¡Gracias, San Valentín, patrón de los enamorados!

Archivado en: Microrrelato: Segundo ejercicio — Sofia Moreno at 12:26 am on Miércoles, Marzo 3, 2010

Mmmm… Qué bien huele a café… Me desperezo y abro al fin los ojos. ¿Cómo? ¿Pablo no está? Qué raro. Me ha dejado el café preparado encima de la mesa de desayuno. Qué cielo. Añado la leche descremada. Riquísimo. Suena la llave en la cerradura. Pablo entra, sonriente. Lleva pan recién horneado, un lujo. Desayunamos. Dicen que la gente feliz no tiene historias que contar. Creo que no es cierto.

Es día de trabajo así que él se va. Yo trabajo en casa. Enciendo el ordenador y compruebo mis tres cuentas de correo electrónico, para ver si algún cliente me pide una traducción. Nada.

¡Maravilloso! Me deslizo entre las sábanas arrugadas, un buen libro entre las manos. Leo y me vuelvo a dormir. Me despierto sobre las 11 y me coloco bajo un potente chorro de agua caliente. La sensación de la ducha es reconfortante. Vuelvo a comprobar el correo: de nuevo, nada. Estudio las direcciones a las cuales debo ir para presentarme y ofrecer mis servicios. Llevo un traje chaqueta serio y profesional.

Paseo en coche durante cuatro horas. Visito a unos 10 clientes potenciales. Todos han sido amables y han aceptado mi tarjeta de visita y mis explicaciones. Esperemos que me llame alguno.

Regreso y como algo. También limpio la cocina y plancho. Ah… Por fin me puedo sentar a descansar un rato. Entra Pablo: “¿Otra vez descansando? Menuda vida de lujo que llevas.” Si yo te contara.

Después de cenar, le explico la situación. Soy trabajadora independiente y aunque busco nuevos clientes, apenas si tengo ingresos porque ahora hay muy poco trabajo.

“No te preocupes, cariño. Por ahora con lo que yo gano nos apañaremos.” Odio ser una mujer mantenida, pero en otros tiempos, yo pagaba las vacaciones y un montón de cosas más. Tendré que aceptar. Menos mal que él no se regodea. Está bien, reducimos gastos y salimos adelante. Voy a apagar la luz, pero antes, él me dice: “¿No te has enterado, verdad? Hoy es San Valentín, el día de los enamorados.”

Mil globos y un corazón

Archivado en: Microrrelato: Segundo ejercicio — papeles mojados at 7:39 pm on Lunes, Marzo 1, 2010

Nunca celebramos el día de San Valentín. Entonces, decía que eso eran tonterías, el día del Corte Inglés. Pero el tiempo ha pasado, y el 14 de febrero fue San Valentín, y recordé que nunca lo habíamos celebrado. Y lloré desconsoladamente. Sí, ¿verdad qué bobada? ¿Sabes? Ese mismo día, pasé por delante del Corte Inglés, habían colgado un gran corazón rojo formado por mil globos. ¡Vaya horterada!-hubiéramos dicho riéndonos, en su momento.

Algunos vendedores ambulantes ofrecían rojas rosas a las parejas. Ninguno me paró, claro, iba sola. Y seguí recordando que nunca me habías regalado flores, ni siquiera para mi cumpleaños.

Sonaba una estridente música y los enamorados bailaban; yo aceleré el paso y me metí en el metro camino del trabajo.

Hacía frío cuando volvía a casa, era de noche, y ya no había música, ni transeúntes bailando, ni indios vendiendo rosas y los mil globos que formaban aquel enorme corazón estaban desinflados, explotados, pinchados, por el suelo, pisoteados… como mi corazón.

Pero hay algo que siempre recordaré y es que nunca celebramos el día de  San Valentín.

