analfabeta. Es lo normal, sus colegas también lo hacen. Hay que hacerse respetar. Pili cree que él no es consciente de lo que dice. Lo perdona otra vez. Se encuentran en la cama. Ya no hacen el amor, sólo follan. Pili cree que si lo abandona, él se suicidará. Él bebe cerveza y fuma. Pili cree que él es bueno. Los hijos crecen y huyen de la casa. ¿De qué hablarán cuando ya no haya hijos en casa? ¿De qué discutirán?

A Manolo le hacen una encuesta sobre la igualdad entre los hombres y las mujeres y dice que su mujer está liberada porque siempre ha trabajado fuera de casa. Incluso gana más que él y a veces hasta sale con amigas.

-¿Ayuda usted en las labores del hogar?

-Por supuesto, arreglo los enchufes y lavo el coche.

Sueños en lucha

Filed under: Relato - Primer ejercicio — carla at 1:54 am on Sábado, noviembre 28, 2009

Uno Marcos Gluck había levantado su empresa de la nada. Sus padres volvieron? a España cuando él tenía 15 años y su familia nada en los bolsillos. Aprendió el oficio del desguace en la calle, con su padre y su hermano, mientras su madre se quedaba en casa cocinando y arreglando el pequeño hogar. Comenzó a interesarse por las motos desde antes de que tuviera uso de razón ya que veía dos ruedas y sus ojos se iban detrás. Su padre le había fabricado un patinete sobre el que soñaba con la velocidad, con el viento golpeando en su cara. Imaginaba que estaba en una moto. Sabía que algún día conseguiría una. Lo tenía tan claro que guardaba aquel primer pensamiento junto con otros importantes: la primera vez que montó en una moto, la primera moto que se compró, cuando vio a Isabel por vez primera y la última vez que abrazó a sus padres y hermano. El cerebro le obligaba a guardar solo ciertos recuerdos: los buenos.? El accidente que le privó de una infancia en el seno de una familia, se escondía en lo más recóndito de su alma.

El teléfono le despertó de su letargo. La luz del altavoz se iluminó y con presionar una tecla la voz de su secretaria anunció la llegada de su entrañable amigo Márquez. Junto a su mujer Isabel, era lo que más apreciaba en el mundo. Las casualidades hicieron que ambos apasionados del motor coincidieran y entablaran amistad, aunque provenían de lugares tan radicalmente distintos que todavía se preguntaban cómo «lo suyo» había durado.

Marcos, sin dinero y sin familia hacía equilibrios para poder comer y acercarse al Jarama a que la velocidad sacudiera su corazón. Diego Márquez, sin embargo, se paseaba por los boxes con facilidad. Con diecisiete años todavía no sabía lo que era trabajar y tenía previsto estudiar Derecho, como su padre, aunque deseaba algún día pertenecer al mundo de las dos ruedas. Sin embargo, la casualidad, como variable que de nuevo acudía a su vida, hizo que coincidieran en el circuito del Jarama, Márquez para ver el espectáculo y Gluck para solicitar otro trabajo que le mantendría los domingos y del que disfrutaría. A Miguel Márquez, el tío de Diego, le cayó en gracia aquel jovencito que parecía desesperado pero que tenía cara de espabilado. Fue el único piloto que le permitió entrar, aunque, en realidad, no le dejó, sino que como iba con su sobrino pensó que era su amigo, si bien en el segundo golpe de vista apreció claramente las diferencias de clase. Desde entonces, los dos jóvenes no se separaron. Aprendieron juntos a amar las motos y a moverse en aquel mundo.

Con el tiempo, Marcos se hizo un nombre en la reparación de motos. Diego acabó Derecho, pero montó su propia escudería, la primera escudería española. Juntos durante unos años fueron un tándem perfecto: uno era la imagen y el otro realizaba el trabajo que adoraba. Cada uno formó su familia y al cabo de los años volaron por separado, pero sin lágrimas ni rencor puesto que cada uno se dedicó a lo que realmente quería. Sus firmes pasos les hicieron un hueco en la sociedad española.

Ahora volvían a unirse para la aventura de encontrar el mejor mecánico que se uniría a ellos en el campeonato del mundo. Tras un abrazo sentido, se pusieron al día.

– Diego, lo que me propones me gusta. Sangre fresca, es lo que ya voy necesitando.

– No digas que estás mayor que te saco dos años y me haces más viejo -rió.

– Mándame a los chicos que seleccionaste para tu concurso y veré qué puedo hacer. Tendrán que meterse en grasa hasta el cuello -bromeó.

– Ay, qué antiguo eres, Marcos. Te vas a sorprender. Pero sí, quiero que los exprimas. Necesito al mejor.

Dos El lunes temprano, Marcos se preparó para recibir a los candidatos. Su secretaria Elvira el viernes le pasó los currículos, pero no había tenido tiempo hasta esa misma mañana para echarles un vistazo. Ángel y Martina. Debe de ser un error, pensó. Ángel y Martín, se dijo. Todavía no había iniciado su lectura cuando entraban en su despacho un chico y una chica.

¿Cómo es posible que alguien traiga a su novia a una entrevista?¿Cómo es posible que el otro candidato todavía no haya llegado? -se preguntaba Marcos. ¡Qué poco serios!

– Sr. Gluck. Aquí están: Ángel y Martina.

– Bien, Elvira, cuando llegue el otro candidato le hace pasar, por favor.

-¿Cómo dice? -preguntó extrañada su secretaria.

– Yo soy el otro candidato, señor -afirmó a media voz la chica mientras el joven la observaba casi con desprecio.

– Sí, señor Gluck, ella es la del currículum -le indicó Elvira señalándole la foto que encabezaba uno de los documentos.

Reponiéndose de la sorpresa, Marcos Gluck, dio la mano a ambos y los dirigió por la empresa en una visita rápida por las oficinas hasta los talleres, situados en la parte baja del edificio de tres plantas. Tras escuchar casi en trance la historia de la empresa que era líder en su sector, se dirigieron a los vestuarios por turnos, pues al no haber mujeres en la plantilla no disponían de vestuarios separados.

Ataviados con monos de trabajo, Ángel y Martina con expresión concentrada pasarían la tarde justificando los conocimientos que habían acreditado. A Marcos Gluck le bastaba con ver cómo cogían las piezas para saber si eran dignos de ellas o no. Los primeros ejercicios los pasaron casi a la par, si bien, Marcos tuvo que reconocer que Martina actuaba con una casi imperceptible pero mayor precisión que el chico.? Movía sus manos finas con rapidez y destreza. Desde luego que tenía mucha habilidad. Pasaron la tarde montando y desmotando piezas complicadas y motores y aplicando colores y barnices de gran calidad.

