JUANA MARCIOTI (Las dos caras del espejo)

Filed under: Relato - Primer ejercicio — atman at 12:41 am on Sábado, noviembre 28, 2009

La señora Juana Marcioti era una pobre mujer.

Huérfana a los diez años y siendo la mayor de cuatro hermanos, la habían hecho cargo de casa y críos.

Su padre, respetuoso de la naturaleza, esperó pacientemente hasta su primera menstruación, para comenzar a usarla también de esposa. Aún no había cumplido los trece años.?

A los treinta, tenía cinco hijos, dos manazas coloradas y dolientes, y la cintura tan encorvada, que parecía estar siempre a punto de levantar algo del suelo.

Su padre, padre de sus hijos, había muerto hacía tres meses por una soberana borrachera.

No conocía un día de descanso, un momento grato, una sonrisa espontánea y en cinco oportunidades le había dolido más engendrar que parir.

Los hechos de su vida eran tan aciagos que superan las condiciones propias de la pobreza y la ignorancia, convirtiendo su historia en casi un castigo divino, por eso detallarlos, sonaría tratar de arrancar alguna lágrima al lector, así? que sólo hablaré de los estrictamente necesarios al efecto del relato.

La casilla, como siempre en verano, ardía y ? aún no era el mediodía.

El menor de sus hijos no había parado de llorar en toda la noche. Juana se levantó recordando que una vez, hacía muchos años, uno de sus hermanos también había llorado varios días y sus noches, hasta que murió. Se dio cuenta por su silencio, además porque cuando lo fue a? levantar estaba tan frío como había encontrado a su madre. Su padre le dio una soberana paliza, suponía? por el gasto del entierro (del de su madre se había quejado un año entero), pero después le hizo el amor, demostrándole que a pesar de todo… la quería.

Si ahora se moría su hijo no habría quien le pegase. Igual algo ya sabía de críos. Lo levantó, le dio agua -para comida no tenía, pero a eso también estaba acostumbrada-.

Su hermano, el que le seguía en edad, era quién les daba plata, a pesar de que ella le había negado el sexo una mañana. Lo enfrentó con el cuchillo diciéndole fiera: “Papá si, vos no”. Pero como hacía unos quince días había caído preso, subsistían con las limosnas conseguidas por los otros hermanos e hijos.

Ella difícilmente salía de la casilla, acaso una vez al día para traer agua.

Tenía suerte ya que era de las grandes, fuerte, de dos ambientes. No como las de ahora de cartón, sin divisiones. El piso de tierra daba sensación de fresco, pero sólo a las piernas. Las chapas casi le pegaban en la cabeza, “hirviendo la sesera”, según sus dichos.

Tomó el trapo de bañarse y lo empapó. Frente al pequeño espejo se lo pasó por los brazos, cara y cuello, luego lo apretujó sobre su cabeza. Debía ir a buscar más agua. Esos baldes eran los máximos responsables de su cintura doblada.

El crío había parado de llorar. Lo tocó por las dudas. Ardía. Estaba todo bien.

Nunca había pisado un colegio, no sabía ni leer ni escribir. Mucho menos sumar o restar.

Si hubiera venido al mundo con algún tipo de inteligencia, ésta se habría esfumado con el humo del fogón.

En un rincón del escaso ambiente había un pozo en la tierra sobre el que cocinaba, en una olla sostenida de un gancho sobresaliente de la pared. La única ventana estaba del otro lado de la puerta, por ello el humo giraba dentro de la casa, escapando con languidez por las ranuras del techo y alguna grieta del tabique de atrás, que siempre amenazaba con caerse pero seguía en pié.

Volvió con el agua. Al entrar vio un salón gigante, dorado, luminoso, con grandes sillones aterciopelados. Sacudió la cabeza, entonces la imagen se reemplazó por el consabido catre contra la pared.

Se sentó, inmediatamente el bebé comenzó a llorar. No tenía un año de vida pero algo ya caminaba. Lo vio bajarse de la cama, cuando llegó a su lado lo alzó. Pesaba poco, mejor, aún lo cargaba muchas horas al día.

Olvidó pronto la imagen de ese gigante salón.

No tenían luz eléctrica, nunca la habían tenido. El televisor, de dudoso origen, traído por el hermano, le molestaba por el lugar que ocupaba, entonces lo usaba de repisa. Extraño lujo entre tanta miseria.

