Comentarios Sesión 6

Filed under: Creatividad - Tercer ejercicio — sindescanso at 4:04 pm on Lunes, enero 24, 2011

Rosario Ferré dice: “escribo para edificarme palabra a palabra; para disipar mi terror a la inexistencia”. Esa frase refleja con precisión lo que siento. Para saber si existo, para mí, escribir es mucho más poderoso que pensar. A través de la escritura desafío la soledad. Mis fantasmas se alejan, toman un descanso de su perpetuo tormento, tal vez exorcizados por el acto divino de la creación.

Stephen Vizinczey habla de los diez mandamientos de un escritor. Me parece curioso el primero: NO BEBERÁS, NI FUMARÁS, NI TE DROGARÁS. No tengo interés en las drogas o el cigarrillo, pero en mi caso, no hay nada mejor que una copita de ron puro para llegar a esos rincones de mi mente donde se albergan mis cuentos. Especialmente? después de? una jornada de trabajo intensa, analizando información, atendiendo reuniones, lidiando con problemas del día a día; en esos días, nada como una copita de ron.? Los personajes que se quedaron quietecitos (bueno, a veces no tanto) en sus armarios esperando? el fin? de la bulla diaria, salen muy elocuentes y empiezan a? contar sus? historias fantásticas. No hay nada como una copita de ron para empezar ese acto de magia.?

En «Cartas a un joven poeta», Rainer Maria Rilke aconseja? al? escritor? “dejar de mirar hacia afuera” buscando opiniones acerca de sus poemas, enviándolos a revistas literarias y comparando sus versos con los de otros. Rilke le sugiere que escudriñe dentro de su alma si de verdad siente ese deseo apremiante de escribir. De ser así, le invita a seguir adelante con sinceridad, humildad, intimidad. El texto me hizo reflexionar acerca de mis motivos para escribir. En realidad, desde hace un tiempo para acá, escribir se ha convertido en una obsesión y eso me preocupaba de alguna manera. Hasta que leí este párrafo. Tal vez lo que tengo es una vocación tardía que se está manifestando con una fuerza telúrica pero sana; eso espero.? ? ?

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Flota

Filed under: Creatividad - Tercer ejercicio — Val at 6:29 pm on Sábado, noviembre 20, 2010

Muchas ocupaciones,? tratan de ir en orden pero todo el tiempo corren y corren, quieren llegar a algún lugar pero no pueden pasar por la puerta porque son muchas, sólo corren y no llegan a ningún lugar; pensamientos, ritmos, complejos, pero ante todo la responsabilidad, esa que no deja que uno pare aunque en realidad no esté haciendo nada; llevo cosas de un lado a otro y nada. Habría que parar, habría que tratar de ver sólo una cosa, no todas las que vienen persiguiéndonos. Qué si me paro y hago una pirueta y otra y otra y bailo con la prisa, qué si en lugar de correr, bailo y después de bailar empiezo de nuevo. Qué si bailo con toda la responsabilidad y de pronto cambio de pareja y bailo con el tiempo y bailo y bailo hasta que me encuentro bailando sola sin tiempo, sin responsabilidad y de pronto encuentro un espacio, un delicioso silencio en el que todo se cumplió mientras yo danzaba con las notas que me molestaban. Entonces me invade una sensación de alivio de triunfo, sólo me dejé fluir y la corriente me llevó, mientras luché, nada y cuando floté, todo.

Música y evocación

Filed under: Creatividad - Tercer ejercicio — Sofia Moreno at 6:29 am on Domingo, febrero 21, 2010

Voy andando por una calle de Lima, Perú. Mis pasos siguen el compás de la música. Mi cuerpo se balancea agradablemente, pié izquierdo, pié derecho y vuelta a empezar. De pronto se oye solamente un instrumento aislado, el sonido es más sencillo, ya no tiene el ritmo electrónico y machacón que daba ritmo a mi caminar. Es el momento en que me detengo para mirar qué vende este hombre en un puesto de comida callejera. Hummm… ¡Qué bien huele! Algún tipo de tortilla típica y sabrosa. Lleva carne en hebras largas y verduras en trocitos, dentro de una masa blanda y calentita. Delicioso. Mi estómago lo agradece de veras. El sol calienta suavemente mi espalda. Hay gente a mi alrededor, que habla, discute, hace colas ante oficinas. Los coches pasan con afán anárquico a mi lado y a veces hay que saltar a lo que queda de la acera para no ser atropellado. Las paredes de los edificios están desconchadas y la acera ya no es más que un desvaído intento de delimitar espacios entre peatones y vehículos, hay perros sucios que parecen a punto de morir de inanición, pero la gente sonríe, oigo risas y esta música penetrante. Dios, ¡cuánto me gusta viajar, ver sitios y gentes que no conocía! Se oye español y también otros idiomas más sonoros y misteriosos para mi insulso oído europeo. Me gusta esta ciudad, me encanta este viaje. Veamos, voy a volver al hotel por otra avenida, para ver algo más. Ah, qué maravilla: estoy en América, tierra espléndida y exótica… (fin)