Ángel se sabía vencedor. Ya le habían comentado que la chica era pura publicidad,? pero lo cierto es que no sabía que iba a ser tan buena. El dueño de la empresa parecía igual de impresionado que él y es que Martina era una chica con muchos recursos.

El señor Gluck observaba con atención la actuación de ambos y aunque albergaba dudas al principio, veía que la joven se desenvolvía perfectamente. Tenía madera. Él lo supo cuando manejaba aquel motor como si fuera una de sus extremidades. Fue entonces cuando recibió la llamada que le agrió el día, le enfureció y ennegreció sus pensamientos: los organizadores le pedían que cogiera al chico. Martina era el objetivo de los medios. Estaban jugando con él y con las ilusiones de ella. Por primera vez en su vida, a pesar de todo lo que había pasado, sintió que la vida era injusta. Sintió que aquella chica tendría que rehacerse como él había hecho en tantas ocasiones.

Cuando realizaron las pruebas, el propio Gluck debía dar su visto bueno a los ejercicios pues se trataba de fichar al mejor. Cenaron y volverían a verse al día siguiente.

Marcos Gluck esa noche se planteó observando a su esposa Isabel si la veía tan persona como a él mismo. Si más allá de considerar que era la mujer que amaba, veía a alguien inferior a él. La sonrisa de su esposa con los ojos cerrados le dio la respuesta: no eran iguales. Para él ella era un ser superior y especial. Dejaría su vida en sus manos. Este pensamiento le acunó durante la noche.

Tres En el segundo día de pruebas y de la toma de decisión, Marcos entendiendo que en cuanto a conocimientos estaban a la par, tendrían que mostrar sus reacciones frente a situaciones? que aparecerían en su futuro trabajo.

Mientras los candidatos aplicaban sus propias teorías, Gluck y Márquez, se reunieron y se encontraron en desacuerdo. Nunca durante la historia de su amistad les había ocurrido aquello. Para el dueño de la prestigiosa cadena de talleres, Martina tenía derecho a todo y para el propietario de la escudería, el chico era la imagen que precisaban en sus filas: varonil y seguro de sí mismo. El concurso era un fraude.

Martina y Ángel entregaron sus supuestos prácticos y tras su examen, Marcos habló con los dos y les planteó sus dudas al respecto. Resultó ser una conversación de lo más reveladora: ambos eran luchadores natos y deseaban aquel puesto.

La pregunta clave que Marcos Gluck más apreció fue la descripción del sentimiento al conducir una moto. En la visión de Martina se reconoció: la búsqueda de la brisa acariciando su cara, sus brazos, su cuerpo. Los rayos del sol penetrando a través de la visera del casco y la libertad que aportaba a su vida.

¿Estaría el mundo preparado para esa chica? Y lo que era más importante, ¿y el mundo empresarial? De la decisión de Gluck dependería el futuro de Martina. Estaba en sus manos.

Cuatro A las diez de la noche, Ángel, Martina y los medios esperaban con impaciencia conocer quién acompañaría a la única escudería española en el campeonato mundial. Marcos Gluck tomó aire. Fue difícil, pero entendió que sería lo más acertado. Las presiones de Diego Márquez por elegir al chico le afectaron mucho. El sentimiento de ser un obstáculo para la felicidad de alguien parecía insoportable.

JUANA MARCIOTI (Las dos caras del espejo)

Filed under: Relato - Primer ejercicio — atman at 12:41 am on Sábado, noviembre 28, 2009

La señora Juana Marcioti era una pobre mujer.

Huérfana a los diez años y siendo la mayor de cuatro hermanos, la habían hecho cargo de casa y críos.

Su padre, respetuoso de la naturaleza, esperó pacientemente hasta su primera menstruación, para comenzar a usarla también de esposa. Aún no había cumplido los trece años.?

A los treinta, tenía cinco hijos, dos manazas coloradas y dolientes, y la cintura tan encorvada, que parecía estar siempre a punto de levantar algo del suelo.

Su padre, padre de sus hijos, había muerto hacía tres meses por una soberana borrachera.

No conocía un día de descanso, un momento grato, una sonrisa espontánea y en cinco oportunidades le había dolido más engendrar que parir.

Los hechos de su vida eran tan aciagos que superan las condiciones propias de la pobreza y la ignorancia, convirtiendo su historia en casi un castigo divino, por eso detallarlos, sonaría tratar de arrancar alguna lágrima al lector, así? que sólo hablaré de los estrictamente necesarios al efecto del relato.

La casilla, como siempre en verano, ardía y ? aún no era el mediodía.

El menor de sus hijos no había parado de llorar en toda la noche. Juana se levantó recordando que una vez, hacía muchos años, uno de sus hermanos también había llorado varios días y sus noches, hasta que murió. Se dio cuenta por su silencio, además porque cuando lo fue a? levantar estaba tan frío como había encontrado a su madre. Su padre le dio una soberana paliza, suponía? por el gasto del entierro (del de su madre se había quejado un año entero), pero después le hizo el amor, demostrándole que a pesar de todo… la quería.

Si ahora se moría su hijo no habría quien le pegase. Igual algo ya sabía de críos. Lo levantó, le dio agua -para comida no tenía, pero a eso también estaba acostumbrada-.

Su hermano, el que le seguía en edad, era quién les daba plata, a pesar de que ella le había negado el sexo una mañana. Lo enfrentó con el cuchillo diciéndole fiera: “Papá si, vos no”. Pero como hacía unos quince días había caído preso, subsistían con las limosnas conseguidas por los otros hermanos e hijos.

Ella difícilmente salía de la casilla, acaso una vez al día para traer agua.

Tenía suerte ya que era de las grandes, fuerte, de dos ambientes. No como las de ahora de cartón, sin divisiones. El piso de tierra daba sensación de fresco, pero sólo a las piernas. Las chapas casi le pegaban en la cabeza, “hirviendo la sesera”, según sus dichos.

Tomó el trapo de bañarse y lo empapó. Frente al pequeño espejo se lo pasó por los brazos, cara y cuello, luego lo apretujó sobre su cabeza. Debía ir a buscar más agua. Esos baldes eran los máximos responsables de su cintura doblada.

El crío había parado de llorar. Lo tocó por las dudas. Ardía. Estaba todo bien.

Nunca había pisado un colegio, no sabía ni leer ni escribir. Mucho menos sumar o restar.

Si hubiera venido al mundo con algún tipo de inteligencia, ésta se habría esfumado con el humo del fogón.

En un rincón del escaso ambiente había un pozo en la tierra sobre el que cocinaba, en una olla sostenida de un gancho sobresaliente de la pared. La única ventana estaba del otro lado de la puerta, por ello el humo giraba dentro de la casa, escapando con languidez por las ranuras del techo y alguna grieta del tabique de atrás, que siempre amenazaba con caerse pero seguía en pié.