 

EL TIC TAC DEL RELOJ SOLAR

Archivado en: Microrrelato: Segundo ejercicio — NADDIA at 10:33 pm on Lunes, Febrero 22, 2010

A pesar de haber estudiado una carrera de ciencias, se había decantado por una tesina histórica para su graduación y acudía a diario a los Archivos de la Catedral. Cada día, cuando atravesaba el claustro, se adentraba poco a poco en otro tiempo y pensaba que si Dios la había guiado hasta aquellos sagrados muros era porque algo la esperaba allí dentro. El reloj de sol no se equivocaba nunca aunque a veces no marcaba porque, el sol era escaso por aquellos parajes. Fue en aquel mismo claustro donde se enteró de que San Valentín había muerto. Qué raro, pensó, yo creía que todos los santos estaban ya muertos. Se preguntó cuál de los San Valentín del santoral se habría convertido en el santo del amor ¿sería porque era muy enamoradizo o porque nunca se había comido un rosco? Quizás lo segundo. Ella prefería al San Antonio de la Catedral con el que hablaba todos los días.

Una mañana cualquiera, una mujer a la que solía ver rezando le preguntó: ¿tienes pareja? Ella respondió que no. Pero tienes vocación de casada ¿verdad?, volvió a preguntar la mujer. La chica no supo qué responder… supuestamente sí… Sonrió. Aquel día entró temprano en el Archivo. Muntaner ordenaba carpetas según las indicaciones del archivero. Ella se agenció los legajos que llevaba varios meses transcribiendo y aquel muchacho la miró. En realidad, nunca se habían mirado. Ella sabía su apellido porque el archivero así se dirigía a él, pero en aquel extraño día en que San Valentín había muerto, ya no había motivo para la timidez. Cuando el archivero salió a hacer unos recados, Muntaner y ella se acercaron uno a otro como atraídos por una fuerza externa que los empujaba. Se besaron sobre los legajos del siglo XIX que versaban sobre un abad francés que había vivido en la Catedral, un monje nombrado Canónigo por Fernando VII y después perseguido por los satélites de Napoleón. Hicieron el amor en el suelo de madera oyendo crujir cada tablón y temiendo que el archivero apareciera en cualquier momento, pero no apareció y al orgasmo turbulento le siguió un atontamiento del que sólo salieron al oír pasos en el claustro. Se vistieron apresuradamente y volvieron a sus actividades. Al archivero le extrañó que Muntaner no hubiera terminado todavía el trabajo que le había encomendado, pues siempre le asombraba su presteza. Al día siguiente ella volvió al Archivo con el corazón bombardeándole la tráquea. Se preguntaba si sería capaz de intercambiar palabras con aquel chico silencioso, de averiguar su nombre y pronunciarlo mil veces, cincuenta mil, sin cansarse, si podría mirarlo a los ojos y si podría amarlo.

Muntaner no volvió al Archivo ni aquel día, ni al siguiente, ni ninguno más. Había desaparecido. Algún tiempo más tarde el archivero comentó que había vuelto a su ciudad de origen, que se le había acabado la beca aunque le había parecido raro que se fuera de forma tan repentina. Ella no se extrañó, el amor de un día tenía sus riesgos y sus miedos. Muntaner posiblemente había huido despavorido. Fue una pena, le hubiera gustado retenerlo a su lado por un tiempo, pero supuso que si San Valentín había muerto, no podía esperar nada diferente.

Como siempre

Archivado en: Microrrelato: Segundo ejercicio — carla at 11:01 pm on Domingo, Febrero 21, 2010

Catorce de febrero. Por fin. Me peiné con raya al lado como a ti te gusta. Me enfundé en el traje azul tan parecido al que llevaba cuando nos conocimos en el Baile de los Enamorados de tu pueblo. Cuando me viste aparecer sonreíste y no dejaste de mirarme hasta que me decidí a sacarte a bailar.

 

Busqué la corbata que me regalaste por mi cumpleaños, la de seda. Saqué el pañuelo que trajiste de Italia, de aquel viaje que hiciste con tu hermana que al principio no me hizo mucha gracia. Está como el primer día y me he hecho el nudo centrado, como tú me enseñaste.

 

Mi imagen se reflejó en el espejo. Me gustó mi aspecto y sonreí. Cogí la cartera y las llaves y salí hacia la floristería donde compré el ramo de rosas rojas más grande y más oloroso.

 

Elegante e impaciente llegué al umbral. Había bastante gente. Muchos visitantes y también fijos que encontraba cada día.

 

Retiré las flores secas y coloqué el ramo tan espectacular sobre tu tumba. Ya hacía siete años que celebrábamos así el Día de los Enamorados, pero yo me puse tan nervioso como siempre.