EL CALIFA DE GRANADA

Filed under: Creatividad - Tercer ejercicio — Alfonso at 9:09 pm on Martes, febrero 2, 2010

En la conquista de Granada por los Reyes Católicos la avidez de los cristianos por las riquezas del califato estuvo a punto de destruir muchas de sus maravillas. Solo una firme posición de sus nobles más cultos y prominentes logró descubrir y preservar grandes y pequeñas joyas de aquella cultura. Yo conseguí que no se destruyese su biblioteca y allí encontré el mayor de sus tesoros, sus libros. El último de los califas del reino de Granada Boabdil el Chico muy aficionado a la lectura y la escritura dejó numerosos y bellísimos cuentos. Este es uno de ellos y dice así:

En 1360 reinaba en Granada un califa de la dinastía nazarí llamado Abdel Alí que quiere decir “sirviente del más alto”, era joven y hermoso y vivía rodeado de todos los placeres que un hombre puede desear. Habitaba en un palacio de incontables aposentos, de selectos materiales y decorado con todo el lujo de Oriente. Su reino era extenso y fértil gracias a los avances en sus sistemas de regadío. Una agricultura floreciente y un comercio muy desarrollado daban lugar a una rica sociedad que adoraba a su califa. Un bellísimo harén se desvivía por su persona y una cuadra de los mejores caballos árabes? eran la envidia de todos sus guerreros que le apoyaban como una piña en la guerra con los cristianos heredada desde siempre, siéndole propicia.

Pero a pesar de todo el califa no era feliz y el Gran Visir y su consejo estaban preocupados. Por eso celebraban continuas fiestas en el palacio con música, bailes, artistas y comediantes pero el califa seguía triste.

Abdel Alí era un hombre muy valiente siempre al frente de sus huestes en las guerrillas que mantenía con los pequeños reinos cristianos de los alrededores. Era intrépido, audaz y valeroso hasta el extremo y había quien lo atribuía a su tristeza que le llevaba a no tener miedo a la muerte. En una de aquellas razias en territorio enemigo se encontraron con una comitiva de caballeros cristianos que escoltaban un carruaje muy lujoso. Los cristianos opusieron una resistencia feroz lo que le llevo a inferir que algo importante protegían. Además muchos de ellos preferían morir que huir, demostrando un gran valor. La batalla no duró mucho, al punto de que en breve tiempo los caballeros estaban diezmados. Fue entonces cuando surgió un grito de mujer del interior de la carroza clamando piedad. El califa que estaba a punto de matar a los pocos enemigos que quedaban ordenó parar la ejecución y se dirigió con curiosidad hasta el carruaje. Descorrió sus cortinas enérgicamente y descubrió a tres mujeres. Una de ellas elegantemente ataviada y de digna compostura parecía ser la señora y las otras dos sus damas de compañía. El moro le preguntó si pedía piedad por su vida y ella le contestó altivamente que era por sus soldados para quien pedía clemencia, no para ella. Esta muestra de entereza unida a su gran belleza le causó gran admiración, razón por la cual dejó irse a los soldados que quedaban ordenando custodiar la carroza a sus hombres hasta Granada. Este proceder era habitual pues cuando se prendía a algún personaje importante se le retenía con el ánimo de pedir un rescate por su libertad y la muchacha parecía ser una princesa de alguno de los reinos cercanos.

