CÍPLICO

Filed under: Relato - Segundo ejercicio — SILVIA SOLIS CAMACHO at 7:36 am on Miércoles, enero 20, 2010

CÍPLICO

“Y Dios decidió? dividir el mundo. Mitad de envidiosos y Mitad de los otros. Para probar a estos últimos, llamó a uno de ellos y le? dijo que le regalaría un castillo, joyas y demás cosas valiosas? ? con la condición de que estuviera de acuerdo? en que a su hermano, ? le? obsequiara el doble… prefirió no recibir nada”

Algo había de espectacular en ese lugar. Los sillones se perdían de vista formados uno tras otro. Diez o quince personas con semblantes muy pálidos, casi verdes, esperaban.

Cíplico tomó su turno y se sentó al lado opuesto a mí. Sus ojos se veían entornados por grandes ojeras. Su boca casi seca enmarcada en labios delgados.? Se sentía un viento helado en todo el ambiente.

Luego de larga espera, lo vi salir del consultorio. Había ido a una revisión médica de rutina. Estaba? tan pálido como los demás; igual de verde.? Se acercó y dijo:

– Vámonos? ? -siguió caminando.

-¡Bah!? Siempre con tus cosas –murmuré-.? ¿Qué te dijo el médico?

? -¡qué va a decir!, tengo leucemia ¿no? -contestó cortante-.

Seguimos sin hablar. Meditabundo recordé cuando éramos niños. Como primogénito gozaba de todos los privilegios y? las atenciones.

Cuando llegó él me despojó de todo. Nuestros días juntos fueron tornándose difíciles. A mí ya no me tomaban en cuenta para nada. Él era el pequeño, indefenso, el que más necesitaba, ¿y yo?

Empecé a verlo como? enemigo. Mientras trascurría el tiempo, más crecía mi resentimiento y un fuerte rechazo hacia él. ¿Envidia?, ¡Por supuesto que no! ¡Sólo Justicia! No se te puede dar todo y de un momento a otro, despojarte.

Hiciera lo que hiciera, él siempre era? mejor. Se empeñaba en superarme en todo y siempre lo lograba.

Mamá lo quería más. Sus travesuras de niño eran visiblemente festejadas en tanto las mías por pequeñas e insignificantes que fueran, eran castigadas duramente.

Fuimos creciendo. Él las mejores cosas, los mimos, las caricias. A mí me daba rabia que me responsabilizaran como hermano mayor? de su seguridad y hasta de su bienestar. Recuerdo que siempre fue así. Quise imitarlo, ser igual que él, pero no funcionó:

– Por favor hijo,? eres mayor,? no te toca portarte igual.

Rebeldía total fue el siguiente paso: malas calificaciones; en realidad nunca había sido muy brillante pero, al menos, obtenía? ? regulares notas.? Maltratos, regaños y castigos fue lo único que logré. Él por su parte, recibía cursos especiales para ponerse al corriente de algunos atrasos. Él deportista, bien educado y cariñoso. Mamá lo exhibía en sus reuniones con familiares y amigos por sus hazañas; cuando alguien preguntaba por mí, ella decía: -¡Es una verdadera calamidad? un día de estos, va a matarme de un disgusto!

Cuando mamá se enteró de su enfermedad cambió completamente. Meditabunda caminaba casi todo el día como sombra de aquí para allá, regando sus rezos por toda la casa, mirándome de manera hosca, casi hostil.

El sábado pasado la? escuché decir a papá en voz tan baja como un murmullo y con un hondo suspiro de resignación ¿por qué él? ¿por qué no el otro?

? Lo lógico era que fuese yo dados mis antecedentes. Se refirió a aquella ocasión en que? el maestro de matemáticas le informó que andaba fumando de esa porquería de hierba ¡puros problemas! y él, tan buen hijo. Un sollozo apagó su voz.

Seguimos caminando. Normalmente no teníamos nada que decirnos. Lo miraba de? reojo. La ? delgadez de Cíplico era extrema, su piel pálida verdosa y esas ojeras tan profundas como si buscara ocultarse tras un antifaz.

Llegamos a casa. Mi madre, como siempre, corrió hacia él? y le preguntó:

¿Cómo te sientes?, ¿Qué te dijo el doctor?

–Lo de siempre, -contestó-.

Días después, casi a media noche, entró su sombra en mi dormitorio y se sentó a la orilla de la cama. Me desperté y al verlo junto a mí,? sentí miedo; así, bajo las tinieblas, parecía un ser de otro mundo.

– Mira, -dijo- necesito hablarte.

Es cierto que entre nosotros no ha existido mucha comunicación pero, quiero pedirte un favor. ? Un regalo de Navidad. Yo escuchaba en silencio ¡era el colmo! Él que acaparaba todo era capaz de pedirme algo. Lo vi tan desamparado que no pude más que pensar que a pesar de todo, era mi hermano.

El médico aseguró que ? mi enfermedad no tiene remedio –dijo con voz entrecortada-,? ira decayendo poco a poco y no tengo el valor de seguir hasta el final. La decadencia es una humillación? que no quiero pasar. ¡Ayúdame!

-¿Cómo sabes que lo haré? -Murmuré? tímidamente-.?

-Siempre quisiste mi lugar.

Traté de ser indiferente, de acallar mi corazón. Busqué amontonar en el fondo oscuro de la conciencia, la alegría que por un instante recorrió mi espalda.

Es un sufrimiento inútil –siguió- y no lleva a ningún? lugar Será el final. Precisamente en esa fecha donde todos están felices y llenos de esperanza, ¡no es el colmo! Ese día, mientras la mitad del mundo festeja, la otra sufre.

Cuando vio mis titubeos, arremetió:

-Volverás a ser el único.

No agregó más y salió apresuradamente.

Pasó no sé cuánto tiempo. Llegó la navidad y no hubo celebraciones. El árbol permaneció en la penumbra; la cena y el brindis esperaron inútilmente.

Mis padres permanecían cabizbajos y silenciosos y no se percataban de mi presencia.

Estuve caminando de un lado a otro de? mi habitación sin encender ? la luz. Mi rostro se iluminó cuando prendí un fósforo con el que? encendí un cigarro mal envuelto en una sábana.

Fumé mientras mi mente se extraviaba en un laberinto de locura.

Llegué hasta su cama; lo vi más flaco que nunca, más verde que nunca.

? Me vio y aunque no dijo nada, su mirada devolvió un destello de complicidad. Permanecí ? de pie junto a su lecho por unos minutos.

Olía a humedad, alcohol, a éter o alcanfor; a rencor? añejo o a fracaso, ¡quien podría soportarlo! Salí apresuradamente.

Mamá entró bruscamente? a mí cuarto gritando: ¡Tu hermano!, ¿Qué has hecho con tu hermano?

Con irónica soberbia y respondí: “¿Acaso soy el guardián de mí hermano?”

De lo que hayas hecho ya responderán ante el que nace ahora.

Con todas mis fuerzas cerré los ojos mientras me invadía un silencio vertical.

Todo ha sido inútil. Aunque no él esté ? siempre seré el malo.

En ese momento comprendí que? mi vida es sólo un segundo lugar. Fue entonces que lloré.

LAS NAVIDADES DE PALMIRA

Filed under: Relato - Segundo ejercicio — NADDIA at 11:22 pm on Miércoles, enero 13, 2010

La casa de Palmira se llenaba de regalos cuando se aproximaba la Navidad. Su padre era un buen médico y los pacientes agradecidos no dudaban en llenar su casa de cestas, champán, besugos, mariscos, vinos y todo tipo de obsequios que Palmira veía como algo natural perteneciente a la Navidad. Así pasó Palmira su infancia creyendo que en todas las casas habría la misma lluvia de regalos que en la suya. Para cuando fue mayor, su padre ya se había jubilado y los regalos habían ido desapareciendo poco a poco. El ser humano olvida enseguida y los favores del pasado se fueron diluyendo hasta llegar a un retiro confortable, pero sin lujos.

Palmira no se había casado a pesar de la preocupación de su padre porque se quedara sola en el mundo el día que él le faltara, pero ella no podía soportar la idea de abandonarlo después de haber sido su única compañía tras la muerte de su madre. La propuesta de irse fuera de casa no la había seducido así que había estudiado piano y canto y había ayudado a su padre como enfermera, pero nunca había querido una titulación, decía que si no podía ser médico no le interesaba ser ayudante de otro que no fuera su padre. Le hubiera gustado ser médico como su padre, pero en aquella época las mujeres no estudiaban en las facultades y más allá de la costura o la música todo lo demás era considerado como poco femenino. Su madre la había avisado de pequeña que el mundo no sería un lugar fácil. Después vino Dios y se llevó a su madre. Palmira se enfadó con Dios y juró no volver a misa, pero como su padre la obligaba a asistir a la Iglesia, juró que no volvería a rezar, así que sólo movía los labios para disimular, pero nunca más rezó a aquel Dios tan malo que le había quitado a su madre.

Era Navidad otra vez y Palmira fue a misa con su padre como de costumbre aunque aquel día fue algo diferente. Palmira sentía un olor especial en el aire y no eran el incienso ni la mirra ni los perfumes de los feligreses lo que hacía el aire diferente, era algo distinto que no era capaz de determinar. La misa del Gallo ya no se celebraba a media noche porque se suponía que el cura también tenía derecho a reunirse con su familia o con alguien de la parroquia que lo invitara, así que a las ocho de la tarde, justo antes de la cena se juntaban los parroquianos y celebraban la Navidad. Los cantos alegres propios de la fecha alegraban a Palmira porque las misas para ella solían ser un gran aburrimiento. En medio de la homilía vio que Dios le hablaba por boca del Niño Jesús: <Palmira: tu padre te adora y lo sabes, pero tu presencia en su vida, lejos de ser un alivio ha pasado a ser una carga. Teme dejarte sola por eso no ha querido salir con Engracia, la vecina de la casa de enfrente>.

Palmira miró a su padre que seguía tranquilamente la homilía de Don Salvador y tuvo ganas de preguntarle si lo que acababa de escuchar era cierto. Después de una breve meditación, concluyó que no estaría bien que el Niño Jesús mintiera y decidió creerlo. < ¿Y qué puedo hacer yo?> le dijo? ? ? ? ? ? ? < ¿Debo irme de casa con el primero que encuentre?> <No – dijo el Niño – sólo con aquel en cuyo corazón te veas reflejada>.

Palmira miró desesperanzada al Niño. <Creo que eso ya no existe, Jesús, hace muchos años que el ser humano se ha vuelto egoísta y el amor de verdad ya no se lleva, pero te lo agradezco de todas formas y prometo rezar de verdad cada vez que venga a la Iglesia.>.