Como por encanto

Archivado en: Microrrelato: Segundo ejercicio — Carminacd at 6:41 pm on Sábado, Febrero 13, 2010

-          Has perdido el interés por mí.

-          Amor, a veces yo también me siento en crisis y no tengo ganas de escribir muchas cosas.

-          Cuando no me escribes o no me llamas o dices que no puedes encontrarte conmigo, yo no pienso que de verdad no puedes, sino que dedicas tu tiempo a otra.

-          Amor mío, dime si todavía piensas en mí mientras haces el amor con él.

-          No puedo quitarte de mi cabeza. Pienso siempre y solamente en ti.

Y, como tantas otras veces, la comunicación quedó trunca allí. Pero al día siguiente, de nuevo el teléfono sonó a la misma hora y ella, como cada mañana, con el corazón desesperado, respondió.

                            – ¡Hola!

                            – ¡Hola, amor mío!

                            – ¡Mi amor! No sabes cuánto te extraño. 

                            – Te deseo tanto, mi amor. Quiero hacerte mía aquí, en mi consultorio. ¿Harías el amor conmigo mientras hay gente esperando afuera?

                            – ¡Sí, mi vida! Todo lo que tú quieras.

                           -          ¿Aún eres mi amante oficial?

                           -          Amor, lo que tú digas, depende de ti, lo decides tú.

Y, como tantas otras veces, la comunicación quedó trunca allí. Ni un “Feliz día de los enamorados” ni una rosa ni un bombón. Pero ella sabía que el lunes siguiente, como si el tiempo no hubiera pasado, como si siempre fuera parte del mismo mágico momento de escuchar su voz; él le hablaría y todo volvería a ser un cuento de hadas a su alrededor.

LA CITA

Archivado en: Microrrelato: Segundo ejercicio — Alicia at 7:40 pm on Jueves, Febrero 11, 2010

 

LA CITA

 

-   Me pondré una blusa rosa con alforzas y una falda floreada – dijo Pilar.

-   Yo llevaré mi traje blanco de domingo y un clavel rojo en el ojal  – se   identificó Manuel.

-   Cubriré mi cabeza con una capelina por el sol de la mañana.

-   Me verás saludando con mi sombrero ecuatoriano.

-   Sonreiré cortésmente al descubrirte.

-   Agitaré mi mano libre al encontrarte.

Y partieron desde sendos lugares en busca del otro, en busca del destino.

Era la fiesta de San Valentín. No por casualidad habían elegido el día para el encuentro, luego de meses de intercambios virtuales; el simbolismo de la fecha les auguraba tiempos felices.

La plaza lucía bulliciosa entre la algarabía de los presentes y la banda del pueblo que ostentaba ruidosa y orgullosamente sus virtudes.

La fuente central había sido engalanada con flores multicolores que se agitaban al unísono, bañadas por la llovizna continua que manaba desde los grifos.

Grupos de jóvenes ataviados acorde a la ocasión se aprestaban a demostrar sus habilidades en la danza, uno de los espectáculos más esperados, que era el broche de oro de la fiesta.

Primero desfilaban las carrozas. Magníficas en su tamaño y en sus escenografías, cada año se disputaban el primer puesto recompensado con un premio en metálico y el reconocimiento de los méritos a nivel local y regional.

Le seguían los niños, que repartían flores y bombones entre las damas y tarjetas de salutación entre los hombres, para agasajar a  aquellas.

Pilar y Manuel, en distintos extremos de la explanada, pugnaban por abrirse paso entre la multitud que se acrecentaba por minuto, alzando las cabezas en búsqueda de alguien con los atributos previstos.

Los altavoces anunciaron la exhibición esperada. El grupo de baile, disperso entre la muchedumbre, subió al escenario y la música comenzó a sonar.

Hombres de un lado y mujeres del otro, iniciaron la demostración formando figuras que provocaban la ovación popular.

Se deslizaban siguiendo puntualmente la coreografía: las damas sonriendo cortésmente y los caballeros agitando sus manos, en un llamativo arcoiris formado por el rosa de las blusas alforzadas, las faldas floreadas y las capelinas, combinadas con los impecables trajes blancos engalanados con los claveles rojos en las solapas.