En palacio se le asignaron unas dependencias, acordes con su rango, debidamente guardadas y se mandó un emisario para negociar el pago del rescate. El califa gratamente impresionado por la belleza de la princesa comenzó a visitarla con frecuencia y ésta se mostró soberbia y orgullosa. No sé si fueron las buenas artes de Abdel Alí o el paso del tiempo que debilitaron la voluntad de la joven pero ésta fue paulatinamente comportándose de manera más dócil y agradable. Los meses fueron pasando sin recibir noticia alguna. De vez en cuando el califa mandaba algún emisario recomendándole que las negociaciones se hicieran siempre lentamente y que volviera antes de comprometer nada. Al cabo de un año las noticias eran que el padre de la joven había caído en desgracia y le había sido arrebatado el poder por unos familiares envidiosos. En tales circunstancias nadie estaba interesado en la libertad de la princesa y si alguien lo estaba no disponía de las circunstancias adecuadas para poder rescatarla. Belén, que así se llamaba la bella muchacha, languideció durante muchos meses hasta que perdida la esperanza de su libertad pensando en que tendría que quedarse a vivir allí para siempre o peor aún pudiera ser ejecutada si no pagaban su rescate, ante las atenciones del califa, decidió ser más seductora con él con la intención de ganarse su confianza y poder escapar.

El califa y la princesa paseaban diariamente por los jardines del palacio durante horas de tal manera que éste desatendió las fiestas, celebraciones y el harén.

El gran visir que de forma secreta deseaba ser el califa en lugar del califa intrigó en el consejo y estos se mostraron molestos con la actitud del rey árabe.

Abdel Alí confió su amor a la princesa y ésta que a estas alturas había sucumbido a sus encantos le contó su nostalgia por los reinos de Valencia y su familia. El ordenó plantar inmediatamente miles de naranjos alrededor del palacio y la ciudad y la informó de la situación de su familia. Ella no quería creerlo y pensó que se trataba de una añagaza para lograr que se quedara con él. Para poder convencerla el califa se comprometió a ir con ella a su reino convenientemente disfrazados para que viera la situación por sus propios ojos. El consejo puso el grito en el cielo y el enamorado fue tachado de irresponsable. El gran visir por el contrario no puso demasiadas objeciones.

El califa y la princesa abandonaron el palacio de Granada por un pasaje subterráneo con unos pocos fieles y llegaron a los reinos de Valencia haciéndose pasar por moriscos pasando por numerosas vicisitudes en las que a punto estuvieron de descubrir que era un califa enemigo. Allí entraron en contacto con un familiar de Belén que le informó de la muerte de su padre. Era a su padre al que tenía más afecto, pues su madre había muerto en su alumbramiento y ahora era una madrastra la que ocupaba su lugar; madrastra que nunca demostró su amor a Belén. Sin hermanos en los que confiar fue una tía hermana de su padre la que le contó el secreto de la familia. Belén fue concebida por su padre con una bella mora secuestrada en las guerras de al-Ándalus; por lo tanto Belén era tan cristiana como árabe. De repente la joven quedó sin lazos de unión con todo lo que había sido su vida y ante ella se abrió un futuro abismal. Abdel Alí aprovechó para pedirle matrimonio y asegurarle una vida de amor y confort. Belén que amaba al califa solo le exigió ser su única mujer.

Volvieron raudos a Granada y al llegar a sus proximidades un pequeño ejército de fieles soldados le aguardaban para avisarle que el gran visir se había hecho con el poder y no era conveniente acudir a la ciudad pues sería apresado y muerto. Con gran dolor de su corazón tuvo que admitir que así era y que de momento tenía que renunciar a Granada. Ahora que había conseguido el favor de la bella Belén perdía a su otra amada, Granada.

Cabizbajo y meditabundo se va el rey de Granada acompañado de sus leales soldados y su querida Belén. Alto ha sido el precio que ha tenido que pagar por el amor.

A paso lento va el califa

Triste y contrito

Mucho le costó ganar un amor

Y que poco perder un reino

Belén le consuela su dolor

Y él llora por su sino

A paso lento va el califa

Triste y contrito

Detrás queda su vida

Delante su destierro

En una loma para y mira

El ocaso de Granada

Solo Granada merece ser vivida

Solo Belén merece ser amada

A paso lento va el califa

Triste y contrito

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Durante varios años vivieron en el norte de África en el reino de un amigo de Abdel Alí. Allí se casaron, Belén pasó a llamarse Fátima, tuvieron hijos y el califa fue feliz aunque el recuerdo de Granada nublara esa dicha.

El gran visir gobernó Granada con mano de hierro y poco a poco fueron muchos los que comenzaron a echar de menos al antiguo rey. El califa fue recibiendo numerosas muestras de lealtad cada vez más importantes hasta que tres años después decidió con sus huestes y el apoyo de su califa amigo reconquistar Granada donde fue recibido con cálidas muestras de cariño de la población y muy poca resistencia.