Desde aquel día Palmira acudía? diariamente a misa con o sin su padre. Don Salvador, el joven cura que llevaba la parroquia, se sintió gratamente sorprendido por el interés repentino de aquella feligresa por todo lo referente a los eventos de la comunidad. Palmira pensaba que los curas siempre tenían un nombre adecuado a su condición, como si sus padres en la cuna ya hubieran determinado cuál sería su futuro.

Y así, entre misas, reuniones, catequesis y campamentos de confirmación, Palmira fue convirtiéndose en la mano derecha del sacerdote Don Salvador y un día cualquiera Don Salvador descubrió que ya no le gustaba estar solo y que, quizás, podría servir a Dios de otra manera.

Pasó todo un año desde que el Niño Jesús habló a Palmira y de nuevo el 24 de diciembre y ante aquel mismo Niño, Palmira y Salvador, que había renunciado a sus votos, se juraban amor eterno. El padre de Palmira acudía atónito y feliz al evento en compañía de Engracia, la vecina, la que tanto había anhelado ejercer como madre de Palmira.

Relato de Navidad

Filed under: Relato - Segundo ejercicio — Sofia Moreno at 1:02 am on Sábado, enero 9, 2010

Salía de la tienda cargada de bolsas de papel, esas bolsas tan bonitas que regalan las tiendas elegantes con cualquier compra, por pequeña que sea. La crisis económica tenía algunas (pocas) cosas buenas. Una de ellas era que los precios parecían ser bastante más razonables y moderados que otros años. Recordaba perfectamente que hacía décadas que no podía comprar en aquella tienda, desde que escogió al marido equivocado. Eso es lo que ocurre cuando te casas por amor, pensó.

En realidad no estaba arrepentida, su vida era agradable. No era el hombre equivocado, aunque a veces le parecía que el amor jugaba malas pasadas. De todas sus hermanas, ella era la que más cuidaba de no pasarse con el presupuesto. Era evidente que su esposo no sabía administrar del todo bien el dinero. No tenía vicios ni malos hábitos, no se gastaba su sueldo en casinos ni en mujeres, ni siquiera en discos o en alguna afición respetable. Simplemente, el dinero se escurría entre sus dedos. Compraba cosas inútiles y ridículas. Nuevas fuentes para ir al horno, cuando ya tenían seis. Nuevas sartenes, cuando ella llegó a contar ocho.

Se encaprichaba con las cosas. Las navidades pasadas, se compró otro chaquetón de cuero, cuando ya tenía uno un poco rozado, es cierto, pero muy ponible. El argumento siempre era el mismo: «¡ Pero si está muy bien de precio !» Ella no se lo discutía, esa no era la cuestión. Aunque solo costara un mísero euro, era una compra estúpida, puesto que no hacía falta ese objeto. Sumando tantos gastos, por muy pequeños que fueran, el dinero desaparecía de la cuenta corriente antes del día veinte de cada mes.

Mientras él más malgastaba sus recursos, más ahorraba ella. Hasta que un día, se hartó.

Estaban preparándose para salir. Les habían invitado de nuevo a comer en casa de algún familiar. Otro rollo de comida en ciernes… Él se arreglaba la corbata, coqueto, mientras ella se pintaba en el baño. Y entonces, ella se dio cuenta de repente. Toda la ropa que él se puso era nueva o casi nueva. Toda la ropa que ella se puso era vieja, o casi vieja. Lo peor fue el abrigo y la bufanda. El parecía un marqués, ella una criada. No estaban en absoluto en sintonía. Era llamativa la diferencia en su indumentaria.

Ella no dijo nada. Acudió al tostón de comida. Sonrió por educación. Apenas abrió la boca para hablar, solo para degustar las minúsculas exquisiteces carísimas que el camarero le puso ante las narices. Sentía los minutos pasar lentamente, segundo a segundo. Por fin acabó ese rito aburridísimo de las comidas navideñas con la familia política. Ninguno de los familiares de su marido le dirigió la palabra, excepto para decir «hola, qué tal», con obsequiosa falsedad. Ya se sabe que algunos llaman educación a la hipocresía más cortés.

Estaba decidida.

Al día siguiente, salió de compras y usó la tarjeta, como si no supiera que estaba quemando las naves cuando lo que la esperaba era el naufragio más total. No fue a las tiendas económicas a las que solía acudir. No rebuscó entre los muebles esa oferta a muy bajo costo. Se compró lo que le gustó, por fin, por primera vez en más de veinte años, sin mirar las etiquetas del precio. Regresó a las tiendas que frecuentaba antes de unir su destino al de su amor de juventud. La juventud quedaba lejos, el amor también.

Disfrutó de lo lindo, probándose vestidos atrevidos que favorecían su silueta curvilínea. Hacía años que enfundaba sus vaqueros casi todas las mañanas, como un uniforme de monja moderna. Vaquero y camiseta. Camiseta y vaquero. Vaquero y jersei. Jersei y vaquero. Vaquero con zapato plano, vaquero con deportivas, vaquero con botas de tacón, vaquero con sandalias, vaquero, vaquero, vaquero.

Se dejó puestas muchas de sus adquisiciones para salir a la calle. El círculo de la falda bailaba alrededor de sus piernas. Incluso le pareció que algunos la miraban, como si hubiera dejado de ser transparente por obra y milagro de aquellos trozos de tela. Se sentía bien, se sentía joven, se sentía bonita. Todo lo que llevaba, o casi, era nuevo.

Había mucha gente caminando por aquella calle peatonal. En sitios estratégicos se apostaban los sempiternos mendigos. Algunos no parecían tan míseros y ella se alegró por ellos. Es más, iban vestidos aproximadamente como ella lucía a diario, vaqueros, zapatillas deportivas, un viejo abrigo raído por los años, una bufanda un tanto deshilachada. Se estremeció. «Si no alcanzo a darme cuenta a tiempo, habría acabado pareciéndome a ellos, me habrían confundido con una mendiga más…»

Algunos eran jóvenes y ganaban algo de dinero mientras practicaban sus ejercicios de música clásica en la calle. Tocaban maravillosamente bien. Esos no daban tanta pena, así que eran un entretenimiento más que ofrecía la ciudad. Otros hacían cosas graciosas o sorprendentes. Había verdaderos artistas, qué duda cabía. Se acercó a una mesita de camping. Sobre un tapete sencillo estaba dispuesta toda una cristalería fina. Las copas contenían agua pero cada una tenía una cantidad diferente de líquido. El anciano llevaba guantes con los dedos recortados, de modo que podía rozar el borde de las copas con las yemas mientras la palma de sus manos quedaba resguardada del frío. La música se elevaba en el aire, extraña, desconocida, como finas volutas de humo. Se insinuaba en su alma. Sonaba lenta y un tanto triste, sensible.

Se apartó sin escándalo, suavemente. Siguió su camino. Los adornos de Navidad podían parecer alegres y brillantes, algo bueno y bonito, pero a veces eran demasiado chillones. Llegó a la altura de un numeroso grupo de personas que observaban otra actuación callejera. ¡Oh, no! Esto sí que daba pena, la cabra subida en un taburete que a su vez estaba en precario equilibrio sobre una silla común y corriente. Un anciano tocaba la flauta, muy mal por cierto. Iba a apartarse rápidamente, cuando lo vio. Estaba sentado en el suelo. Parecía que su trabajo consistía en cuidar de la gorra donde caían unas pocas monedas. No podía ser. Debía estar soñando.

Se detuvo a observarlo. Vio cómo se movía. No había duda. Era él. Pero, ¿cómo era posible? ¿Qué hacía allí disfrazado de mendigo, pasando frío en la calle, sentándose en la dura losa? No acertaba a entenderlo. Se colocó casi detrás de una pareja, para que él no pudiera verla. Esperó. La gente se movió, iban unos, venían otros y ella se fue ocultando con habilidad entre los viandantes. Pero allí seguía, observándole, escondiéndose para no ser vista, escudriñando.

Al cabo de casi una hora, recogieron los mendigos su taburete, su silla, su cabra y su gorra. Ataron una vieja cuerda alrededor del cuello del pobre animal. Daba lástima verlo. Se marcharon lentamente, moviéndose con torpeza pues la silla y el taburete les estorbaban. Cruzaron la esquina y dejaron atrás el paseo peatonal lleno de luces y tiendas esplendorosas. Entraron en una callejuela pobretona y oscura. Pararon en el primer bar. Empujaron la puerta. Les sirvieron sendas copas de anís, que apuraron de un trago.

No podía ser él, él nunca bebía anís, solo cava y del mejor. Desde la acera del otro lado de la calle, ella lo veía todo a través del cristal del bar. Empezaron a charlar y reír animadamente entre ellos. Parecían estar muy contentos. Volcaron el contenido de la gorra sobre la barra y comenzaron a contar. Se dieron palmadas en la espalda. La recaudación había debido ser buena, muy buena. Pidieron una segunda ronda. Ella seguía atenta, inmóvil. Nadie la molestó. Nadie la confundió con una cualquiera, con sus nuevas ropas elegantes y distinguidas. No iba vestida como una meretriz.

Esperó pacientemente otra media hora, pese al frío. Al fin pasó algo. El anciano le saludó efusivamente y se marchó, cargado con el taburete y la silla en una sola mano, mientras la cuerda de la cabra se enroscaba en la otra. El se quedó en la barra del bar y consultó su reloj. Solía llegar del trabajo una hora y media más tarde. Pidió algo y le trajeron un vaso de agua, otro de algo que parecía café y un periódico. Se instaló lo más cómodamente posible sobre un alto taburete y se dispuso a esperar.

Ella no aguardó más. Entró con suavidad en el bar, casi como un fantasma. El no podía verla, pues estaba enfrascado en el diario y las grandes hojas le tapaban la vista. Ella ocupó otro taburete alto, contiguo al de él. Dejó pasar el tiempo, pero finalmente se le acercó el camarero y preguntó qué quería. No tenía más remedio que contestar. El reconocería su voz de inmediato. Pidió un té con limón.

Él no reaccionó en seguida. Con cautela, bajó un poco el periódico para mirar prudentemente. Ella se dejó mirar. Había ido a la peluquería. Había cambiado su peinado. Su pelo no era del mismo color ni del mismo largo. La textura de su cabello también había cambiado bajo las expertas manos de la peluquera. Llevaba un vestido que él no conocía, zapatos que nunca había visto en el armario, un precioso abrigo fucsia que debía ser carísimo. No podía ser su mujer, era imposible. Su mujer nunca se gastaba tanto en su aspecto. La verdad, pensó, el parecido es asombroso. Si mi mujer se arreglara así, sería clavadita a esta tía. Y qué guapa está.