El cierre fue emotivo: los sombreros ecuatorianos lanzados al viento suscitaron el aplauso  cerrado. Y desde lo más profundo, los ojos y las almas empañados de Pilar y  de Manuel.

AMOR ETERNO

Archivado en: Microrrelato: Segundo ejercicio — Alfonso at 9:30 pm on Miércoles, Febrero 10, 2010

Es 14 de febrero y espero ardientemente a mi novio. Siempre el día de los enamorados viene con un ramo de rosas. La verdad es que me regala flores con frecuencia, me siento muy orgullosa. Antes venía mucho a verme; ahora viene menos pero me parece normal ya llevamos treinta años de novios y no es lo mismo que al principio. Le sigo queriendo mucho, ya es como de la familia, aunque debo admitir que ahora me fijo en otros. Le tengo echado el ojo a un jovencito que viene a ver a mi vecina. ¡Que tendrá la juventud! Aquí es muy apreciada.

Ya ha pasado toda la mañana y todavía no ha venido. Me estoy poniendo nerviosa sobre todo al ver como mis vecinos reciben visitas y regalos. Me preocupa que en un noviazgo tan largo sea posible que se fije en otra.

No le falta mucho al sol para ponerse y no ha llegado. He pensado que no quiero saber si sale con otra. Solo necesito verle, saber que me quiere.

Por fin ha venido, justo al límite del tiempo. Siempre haciéndose desear. Muy elegante, muy guapo y con un esplendido ramo de rosas. ¡Que generoso es! Me ha declarado su amor otra vez y me ha jurado que siempre me querrá. Después de un ratito se ha marchado, no me gusta entretenerle está muy ocupado, prometiéndome que volverá el día de todos los Santos. Falta mucho para entonces pero yo sé que no resistirá tanto tiempo sin verme y seguro que viene antes algún día. Le espero con impaciencia porque me muero por verle.

San Valentín

Archivado en: Microrrelato: Segundo ejercicio — Corina Harry at 6:32 pm on Martes, Febrero 9, 2010

Se acercaba el 14 de febrero y todas las calles estaban cubiertas de anuncios a cerca del día de los enamorados. Pensó en el negocio que se arma en determinadas fechas explotando los sentimientos de la gente. Recordó que el día de la madre no había pasado por el cementerio a llevarle unas flores a la suya. ¿Qué le regalaría a su esposo este año? El año pasado él la sorprendió con un collar de perlas cultivadas. Las perlas traen mala suerte. También traen pelea… Ella no lo notó. Los siguientes cuatro meses, fueron tiempos en que la cercanía se confabuló con la fertilidad, y allí estaba ella, a punto de parir el primogénito. Percibió que sería un varón en cuanto quedó embarazada. La ecografía lo confirmó cuatro meses después. Y ahí estaba ella, con un collar de perlas que todavía no había estrenado, un embarazo maduro y un San Valentín cercano. ¿Qué le regalaría a su esposo? El año pasado tampoco le dio ningún regalo. Pero, ¿qué mejor regalo que la llegada de un hijo varón? Salió a la calle y se detuvo a mirar los anuncios que cubrían las calles. Nada le interesó particularmente. Y lo que podía interesarle, estaba muy lejos de su presupuesto. Saber que no tenía dinero la hizo sentir casi adolescente. Recordó su primer novio, a los catorce. Hace diez años lo vio desde un colectivo. Él iba con una mujer embarazada, así, como ella, ahora. ¿La habrá visto él, desde un colectivo, en estos últimos tiempos? Volvió a mirar los anuncios. Sentía una frustración que no podía adjudicarla a nada en especial. Una apatía ajena a su estrado de gravidez.  ¿Qué le regalaría a su esposo? El hijo estaría bien si se tratara del día del padre, pero no para el día de los enamorados. Quería algo más representativo, más personal. Algo romántico, orillando lo erótico. No se sentía muy erótica con una panza de más de ocho meses. ¿Romántica? Tampoco. Seguía mirando los carteles. De pronto comenzó a comprender el origen de la apatía. Las palabras acudieron a su mente con una claridad que la dejó perpleja. Por primera vez en su vida, todo empezaba a tener sentido. Un clarísimo y completo sentido. Y comenzó a reír. Reía como ríe quien accede a la iluminación. Miró por última vez los carteles. Esa misma noche, le pediría a su esposo, el divorcio.