Desde entonces Abdel Alí y Fátima vivieron en Granada hasta su muerte gobernando sus descendientes hasta Boabdil el Chico; el califa que entregó llorando su reino a los Reyes Católicos.

Travesía vital

Filed under: Creatividad - Tercer ejercicio — carla at 10:22 pm on Lunes, febrero 1, 2010

Llevaba en las maletas lo imprescindible: sus fotos más queridas, algo de ropa y su música favorita que le ayudaría a concentrarse mientras volvía a ensayar.

Nueve meses después se sentía con fuerza. No recordaba nada desagradable. Solamente la cicatriz de su rodilla y el ligero corte en el codo quedaron como pistas.

En el exterior, las casas y los árboles? se sucedían en el paisaje conocido para él pues lo había contemplado muchas veces desde su caravana.

Cerró los ojos y las imágenes escondidas en lo más recóndito de su mente salieron a la luz y se tornaron fantasmagóricas, surrealistas, oníricas: la mano que le fallaba, las piernas que le temblaban, la caída que sucede. El grito del público. Sobresaltado, abrió los ojos con fuerza. Ante él de nuevo se mostraron las casas y los árboles. Aquel día además, ? el cielo gris.

Reflejado en el cristal pudo ver a la gente arremolinándose alrededor de él, asustados, lívidos. ? La imagen, de pronto, ? se vio rota por una pareja con un niño que se acomodó en su departamento. El niño no paraba de tirar de la chaqueta de su madre. El padre le tuvo que llamar la atención hasta que como él, deparó en su vecino de asiento.

-? ? ? ? ? ? ? ? ? Pero mira Karen, ¡es el Gran Rossini¡- y ambos le reconocieron enseguida.

-? ? ? ? ? ? ? ? ? Sí, papá. Deja que me siente con él, por favor. Prometo no ser pesado. – Rogó el niño con cara angelical.

-? ? ? ? ? ? ? ? ? No hay problema. Me han pillado. – Sonrió el descubierto Rossini,? sinceramente agradecido por la interrupción.

El resto del viaje se desarrolló entre historias y anécdotas del mundo del circo. La lesión que el Gran Rossini sufrió unos meses atrás no ocupó ni un minuto cuando se enteraron de que volvía a casa, al Circo Rusten.

Les ofreció unas plazas para la función que quisieran y se despidió como tan sólo él sabía hacer: con una mano desde una postura ? agitándose en el aire, aunque esa vez desde un andén.

Cuando llegó a Búfalo,? su familia circense y un gran número de curiosos? aplaudían y celebraban la vuelta del Gran Trapecista que dejó en aquel tren sus miedos y malos recuerdos para siempre.

Detrás del velo.

Filed under: Creatividad - Tercer ejercicio — Carminacd at 3:37 pm on Lunes, febrero 1, 2010

Ella baila una danza árabe, sensual, abrazadora, sobre el escenario de la “Feria de las Colectividades” en la ciudad de Rosario donde se desarrolla cada año durante el mes de noviembre.

Es un espectáculo al aire libre, se está terminando la primavera y los días y las noches son apacibles y cálidos. El río marrón del cual no se divisa la otra orilla y que ahora no se ve porque ya es de noche, se puede adivinar como marco del espectáculo. El cielo está exageradamente iluminado por las luces del evento que fue creciendo con los años y la experiencia.

Ella sabe que detrás de las babuchas de seda y tul, del corpiño brillante y delicado, detrás del velo fingido del disfraz que lleva puesto y debajo del tul que le cubre los cabellos negros y lacios, existe toda una cultura casi desconocida para ella pero que la lleva en su sangre.

¿Qué puede significar para la bailarina sobre el escenario el verdadero velo? ¿el caminar detrás del esposo? ¿el taparse desde el cabello hasta los pies, sin trasparencias? ¿el maltrato por pensar diferente? ¿el ácido que deforma y consume las facciones femeninas que osaron actuar fuera del sistema, fuera de la ley divina?

La danzadora sobre el palco escénico perdió su identidad por la distancia, los años que llevaba alejada de sus raíces, la falta de interés por conocer la cultura de la que habían bebido sus antepasados, la frivolidad.