Pasaron unos minutos mientras ella bebía su té. Tuvo que esperar porque quemaba. El la miraba. Ella lo sabía y se dejaba mirar mientras soplaba el líquido de hermoso color rojo. Aplastó la rodaja de limón dentro de la taza. Por fin pudo beber. Le sentó bien. Tenía frío, después de tanto tiempo espiándole en la calle. Suspiró. Pidió la cuenta, pagó y se marchó sin mirarle. No se dio la vuelta. Caminó hasta el aparcamiento, se internó en las tripas de la ciudad, bajo el suelo, pagó en la caja, subió al coche, arrancó y se marchó. Rodaban dos gruesas lágrimas por sus mejillas, pero no se oía nada.

Llegó a casa y llamó al compañero de trabajo de su marido, un viejo amigo, que ya había regresado de la oficina. Charló de cosas insustanciales con voz de Navidad, alegre y ligera. Por fin le preguntó: «¿Y hace mucho que no ves a xxx? » Evidentemente, el ex-compañero de trabajo no sabía que él había decidido guardar el secreto. «Oye, le cuesta contarlo», dijo ella, «no quiere darme detalles y claro, por no herirle, prefiero no insistir. Por eso te llamo. Me gustaría saber cómo fue.» Se lo contó todo. Cómo le llamaron de la oficina de personal. La cara que puso al volver a su mesa. Cómo recogió sus pertenencias. Cómo estrechó con fuerza la mano de su compañero. Lo callado que estaba. Finalmente, la mujer y el ex-compañero de trabajo se despidieron animadamente y dieron por concluida la conversación telefónica, prometiendo verse pronto, aún cuando sabían perfectamente los dos que nunca más volverían a cruzarse sus caminos.

Después, ella se quitó las ropas maravillosas y las guardó cuidadosamente al fondo del armario. Ya volvía a vestir su uniforme de mediocridad, vaquero y esta vez, zapatillas de andar por casa, un poco zarrapastrosas y deslucidas. Se fue a la cocina. Se anudó el mandil en el talle. Preparó un rico guiso de garbanzos con bacalao, una receta complicada y tradicional que le tomó toda una hora.

Para cuando estaba acabando de cocinar, entró él en el recibidor. Se quitó el abrigo elegante, escondió rápidamente la bolsa con las ropas normalitas tirando a pobretonas y finalmente entró en la cocina y le puso un delicado beso en la mejilla a su mujer, como si ella fuera a quebrarse con un beso más enérgico.

«¡Qué bien huele, cariño! ¡No me digas que te has decidido a volver a preparar garbanzos con bacalao y espinacas, con lo riquísimos que te salían! ¡Qué bien! Oye, ¿qué te han hecho en el pelo? ¡Estás guapísima!» Ella disimuló la lagrimita que le estaba cayendo, se colocó en la cara una sonrisa totalmente verídica, digna de la mejor actriz y se dio la vuelta por fin. «¿Te gusta cómo me han dejado esta vez? Tenía ganas de cambiar un poco, de algo más de fantasía. Vamos a cenar, que se enfría.»

(fin)

Blanca Navidad

Filed under: Relato - Segundo ejercicio — Indalo at 1:57 am on Domingo, enero 3, 2010

Ciertos recuerdos entrañables permanecen grabados en el alma y nos visitan de vez en cuando. Unas veces los llamamos y otras nos llaman como si pretendieran refrescarnos las ideas acerca de nuestro origen o evitar que olvidemos el rastro que dejamos al pasar. Los recuerdos más lejanos nos llegan envueltos en la neblina que levanta el paso del tiempo; un neblina que a veces distorsiona las imágenes, como hacen los espejos de feria.

Al llegar el mes de diciembre, como todos los años, recibo mi regalo del pasado: los recuerdos de aquellas navidades que prosiguieron a mi décimo cumpleaños, las primeras que guarda mi memoria. Una sola foto queda de entonces, una sola prueba material de la tiranía del tiempo; y un único testigo, el hombre-niño que entonces tenía diez años: yo.

Era el día de Nochebuena y nos reunidos en casa para cenar y pasar la velada mis padres, mis abuelos, mis tíos y yo. Estábamos sentados a la mesa del viejo salón, con el calor y el olor del brasero, y bajo una lámpara de brazos de cristal que desprendía una luz tenue y amarillenta, una luz que no alcanzaba mucho más allá de la mesa y que proyectaba sobre las paredes unas sombras débiles e intrigantes. Hacía una noche muy fría y mamá me había colocado abundantes prendas de abrigo. El abuelo, siempre pendiente de mí, observó que tiritaba y me arrimó el brasero de carbón, que estaba bajo la mesa, y lo atizó varias veces. No tardé en sentir los pies calientes, y el confort se extendió al resto de mi cuerpo, que se fue liberando del frío y de los temblores.

Yo era un niño inclinado hacia el silencio y no solía participar en las conversaciones de los mayores, salvo cuando ellos lo requerían. Aquella noche hablaban más de lo habitual, alzaban las voces, comían, bebían y se reían. Yo me encontraba a gusto porque el ambiente era festivo y porque era un día importante, de esos que mamá y papá preparaban a conciencia y de esos que requerían estar bien vestido y aseado. No faltaba buen humor ni buena música ni buena comida ni buena bebida, tampoco faltó esa pizca de tolerancia, o de tacto, por parte de mis padres, para no reprocharme que me dejara parte de la comida, detalle que me hizo más feliz que las peladillas de la sobremesa. Por entonces yo comía muy poco, no tenía hambre ni soportaba la mayoría de comidas, por lo cual tenía que sufrir las presiones de mamá y las reprimendas de papá.

Como de costumbre, insistieron en que yo interviniera en sus coloquios; y para contentarlos lo hice en alguna ocasión, aportando comentarios y prestando atención; pero de inmediato regresé a mi silencio; un lugar en donde a menudo me encontraba a gusto, como ocurrió durante la cena de aquella Nochebuena. Papá y mamá nunca comprendieron mi predisposición hacia las pocas palabras y hacia la reflexión; estaban convencidos de que mi silencio era una señal de infelicidad, como si “el hablar” constituyera el barómetro de la felicidad.

A poco, la conversación absolvió a los mayores y se implicaron apasionadamente. El tono, cada vez más alto, formó un runrún continuo y confuso que sirvió de pretexto para que mi tendencia a la abstracción me aislara de los temas que trataban y me centrara en observar a los presentes y fijarme en los detalles circundantes.

Éramos siete personas en un rancio y desahogado salón en donde también se encontraba la cocina y la antigua chimenea, aquel día apagada por falta de leña y de carbón. Los muebles eran de madera oscura; las paredes, blancas y engalanadas con herramientas de labranza, objetos de esparto, recipientes de barro y viejos retratos de antepasados de la familia, algunos con marcos ovalados de madera; los techos, altos; y el suelo, ajedrezado con rústicas losas blancas y negras. Los mayores se colocaron a ambos lados de la larga mesa y enfrentados entre sí, mientras que yo ocupé un extremo, de manera que el otro extremo de la mesa quedaba desocupado y me permitía observar de frente el patio a través de una ventana. Todos estaban alegres y exultantes, con los rostros enrojecidos, y continuaban hablando y hablando. Se me ocurrió que la felicidad se alcanzaba con el crecimiento, con la edad, porque en aquel momento la alegría de los mayores me parecía envidiable. Y acaso tuve esa ocurrencia porque mi estado de ánimo de entonces estaba decaído, pues no solo me sentía infeliz con los continuos reproches que sufría a diario con la comida, sino también con que mi mejor amigo, Antonio, se había marchado a vivir a otro lugar, y mi mejor amiga, Anita, a quien consideraba como mi futura esposa, se había enamorado de otro. Sin embargo, aquella noche era mágica y lo sentí en aquel momento, quizá por el ambiente del salón, puede que por la felicidad de los demás, acaso porque estaba nevando, o tal vez porque esa noche nacía Jesús, y yo creía firmemente en ello.

Durante el resto de la cena, y mientras que los mayores continuaron hablando de sus cosas y divirtiéndose con ellas, yo me distraje contemplando la nevada a través de la ventana que daba al patio, que estaba iluminado y se veía muy bonito y pintoresco. La nieve, que había comenzado a caer débilmente por la tarde, era algo nuevo y misterioso que no solo me ilusionaba a mí, sino también a toda mi familia. Yaqui, mi gato, se situó a mi lado como de costumbre, y le di trozos de carne a escondidas.

La ventana que daba al patio, por la que contemplaba la nevada, no tardó en empañarse del vaho y del calor interior, y me impidió continuar con mi distracción.

La cena terminó tarde, y a continuación prosiguió la fiesta. Quitaron los platos, los cubiertos y el mantel y trajeron mantecados, polvorones, turrones, peladillas y licores. ? Los hombres fumaban y bebían aguardiente y coñac; las mujeres, licor 43 y palomas de anís. Me ofrecieron la zambomba y acompañé los villancicos que cantaba toda la familia. Pronto me animé, me entregué a la fiesta e intervine también en los cantes. No hubo descanso y proferimos todas las piezas de Navidad que conocíamos, y algunas que, sin conocerlas, tarareábamos. Yo alterné la zambomba con la pandereta, el abuelo acompasaba con el bastón y la abuela con las castañuelas. Llegó un momento en que la mayoría bailábamos al son de los cánticos. Papá y tío Rafael, mientras bailaban, hacían gracias e imitaciones burlescas con salero e ingenio y provocaban risas y carcajadas.

Avanzada la noche, llegó un momento en que mamá detuvo el jolgorio y propuso un descanso. Entonces las mujeres se fueron al baño a excepción de la abuela que no podía caminar. Lo que antes era frío se había convertido en calor, y el aire estaba cargado por el humo del brasero y del tabaco. Para ventilar el salón, el abuelo abrió la ventana que daba al patio, pero como mamá, que en ese momento regresaba, y la abuela se quejaron, de inmediato la cerró, mientras su cara mostraba un gesto de asombro que me intrigó. “Las mujeres siempre tan frioleras…” murmuraba el abuelo mientras que con un trapo desempañaba los cristales de la ventana del patio y decía “Ahora veréis”. Y entonces vimos el panorama del patio y nos asombramos de la gran cantidad de nieve que había caído. La pila y la escalera que subía al terrado estaban tapadas por la nieve, y seguía nevando abundantemente.