La vecina le había ofrecido “colgarla” de un poste cercano, pero para qué…,si tenía televisión, los chicos holgazanearían todo el día, en lugar de ir a pedir….

Fue a encender el fuego para cocinar, tenía unos pocos fideos y algo de arroz, si mezclaba las dos cosas, alcanzaría para todos.

Al agacharse con el fósforo en la mano, delante suyo surgió un hermoso fuego en un marco de piedras blancas, lisas, brillantes…sintió un fuerte ardor en los dedos, soltó el fósforo cayendo sentada. Así se quedó tratando de entender por qué veía lo que veía y no lo que realmente había frente a sus ojos. Sacudió la cabeza varias veces intentando recordar qué hacía…, ¡ah si!, encender el fuego para cocinar.

Ella tenía muy poco contacto con el mundo, sólo algunas veces su vecina le había prestado revistas para que mirara las fotos. No sabía de qué se trataban esas apariciones, pero con seguridad era algo totalmente distinto a lo conocido. Primero ese lugar tan limpio, brillante, lujoso, y luego esos leños tan parejitos, sin humo.

Cocinó. Comieron los niños. Al terminar salieron corriendo a jugar a la pelota, ella “picó” las sobras.

El barrio era un verdadero jardín de párvulos. Lo único que abundaba en ese rincón de la ciudad eran niños. Más apropiado que barrio sería llamarlo campo de concentración, porque todos estaban descalzos, mal vestidos, sucios, flacos, divirtiéndose entre chapas, alambres y basura.

El bebé se quejaba. Juana? decidió acostarlo con ella. Pronto ambos se quedaron dormidos, bajo el rigor de la tarde.

Soñó con el salón exultante de la visión de esa mañana. En su sueño participaba un hombre. El le hablaba, pero ella no lograba entenderlo. Estaba vestida con una túnica de tela muy suave, más que vestida parecía acariciada del cuello a los tobillos. Se movía por esa habitación erguida, con total soltura, a pesar de los altos tacones. Los zapatos también eran muy suaves. Todo era liso y brillante a su alrededor. Hasta su piel se sentía como la del bebé.

Sabía que estaba molesta, pero no alcanzaba a comprender el por qué. Debía recriminarle algo al hombre, algo no le gustaba. El llanto de un recién nacido inundó la sala, haciéndose cada vez más fuerte hasta despertarla.

Su hijo estaba en un grito. Debía tener hambre. Mezcló el poco de leche que le quedaba con agua, como para media mamadera. Se la puso en la boca.

Habían dormido un buen rato, ya eran casi las cinco de la tarde.

El nene tomaba la leche en su regazo, cuando comenzó a recordar el sueño. Sin querer se le cerraban los ojos, la mente se le iba a la hermosa tela, disfrutaba el placer que le había dado sentirla contra su cuerpo, tan suave y fresca. Era de color celeste, con unos dibujos raros en dorado y azul. En su sueño sabía que se llamaban arabescos, en su vigilia nunca había conocido nada igual.

Vio cómo una gota de leche manchaba tan perfecto vestido. La sacudió rápidamente, pero el paño estaba impregnado. Apoyó al chico en el catre para continuar sacudiendo el vestido, hasta darse cuenta que estaba frotando el gastado algodón floreado del batón que la tenía como tercer dueña.

Sabía que su esposo había robado el niño a la verdadera madre. También sabía que lo había hecho presionado por ella, por su empecinamiento en mantener un cuerpo esbelto, por no experimentar dolor alguno. Esa mujer no podía mantenerlo, en cambio ellos eran muy ricos, lo convertirían en un príncipe. Claro, no paraba de llorar, pero las dos nanas ya se encargarían de tranquilizarlo. Era hermoso, tenía unos dos meses, ella juraba su parecido. Ya estaban hechos los papeles legalizando su paternidad, gracias a médicos y jueces amigos. Su verdadera familia no lo encontraría nunca. Lo supo cuando lo vio desde el automóvil, al acercarse la mujer con él en brazos a pedirles limosna. En el París de la postguerra había mucha pobreza y unos pocos ricos, más ricos gracias a la misma guerra que a los otros los había hecho más pobres. Su padre era un millonario ostentoso. Ella como su única heredera: una ostentosa mimada. Su esposo debía rendirse a sus caprichos. El “hijo” era uno de tantos.