El ojo del viento

Filed under: Creatividad - Tercer ejercicio — Quioreng at 5:13 pm on Domingo, enero 31, 2010

Lo había conseguido. Tenía que llegar de inmediato a la calle azahar, antes de que se dieran cuenta. Corría sin descanso.? Si seguía a ese ritmo? llegaría en? pocos minutos. Mierda, ya están aquí.? Vi? a uno de los hombres de Zago? que venía hacía mi. Giré la? primera? calle y? en la segundo cruce me encontré con el zoco.? Decidí cruzar por el mercado, me sería fácil hacerme invisible,? estaba atestado de gente. Se mezclaba el olor a sudor, con otros de especias, te, y el de comidas rápidas, típicas de la región que ofertaban varios tenderetes improvisados, ignorando toda higiene, y que se extendían a lo largo de toda el recorrido.

No era la mejor elección para llegar lo más rápido al otro lado de la ciudad, pero si la única que me daba alguna posibilidad de alcanzarlo viva. No quería mirar atrás. Jadeando del esfuerzo, avanzaba todo lo ? deprisa que me permitía el ir y venir de la gente.? Si conseguían alcanzarme era una mujer muerta, o algo mucho peor.

Giré un momento la cabeza y pude ver que aún me seguían. Apreté el ritmo, atropellando a mi paso todo el que se ponía por delante, apenas me quedaban 15 metros para salir del barullo, y por fin podía ver el coche donde me estaba esperando mi contacto. Mis perseguidores ganaban terreno. Tenía que? llegar, tenía que llegar, pensaba. Pero arrollé a una anciana y se acortó la distancia que me separaba de la fatalidad. Estaba perdida. Alguien me agarro del tobillo. No entendía nada. Forcejeé intentando desasirme y miré hacia el suelo, pero no sabía de donde venía la mano. Entonces me empujaron, dejé de notar tierra bajo mis pies, y caí hacia abajo. Me di un buen golpe, dolió mucho pero no tenía nada roto. Me encontraba en una galería donde todo estaba muy oscuro, pero no había nadie.?

? Estaba demasiado alto para salir por donde había llegado, y podía distinguir algo que parecían unas antorchas un poco más adelante? así que decidí avanzar hacia la luz. Según me acercaba a las antorchas empecé a escuchar una música. Era envolvente, muy alegre me recordaba a una colección de cuentos de lugares exóticos que me leía mi abuela para dormir. Me sentía irremediablemente atraída por la música. Tenía que? descubrir de donde procedía. Ni siquiera me paré a pensar en que pudiera pasarme algo. Me olvidé de que me perseguían. Ni siquiera pensaba en quién me había empujado y que podía ser una trampa. Sólo seguía avanzando a través de las galerías hacía ese sonido tan especial.

? Por fin después de un recodo había una sala de donde venía la música. Nadie notó mi presencia cuando entré en ella. Hombres, mujeres y niños hacían círculo en torno a una mujer bellísima que bailaba al son de la música. La bailarina movía su cuerpo como si hubiera perdido el esqueleto, giros y contornos imposibles para que sonaran los adornos que colgaban de las costuras de su falda. Se acerca y se alejaba mirando fijamente, haciendo el círculo humano que rodeaba su espectáculo. Con esos ónices, profundos, pintados al estilo egipcio que parecían prometer una vida de sueños, de pasiones y? maldiciones. Una vida de aventura continúa. Libre.?

Pero se le escapó un deseo de? sus ojos cuando paró un poco más de un instante delante de un espectador. Y se convirtió en una vida de cuentos exóticos. De aquellos con princesas que se enamoraban de forasteros de países lejanos, que me leía mi abuela cuando yo era pequeña.? Disfruté muchísimo aquella noche en esa sala al final de las galerías, me sentí como en uno de esos cuentos. Fui la bailarina y el espectador en mis sueños. Recordé? sus vidas por un momento, mágico, y fue como si las hubiera vivido. Después de ese espectáculo hubo otros muchos. Magos, malabaristas, cuentistas y se dio una gran fiesta, con bailes, comida y bebida para todos.

Nunca supe quien me empujó a las galerías, ni que se celebraba, ni siquiera como al día siguiente amanecí? tumbado en un parque, pero así fue como salvé la vida y recuperé el diamante de la tribu del tatarabuelo. La joya con la talla más precisa y más perfecta del universo, la más hermosa que jamás se ha visto.

El ojo del viento.

Embrujo

Filed under: Creatividad - Tercer ejercicio — Alicia at 4:33 pm on Domingo, enero 31, 2010

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?