Nos levantamos de la mesa y nos acercamos a la ventana, atraídos por el espectáculo. “Qué caprichosa es la naturaleza” dijo el abuelo; “Y qué bonita”, añadió la abuela, a quien acerqué a la ventana en su silla de ruedas. La abuela y el abuelo se dieron la mano, y permanecieron mirándose fija y cariñosamente, en silencio. Los demás, pendientes de ellos, se unieron al silencio, como si aquello fuera algo importante, algo transcendental. La atmósfera se tensó y los rostros se endurecieron y se cargaron de dolor. Allí ocurría algo que yo no comprendía. Entretanto, la abuela soltó unas lágrimas, que nos compungieron a todos incluso a mí contagiado de aquella liturgia desconocida. No pregunté nada y seguí a los mayores, que instantes después retomaron la alegría.

El abuelo y la abuela, que apenas habían visto la nieve a lo largo de su vida, nunca habían contemplado una nevada tan copiosa y no ocultaban el placer que les producía, mientras que mis padres y mis tíos, aunque también deleitados, no tardaron en preocuparse por los problemas que podría acarrear el temporal. Yo no conocía la nieve hasta entonces y disfruté de ella y me sumé al gozo de mis abuelos.

Al terminar la fiesta, mis tíos no pudieron marcharse y tuvieron que pasar la noche en casa, y no solo la noche, sino que permanecieron allí durante una semana hasta que una comitiva forestal abrió los caminos.

Lo pasamos bien, incluso mis padres y mis tíos que, una vez aceptada la situación, pudieron disfrutar de una blanca Navidad.

Han transcurrido muchos años y se sigue celebrando la Nochebuena. Para unos, nace Jesús, es decir, nace la esperanza; para mí renacen los recuerdos de aquella infancia mágica, aquella ventana, aquella familia, aquel amor, aquellas últimas lágrimas de la abuela, lágrimas de muerte inminente. Todas las navidades añoro y añoraré aquella Navidad… Algo irrepetible, personal y sublime, algo que me enorgullece y me hincha el corazón, algo que, según me dicta la razón, y a pesar de la magia, no se repetirá.

Por eso cuando canto villancicos abro los ojos para no llorar, por eso busco la felicidad en otras ventanas, en otros momentos, en otras personas, en otros amores, por eso quisiera regalarle a mis hijos una gran Navidad, una Navidad inolvidable, infinita, por eso os pediría que cantarais conmigo:

Esta noche es Nochebuena y mañana Navidad…

Navidad en Baboli

Filed under: Relato - Segundo ejercicio — Quioreng at 5:27 pm on Jueves, diciembre 31, 2009

Os voy a contar la historia de María y de Jon. Unos papás que todavía no tenían ningún bebé. María y Jon vivían en una casita preciosa con jardín. Con ellos vivía el abuelo Nicolás. Un viejito un poco gruñón. En realidad muy gruñón, no era amigo de las visitas, ni de los cumpleaños, ni de las fiestas, ni de nada que cambiara su vida normal. Siempre andaba sólo de aquí para allá con su bastón, su boina y su perro Rodolfo. Un galgo corredor precioso que le acompañaba a todas partes. A María no le importaba que el abuelo fuera tan gruñón y le permitía todas sus rarezas menos una. Porque aunque no le gustaran ni las fiestas, ni las celebraciones, todos los años en casa de María y de Jon se celebraba la Navidad por todo lo alto. El abuelo refunfuñaba igual, pero sabía que se tenía que aguantar. María y Jon en su afán por ser papás siguieron todos los consejos que les dieron, pero el bebé no llegaba. Y después de estudiar todas las opciones decidieron buscar una escuela de papás. Navegaron por la web buscando la mejor de las mejores. Tener un bebé era muy importante para ellos y querían hacerlo muy bien. Al fin encontraron una que tenía en su página comentarios de muchos papás felices que contaban sus experiencias de éxito, después de pasar por sus aulas. Incluso algunos colgaron las fotos de sus retoños. La directora de la escuela, la Señorita Fleur de l´école, era muy exigente con los requisitos. No dejaba matricularse a cualquiera. Así que tuvieron que pedir una cita con ella para ser admitidos.

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Llegó el día en que? María y Jon se entrevistarían con la Srta. Fleur de l´école. Se levantaron muy temprano, y mientras Jon estaba en la ducha, María ponía el desayuno al abuelo como todos los días.

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– Te digo que no tengo hambre.- Refunfuñó el abuelo, levantándose de la mesa de la cocina.- Aún no es la hora de desayunar, como quieres que tenga hambre tan temprano. Bueno, bueno, bueno. Rodolfo, vamos, hoy parece que damos antes el paseo. ¡Será posible!

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Después del pequeño desacuerdo con el abuelo, María y Jon fueron a la escuela con sus mejores trajes. Cuando llegaron la secretaria de la escuela les acompañó hasta el despacho y por fin les recibió la Señorita Fleur de l´école. Todo en la escuela era muy antiguo y exótico. En el despacho de la Señorita Fleur, además del escritorio, tenía una mesa baja hexagonal con un centro de fruta, en la que se acomodaron sentados en unos cojines. La decoración colonial hacía juego con un titi, que colgaba por su cola de un perchero y una jaula con un loro azul, rojo y amarillo,? que repetía, Té, té, gato, gato, una y otra vez. La entrevista fue de lo más extraña. Tomaron el té mientras la Señorita Fleur les hacía preguntas, como cual era su dulce favorito o de que color llevaban los calcetines. Mientras, el mono bombardeada sin piedad, con uvas a Jon. Sin la menor reacción por parte de la Señorita Fleur. María se moría de la risa, aunque intentaba contenerla. Y Jon cada vez estaba más nervioso. Lo mejor fue cuando un gato se subió a una estantería que estaba encima de la cabeza de Jon y le hizo pipí encima. María no pudo contenerse y estalló en carcajadas a lo que se unió la Señorita Fleur, mientras limpiaba la cara a Jon con una servilleta de papel. Pero después de todo fueron admitidos. Y les fué de mil amores desde ese momento. No se puede decir que las clases fueran convencionales y aunque no tuvieran ningún motivo, confiaban ciegamente en que todo iba a salir bien. Y estaban en lo cierto, porque la escuela de la Señorita Fleur era mágica. En realidad era la escuela donde los primeros papás aprendieron a ser papás. María y Jon pasaron las pruebas finales con honores y les entregaron el diploma de papás en una gran fiesta de graduación. A la que, claro, el abuelo Nicolás no acudió. En la fiesta lo pasaron de maravilla y llegaron tardísimo a casa. A la mañana siguiente abusaron de almohada y cuando se levantaron el abuelo Nicolás refunfuñaba sin parar. Que si la escuela esto, que si la escuela lo otro, pero como? María y Jon estaban acostumbrados no le hicieron mucho caso y fueron a desayunar. María quiso examinar de nuevo sus diplomas y al extenderlos se dio cuenta de que tenían algo pegado al dorso. Era muy fino, rectangular, de plástico negro, del tamaño de un paquete de chicles en grageas. Tenía una pantalla cuadrada y en un extremo un botón de color rojo con el símbolo de la velocidad angular (?), en el otro.

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– Jon mira esto, ¿que será?,- mientras lo despegaba.- Aquí parece que pone algo. Atra, se lo acercó un poco? Atraedor. ¿Atraedor?. ¿Será para atraer los bebés o algo así?.

– No tengo ni idea, pero de la Señorita Fleur puedo esperarme cualquier cosa.

– Mira en el tuyo hay otro igual. María toqueteó la pantalla y se iluminó proyectando una luz muy intensa, primero azul, luego verde, cambiaba de color y María no conseguía ver nada. Y apretó el botón pensando que así funcionaría. Jon, ojoplático, no daba crédito. Se formó un torbellino en el lugar donde estaba María. Los platos volaban alrededor de la cocina, junto con los cubiertos, y el abuelo Nicolás y Rodolfo, que acababan de entrar, también se unieron al remolino.

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– ¡María, María!.-Intentando alcanzar el remolino.- ¡Pero hombre Nicolás! ¿?Donde va usted, también ahora?.

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? Duró unos tres minutos y después se cayó todo al suelo.

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– ¡María! ¡María!.-Había desaparecido.

– ¿Se puede saber que es lo que has hecho? Primero me dejáis sin desayunar y ahora esto. El abuelo se sacudía los pantalones y buscaba su garrote. Aunque Jon no le hacía ningún caso.

– No hay ningún agujero ni nada. ¡Por donde! ¡Por donde! No puede ser.

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Y entonces se acordó del aparatito. Buscó su diploma entre los platos, cubiertos y demás vajilla que había por el suelo. Aquí está. Cogió el atraedor y apretó el botón rojo. Se repitió la escena y mientras el abuelo volvía a volar por los aires, Jon entró en una espiral de color. Estaba un poco mareado cuando por fin paró de dar vueltas.

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– ¡María! Estas aquí. ¡Que susto me has dado!. ¿Estás bien?.

– Si, Jon, todo está bien.

– Uff, menos mal.

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? Pi, pi, sonó el atraedor de Jon. En la pantalla apareció: ¡Bienvenido a Baboli!. Y es que Jon y María habían “aterrizado” en la ciudad mágica de Baboli. El lugar donde van los niños cuando los papás miran hacía otro lado un momento y de repente desaparecen, no logran encontrarlos porque están en Baboli. La ciudad donde es real todo lo que los niños sueñan. Me gustaría poder describírosla pero no me es posible, ya que cambia cada vez que un niño lo desea. Puede que por la mañana tu casa sea un castillo de trufa y por la tarde una nave espacial. Recuerdo que los García llegaron a vivir dentro de un elefante. Las calles de Baboli que ayer te llevaban al mercado hoy pueden llevarte al circo y mañana quizá al dentista, así que es muy emocionante vivir cualquier día normal. María y Jon por más que daban al botón rojo, no lograban volver a casa. Así que buscaron un lugar donde pasar la noche. Y a la mañana siguiente despertaron en su cama de siempre. Después de dar mil explicaciones al abuelo se fueron de inmediato a la escuela. La Señorita Fleur les explicó que habían estado en Baboli, en la ciudad de los niños y que podían volver siempre que quisieran. Les explicó que era el mejor lugar para conseguir ser papás. Sólo había una regla. Si un niño era engendrado en Baboli, debía de quedarse allí.

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– ¿Y que vamos a hacer con el abuelo?. Preguntaron los dos a la vez.

– Un bebé puede invitar a vivir toda su familia.

– ¡Ah! Dijeron aliviados.