Volvió con el agua. Al entrar vio un salón gigante, dorado, luminoso, con grandes sillones aterciopelados. Sacudió la cabeza, entonces la imagen se reemplazó por el consabido catre contra la pared.

Se sentó, inmediatamente el bebé comenzó a llorar. No tenía un año de vida pero algo ya caminaba. Lo vio bajarse de la cama, cuando llegó a su lado lo alzó. Pesaba poco, mejor, aún lo cargaba muchas horas al día.

Olvidó pronto la imagen de ese gigante salón.

No tenían luz eléctrica, nunca la habían tenido. El televisor, de dudoso origen, traído por el hermano, le molestaba por el lugar que ocupaba, entonces lo usaba de repisa. Extraño lujo entre tanta miseria.

La vecina le había ofrecido “colgarla” de un poste cercano, pero para qué…,si tenía televisión, los chicos holgazanearían todo el día, en lugar de ir a pedir….

Fue a encender el fuego para cocinar, tenía unos pocos fideos y algo de arroz, si mezclaba las dos cosas, alcanzaría para todos.

Al agacharse con el fósforo en la mano, delante suyo surgió un hermoso fuego en un marco de piedras blancas, lisas, brillantes…sintió un fuerte ardor en los dedos, soltó el fósforo cayendo sentada. Así se quedó tratando de entender por qué veía lo que veía y no lo que realmente había frente a sus ojos. Sacudió la cabeza varias veces intentando recordar qué hacía…, ¡ah si!, encender el fuego para cocinar.

Ella tenía muy poco contacto con el mundo, sólo algunas veces su vecina le había prestado revistas para que mirara las fotos. No sabía de qué se trataban esas apariciones, pero con seguridad era algo totalmente distinto a lo conocido. Primero ese lugar tan limpio, brillante, lujoso, y luego esos leños tan parejitos, sin humo.

Cocinó. Comieron los niños. Al terminar salieron corriendo a jugar a la pelota, ella “picó” las sobras.

El barrio era un verdadero jardín de párvulos. Lo único que abundaba en ese rincón de la ciudad eran niños. Más apropiado que barrio sería llamarlo campo de concentración, porque todos estaban descalzos, mal vestidos, sucios, flacos, divirtiéndose entre chapas, alambres y basura.

El bebé se quejaba. Juana? decidió acostarlo con ella. Pronto ambos se quedaron dormidos, bajo el rigor de la tarde.

Soñó con el salón exultante de la visión de esa mañana. En su sueño participaba un hombre. El le hablaba, pero ella no lograba entenderlo. Estaba vestida con una túnica de tela muy suave, más que vestida parecía acariciada del cuello a los tobillos. Se movía por esa habitación erguida, con total soltura, a pesar de los altos tacones. Los zapatos también eran muy suaves. Todo era liso y brillante a su alrededor. Hasta su piel se sentía como la del bebé.

Sabía que estaba molesta, pero no alcanzaba a comprender el por qué. Debía recriminarle algo al hombre, algo no le gustaba. El llanto de un recién nacido inundó la sala, haciéndose cada vez más fuerte hasta despertarla.

Su hijo estaba en un grito. Debía tener hambre. Mezcló el poco de leche que le quedaba con agua, como para media mamadera. Se la puso en la boca.

Habían dormido un buen rato, ya eran casi las cinco de la tarde.

El nene tomaba la leche en su regazo, cuando comenzó a recordar el sueño. Sin querer se le cerraban los ojos, la mente se le iba a la hermosa tela, disfrutaba el placer que le había dado sentirla contra su cuerpo, tan suave y fresca. Era de color celeste, con unos dibujos raros en dorado y azul. En su sueño sabía que se llamaban arabescos, en su vigilia nunca había conocido nada igual.

Vio cómo una gota de leche manchaba tan perfecto vestido. La sacudió rápidamente, pero el paño estaba impregnado. Apoyó al chico en el catre para continuar sacudiendo el vestido, hasta darse cuenta que estaba frotando el gastado algodón floreado del batón que la tenía como tercer dueña.

Sabía que su esposo había robado el niño a la verdadera madre. También sabía que lo había hecho presionado por ella, por su empecinamiento en mantener un cuerpo esbelto, por no experimentar dolor alguno. Esa mujer no podía mantenerlo, en cambio ellos eran muy ricos, lo convertirían en un príncipe. Claro, no paraba de llorar, pero las dos nanas ya se encargarían de tranquilizarlo. Era hermoso, tenía unos dos meses, ella juraba su parecido. Ya estaban hechos los papeles legalizando su paternidad, gracias a médicos y jueces amigos. Su verdadera familia no lo encontraría nunca. Lo supo cuando lo vio desde el automóvil, al acercarse la mujer con él en brazos a pedirles limosna. En el París de la postguerra había mucha pobreza y unos pocos ricos, más ricos gracias a la misma guerra que a los otros los había hecho más pobres. Su padre era un millonario ostentoso. Ella como su única heredera: una ostentosa mimada. Su esposo debía rendirse a sus caprichos. El “hijo” era uno de tantos.

No tenía idea de que hacer para comer esa noche. En realidad no era muy difícil porque no tenía nada. Fue a buscar agua nuevamente. Prepararía mate cocido ahora, así podrían tomarlo frío. Hacía demasiado calor.

Se daría un baño antes de cenar. Decidió pasar por el cuarto de su hijo. La nana leía en un rincón. Al verla se puso inmediatamente en pié. El bebé dormía. Le tocó la carita ardiente. “Tiens! ¿En qué está pensando, para qué se le paga?, ¿para que lea?”, los alaridos de la mujer despertaron al niño llorando. La pobre nana no sabía para donde correr, pero enseguida lo averiguó, cuando escuchó que la patrona la despedia. Inmediatamente la madre llamó al médico de la familia.

Golpearon la puerta, la mujer indicó que pasaran. “Permiso” dijo la vecina, “¿Qué le pasa Juana?… está muy pálida”. “No sé, estaba muy lejos, no sé dónde”. “Pues pensé que había alguien más porque escuché voces “. Le contó que el bebé tenía fiebre y la vecina le ofreció un remedio que aceptó. También le contó que estaba haciendo mate cocido para la cena, viendo en ese momento el agua casi consumida.

La vecina se fue, regresando con las gotas y un poco de polenta. Ella ya había puesto más agua al fuego. Charlaron un rato sobre los chicos, el calor… pero se cuidó bien de mencionar esos “sueños raros”.

Esa noche se revolvió en su cama hasta que un agotamiento atroz la durmió alrededor de las cinco de la mañana.