? Embrujo

La música es el puente

entre nuestros sentidos

y el espíritu.

Ludwig van Beethoven

Nunca nada más cierto. Nunca algo más acorde a mis vivencias, a partir de esta noche que presiento especial.

Sentado a la barra, con el hielo tintineando en mi vaso tembloroso,? ? dejando a los decibeles meterse avasallante y tenazmente hasta impregnar mis neuronas, enfoco mi mirada abarcando el lugar.

Está oscuro. Tanto que me cuesta acomodar mi astigmatismo; al fin lo logro.

Te veo opacada entre las luces y el humo, entre las figuras que se desplazan al unísono como impulsadas por quién sabe que conjuro.

Los aplausos y las voces se diluyen ? frente a esta vorágine que me conduce inevitablemente a ti. Te miro desde lejos y me siento atraer hacia ese torbellino de color y de magia que te envuelve y sin embargo, no me muevo.

Tus brazos imitan los rayos de un sol en movimiento y ondulas rítmicamente el cuerpo, mientras tu sonrisa se transforma en una carcajada sonora, atrapándome.

El resto de las sombras te cubren y te sueltan, te alcanzan y te liberan y logro descubrir en un instante tu mirada en mis ojos. Se aceleran mis latidos hasta casi asfixiarme y capturo los sonidos dejándome llevar…

Inicio un movimiento tambaleante y me lanzo. Una nebulosa plateada me engulle y me arrastra entre el calor y tu risa que presiento más cercana.

El batir de palmas crece en cada acento y mezclado con el vodka tu aliento me insufla un soplo de pasión. Percibo un sabor dulzón entre los labios y me muerdo para comprobar que estoy despierto. Lo confirmo.

Las notas se entrelazan en cada uno de mis dedos mientras los violetas y los fucsias, los naranjas y los magentas, los verdes y ? los añiles incrementan mi ansiedad.

Cruzo este puente tan real que me convida y me contiene y te hago más cercana. La música me aísla y me posee.

El roce de tu cuerpo me colma por entero. Mi espíritu se eleva y en este sortilegio, en tus brazos me convierto en una sombra más.

“De viajes y viajeros”

Filed under: Creatividad - Tercer ejercicio — Corina Harry at 3:22 am on Domingo, enero 31, 2010