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Y a partir de entonces pasaban en Baboli casi todo su tiempo libre. Cada vez les gustaba más. Y al llegar la primavera sucedió el milagro. María estaba embarazada. La pequeña fue engendrada en Baboli así que se mudaron definitivamente allí. El abuelo Nicolás, como no le gustaban los cambios, prefirió quedarse sólo con Rodolfo, pero prometió ir cuando naciera el bebé. Pasaron los meses y María estaba casi a punto de dar a luz. María y Jon estaban muy contentos, les encantaba vivir en Baboli. Pero echaban de menos una cosa de su tierra. Baboli era una ciudad muy joven, sin tradición y allí no había Navidad. María adoraba la Navidad. Recordaba momentos muy felices de su infancia y no quería que su bebé se lo perdiera. Deseaba con tanta fuerza que hubiera Navidad en Baboli. Echaba de menos los adornos y las luces de las calles. La gente cantando villancicos, los dulces, los regalos y sobre todo el amor tan especial que surgía en la gente. Pero la ciudad sólo respondía a los deseos de los niños. El día 24 de diciembre nació la pequeña, según el calendario de Baboli. Según vuestro calendario sería más o menos septiembre. Es que los niños son un poco impacientes y por eso todo llega a Baboli un poco más deprisa. Los médicos pusieron a la niña en los brazos de María. Los barrotes de la cama se llenaron de espumillón, aparecieron guirnaldas adornando la puerta y comenzó a lucir un pino que se veía por la ventana. Jon accionó el atraedor y un remolino trajo al abuelo Nicolás y a su perro Rodolfo.

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– ¡Menudo mareo! Y es que no podéis vivir en un sitio normal.-? Rodolfo se sacudió moviendo las orejas.

– Hola Abuelo. Le saludo Jon. La primera vez te mareas un poco, pero luego te acostumbras.

– Bueno, bueno. Y donde esta el niño.

– Niña. Es una niña.- María dijo con el bebé en sus brazos. Y está aquí.

– ¿Una niña?

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El abuelo se asomó para verla y sucedió algo mágico. Le empezó a crecer una barba blanca, a Rodolfo se le puso la nariz roja y le salieron unos grandes cuernos. La boina ahora era un gorro rojo, su ropa se volvió roja también y su bastón se convirtió en un saco lleno de regalos. Una camilla arrendó a Rodolfo y se puso a sobrevolar las habitaciones del hospital.?

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– Jo, jo, jo. El abuelo intentaba protestar pero no era capaz de decir otra cosa. Jo, jo, jo. Rodolfo voló demasiado cerca del abuelo le hizo caer en la camilla y se lo llevó volando por la ventana. Jo, jo, jo. El abuelo refunfuñaba, pero sabía que se tenía que aguantar.? ? Jo, jo, jo.

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– ¡Abuelo! Pero si es. María y Jon no salían de su asombro. Pero si es.

– ¡Papá Noel!.-dijo Jon terminando la frase.

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Mientras tanto el gobernador de Baboli recibía quejas a miles de los ciudadanos de Baboli. Se estaba volviendo loco. Todos los atraedores estaban inservibles. Nadie podía entrar ni salir de la ciudad.

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– Debe de ser un fallo en el canal de flujo. Estamos tratando de solucionar la avería.-El gobernador se peinaba el pelo con los dedos con cara de desesperación.- Si puede ser algo haciendo interferencias. ¿Qué? ¿Una estrella? ¿Qué estrella?

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Y es que justo encima del hospital se había instalado una gran estrella. El gobernador de Babolí estaba preocupado. No podían estar incomunicados. Así que les mandó un mail a los tres mejores astrónomos del mundo, Melchor de Noruega, Gaspar el americano, y Baltasar originario de Africa. Contestaron de inmediato para pedir instrucciones de cómo llegar a Baboli, porque ya se habían percatado de la nueva estrella. Los atraedores estaban inservibles pero se podía llegar a Baboli cruzando el? desierto de Taklamakán. Uno de los más grandes y más inhóspitos del mundo. Los astrónomos cogieron el primer vuelo a Xijang, aunque aprovecharon para hacer escala en Paris y comprar bonitas capas de diseño. El resto del viaje lo harían en camello, se guiarían con GPS de día y siguiendo la estrella de noche. Feroces vientos y tormentas de arena fueron sus compañeros de viaje. Bordearon la antigua ruta de la seda y después de mucho esfuerzo aún no había amanecido el 6 de enero cuando consiguieron? llegar a las puertas del hospital de Baboli. El gobernador no había llegado, así que fueron a visitar a la niña de María y de Jon y le hicieron muchos regalos. Primero a ella y después a todos los demás niños de Baboli. Al día siguiente el gobernador fue a darle las gracias a los reyes porque la estrella ya no estaba. En realidad no volvió a aparecer hasta el próximo 24 de diciembre. Y así fue como llegó la Navidad a Baboli. Con sus adornos, su Papá Noel, y sus Reyes Magos. María y Jon decidieron llamar a su hija, Natividad porque ella como todos los niños trajo el espíritu navideño a todos en su hogar, Baboli. Bueno a todos menos a su abuelito Nicolás que refunfuñaba igual, pero sabía que se tenía que aguantar.? ? Jo, jo, jo.

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Fin.

CLARA WIECK

Filed under: Relato - Segundo ejercicio — Corina Harry at 8:50 pm on Lunes, diciembre 28, 2009

Una vez más, los apremios económicos requerían que Clara emprendiera una nueva gira. Robert no se encontraba bien de salud y había ocho niños que alimentar. El menor todavía de pañales y aferrado al pecho de su madre.? El viaje sería largo y tedioso. Tío Brhams se encargaría de los siete mayores en la casa de Leipzig y papá Robert acunaría al bebé en el camarín del teatro mientras mamá Clara diera uno de sus afamados conciertos de navidad.

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La sala se iba colmando de gente de varias regiones de Europa. El niño dormía en la cuna en el camarín principal. El concierto se había dividido en dos partes a pedido de Clara. El intervalo sería de media hora, lapso mínimo que el bebé necesitaba para alimentarse. Los empresarios responsables de la sala no estaban conformes con los gastos que acarrearían mantener el teatro iluminado tanto tiempo extra. Pero para Clara nada de eso entraba en discusión. De todas formas el público ya estaba allí y sería bien recompensado por la espera. A Clara le maravillaba ver como su leche daba forma y tamaño al cuerpo de su hijito como lo había hecho con los otros siete. Por nada del mundo iba a privarse de uno de los placeres femeninos más maravillosos que la naturaleza le había regalado: su hijo en su pecho, momento sublime y sagrado.

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La primera parte del concierto se convirtió en una cautivante delicia que hizo olvidar todos los inconvenientes y malhumores de los empresarios de sala. El éxtasis del público y de la crítica garantizaba una buena recompensa económica. Comenzado el intervalo, en cada pasillo del teatro, los comentarios acerca de si Clara seguía manteniendo su figura después de ocho partos o sobre si Robert continuaba enfermo y qué decían los doctores, hizo que la media hora no fuera suficiente para tanta lengua suelta.

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Mientras tanto, en su camarín, Clara se empeña en que su hijo se prenda a su pecho antes de ser requerida nuevamente en el escenario. El niño sigue durmiendo. Ni las dulces palabras de Clara, ni los intentos de su padre por despertarlo, logran sacar al niño de su sueño profundo. Clara intenta amamantarlo dormido, pero él tan sólo sonríe al contacto de sus labios con el pezón de su madre. ? ?

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Transcurrida la media hora pactada, Clara regresa al escenario sin haber logrado alimentar a su hijo que sigue durmiendo en su cuna bajo la mirada vigilante de su padre. ? Clara se sienta al piano ovacionada por la audiencia. Los aplausos se atemperan. Las manos de Clara comienzan a deslizarse sobre el teclado. El público percibe una particular sensibilidad en la interpretación de la obra. ¿Será que su condición innata se ha acrecentado con cada alumbramiento? ?

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Los dos primeros movimientos de la Sonata Nº 14 de Beethoven transcurrieron claros y diáfanos ante los oídos imperturbables del auditorio. Clara comenzó a sentir que algo se interponía entre ella y el teclado de marfil. Las notas comenzaban a brotar de sus dedos al ritmo impuestos por sus pechos desbordantes del líquido alimento; del único e irremplazable sustento ? del niño que se despierta en la cuna y reclama a su madre. ?

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Clara percibe el despertar del niño. El niño distingue el goteo de leche tibia que cae en el regazo de Clara que se inclina suavemente hacia delante como si con ello pudiera preservar el contenido de sus pechos. Clara ya no le presta atención ni a sus manos ni al teclado. En su mundo sólo existen las gotas que caen indefensas mojando su vestido. El niño distingue el goteo de los pechos de su madre. Clara percibe el reclamo de su hijo.

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Tercer movimiento: “Presto”. Los dedos de Clara sobre el teclado del piano semejan un torbellino desmedido y presuroso. Sin embargo cada nota es precisa, prolija, limpia dentro de un fraseo perfecto y profundamente emotivo. El tiempo apremia. Clara agradece a Dios que el último movimiento de la sonata sea un presto. El público absorto no contiene el aliento como si la exhalación de una sola persona pudiera detener la perfección del milagro.

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El último acorde trajo el alivio al cuerpo del Clara. Simultáneamente a la explosión de los aplausos, Clara sale del escenario y corre a su camarín, toma al niño de brazos de Robert y se sienta feliz a amamantarlo. El niño sonríe mirando a Clara a los ojos y recibe con avidez el amor y la leche de su madre mientras resuenan los aplausos del público que no se resigna a abandonar la sala hasta que la artista regrese al escenario. Clara sonríe y Robert cierra la puerta del camarín preservando ese momento sublime y sagrado: el niño en su pecho.

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CORINA HARRY

Navidad perenne

Filed under: Relato - Segundo ejercicio — Alicia at 8:10 pm on Lunes, diciembre 28, 2009

Navidad perenne

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No le era común arrastrar el trineo con sólo cuatro renos. Los interminables viajes habían minado las fuerzas de los más diestros y los actuales no eran duchos en transitar los laberínticos caminos del mundo; como consecuencia, disminuidas la cantidad y la experiencia,

debería recurrir a nuevas estrategias para lograr su plan.

Se le hacía dura la tarea a medida que los años pasaban. El asiento cubierto de pieles parecía quejarse de su sobrepeso; hundido en el centro, lo obligaba a inclinarse sobre un costado haciendo peligrar el equilibrio y del respaldo de antaño no quedaban huellas. No ocurría lo mismo con las bridas de cuero, cada año se ocupaba de renovarlas para no correr riesgos.

El traje de pana roja también daba muestras del uso continuado. El desgaste resaltaba en los codos y rodillas de un modo llamativo y el botón faltante evidenciaba la prominencia del abdomen. El armiño de los bordes y del gorro lucía opaco y raído a pesar del cuidado con que intentaba disimularlo.

