GRACIANA

Filed under: Relato - Primer ejercicio — Alicia at 11:48 am on Viernes, noviembre 27, 2009

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GRACIANA

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Durante la infancia una mujer depende de su padre;

al casarse, de su marido;

si este muere, de sus hijos.

Una mujer nunca debe gobernarse a sí misma.

Leyes de Manu. Libro Sagrado de la India.

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Larga es la Historia y tan largos como ella los sinsabores de la mujer que, a través de los siglos, ha bregado por equipararse al hombre. Extensos los tiempos e intensos los esfuerzos en pos de la igualdad de géneros, para llegar a un presente con una equivalencia conseguida a medias y una desigualdad que permanece, encarnándose muchas veces en una violencia? ilimitada.

Por ello aquí la historia, con minúsculas, de Graciana.

Fue una tarde de verano, de esas que hacen que la tierra se estampe de grietas infinitas y le imprime a la indigencia un sello definitivo y trágico.

El sauce de la entrada se había convertido en una silueta esperpéntica que parecía retorcerse hacia su sombra, ya casi inexistente. Más atrás, la choza intentaba resistir al embate del viento caliente, apuntalada con maderos resecos; en los huecos que hacían de ventanas las telas ondulaban minimizando su función de mermar el calor reinante.

A pocos metros, las huellas del arroyo marcaban un sendero donde los animales pretendían rescatar los últimos vestigios de humedad y a la distancia, el aljibe vacío se había transformado en un trasto inútil.

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Los más chicos pateaban la pelota de trapo que desaparecía? entre la nube de polvo y matas secas. Echada en el catre, Elisa mostraba una congoja profunda de quién sabría qué origen.

Graciana, sentada en el patio de adelante, parecía estar ausente. La mirada vaga perdida hacia los cerros, encerrada entre unos párpados sin fuerzas. El rictus de la boca y las marcas en la piel como un reflejo de la tierra agrietada, le sumaban edad.

Cuarenta y cinco años que semejaban sesenta. Dientes ausentes y manos callosas, fruto de décadas de trabajos insalubres y forzados propios del sexo opuesto del que, decididamente, no guardaba buenos recuerdos. Esas mismas manos que esa tarde retorcía impotente frente a la adversidad.

Antonio dormía su borrachera bajo la penumbra formada por el alero del fondo. Las moscas aleteaban en derredor, convocadas por los efluvios de un cuerpo saturado de cerveza y vino barato. La damajuana casi vacía vertía el último chorro sobre la tierra, atrayendo a los gorriones incapaces de diferenciar los fluidos.

Entonces la mente de Graciana escapó involuntariamente hacia el pasado.

La soledad y la pobreza la acompañaron desde siempre. Había supuesto, equivocadamente, que el ? fundar una familia le permitiría sentirse respetada y olvidar su pasado infame. Nada más lejano. Años de soportar abusos y maltratos la convencieron de lo contrario.

Cada amanecer tomaba el hacha y cortaba uno a uno los leños que paliarían el frío del invierno. Día tras día realizaba las tareas del hogar y controlaba los escuálidos productos de la huerta. Mes tras mes guardaba secretamente las monedas sustraídas de alguna de las ventas de lo obtenido. No les sabía el destino, se tomaría tiempo para decidirlo.

Y cada? día el hombre volvía al alcohol y a los insultos, a los golpes esquivados y al vómito amarillo entre las sábanas de una cama matrimonial abandonada.

A la voz pastosa y al aliento inmundo, a los gestos obscenos y a las palabras indescifrables.

Había tolerado lo indecible pero esto era demasiado. Le había perdonado muchas, ya no.

Porque sabía de donde provenía la tristeza de Elisa, una tristeza honda que no la abandonaría nunca,? un ultraje imperdonable que no quedaría impune.

Se levantó lentamente. Los pies hinchados le hacían dificultoso el traslado pero estaba resuelta. Caminó hacia la casa y entró en la cocina, ? salió con la mirada lúcida y el rictus amargo convertido en una sonrisa patética.

El calor le dio de lleno en el rostro transfigurado y buscó la sombra del alero del fondo.

Los nudillos le dolieron y su ? corazón se aceleró. Las manos callosas oprimieron con furia el mango gastado de la pala de punta y cerró los ojos para no mirar.

El sauce se arqueó aún más sobre su tronco seco y los gorriones continuaron revoloteando sobre los fluidos que jamás podrían distinguir.

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3 comentarios »

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Comment by Indalo

27 noviembre 2009 @ 9:48 pm

Felicidades, Alicia, me ha impresionado tu ejercicio. ¡Qué palabras más bonitas utilizas! ¡Y qué fácil y cómodo se leen!

628

Comment by Alicia

27 noviembre 2009 @ 10:49 pm

Gracias Indalo, eres como siempre muy amable. Hasta pronto, Alicia.

651

Comment by NADDIA

6 diciembre 2009 @ 12:46 am

Alicia, qué bonito relato. Siento ir con tanto retraso leyendo, pero no tengo más tiempo. De todas formas, aunque no haga comentario, te leo y me gusta lo que leo. Enhorabuena.

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