“¡Cabello demasiado largo para ser varón!”, diría mi abuela, siempre tan apegada a los mandatos ancestrales. Aro en la oreja derecha. Las? manos en la cintura. Hartazgo en la mirada. Demasiado calor para ser primavera. Sandalias tipo franciscanas. La manga de su camisa blanca de hilo, absorbe el sudor que brota de su frente. Demasiada humedad para la montaña. Anteojos color caramelo porque filtran el sol sin oscurecerte las cosas. Es posible. No me preocupa. Me preocupa que siga pasando el tiempo y nada se haya decidido. ¿Quién decide? Nadie lo dijo. Sigo esperando. La mano derecha se eleva, su mirada se encuentra con el pesado reloj pulsera que la manga de la holgada camisa blanca de hilo escondía. “¡Cabello demasiado ondulado para llevarlo largo!”? Tampoco me preocupa. Me sigue preocupando que siga pasando el tiempo y no se haya decidido nada. Todavía no se dijo quien decide y sigo esperando. El agua mineral de la botella de plástico ya está caliente. Es un asco. No se puede tomar. No hay otra cosa. No es mi culpa. Yo no tengo nada que ver. “¡Demasiadas canas para un cabello ondulado!” ? Las canas no tienen nada que ver con el pelo. Tienen que ver con la edad. El agua caliente no me hidrata. Paciencia. El pavimento está tan caliente que si se mira fijo, da la sensación de que se mueve. Si se mira hacia lo lejos, parece que estuviera mojado, y si miras más allá, ya no hay pavimento. Se termina el camino. No me había dado cuenta. A lo mejor no se termina. A lo mejor hay una curva o una cuesta hacia abajo y por eso no se ve el camino. Debe ser eso. No se ve porque es una cuesta. Cuando lleguemos allá, seguro que se ve la cuesta… o un precipicio. Si a lo lejos hay montañas, no puede haber un ? precipicio. El precipicio no existe. Casi seguro que se trata de una pequeña cuesta abajo seguida de una cuesta arriba, que lleva a las montañas de allá a lo lejos. El antebrazo de la manga de la holgada camisa blanca de hilo, está empapada del sudor y de la grasa que brota junto al sudor de su frente. “¡Demasiado varonil para llevar el pelo atado”!? Una nube blanca, tapa por unos instantes el sol que recalienta el pavimento y el motor del micro. “¡Gracias nube! ¡Quédate ahí, por favor, nube! ¡No te muevas! ¡No te vayas!” ? Somos catorce arriba del micro. Catorce. Los conté dos veces seguidas. Al rato los volví a contar. Tengo hambre. Tengo sed. Tengo sueño. Anoche no dormí muy bien. No fue gracioso que me hicieran beber tanto. No tengo la costumbre de beber. Mi hígado no se hizo para soportar tanto alcohol. Al otro día me levanto de mal humor, con aliento a muerte y con los ojos hinchados. Hoy me levanté de mal humor. Tengo hambre. Tengo sed. Tengo sueño. Es difícil, al menos para mí, dormir en una cama que no es la mía. Es difícil, al menos para mí, dormir si tengo hambre y sed. Tengo hambre, tengo sed y tengo sueño. Lo único que puedo hacer es dormir. El agua de la botella de plástico está caliente y comida no hay. Del otro lado de la montaña nos esperan con el almuerzo. Entonces no puede ser precipicio. Nadie lo dice, pero seguramente se trata de una cuesta que baja y después sube. Porque si fuera un precipicio el micro no hubiera venido por este camino. A lo mejor se equivocó de cartel y tomó el camino errado. Porque no se ve que pase ningún auto, ningún micro, nadie de a caballo o en bicicleta o caminando. A la manga de la camisa blanca de hilo, empapada de sudor y grasa que emana de la frente, se le suma el polvo de la tierra que se empezó a levantar por culpa del viento que, no solo se llevó la nube blanca, sino que trajo nubes grises y llenó de tierra los ojos de todos los que los tenían abiertos. Y a quienes los tenían cerrados, les llenó la nariz? y la boca. El hombre que roncaba en el fondo del micro se despertó cuando sintió la aspereza de la tierra seca en su igualmente seca garganta. Cierro la ventanilla. El viento hace tambalear el micro con las catorce personas dentro. Me preocupa que siga pasando el tiempo y nada se haya decidido aún. ¿Quién decide? Nadie lo dijo. Sigo esperando. ¿Cuánto más hay que esperar? Las gotas de lluvia son un alivio. Abro la ventanilla. La vuelvo a cerrar. No es agua, parece barro. No cae granizo y sin embargo el chasis del micro se abolla al recibir el impacto de cada gotón que se precipita sobre nosotros. El hombre de la garganta seca baja del micro desoyendo las órdenes del de? “el cabello demasiado largo para ser varón”. Y pese a que lo esperamos durante bastante rato, no volvió al micro. Una mujer que amamantaba a su hijo recién nacido, le dio de mamar también a su otro pequeño, que si bien había dejado el pecho hacía más de un año, no dejaba de llorar por la sed que sentía. El parabrisas se cubrió de lodo. Las ventanillas chorreaban lodo por fuera y sudor de encierro por dentro. Un hombre de mediana edad sugirió que cuando parase la tormenta de lodo todos los varones deberían orinar el parabrisas porque si no, no se iba a ver nada y el chofer no iba a poder manejar. De acá solo nos sacan con una grúa. Con que vea el de la grúa, alcanza y sobra. El micro comenzó a moverse en reversa. Giró sobre sus cuatro ruedas mientras avanzaba por donde habíamos venido, o al menos eso es lo que parecía. Nunca se supo cuantas veces el micro giró sobre sí mismo. Se perdió la cuenta y la calma. Los inútiles y consabidos gritos de siempre, no alcanzaban a mitigar el miedo provocado por estar dentro de una caja de metal con cuatro ruedas, sin saber hacia donde nos estábamos dirigiendo. El hombre de la garganta seca probablemente estaría a unos cuantos kilómetros de nosotros. ¿Seguiría vivo o se lo habría literalmente, tragado la tierra? Me seguía preocupando que siguiera pasando el tiempo y nadie decidiera nada. La espera estática se convirtió en una espera de movimiento vertiginoso y descontrolado. ¿Alguien va a tomar una decisión? Nadie lo dijo. Sigo esperando. Sigue en pie la propuesta de orinar el parabrisas. Pero ¿Cuándo? Cuando el micro se detenga. Se podría intentar hacerlo antes; buscar la manera. Al menos se vería qué estaba sucediendo afuera. Mejor no ver. Ya nos vamos a enterar. Orinas ahora y al segundo, al parabrisas lo vuelve? tapar el lodo. Es un desperdicio. Que a nadie se le ocurra abrir las ventanillas. Seguimos girando. El barro no cesa de caer. Las luces internas del micro no funcionan desde que se apagó el motor por vaya a saber Dios, qué avería se produjo por recalentamiento. El micro se detiene. Contrariamente a lo que se podría creer, en lugar de tranquilidad, se generó una inquietud aún más profunda. De esas que desafían el carácter, la templanza y la coherencia. No se sabe donde estamos, ni qué es lo que sucede. Alguien propone abrir la puerta. Otro se lo prohíbe. No se sabe lo que? hay afuera. ¿Quién debería tomar una decisión? ¿El chofer? ¿Algún pasajero experto? Experto ¿en qué? ¿Quién puede ser experto en micros naufragando en medio del lodo? Sigo esperando. El tiempo ¿sigue pasando o se ha detenido? Nadie lo dice. Tampoco se miran los relojes pulsera. Nadie tiene celular. Se nos ? dijo que no lo lleváramos, porque donde se iba no había señal. ¿Nos seguirán esperando con el almuerzo detrás de aquellas montañas? ¿Existirán todavía las montañas? ¿O será ese lodo que en forma de lluvia despiadada estuvo cayendo sobre el micro todo este tiempo? Alguien se suma al pedido de abrir la puerta. Alguien se suma a la prohibición de abrirla. El chofer dice que no sabe que es lo que se debe hacer en estos casos. Nunca le dijeron. Sigo esperando que alguien tome una decisión. ¿Cuál? No se. ¿Quién? Tampoco. Tengo hambre. Tengo sed. Tengo sueño. El agua de la botella de plástico está caliente y comida no hay. Estamos demasiado lejos de la montaña detrás de la cual nos esperaban con comida. Usted sepa disculpar las molestias de haberlo traído hasta aquí, pero hasta que alguien no tome una decisión, voy a dormir un rato.