No se quejaba. Amaba lo suyo a punto tal que no sabría a qué dedicarse de no ser aquello. Y no sería fácil encontrar otra actividad que le generara tal satisfacción.

¿Qué otra situación podría equipararse con sus vivencias? Los gestos de asombro ante su llegada, el leve temblor de las manos y hasta algunas lágrimas, compensaban con creces sus incomodidades. Los ojos admirados e inocentes, las sonrisas eternas y los gritos de júbilo no se abandonaban así porque sí.

Su agenda pesaba en demasía teniendo en cuenta que a las obligaciones le sumaba los recuerdos de cada viaje, sobre todo de aquellos que él consideraba especiales.

El collar de caracolas de Brenda, la pequeña samoana, el trozo de colmillo de elefante de Aman, traído desde Angola,? el sikus que le obsequiara Ucumari en su viaje al altiplano y cientos que se agregaban a la lista interminable.

No podía abandonarlos, no cabía? en él la intención a pesar de los inconvenientes que cada año aumentaban en número y complejidad.

El último, surgido de los avances de la civilización, parecía sobrepasarlo; no le sería fácil eludirlo pero aún así lo intentaría. Para ello, buscó una salida que creyó elegante.

Faltando una semana para la Nochebuena se calzó el traje de fiesta, garabateó en un papel los principales obstáculos a recordar y ? ? clareando la mañana se dirigió al lugar convenido.

Habían elegido encontrarse en las afueras del pueblo y? reconocerse por las vestimentas. Dudó en la elección de éstas, más que por lo estético por la holgura o estrechez de las prendas; se resolvió por las de seda que se amoldaban mejor a sus dimensiones excesivas.

El encuentro se concretó pasadas las seis, sin cuestiones para identificarse. A esa hora el lugar estaba casi desierto y la obviedad del ropaje descartaba cualquier equivocación.

El convocado concurrió, según lo acordado, con una chaqueta clara que contrariamente a lo expuesto, sobresalía ampliamente de su físico esmirriado.

Un viejo tronco caído de ciprés les sirvió de apoyo y fue testigo del encuentro y de la definición.

La turbación que experimentaba Santa Claus fue diluyéndose a medida que surgían soluciones a los problemas planteados y la buena predisposición del visitante sumada a otros factores relevantes le permitió suponer que había elegido bien.

No les llevó mucho tiempo congeniar sobre las nuevas tácticas y casi llegada la noche los detalles menores estaban resueltos. Los renos, el asiento, el traje y hasta el respaldo ausente, todo iba a revertirse aunque fuera de manera pausada y esporádica.

Pero faltaba plantear lo primordial, lo que inquietaba su vigilia ? desde que las aldeas comenzaron a transformarse en pueblos y ciudades.

Fue entonces que, tomando la mano de su colaborador, le confesó tímidamente el? temor que lo acuciaba. Esperaba una respuesta afirmativa; de no ser así, cercano y doloroso sería su retiro.

Los copos espumosos y blancos comenzaron a amontonarse hasta casi cubrir el tronco y a ellos mismos. Los segundos se le hicieron eternos y un suspiro hondo evidenció su ansiedad.

De pronto, su expresión manifestó lo que esperaba; los ojos vidriosos y la sonrisa abierta mostraban a las claras la resolución del conflicto.

Daba por hecho entonces que seguiría rebasando su agenda y sus espacios con los collares del Pacífico, el marfil de África y las artesanías americanas. Que continuaría regocijándose con las miradas asombradas, las lágrimas nacientes y las manos temblorosas. Que su corazón latiría más de prisa cada año y que ya no? se desvelaría ante ? la difícil tarea de introducirse por las renovadas, angostas y para él inaccesibles chimeneas de las ciudades del mundo.

Apoyó su humanidad en el desvencijado asiento, azuzó a los renos y desanduvo el camino, con el corazón henchido y el alma desbordada en las vísperas de una nueva y radiante Navidad.

MAMA NOEL

Filed under: Relato - Segundo ejercicio — Alfonso at 4:37 pm on Lunes, diciembre 28, 2009

Había pasado muchos años en la cárcel, intentó suicidarse en varias ocasiones y la muerte se rió de él, como aquella vez en que tirándose al metro éste pasó por el raíl de al lado o aquella otra en que compró una pistola con una sola bala a un ucraniano y ésta se encasquillo perdiendo el proyectil. Le enviaron al psiquiátrico y allí fue donde le conocí. Siempre que llega la Navidad me acuerdo de él.

-? ? ? ? ? ? ? Si Dios quiere que viva, algo bueno tiene que tener proyectado para mí, me decía.

Por aquel entonces yo era un aprendiz de psiquiatra joven y me encantaba hablar con mis pacientes con los que mantenía largas charlas.

Se pasaba horas a la puerta de mi despacho, esperando a que yo terminara. En ocasiones se enfadaba con los pacientes que tardaban demasiado, otras veces me seguía durante horas mientras hacía la visita por el hospital. Luego, cuando consideraba que ya debía haber acabado abría la puerta y entornándola ligeramente metía su cabecita y preguntaba

-? ? ? ? ? ? ? ¿Da usted su permiso?

Así sibilinamente se colaba en mi despacho donde teníamos conversaciones que duraban una eternidad.

-? ? ? ? ? ? ? He estado en la cárcel por haber matado a un hombre. Le perseguí durante años, mi vida no tenía otro sentido que encontrarle. Todavía tengo que matar al otro pero ya no me quedan ganas.

Cuando me lo contó me sorprendió pues no parecía ser capaz de algo así. Cecilio era bajito y redondo, de cabeza pequeña, nariz chata, labios carnosos y coloretes en las mejillas como un rubicundo lechoncete. Su hablar era lento y pausado, arrastrando las palabras y no era raro que te contara varias veces las mismas cosas.

-? ? ? ? ? ? ? Durante años intenté que mi madre dejara su adicción a la heroína pero me engañaba constantemente y solo lo conseguí a intervalos. De todas maneras seguí viviendo con ella protegiéndola y cuidándola. Un día como tantos otros tuve que salir y allí fue cuando me la hicieron. Dos “perros” la violaron y la dieron una paliza.

A veces al llegar a ciertos acontecimientos se emocionaba y secándose las lágrimas con un pañuelo me decía que era mejor dejarlo para otro día.

Al día siguiente volvía como siempre alegre y risueño, seductor y persuasivo.

-? ? ? ? ? ? ? ? ? ? ? He estado solo, muy solo. Mi madre nunca me vino a ver, nunca me visitó, ni una llamada, ni una carta, nada. Mi sueño era verla, besarla, llenarla de flores pero no pudo ser ni siquiera el día de su muerte. Un sacerdote me dio la noticia en la prisión y me puse tan agitado que no me dejaron salir a su funeral. Tantos días de espera para el funeral y el entierro me hicieron sospechar. Estoy seguro de que la mataron, no les interesaba que yo saliese. Primero me ofrecieron ir, luego que si todavía no, que si se retrasaba el entierro y finalmente no me dejaron ir. Nunca hicieron caso de mis advertencias. No investigaron. Solo mucho después pude visitar su tumba.

Se sacó del pecho una medalla de la virgen y añadió

-? ? ? ? ? ? ? Esto es lo único que conservo de ella.

Me la enseñó como si de un tesoro se tratase y después de dejarme verla durante un rato la volvió a guardar entre sus ropas y continuó hablando

-? ? ? ? ? ? ? Cuando el viejo consideraba que ya éramos mayores nos llevaba con él para que le ayudásemos a atender a las madres en la calle. La primera vez que fui y vi a mi madre en aquella carretera, se enfadó mucho y le dijo al abuelo que no me volviera a llevar. Yo no entendí nada, estaba contento con poder verla pero ella le amenazó con no pagarle. Me hice mayor al darme cuenta de que nada era lo que yo creía; mis abuelos no eran mis abuelos, mis hermanos no eran mis hermanos y aquello no era una familia. Un día me llamaron hijo de puta en el colegio y no quise volver. Me fui de casa del viejo porque me pegaba mucho, lo hacía con un látigo de piel de toro que tenía colgado en el salón y hacía mucho daño. Decidí ir a buscar a mi madre.

-? ? ? ? ? ? ? Durante mi infancia vivía en casa con mis abuelos y mis hermanos. Siempre había mucha gente, mucho bullicio. Mi madre y las madres de mis hermanos venían poco a vernos y solo se quedaban en Navidad. Aquella noche dormía con ella y entre sus brazos al calor de su cuerpo soñaba con estar con ella para siempre. A nosotros Papa Noel nos traía una madre, la mejor del mundo. No teníamos grandes comidas, ni regalos, ni adornos. Navidad era la llegada de nuestra mamá, todo un día y una noche con ella.

-? ? ? ? ? ? ? ? ? ? ? Los primeros años de mi vida fueron muy felices. Entonces no entendía muy bien lo que pasaba pero daba igual. De vez en cuando llegaban unas señoras muy cariñosas que lloriqueaban entre apretones, carantoñas y besos. Mi primer recuerdo es su sonrisa, yo siempre supe que ella era mi madre aunque nadie me lo dijo hasta mucho más tarde.

Todas las Navidades hacía dos cosas, llevaba flores a su madre al cementerio y venía a verme a mí. Le gustaba venir. Llamaba a mi despacho, entornaba la puerta y metía su cabecita

-? ? ? ? ? ? ? ¿Da usted su permiso?

Así sibilinamente se colaba en mi despacho y me contaba, todos los años, las Navidades con su madre, saludaba a los compañeros, se pavoneaba con cualquier hazaña o mentira y se volvía a marchar alegre y contento.

Navidad gris y navidad blanca.

Filed under: Relato - Segundo ejercicio — Carminacd at 12:44 pm on Lunes, diciembre 28, 2009

En nuestra vida hemos pasado dos navidades que me quedaron grabadas. Antes de convertirme en prostituta barata, antes del éxodo, antes de la miseria emocional.

Yo estaba embarazada por tercera vez, mi hija mayor tenía diez años. Vivíamos en un país del sur del mundo, en una ciudad extremadamente cosmopolita en relación con la capacidad económica de la mayoría de sus habitantes, aunque eso significaba una gran ventaja para nosotros por la proliferación de sus medios de transporte y gran riqueza y calidad de sus servicios médicos. Los autobuses públicos circulaban asiduamente, podíamos acceder a uno de ellos cada cinco minutos y el costo del boleto era ínfimo.