Se levantó a las ocho y treinta, yendo directo a la ducha. Se secó enérgicamente colocándose la bata de seda blanca y las chinelas de raso haciendo juego. Pasó por la habitación del bebé. La segunda nana estaba cambiándole los pañales. Mejoraba, tenía ya la frente tibia, pero no sonríe. El niño no sonreía. Podría saber de su origen, o acaso de su destino. Lo alzó, protestaba “Si mi amor, si, si” –lo arrulló.

Tiraban de su vestido con insistencia. Era el mayor de sus hijos, quien le preguntaba “¿qué decís mamá, qué quiere decir oui, oui?”. No le contestó, sólo le palmeó la cola. El chico salió corriendo.

Cuán poco se miraba al espejo. En un rincón, colgaba de un clavo exagerado para su exiguo tamaño, el espejo redondo, que apenas captaba una cara. Allí se reflejaron el cansancio y la angustia de Juana. Se observó unos segundos. Sus ojos denotaban la sospecha de una vida mejor, más cómoda. No entendía porque a ella le tocaba una tan difícil, dura, inclemente.

El espejo, fiel, devolvió la imagen desde el cabello sedoso hasta las sedosas pantuflas. Se observó con la satisfacción fría que da la certeza del manejo cruel de otras vidas. Detrás suyo se recortó la imagen de su madre. En voz baja, pero crítica, la interrogó “Qué has hecho?, ¿Cómo has podido mandar robar a esa criatura?”. Sacudiéndose los bucles por un hombro, la miró sobre el otro, repreguntando a su vez “¿Por qué no? Me gustó, supe que debía ser mío, ¿por qué no?”. “Hija, Dios te va castigar…”, “No en esta vida mamá… no en esta vida”.

Y el gemido quedo del espejo, agazapado, en espera? de otra encrucijada.

La leyenda de Salina

Filed under: Relato - Primer ejercicio — Indalo at 12:16 am on Sábado, noviembre 28, 2009

Archisabido es que las mujeres dotadas de gran belleza cuentan con un arma poderosa para vencer la voluntad de los hombres y conseguir sus propósitos. Tanto la Historia como la experiencia alimentan esa consideración. Pero esas mismas mujeres también sufren los peligros que su belleza despierta en los hombres.

La leyenda de Salina –la mujer más bella de su tiempo-, extraída del saber popular, concluye con unas interrogantes: ¿Fue heroína, loca, irresponsable o avanzada a su época? Usted podrá opinar cuando conozca la historia…

Corrían los últimos días de la Pascua de 1520 cuando, en una boda entre campesinos del condado de Albate, se conocieron Lope y Salina.

Lope era un mancebo aventajado, de veinte años, hermoso y saludable, que, a pesar de su condición de siervo, había aprendido las artes de la escritura, había conseguido el puesto de ayudante del escribiente del feudo, desempeñaba sus labores en el castillo del condado, entre la nobleza, y recibía similar trato y consideración que donceles, hidalgos y caballeros. Según se decía, la espléndida trayectoria de Lope se debía a que era hijo bastardo de Pero de Almarán, hermano del conde Gonzalo de Almarán, señor de los territorios del valle de Albate.

Salina era una jovencita de belleza deslumbrante, morena, ojos negros, labios sensuales, cutis aterciopelado y constitución esbelta con llamativas prominencias. No sólo destacaba por sus excelsos atributos físicos sino también por su gentileza, desparpajo y dotes artísticas, en especial por su destreza para la danza y la recitación. Tenía dieciocho años, según ella. Era huérfana y vivía con la familia Hernando desde que la encontraron perdida o abandonada cuando la joven tendría unos catorce años. Los Hernando eran leñadores del condado de Albate, vivían en las montañas y eran libres, pues sus obligaciones se limitaban al pago de impuestos y diezmos al condado y a la abadía respectivamente.

Recién acogida a su nuevo hogar, la joven comenzó a llamar la atención por sus virtudes. Se decía que podría pertenecer a la nobleza, incluso que era de sangre azul, porque llevaba un collar de oro y poseía conocimientos de lectura, de escritura, de música y de diversas artes, algo que en principio no se sospechaba, puesto que todos pensaban que era muda, ya que permaneció dos días callada. Cuando comenzó a hablar no recordaba nada de su pasado, ni siquiera su nombre, o al menos eso decía ella. Se le puso el nombre de Salina y no tardó en adaptarse a su nueva forma de vida, pero sin olvidar su educación, conocimientos y costumbres.? Éstos le permitieron componer romances y canciones, que añadió a los que conocía, para luego recitarlos en las fiestas familiares. No se realizaba una sola reunión festiva entre los leñadores sin que se contara con la gracia y la amenidad de Salina. Sin embargo, en el valle apenas se le conocía, porque los leñadores visitaban el valle y el castillo en contadas ocasiones. En una de ellas, los Hernando asistieron invitados a una boda campesina, y fue entonces cuando se conocieron Lope y Salina.

A poco de conocerse, Lope y Salina se enamoraron y planearon su boda. Ella, muy pobre, expuso a Lope y a los padres de éste que, debido a su situación de orfandad y a la escasez de medios de su familia de acogida, no podía aportar ni dote ni ajuar. Se reunieron las familias y acordaron construir para los futuros casados una pequeña vivienda adosada a la casa de los padres de Lope, para cuya obra los Hernando proporcionarían la madera necesaria.

Tanto para edificar la vivienda como para desposarse necesitaban la autorización del conde, ya que la familia de Lope eran siervos y la obra debería realizarse en propiedad feudal; pero, antes de eso, Salina exigió solucionar otro problema, el más grave, un problema que estuvo afligiéndola desde que se enamoró de Lope. Quería saber si el conde ejecutaría el tradicional derecho de pernada, o bien, les permitiría conmutarlo por un tributo alternativo. Sólo cuando conociera la intención del conde, tomaría la decisión de construir la habitación y de casarse.

Lope era un joven sumiso y disciplinado, que jamás había exigido sus derechos porque, como la mayoría, pensaba que no los tenía. Era un chico como los de su tiempo y condición, que contemporizaba con el modo de vida que le había tocado vivir y no se cuestionaba contradecir ni desobedecer las normas que regían el condado, ni ofender o molestar al conde, a quien consideraba el más grande de los mortales. Íntimamente no le preocupaba demasiado lo que éste decidiera respecto al derecho de pernada: era algo aceptado por el deber y la costumbre. Sólo le preocupaba por Salina, principalmente por si se negaba a contraer matrimonio.

Por el trato que recibía como escribiente, Lope albergaba esperanzas de que el conde no ejerciera su derecho. Solicitaron audiencia y no pudieron ser recibidos por el conde porque, debido a la guerra de los comuneros, había salido hacia la corte de Valladolid, llamado por el rey Carlos I. Los recibió Alfonso, el hijo primogénito del conde, la persona más temida del condado por su engreimiento y sus tropelías. Se sabía que Alfonso, de veinte años, era padre de más de dos docenas de hijos bastardos.