No tenía idea de que hacer para comer esa noche. En realidad no era muy difícil porque no tenía nada. Fue a buscar agua nuevamente. Prepararía mate cocido ahora, así podrían tomarlo frío. Hacía demasiado calor.

Se daría un baño antes de cenar. Decidió pasar por el cuarto de su hijo. La nana leía en un rincón. Al verla se puso inmediatamente en pié. El bebé dormía. Le tocó la carita ardiente. “Tiens! ¿En qué está pensando, para qué se le paga?, ¿para que lea?”, los alaridos de la mujer despertaron al niño llorando. La pobre nana no sabía para donde correr, pero enseguida lo averiguó, cuando escuchó que la patrona la despedia. Inmediatamente la madre llamó al médico de la familia.

Golpearon la puerta, la mujer indicó que pasaran. “Permiso” dijo la vecina, “¿Qué le pasa Juana?… está muy pálida”. “No sé, estaba muy lejos, no sé dónde”. “Pues pensé que había alguien más porque escuché voces “. Le contó que el bebé tenía fiebre y la vecina le ofreció un remedio que aceptó. También le contó que estaba haciendo mate cocido para la cena, viendo en ese momento el agua casi consumida.

La vecina se fue, regresando con las gotas y un poco de polenta. Ella ya había puesto más agua al fuego. Charlaron un rato sobre los chicos, el calor… pero se cuidó bien de mencionar esos “sueños raros”.

Esa noche se revolvió en su cama hasta que un agotamiento atroz la durmió alrededor de las cinco de la mañana.

Se levantó a las ocho y treinta, yendo directo a la ducha. Se secó enérgicamente colocándose la bata de seda blanca y las chinelas de raso haciendo juego. Pasó por la habitación del bebé. La segunda nana estaba cambiándole los pañales. Mejoraba, tenía ya la frente tibia, pero no sonríe. El niño no sonreía. Podría saber de su origen, o acaso de su destino. Lo alzó, protestaba “Si mi amor, si, si” –lo arrulló.

Tiraban de su vestido con insistencia. Era el mayor de sus hijos, quien le preguntaba “¿qué decís mamá, qué quiere decir oui, oui?”. No le contestó, sólo le palmeó la cola. El chico salió corriendo.

Cuán poco se miraba al espejo. En un rincón, colgaba de un clavo exagerado para su exiguo tamaño, el espejo redondo, que apenas captaba una cara. Allí se reflejaron el cansancio y la angustia de Juana. Se observó unos segundos. Sus ojos denotaban la sospecha de una vida mejor, más cómoda. No entendía porque a ella le tocaba una tan difícil, dura, inclemente.

El espejo, fiel, devolvió la imagen desde el cabello sedoso hasta las sedosas pantuflas. Se observó con la satisfacción fría que da la certeza del manejo cruel de otras vidas. Detrás suyo se recortó la imagen de su madre. En voz baja, pero crítica, la interrogó “Qué has hecho?, ¿Cómo has podido mandar robar a esa criatura?”. Sacudiéndose los bucles por un hombro, la miró sobre el otro, repreguntando a su vez “¿Por qué no? Me gustó, supe que debía ser mío, ¿por qué no?”. “Hija, Dios te va castigar…”, “No en esta vida mamá… no en esta vida”.

Y el gemido quedo del espejo, agazapado, en espera? de otra encrucijada.

2 comentarios »

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Comment by NADDIA

6 diciembre 2009 @ 1:25 am

Tremendo relato. Muy duro y muy bonito a la vez mezclado con sueños y ¿reencarnación? A veces sí da la impresión de que algunas cosas que ocurren son a causa de hechos que acontecieron en otras vidas. Supongo que es una cuestión de creencias. Cuantos más relatos leo sobre la igualdad de hombres y mujeres, más lejos la veo como realidad.

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Comment by atman

8 diciembre 2009 @ 4:03 pm

Hola Naddia!!Te agradezco tus comentarios. Con respecto a Juana Marciotti, si creo en la reencarnación y entre otras cosas hago a terceros regresiones sanadoras a la infancia y a otras vidas, asi que el tema me fascina.

En lo que atañe a la igualdad entre hombres y mujeres, Dios no lo permita!, el encuentro debe estar en las diferencias reales y concretas que tenemos. Yo creo que por definición somos complementarios. La igualdad debiera ser solo para los derechos sociales.

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