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? En aquel momento pasábamos hambre, no teníamos dinero para comprarnos ropa ni darnos ningún gusto, ni viajar, la mayoría de las veces no pagábamos los impuestos; era otro tipo de miseria la que nos atosigaba, una miseria más honrosa que ésta. Recuerdo que yo usaba largas faldas y camisas de algodón con canesú cayendo como una lluvia holgada sobre la panza, de futura mamá; toda ropa cedida por familiares caritativos y por mi gentilísima comadre.

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Aquel año, mi nena, consumió completamente sus ahorros (digamos para actualizar la cifra, unos cuarenta euros) con el propósito de hacerle un regalo a cada miembro de la familia. Toda, toda: tíos, tías, primitos, abuelos; en total cuarenta personas, así que tenía un euro para dedicar a cada una de ellas.

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Recorrimos juntas negocitos de souvenirs, supermercados y shoping, lugares que pudieran satisfacer su necesidad. Me torna a la memoria uno en particular donde conseguimos ensaladeras de plástico para sus tías abuelas, las hermanas de mis padres y de mis suegros. ¿Qué otras cosas regaló?: repasadores, paneras, fruteras, pañuelitos, a las mujeres; muñequitas a las nenas y autitos a los primos varones; no recuerdo bien qué les obsequió a los hombres, quizá llaveros y sacacorchos o linternas.

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Una vez completada su lista de personas, adquiridos los correspondientes regalos y terminado el dinero disponible, habiendo comprado todo sin envoltura; surgió el problema de cómo y con qué empaquetar cuarenta objetos de la mayor diversidad de tamaños, colores y formas que nosotras jamás habíamos adquirido ni recibido.

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Para solucionar el pequeño obstáculo resolvimos envolverlos con papel de periódicos. Pedimos diarios viejos a los vecinos, en la panadería y a los abuelos. Algunas hojas tuvimos que unirlas entre sí con engrudo que es un pegamento casero y económico hecho con harina y agua, para poder cubrir la grandeza del futuro agasajo. También pegamos sobre las letras grises flores de papeles de colores arrugados que guardaba yo con atención luego de haber desenvuelto cada presente recibido con anterioridad a las fiestas navideñas durante los cumpleaños y el día del niño.

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No fue difícil esconder a los ojos indiscretos de los demás tal cantidad de donativos ya que a casa no es que viniera mucha gente.

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El día de Navidad el entusiasmo de mi nena era inmenso, disfrutaba más pensando en cuánto podía hacer feliz a cada integrante de la familia cuando viera que recibía un regalo también de parte de ella que esperando o imaginando qué cosa percibiría ella misma. Aquel año, ella fue más feliz donando a los demás parte de su tiempo, empeño y todo su dinero que haciendo su lista de regalos preferidos para el 25 de diciembre.

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A las doce de la noche, debajo del árbol no cabía todo aquel bagaje de humildes y muy sentidas gratificaciones, así que el suelo completo del living de la casa de los abuelos maternos donde la gran familia se había reunido para festejar el nacimiento del niño Jesús estaba cubierto de regalos. Cada paquete llevaba escrito el nombre de su destinatario. Era una fiesta en sí misma ver a mi nena caminar entre los paquetes buscando, leyendo los nombres y entregando en manos ansiosas su dono. Luego el sonido de los papeles al abrirse, romperse, arrugarse y por último caer al piso donde formaron una alfombra crujiente debajo de los pies. Todos sonreían, comentaban y agradecían, ella estaba muy satisfecha de su obra.

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Y esa fue nuestra Navidad gris, barnizada con la tinta de los papeles de periódicos viejos.

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La segunda que me quedó grabada en los recuerdos es, en realidad, la primera que pasamos en el exilio.

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Uno de los más grandes cambios que vivimos fue el del clima. Nuestra ciudad natal era cálida y húmeda, ubicada en el centro de nuestro largo y vasto país, a la orilla de un rio marrón ancho como el mar.

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La zona a la que fuimos a vivir en el exterior era seca en verano; fría, lluviosa en otoño y nevada en invierno. En verdad, el otoño y la primavera compartían un único clima, no se comprendía jamás cuál de las dos estaciones estabas viviendo salvo por las lluvias otoñales y las flores primaverales.

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Nos impactaba también el haber pasado todas nuestras navidades en verano y cambiar a temperaturas bajo cero y lluvias convertidas en nevadas.

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Esa Navidad en particular fuimos a la montaña, a un hotel humilde, pero donde no nos faltaba nada. Teníamos la calefacción siempre encendida, aunque no estuviéramos en la habitación, el desayuno internacional y abundante; internacional porque en la zona donde estábamos venían muchos turistas austríacos y alemanes a pasar las fiestas. Tanto era así que la misa se ofrecía en los dos idiomas, el local y el alemán.

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Cuando salíamos nos abrigábamos muy bien, nuestros hijos ya tenían sus trajes para esquiar y las botas para caminar sobre la nieve y el hielo sin resbalar, nosotros nos poníamos sólo las botas; eso sí: guantes, bufandas de dos metros de largo, gorros de lana, aparte de las camperas rellenas de plumas de ganso.

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En la plaza principal se erguía el mercado natalicio, carpas blancas que ofrecían a los transeúntes sus productos tejidos, comestibles, de cuero y el vino tinto caliente para combatir el frío. Del campanario de la iglesia surgía un concierto natalicio en vivo, la banda se encontraba allí y desde esa altura se esparcía la bellísima música por todo el pueblito. Compramos garrapiñada de maní, guantes de lana y una bufanda para regalar.

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A las ocho de la noche comenzó a nevar, no era la primera vez que veíamos la nieve, pero en el marco montañoso, entre los pinos y las casas de madera con techos a dos o cuatro aguas, entre las luces blancas natalicias con formas de estrellas y muérdago y los mensajes de felicidades en las vidrieras; con la música cayendo desde el pico máximo de la iglesia, esa nevada era maravillosamente especial.

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Y esa fue nuestra Navidad blanca, la nieve cayendo dulcemente sobre la cabeza de mi esposo y de mis hijos hubiera querido yo que sirviera para purificar mis propios actos, para lograr que las consecuencias de mis perversiones no los manchara ni los condenara indirectamente por mi culpa.

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Del reencuentro con la Navidad

Filed under: Relato - Segundo ejercicio — carla at 8:18 pm on Domingo, diciembre 27, 2009

Uno. La caída del primer copo de nieve pilló a casi todo el mundo por sorpresa. A Lucía Gómez no. Lo había deseado con tanta fuerza que fue la confirmación de un hecho: las Navidades volverían a ser especiales. Desde que llegó a Londres hacía dos inviernos procedente de España no había disfrutado de ver caer la nieve. El inicio de la lluvia blanca le encontraba siempre trabajando entre expedientes y papeles.

El espléndido ventanal de la Sala de Juntas mostraba la más bella estampa que había podido admirar desde su llegada haciéndose aún más hermosa cuando Sergio asomó su mirada gris verdosa. Sus ojos eran increíbles pero carecían de toda expresión. Hacía tres años que se apagaron, según se comentaba, cuando su mujer falleció en un hospital una primavera sin avisar y sin que ni su corazón ni sus ojos pudieran acostumbrarse. Cambió de trabajo, de ciudad y de país para poder pasear a gusto su tristeza, se decía a sí mismo. Deseaba salir adelante, ir más allá de fusiones de empresas, pero todavía no se sentía preparado. Observaba con disimulo a su compatriota Lucía y hubiera querido acercarse a ella, saber por qué se mostraba a veces melancólica y triste. Cuando se miraban parecían comprenderse y resultaba una sensación muy agradable.

Era 24 de diciembre. La imagen de la calle era una auténtica postal de Navidad. El personal de Hopper & Finch había brindado por las fiestas y se disponía a salir en tromba para cenar con sus seres queridos.

Sergio pensaba devorar lo último de Dan Brown mientras degustaba un bocadillo sin ningún tipo de remordimientos. Lucía estaba deseando llegar a casa para enfrascarse en una maratón de cine de romanos: Ben-Hur, Espartaco, …como había hecho toda la vida con su hermana.

Lucía y Sergio se cruzaron por el pasillo mientras se dirigían al ascensor, sin prisas, dejando al resto en la carrera de los últimos preparativos. Se sonrieron de modo espontáneo. De pronto, él sintió algo que no había experimentado desde hacía mucho tiempo: curiosidad. ¿Qué planes tendría? ¿Con quién pasaría aquella noche? Iba tan guapa como siempre, pero no especialmente arreglada para una fiesta o un encuentro con unos amigos. Finalmente, decidió concentrarse en no parecer un tipo borde o raro ante sus ojos.

-¿Qué tal, Lucía?

– Bien. Vaya día, ¿eh? Es genial.

– ¿La Nochebuena?

– No, no. La nieve- dijo mientras recorría algo aturdida la cara de él. Sus rasgos eran muy marcados. Disfrutó de la visión de su cara en conjunto: el pelo rubio tan corto que la resultaba tan atractivo y el cuello que se adivinaba tan fuerte.

– Sí, bueno, es muy navideño.- Y él sonrió mientras comprobaba de cerca el aroma tan cautivador que ya había notado en otras ocasiones así como la boca tan graciosa impregnada de gloss que le atraía aunque se negaba a reconocerlo. -¿Te vienen a visitar de España?- preguntó a Lucía evitando la tentación.

-Oh, no. Yo …- La puerta del ascensor se abrió y entró una horda de trabajadores de Machine, una empresa de programadores que parecían más animados que de costumbre y que los dividió en el cubículo haciendo la conversación imposible.

Las fuerzas que Sergio había reunido para conectar con ella se esfumaron entre las llamadas de los móviles que se multiplicaban en la bajada del piso catorce a la planta donde se encontraba la salida. Explicaciones y preocupaciones por otros. “Dan Brown. Eso sí que me satisface.”- se autoconvenció.

El piso cero, se había convertido en aquellos días en un vivero de abetos, por el número de ellos que convivían en el hall y en el exterior del edificio. Lucía y Sergio se dejaron arrastrar y con un “Que pases buena noche” y “Feliz Navidad” en español, finalizó su aproximación.

Lucía intentó recomponerse tras su pequeña charla pues su paisano tenía el poder de alterarla con facilidad. A pesar de que no hablaban demasiado el contacto visual cada vez era mayor y más confuso. Sergio abandonó el edificio y recibió el golpe de frío. Todo estaba blanco. Se detuvo para ponerse los guantes. Cuando quiso apartarse era tarde. El abeto corporativo de Hopper & Finch aterrizaba sobre él sin previo aviso. Quizá la fuerte nevada o la mala instalación provocaron el accidente que le dejó tumbado con una pierna aplastada bajo bolas y espumillón de tamaño considerable. Los curiosos se arremolinaron? pero nadie tocó nada por si acaso. Sergio era corpulento así que lo de moverle parecía no ser una buena idea y la pierna estaba cubierta por el árbol. Sentía dolor pero estaba tan perplejo que se dejaría hacer.