Alfonso estaba sustituyendo al conde en las audiencias, sentado cerca de su madrastra, la condesa, que ocupaba el sillón de mando sobre el entarimado. La condesa, máxima autoridad en ausencia del conde, delegaba los asuntos en su hijastro, pero los supervisaba porque no confiaba en él. El escribiente tomaba nota, y un alguacil, debidamente armado, custodiaba el salón.

–? Hablad, Lope –ordenó Alfonso, secamente.

–? Con el permiso de su señoría –dijo, mirando hacia la condesa y haciendo una leve inclinación. A continuación, se dirigió al hijo del conde–. Vuestra señoría disculpe la molestia que pueda causarle mi humilde petición. Ha llegado el momento en que necesito formar familia y, habiendo conocido a una cristiana y bondadosa mujer, perteneciente a la familia Hernando, leñadores y tributarios de vuestras ilustres señorías y de vuestro ilustrísimo padre, y deseando las dos partes unirnos por la gracia de Dios, pedimos contar con la conformidad de vuestra señoría para llevar a cabo nuestro enlace.

–? ¿Quién es ella?

–? Salina, su señoría.

–? ¿Salina? No la conozco. Que pase.

Salina se había arreglado para la ocasión y estaba bella como las flores del paraíso y reluciente como la más primorosa estrella. Cuando Alfonso la vio, se quedó mirándola embobado, absorto, como quien ve algo sobrenatural. Quedó tan afectado por su belleza que no pudo pronunciar palabra. La condesa se apercibió de la situación e hizo un ademán a Salina para que hablara.

–? Señoría –dijo mirando a la condesa, y ésta señaló hacia su hijastro, indicándole a Salina que tenía que dirigirse a él -. Esto… señor, quisiera…

–? ¡Alto! –intervino el escribiente-, trate a su señoría con el debido respeto.

Lope se acercó a Salina y le dijo al oído que debía tratarlo de señoría o de ilustrísima, pero ella negó con la cabeza y se dirigió al escribiente.

–? Señor escribiente –replicó Salina-, no es faltar el respeto tratar al hijo del conde de señor. El tratamiento de señoría corresponde al conde y a la condesa.

–? Está usted equivocada: Su señoría, Alfonso de Almarán, ocupa el lugar de su señoría, el conde, durante esta recepción.

–? Eso no es suficiente.

–? Déjala hablar –intervino la condesa, y silenció al escribiente.

–? Señor, sólo quiero saber si su señoría, el conde Gonzalo de Almarán, pretende ejercer el derecho de pernada conmigo tras nuestro enlace.

La condesa y su hijastro se miraron durante unos instantes: no era un tema que a ella le gustara, pero quedó admirada por el desparpajo de Salina. Alfonso se levantó, bajó de la tarima y se acercó a Salina. Al llegar a su altura dio una vuelta alrededor de ella mientras escrutaba su cuerpo con sumo interés y aparente gozo.

–? ¡Vaya, vaya! Con que tenemos a una mujer irreverente y descarada. ¿No sabéis que esa petición no os corresponde a vos, sino a vuestro futuro esposo?

–? Mi cuerpo lo defiendo yo. ¿Acaso por ser mujer no puedo hacerlo?

–? Vuestra señoría –intervino, Lope-, ella no conoce las normas de…

–? ¡Callad, Lope! –exclamó Alfonso, molesto.

–? Bien, Salina, relevaré a mi padre en esta ocasión y ejerceré el derecho de pernada con mucho gusto –La condesa, discrepante, hizo un ademán para levantarse del sillón, pero permaneció en él para escuchar a Salina que tomó la palabra.

–? He venido hasta aquí para pedirle al conde que no lo ejerza, y mucho menos quisiera que lo ejercierais vos.

–? ¿Me despreciáis? ¿Soy poco para vos? –preguntó con voz temblorosa, sonrisa socarrona y ojos encendidos y crispados.

–? No os desprecio, pero no quiero entregarme a ningún hombre, salvo al mío.

–? ¡Basta!, eres muy orgullosa para ser una simple labradora. Lo dicho, dicho está, no te eximo de tu obligación, sino al contrario. ¿Cuándo será el enlace?

–? En estas condiciones, no habrá enlace –respondió Salina, con firmeza.

–? ¿Quién te crees que eres?

–? Disculpe vuestra Señoría –dijo Lope-, es muy joven y algo temperamental.

–? Basta -ordenó la condesa, levantándose e interviniendo cuando intuyó que Alfonso podía a desatar su ira-, trataremos este asunto con el conde. Marchaos.

Alfonso no podía ni debía contradecir a su madre y frenó sus impulsos. Antes de salir, Salina cruzó su mirada con la condesa, y observó un atisbo de comprensión. Después la cruzó con Alfonso y encontró maldad e impotencia.

Se marcharon del castillo muy disgustados y decidieron esperar el regreso del conde con la esperanza de que fuera más indulgente.

Transcurrieron dos semanas y el condado recibió la noticia de la muerte del conde en un enfrentamiento con los comuneros. Su hijo Alfonso se trasladó de inmediato a la corte de Valladolid a entrevistarse con el rey Felipe. Su Alteza decidió otorgarle su confianza, lo nombró conde y le otorgó los mismos poderes feudales que a su difunto padre. Alfonso regresó satisfecho y ufano con el poder que había conseguido a sus veinte años.

Los habitantes del condado recibieron la noticia con preocupación y desconfianza. La mayoría tenían la esperanza de que se hiciera cargo del condado el abad del monasterio de Lances, anejo al condado; ya que la condesa, por ser mujer, no podía. La situación ya era mala debido a las sequías y a la guerra de los comuneros, pero podría empeorar con un conde tan inexperto y malvado.

El conde Alfonso fue fiel al rey durante la contienda y mantuvo su apoyo a las fuerzas reales. Al llegar la primavera, y tras tres meses combatiendo, regresó al condado después de perder a la mayoría de sus hombres en distintos frentes. Recibió el encargo del Rey de formar una nueva tropa antes del otoño.

Una noche, el Conde mandó un emisario a Salina con la orden de que lo acompañara al castillo. Salina sabía a lo que se exponía y no obedeció. Al día siguiente, el mismo emisario regresó de nuevo con la advertencia de que lo acompañara por su bien. Salina no obedeció. Al tercer día un incendio destruyó la vivienda de los Hernando.

Todos sabían quién había sido y por qué. El mismo día volvió a presentarse el emisario amenazando de nuevo a Salina. Ésta no obedeció. La familia Hernando encontró acomodo provisional en unas cuevas.