EL DJEMBÉ

Filed under: Creatividad - Tercer ejercicio — NADDIA at 10:02 pm on Sábado, enero 30, 2010

Desde pequeña había hecho sonar todo tipo de objetos enervando a familia y extraños. Su madre la llamaba “la rítmica” porque en medio de cualquier conversación empezaba a oírse un soniquete de fondo que al principio nadie identificaba y que podía ser un tenedor contra la pata de la mesa, un vaso, un cenicero, una botella, otro tenedor… Todos acababan atendiendo más al sonido que a la conversación. Pero ¿qué es eso que se oye? – decía su madre. Yo creí que era la tele – apuntaba otro. Durante toda su infancia habían quebrado su libertad de expresión y eso había mermado su capacidad creativa, pero en cuanto fue mayor de edad se compró una batería y con un grupo de amigas que aportaban flautas y guitarras, ensayaban todos los sábados en un bajo alquilado a las afueras de la ciudad. No era frecuente que las mujeres formaran grupos musicales, así que no tuvieron mucho éxito y las amigas acabaron por dispersarse. Cada una fue a estudiar a un lugar diferente y ella quedó a solas con su batería y con la sensación de ser un bicho raro.

Se fue a África cuando sólo iban a aquel continente los misioneros y allí se reencontró con los tambores aunque tuvo que ser autodidacta porque ningún hombre se hubiera rebajado a enseñar a una mujer. Los sonidos africanos se metieron en sus tuétanos y acabó tocando el djembé con gran maestría. Con el tiempo los nativos acabaron respetándola por su trabajo como médico, enfermera o adivina. Aquella extraña mezcla hacía que la consideraran algo especial.

Fueron años mágicos aquellos de África y se hubiera quedado allí para siempre si no fuera por un correo que la informaba de la grave enfermedad de su madre. Volvió a su país y aunque su madre no duró mucho ya no era el momento de regresar. Mezcló la batería con el djembé y empezó a juntar los sonidos que bailaban en su cabeza. Volvió a trabajar de enfermera y sus ritmos la ayudaban a llevar mejor los días, los meses, los años…

África se fue arrinconando en la memoria cada vez más viva y más lejana aunque había momentos como éste, en la cola del centro comercial, en que una música machacona la transportaba a otro ? lugar, a otro tiempo y se juraba que al volver a casa desempolvaría el djembé y cambiaría de continente una vez más…