Su jefe en Hopper & Finch salió de entre el grupo de mirones y le indicó que no se preocupara porque la ambulancia acudiría junto a los bomberos. Cuando Lucía salió y se asomó expectante al corrillo de gente, el panorama le pareció sacado de una mala película navideña: chico guapo aplastado por un enorme abeto de empresa. Se hizo un hueco entre la gente.

-Sergio, ¿estás bien?- le preguntó en español.

-Pues ya ves. Creo que demandaré a Santa Claus- sonrió forzado y no había acabado de contestarla cuando tres operarios de emergencias levantaron el pesado árbol y le examinaron entre la muchedumbre, Lucía y el jefe de ambos. Se decidió su traslado al cercano Heathrow Hospital.

-Lucía, me gustaría ir a mí en persona acompañando a Sergio, pero en un día como hoy me resulta imposible –dijo su jefe mostrando su vena más inglesa y firme. – ¿Sería tan amable de hacer patria y acompañarle? –pronunció con tono de imposición.

Sergio montado en la ambulancia se preguntaba por qué no partían hacia el hospital, cuando Lucía azorada se subió con él.

-? ? ? ? ? ? Pero …- tuvo que admitir ? el herido perplejo por segunda vez en el día de Nochebuena.

Dos. El módulo de urgencias del Heathrow Hospital se encontraba excesivamente decorado para alguien atacado por un adorno navideño.

-¿Qué pasa hoy en esta maldita ciudad?- Se quejó Sergio mientras le montaban en una silla de ruedas y aguantaba con paciencia las risitas ahogadas de los del turno de urgencias cuando comentaban su caso.

– Es Navidad, Sergio.

-Ya, ya y me ha caído encima el peso del espíritu navideño – señaló enfurruñado.

Se miraron y comenzaron a reírse a carcajadas. Ninguno de los dos recordaba haberse reído tanto en mucho tiempo. Tuvieron que esperar un rato y descubrieron sorprendidos que debían ser los únicos en aquella ciudad iluminada que pasarían la noche solos y ajenos a su significado.

Atendieron a Sergio y media hora después iba escayolado y manejaba una muleta con cierta destreza ya que sus años en el equipo de rugby de la Facultad de Derecho le habían entrenado.

-? ? ? ? ? ? Acabo de rellenar estos formularios y nos vamos.- Le dijo a Lucía volviendo a sorprenderse de utilizar por unos instantes el casi olvidado plural.

-? ? ? ? ? ? Tranquilo, tengo programado el horno para que caliente el pavo dentro de dos horas. Hay tiempo.

La puerta de urgencias se abrió y como en un desembarco, varias ambulancias descargaron en medio de la sala de admisiones. Lucía y Sergio se apartaron sin poder despegar los ojos del grupo de camillas que habían irrumpido de pronto. Sólo se oía la clave “Choque múltiple” en boca de unos y de otros. La confusión era tal que ambos se ofrecieron para ayudar. Los servicios del Hospital no parecían ser suficientes. Aunque los protocolos desde el triste 7-J se habían mejorado, los veinte vehículos involucrados en el accidente y en un día tan señalado hacían todo más complicado.

Una hora después una pequeña representación de Hopper & Finch tomaba los datos de los que podían responder por sí mismos y tres horas más tarde eran recompensados con un caldo caliente y los más sinceros agradecimientos del personal del Hospital.

-Hola, chicos. Muchas gracias – saludó alguien en perfecto español.

– No hay de qué- respondieron casi al unísono.

– Soy Elvira del Valle, la Jefa de Enfermeras. Agradezco de todo corazón vuestra ayuda. Os hemos fastidiado la tarde. Lo siento. – y ambos se miraron.

– En realidad no teníamos planes. Además era nuestro deber.

Se despidieron al estilo hispano con dos sonoros besos y se disponían a salir cuando la Jefa de las Enfermeras les detuvo para proponerles algo que hacer en aquella noche tan especial que incluía una cena en buena compañía.

Tres. Las ventanas del pabellón infantil del Heathrow Hospital recogían en nieve artificial todo tipo de mensajes y símbolos navideños: muñecos de nieve, deseos de paz, felicidad, … Elvira les guió por el laberinto de pasillos y en poco tiempo eran presentados como los animadores que compartirían la Nochebuena con Anna, Nora, Tyron y Mathew, niños de entre 6 y 8 años que estaban ingresados por diversas enfermedades. Como los sanitarios estaban tan ocupados resultaba imposible que? pudiesen acudir a su cita con los niños, así que habían improvisado lo de los animadores. Los niños aquella noche tenían que disfrutar, no asistir a nuevas desgracias e incluso revivirlas.

Cuando se quedaron solos el interrogatorio no se hizo esperar: ¿Sois españoles? ¿Sois novios? ¿En qué trabajáis? Siendo abogados, ¿habéis metido a algún asesino peligroso? en la cárcel?

Mientras Tyron, el guapo niño negro que les observaba callado les espetó:

-? ? ? ? ? ? ¿Y no teníais con quien celebrar las fiestas, ¿no? Las Navidades son un asco, ¿ves Nora?- dijo dirigiéndose a la niña de ojos azules y pelo rubio recogido en una coleta.

El comentario produjo el silencio entre ellos.

– Nosotros tenemos padres ricos y no tienen tiempo para venir a vernos, ¿sabéis?- anunció resignada la otra niña pelirroja.

– Pero mañana vendrán con muchos regalos- señaló la risueña Nora.

-Pues que te traigan un riñón- le gritó Tyron a Nora, provocando que enmudeciera de nuevo.

– Oye, niño. Nada te da derecho a decir esas cosas. Habría que pedir para ti un corazón – le reprendió Lucía mientras sacaba a Nora y a Anna del comedor que empezaba a quedarse vacío.

Los tres contemplaron cómo las chicas salían.

– Tyron, debes ser más educado. Además es tu amiga. Tienes mucha suerte de tener amigos- dijo Sergio desde lo más profundo de su corazón. Tener amigos era de las cosas más importantes que existía en la vida. Él lo sabía.

Tyron hizo un aspaviento para demostrar su desacuerdo. Entonces, Mathew que había estado en silencio sentenció:

-? ? ? ? ? ? Tyron, ¿quién organizó tu fiesta de cumpleaños? ¿Quién te hizo aquel póster de hojas de otoño tan feo?¿Quién fue la única que no se rió de ti cuando te raparon la cabeza? Nora, Tyron, fue Nora.

Sergio miró a los dos niños que aprendían lecciones de la vida entre cuatro paredes asépticas con el único apoyo de unos hacia otros. ? Dejaron atrás la cena de Nochebuena y buscaron a las chicas, pero no había ni rastro. De la oscuridad al final del pasillo del pabellón infantil, Anna y Lucía salieron a su encuentro. Parecían inquietas.

-Tyron, se han llevado a Nora.

– ¿Cómo? ¿Qué ha pasado?

– Del choque múltiple ha salido un donante para ella- anunció Lucía desencajada. – Es muy peligroso- susurró a Sergio que también estaba preocupado.

– Quiero verla. Quiero verla- repetía Tyron al borde del llanto.

En carrera fueron a buscar a la Jefa de Enfermeras para pedir que se vieran. Costó convencerla pero dado que sus padres tardarían en llegar debido al temporal, podrían acompañarla en esos momentos previos a la crítica operación.

A pesar de contar con tan solo siete años, la serenidad de Nora impresionaba. Llevaba tanto tiempo esperando que lo tenía asumido. Cuando les vio sonrió sin un rastro de rencor y se lanzó a contar la aventura a la que se enfrentaba. Sergio y Lucía callaban emocionados por la entereza de los niños. Se despidieron y Nora dio un beso a Tyron dejándole en paz. Un “Pídeselo a Santa” fue lo último que Nora dijo a Tyron. Él sonrió y asintió firme.

Cuatro. La noche se hacía larga. Sergio se quedó con los chicos y Lucía con Anna. En un momento de la noche, las chicas recibieron la visita de dos niños y un adulto que había recuperado el brillo de su mirada, sacándolas en procesión y a oscuras hacia la ventana más grande del hospital.

Vieron caer la nieve y decidieron uno a uno pedir a Santa Claus sus deseos. Tyron no pidió nada para él, rogó porque Nora saliera bien de la operación. Lucía y Sergio se echaron una mirada prometedora llena de intimidad y en la penumbra se tomaron de la mano. Ambos recordaron a su mujer y su hermana fallecidas que les habían atado sin querer ? a la pena y poco a poco dejaron que se fueran.

Vétera

Filed under: Relato - Segundo ejercicio — Quioreng at 4:41 pm on Domingo, diciembre 27, 2009

Os voy a contar la historia de un país llamado Vétera, en el que todos sus habitantes vivían en plena armonía, era un lugar que había sido tocado por los Dioses con la bondad, el amor, el respeto y la abundancia. Todos tenían justo lo que necesitaban y no conocían la tristeza. Las leyes de Vétera eran dictadas por su presidente Nicolas Perellón que era un hombre muy justo con un gran equipo de consejeros, aunque el mejor de todos ellos, era su mujer Adaliz, que tenía la gran virtud de saber como ponerse en el lugar del otro. Adaliz era una mujer muy hermosa, tanto podría venir de un mundo de hadas, tenía una belleza etérea, y al contemplarla era como ver un día soleado después de un largo invierno, su piel era tan fina y tan blanca como el nácar. Su pelo azul, largo y abundante brillaba con reflejos plateados. No creo que se haya conocido un amor tan puro y generoso como el que sentía Nicolás por su mujer. Nicolás y Adaliz vivían en una gran casa con su hija, María, una niña muy bonita rubia como el sol y objeto de todas las atenciones del feliz matrimonio. Pasaron los años y en Vétera seguía siendo todo felicidad, pero un invierno, Adaliz contrajo una rara enfermedad que la fue consumiendo poco a poco hasta morir en los brazos de Nicolás. Una gran tristeza invadió a Nicolás, se le petrificó el corazón, causándole un gran dolor, un dolor que podía verse a través de sus ojos. Había perdido la ilusión por la vida. Se encerró en su casa sin querer ver ni tan siquiera a María. La tristeza del presidente se expandió por todo el país, y con ella, un profundo miedo a sentir amor y poco a poco los corazones de todos los habitantes de Vétera se convirtieron en piedra