El cuarto día le fue requisada la yunta a la familia de Lope, y a éste lo expulsaron de su cargo de escribiente, con lo cual sólo le quedaba la alternativa de alistarse para la guerra.

La tragedia se extendió en las familias de Lope y Salina, que se citaron para idear una salida a la situación. Durante la reunión nadie culpó a Salina, pero ésta apreciaba dudas en los rostros de los hombres y decidió ponerlos a prueba.

–? Lo mejor para todos –dijo Salina- es que acepte la petición del conde. Con ello se terminarán las desgracias.

Los hombres agacharon la cabeza y miraron al suelo, aceptando lo que acababa de proponer Salina y a la vez avergonzados.

–? ¿Dónde están aquí los hombres? –gritó María, la abuela de los Hernando– ? ¡Qué poco valor tenéis! Sabina, no pierdas tu honra, estas gentes no se lo merecen.

–? Gracias, abuela. Acabo de comprenderlo todo –añadió mirando a Lope, que continuaba cabizbajo-. Iré a reparar la afrenta que también a mí me han hecho.

–? Y esa es la historia, trovador –dijo uno de los dos ancianos que la narraron.

–? No la había escuchado antes. Gracias viejos. La añadiré a mi repertorio.

–? No se te ocurra contarla en este condado ni refieras el lugar donde ocurrió –le pidió uno de los ancianos al trovador–. Desde entonces, gozamos de mala fama.

–? Seré fiel a nuestro trato. Pero… ¿qué ocurrió después, qué fue de Salina, sabéis algo? –preguntó el trovador.

–? De ella nada más se supo ni nadie volvió a verla, pero logró que repararan los daños que habían causado a las familias, cuentan que por intercesión de la Condesa –respondió el mismo anciano.

–? ¿Y el conde Alfonso aceptó?

–? No, no, el Conde murió de repente la misma noche que recibió a Salina –respondió el otro anciano.

–? ¡Bah! Eso es lo que dicen, pero no es cierto: lo mató Salina –dijo el anciano.

–? ¡Eso no está comprobado! –exclamó el otro viejo.

GRACIANA

Filed under: Relato - Primer ejercicio — Alicia at 11:48 am on Viernes, noviembre 27, 2009

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GRACIANA

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Durante la infancia una mujer depende de su padre;

al casarse, de su marido;

si este muere, de sus hijos.

Una mujer nunca debe gobernarse a sí misma.

Leyes de Manu. Libro Sagrado de la India.

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Larga es la Historia y tan largos como ella los sinsabores de la mujer que, a través de los siglos, ha bregado por equipararse al hombre. Extensos los tiempos e intensos los esfuerzos en pos de la igualdad de géneros, para llegar a un presente con una equivalencia conseguida a medias y una desigualdad que permanece, encarnándose muchas veces en una violencia? ilimitada.

Por ello aquí la historia, con minúsculas, de Graciana.

Fue una tarde de verano, de esas que hacen que la tierra se estampe de grietas infinitas y le imprime a la indigencia un sello definitivo y trágico.

El sauce de la entrada se había convertido en una silueta esperpéntica que parecía retorcerse hacia su sombra, ya casi inexistente. Más atrás, la choza intentaba resistir al embate del viento caliente, apuntalada con maderos resecos; en los huecos que hacían de ventanas las telas ondulaban minimizando su función de mermar el calor reinante.

A pocos metros, las huellas del arroyo marcaban un sendero donde los animales pretendían rescatar los últimos vestigios de humedad y a la distancia, el aljibe vacío se había transformado en un trasto inútil.

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Los más chicos pateaban la pelota de trapo que desaparecía? entre la nube de polvo y matas secas. Echada en el catre, Elisa mostraba una congoja profunda de quién sabría qué origen.

Graciana, sentada en el patio de adelante, parecía estar ausente. La mirada vaga perdida hacia los cerros, encerrada entre unos párpados sin fuerzas. El rictus de la boca y las marcas en la piel como un reflejo de la tierra agrietada, le sumaban edad.

Cuarenta y cinco años que semejaban sesenta. Dientes ausentes y manos callosas, fruto de décadas de trabajos insalubres y forzados propios del sexo opuesto del que, decididamente, no guardaba buenos recuerdos. Esas mismas manos que esa tarde retorcía impotente frente a la adversidad.

Antonio dormía su borrachera bajo la penumbra formada por el alero del fondo. Las moscas aleteaban en derredor, convocadas por los efluvios de un cuerpo saturado de cerveza y vino barato. La damajuana casi vacía vertía el último chorro sobre la tierra, atrayendo a los gorriones incapaces de diferenciar los fluidos.

Entonces la mente de Graciana escapó involuntariamente hacia el pasado.

La soledad y la pobreza la acompañaron desde siempre. Había supuesto, equivocadamente, que el ? fundar una familia le permitiría sentirse respetada y olvidar su pasado infame. Nada más lejano. Años de soportar abusos y maltratos la convencieron de lo contrario.

Cada amanecer tomaba el hacha y cortaba uno a uno los leños que paliarían el frío del invierno. Día tras día realizaba las tareas del hogar y controlaba los escuálidos productos de la huerta. Mes tras mes guardaba secretamente las monedas sustraídas de alguna de las ventas de lo obtenido. No les sabía el destino, se tomaría tiempo para decidirlo.

Y cada? día el hombre volvía al alcohol y a los insultos, a los golpes esquivados y al vómito amarillo entre las sábanas de una cama matrimonial abandonada.

A la voz pastosa y al aliento inmundo, a los gestos obscenos y a las palabras indescifrables.

Había tolerado lo indecible pero esto era demasiado. Le había perdonado muchas, ya no.

Porque sabía de donde provenía la tristeza de Elisa, una tristeza honda que no la abandonaría nunca,? un ultraje imperdonable que no quedaría impune.

Se levantó lentamente. Los pies hinchados le hacían dificultoso el traslado pero estaba resuelta. Caminó hacia la casa y entró en la cocina, ? salió con la mirada lúcida y el rictus amargo convertido en una sonrisa patética.

El calor le dio de lleno en el rostro transfigurado y buscó la sombra del alero del fondo.

Los nudillos le dolieron y su ? corazón se aceleró. Las manos callosas oprimieron con furia el mango gastado de la pala de punta y cerró los ojos para no mirar.

El sauce se arqueó aún más sobre su tronco seco y los gorriones continuaron revoloteando sobre los fluidos que jamás podrían distinguir.

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FALTA UNO

Filed under: Relato - Primer ejercicio — Alfonso at 7:01 pm on Martes, noviembre 24, 2009

FALTA UNO

Siglo XIX

Todavía no amanece y Carmen ya baja por la Ruamayor. El avisador les ha despertado muy de mañana y como siempre se ha levantado rápidamente para hacer los desayunos y arreglar un poco la casa mientras José se prepara para ir al barco y los niños se desperezan lentamente.

Una pobre, dispersa y tenue luz, ilumina el suelo empedrado; nunca lo suficiente como para evitar meter los pies en los múltiples charcos que la lluvia suave, lenta e infinita ha ido dejando durante toda la noche. Carmen y José caminan juntos, casi pegados, refugiándose debajo de los balcones y los aleros del agua, que, a veces, irrumpe en pequeñas riadas desde los tejados. Ella ensimismada en sus pensamientos, envuelta en mil refajos, lleva una canasta de mimbre, ora en la cabeza, ora entre los brazos con el pescado que piensa vender hoy.

Ya en la? calle Somorrostro, al lado de la Catedral, se despiden. El va a la dársena a coger la barquichuela que le llevara a pescar lo que probablemente les ayude a? poder seguir mal viviendo. Todos los días vuelve al caer la tarde. El ha vuelto siempre. Algunos no. Ella se dirige a los tinglados de las pescaderías a intentar vender lo que su marido ha pescado y pondrá tanto esfuerzo como él. Gritara su mercancía, llamará a sus clientas y si hace falta se enfadará con alguna de sus compañeras, rivales y competidoras para poder ganar lo poco que se gana y que tanto necesitan.

Acabada la mañana recogerá corriendo el puesto y aprisa, como siempre, desandará lo andado hacia la calle Alta. Le esperan los chicos, con hambre, hoy algunas sardinas que empiezan a estar maltrechas y tendrán mala venta. Después el arreglo de la casa, el ir y venir a la fuente y el recosido de ropa, redes y aparejos. Poco antes de entrar la noche volverá a la rampa de la dársena chica a buscar a José, cargara en su carpacho el pescado y las redes y con su ayuda volverán a casa. José cansado, habla poco, ella le cuenta que si la Menchu se metió con ella, que si la Trini es una sinvergüenza porque la daba la razón, que si donde vamos a parar… El, callado, la mira cariñoso. Valora a esta mujer que trabaja día y noche, les cuida, les ama y todavía tiene humor para dar alegría a su vida. Aún esta noche después de hacer la cena tendrá que preparar el pescado para llevarlo al día siguiente al puesto.

Con todo Carmen se considera afortunada. Su marido es cariñoso y trabajador, la ayuda y entre los dos sacan adelante a sus hijos. Después del desastre de Trafalgar son muchas las viudas de marineros desaparecidos en la batalla. Como la Menchu. Ella es madre y padre, mujer y hombre, incluso ha llegado a embarcarse a pescar para poder mantener a su prole. La fiereza que muestra en ocasiones no es sino supervivencia pura y dura. Su esfuerzo por sobrevivir y alimentar? a sus criaturas la lleva a esa lucha por todas las clientas que se le ponen a tiro. Carmen lo sabe y la respeta. Se aprecian y muchas veces se ayudan. Pero de vez en cuando surge la vena de hembra herida y las dos compiten por sus necesidades.

Aquella tarde no fue como siempre pues fueron a buscarla a casa con gritos y alboroto. El día había ido cambiando lentamente y el viento ahora era fuerte y caprichoso. Está de turbón había dicho la rizos y cuanta razón tuvo. El mar encrespado por el viento levantaba grandes olas y cambiando su dirección formaba remolinos que se adentraban en el fondo del mar. El cielo encapotado fue robando la poca luz que quedaba y pareció hacerse de noche. En los cabildos temían por los pescadores que habían salido por la mañana. Cuatro barcas. Carmen avisada de la preocupación corrió con sus hijos hacía San Martín. Cuanto más se acercaban mayor era la cantidad de personas que corrían hacia allí.

Una vez que llegaron a la ladera contemplaron la bahía y todos los ojos se dirigieron a la barra del puerto. Por un lado las rocas, en el otro la playa y en medio una muralla de olas insalvables

Las mujeres con gestos ostensibles de preocupación forman corrillos entre ellas intentando conseguir alguna noticia. Los niños miran al mar no sabiendo muy bien lo que pasa. El más pequeño llora desconsoladamente. Un murmullo de voces angustiadas se eleva hacia el cielo. Varias mujeres rezan a la Virgen del Carmen pidiéndola amparo. Un hombre grita desaforadamente indicando donde hay que mirar. Un punto entre las olas que cada vez se va haciendo más grande. Es uno de los barcos. Zarandeado de un lado a otro, tan pronto parece que se va a ir contra las rocas como al momento que embarrancará en la arena de la playa, cuando de manera vertiginosa arrastrado por el viento y el esfuerzo de sus remeros pasa por encima de las olas. La muchedumbre nerviosa opina sobre cual es la barca y quien su patrón. Incluso hay quien se atreve a contar a sus ocupantes. La voz se va corriendo ¡Están todos! ¡Están todos!

La segunda barca aparece saliendo entre el oleaje. Una inmensa ola se le viene encima. El silencio se ha vuelto absoluto. En San Martín todos contienen el aliento. Por un momento dejan de ver el barco tapado por el agua. Parece que sucumbirá pero sorpresivamente la atraviesa. El júbilo es grande y todos se dan abrazos de ánimo. ¡Están todos! ¡Están todos!

La alegría es breve y da paso al desconcierto. Unos contentos por haber reconocido a su marido, a su hijo, a su padre entre aquellos que vuelven sanos y salvos. Otros llorando nerviosamente no encontrando todavía al ser querido que se espera.

La tercera barca aparece volando sobre el agua, agarrada a las crines de un corcel furioso subiendo al cielo y bajando a las entrañas del mar en una encabritada carrera. Sorprendida por un cambio de viento, se atraviesa en plena barra. La gente grita viendo inevitable su hundimiento. Una mujer arrodillada en el prado dirige sus brazos al cielo implorando clemencia. El patrón hace girar la embarcación, pide un esfuerzo suplementario a los remeros y milagrosamente se pone derecha. La ola les empuja hacía el puerto desde atrás. Se oye un suspiro general que se troca en lamento al contar a los ocupantes. ¡Falta uno! ¡Falta uno! Se oye un grito, dos, tres hasta que un clamor ronco brama contra el mar. En la embarcación parecen dudar, algunos sueltan el remo, miran hacia atrás, uno intenta tirarse al agua, los demás se lo impiden. El patrón pone orden ante el riesgo de irse todos a pique.

En tierra los lamentos parecen llegar al cielo. Un griterío ensordecedor clama por la pérdida del pescador y por el miedo sobre lo que habrá pasado con la cuarta embarcación que no acaba de aparecer.

Por fin entre las aguas, casi por debajo de ellas aparece como si saliera del fondo del mar. ¡Están todos!

Se ha hecho el silencio en tierra. Se oye un único grito. La mujer del pescador desaparecido chilla por su desgracia. Sus hijos se agarran a sus faldas sin saber muy bien que sucede.

Un abundante chaparrón vuelve la calma al mar que aparece ahora más tranquilo. Mar traidor que parece calmado después de haber engullido a su presa.

Las pescadoras absolutamente caladas de agua van dejando San Martín llevando a la viuda en volandas llorando amargamente su destino.

Todos se dirigen al puerto a abrazar a sus seres queridos y algunos hombres van con el propósito de embarcarse intentando buscar al desaparecido.

El cielo se entreabre dejando verse azul apagado por la noche que se adivina y por la tristeza que se comprende.

Bajo la Nieve

Filed under: Relato - Primer ejercicio,Varios — SILVIA SOLIS CAMACHO at 5:47 am on Domingo, noviembre 22, 2009

Nevó durante toda la tarde. Por fin paró un poco y salí a la calle. Pero no había forma de caminar sin dejar huellas. Me encontrarías. Entonces llegó ella, con su flamante coche rojo y oliendo a puta barata. Entró en tu casa por la puerta principal y yo aproveché las rodadas de su coche para alejarme. Puse cuidado en tapar la nariz con un pañuelo para que no cayeran las gotas de sangre sobre la nieve.

Pero la curiosidad me hizo dar marcha atrás. Me detuve un instante para ver a través de la ventana. La saludaste con el mismo aire de familiaridad que muestra Tuffy cuando me ve llagar a casa.

Seguía nevando. Ella corrió hacia ti y la vi cubrirte de besos; de esos besos que llenan la pantalla.

? Amparándome en las sombras volví sobre mis pasos y mis recuerdos se situaron ? justo en el momento de conocerla.

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-Me llamo Alejandra; vengo de Buenos Aires –dijo estrechando mi mano tan débilmente que? su contacto fue casi imperceptible.

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-Soy Dante Moncada, de Canadá. Estuve algún tiempo en París. De hecho, hace poco? también visité Argentina: ¡Che!? ¡Qué macanudo! –agregué risueño para romper el hielo. Tengo la impresión de haberla visto antes… ¿Hace mucho que llego?

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-No, cuatro o cinco semanas pero no creo permanecer mucho tiempo;? no termino de adaptarme a este clima. La nieve parece ser “La tierra más lejana”, la que vive arropada en este frío que cala los huesos y aleja al más firme bullicio sepultándolo en el más profundo silencio.

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-Ahora recuerdo –dije con aire de triunfo. Su poesía es impresionante. No podía ser de otra manera. ¿Vino a descansar?

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-No. En realidad vine a recobrar “Las aventuras perdidas” en la noche.

-¿Se refiere a su estancia en París?

-De ese tiempo, pienso más en lo que leía que en lo que escribía. Pero cuando llegué aquí, cerré los ojos tratando de olvidar todo.

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Me pareció ver un dejo de amargura en su rostro. Observándola con mayor cuidado pensé que era una mujer rara. Alta, delgada, de ? ojos inexpresivos, fijos, como perdidos. Daba la impresión de llevar sobre sus espaldas ingente carga de solitaria tristeza.

Su cabello castaño, escaso; rebelde, muy corto. Pero no pude definir su edad. A simple vista podría decirse que era muy joven pero sus palabras eran tan contundentes como las de alguien de mayor experiencia.

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-Busco conjurar, exorcizar a la desgracia de la que fui y para la que fui Nada rima con nada. Es como diluirme gota a gota en? esta tierra. Siento la nieve vertida sobre mí como la lápida de mi propia tumba –hablaba como para ella; sin pausas:

? Busco? refugio en las moradas del consuelo. En? esa opaca alegría donde todo parece nada; hasta el amor cambia de posición como un cuerpo vacío da vueltas en noches de insomnio.

Hace tiempo –prosiguió-? perdí “La última inocencia”; la guardé en algún lugar, en ? la “Extracción de la piedra de la locura” y la infancia quedó? relegada en algún sitio.

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Recordar nuestro? primer encuentro aún me llena de miedo. Frecuentemente veo sus pasos ir directo al vacío. Ilusamente? pretendí rescatarla de? una personalidad que sentía tan distante a la tuya; como si fueras otra. En mi mente buscaba su cuerpo para ungirlo de ese perfume escandaloso y brillante. Quería verla alegre; arrancarla ? de ? una vez por todas de esa penumbra.

El tiempo que pasamos juntos fue tan breve, que? en la primera oportunidad, ? cada instante que vivimos, escapó perdiéndose en la ventisca.

No debí obligarla a renunciar a sí. A su privilegio de refugiarse en las espinas de un dolor que parecía tener su origen en el más allá.

No debí disfrazarla? de felicidad. Obligarla a representar –en mi imaginación- a una mujer de vida fácil dispuesta a la dicha momentánea. La imaginaba con su vestido rojo; tan rojo como? el carmín de sus labios, como la espesura del líquido que escapa de las heridas.?

Se decía otra, la otra que era, ? la que escapaba? buscándose en las alegorías del reposo.

A ti y a mí nos enfrentó en un proceso de traición que si hubiera sido cierto, hubiera sido hasta sublime. Te ? habría matado pero, ? tu idilio, era la cortina de niebla? lista para cubrir sus verdaderas intenciones.

Un presentimiento me seguía como el ladrón acecha a su presa. ? Por eso vine a reclamarte, a pedirte que te alejaras. Vine a exigir mi prioridad en su destino.?

Ella burló de mí igual que se burlaba de ti, de tu ingenua persistencia para librarte de? mí alimentando tus necias pretensiones.? Pero tú amabas a la otra que era, no a la que yo conocía. Ésa otra acostumbrada a la superioridad? de verse al espejo presa de un vestido copado de brillantes lentejuelas. Montada en su ostentoso carro, con sus pasos tambaleantes? y? su tufo barato. Y yo la amaba a ella siempre situada en su otra orilla, vista en el perfil ? de? las sombras de su silueta penetrarte.

¿Cómo pude confundirla con otra? si fue única? ¿Cómo pude pensar que era otra si ella irradiaba la inconfundible sensibilidad de su aura de poeta y la otra, sólo pudo ser esa puta o cualquier otra?

Parecía ser absolutamente cierto eso de que, uno termina por matar? al ser amado aunque, en este caso, ella misma no pudo sujetar el hilo de su existencia.

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Cuando tu puño se estrelló en mi nariz, me di cuenta que definitivamente no se trataba de ella.

No hubo forma de avanzar por ningún camino sin dejar rastro porque, ? en esta vida o en la otra, irremediablemente la encontraría.?

Seguía nevando. Nevó, durante toda la tarde.