Nadie

Filed under: Relato - Primer ejercicio — Esther at 1:36 pm on Domingo, diciembre 6, 2009

“¿No ha rehecho su vida? “
Y abrió, como en un rito o un sortilegio, la primera de las páginas de un cuaderno en los que fue anotando las historia de Nadie, que hablaba de su vida. Una vida que pasó inadvertida para el resto de personas. Las cicatrices que dejaron en el alma tanto dolor se reflejaba en sus ojos: “Hay mujeres que arrastran maletas cargadas de lluvia”
? ? ? ? Uno de los renglones de la canción, del cantautor de voz quebrada, le hizo pensar en su propia vida. Sintió que ese fue su equipaje, el de un llanto maldito porque no saciaba el dolor, y en algunos momentos la llevaba al borde de la desesperación. Necesitaba rescatarlo del pasado, para poder seguir con el presente?

Y empezó a traducir cada lágrima, en un renglón de tinta que le permitiera superar las muchas noches de insomnio y desesperanza
Las primeras páginas, que escribió, él aun estaba a lado, medio adormilado, la contemplaba apesadumbrado, adivinando sin palabras, el motivo de las largas horas en vela. Pero, preferían no hablar, no decir nada y decirlo todo con la mirada.

Nadie sabía que podía contar, escribir y borrar pero, casi nunca olvidar y ni lo uno ni lo otro le resultó posible. Es difícil comprender lo mal que llevó ese tiempo maldito, pues con el paso de los años, se mitiga el dolor y se aviva la memoria… pero el corazón, no se recupera.
Pensó con tristeza en su pasado y lo hizo presente:
En el alma quiso conservar la lucidez de esos recuerdos, que eran sus raíces, la mujer que había sobrevivido a tanta frustración, era ella, y ahora debía revisar sus vivencias para seguir existiendo.
Deseaba cada vez mas, recobrar de una vez para siempre el timón del resto de su vida. Pues temía perder las últimas fuerzas que le quedaban, para dejar este lastre atrás.

A menudo se decía, que siempre había querido tener el control sobre si misma, ahora sabía con la experiencia de los años que esto es imposible. Estamos a merced de las circunstancias y de fenómenos ajenos a nuestro poder, es una de la muchas lecciones que aprendió, y ahora trataba de seguir al pie de la letra, sólo la retenía del pasado el amor. Pero, necesitaba saber, si eso era suficiente. Aunque aquellos difíciles años, estaban en su mente más vivos que el día de hoy.

Nadie sabía que era imposible impedir que caiga la lluvia, y empezó a escribir por temor a la perdida de su identidad, de la realidad lejana, que a veces la engañaba, pues no tenía ni tiempo para olvidar, ni le quedaba fuerzas para luchar contra los fantasmas del pasado.

Por todo bagaje, el infortunio que le obligo buscarse a sí misma y empezar una y mil veces su destino. Reconoció para que no existían milagros que lo devolvieran a sus brazos.
? ? ? ? ? Tenía veintinueve años cuando recién llegada, a una ciudad cualquiera de la que ahora no importaba su nombre, supo que su destino sería la soledad. Todo su mundo se reducía a mi familia que en 1980, eran dos hijitos de corta edad y su marido, delicado de salud, y sin muchas esperanzas de sobrevivir

Tras un penoso peregrinar por hospitales, iniciaron la cuenta atrás, de una agonía que duro apenas un año, el mas largo de sus vidas y a la vez el mas corto.
Una de aquellas tardes de otoño, en que apenas mediaban palabras entre ellos, leyó en sus ojos casi sin vida, tan lejanos de aquella mirada que la había cautivado, el adiós definitivo, y supo que el final se aproximaba sin remedio.

Observando sus pasos cansados, cada tramo de escalera que subía era una prueba innecesaria que ya no podía salvar, y se rendía sin luchar, la vida se escapaba por cada poro de su piel. ? Sus miradas se cruzaban doloridas, en un adiós prolongado, que no necesitaba de palabras… Que podía hacer por él. Solo acurrucarse a su lado, darle el calor que se escapaba por todos los poros de la piel, mientras la noche traicionera se acercaba

La vida les escatimó miserable, los breves momentos de felicidad que podían haber disfrutado juntos… Irremisiblemente perdieron la juventud, la esperanza, e incluso el amor que habían compartido, en un ocaso precipitado y estéril.
Luego la muerte lenta y voraz, en una aséptica cama de hospital, sin darles tan siquiera tiempo al adiós. Él solo tenía treinta y cuatro años, y el espejismo de una vida casi normal, desapareció a la vez.
? ? ? ? ? En el combate cuerpo a cuerpo con la muerte, ella siempre salió victoriosa, y consiguió adueñarse de sus vidas, no importaba la falta que hacía en el hogar. Lo atrapó hasta convertirlo en su esclavo, para desaparecer por siempre con su leve carga, dejando el vació de la ausencia que nadie más podría volver a ocupar.
? ? ? ? ? ? Eran los años lentos, en los que el tiempo se detuvo una tarde de otoño, y se llevo en silencio su corazón. Luego, el deambular sin rumbo, de la mano de sus hijos, por parques y jardines al pálido calor del sol del otoño, cundo los árboles desnudos no podían cobijarles, sus ojos ya sin lágrimas, buscaban sin querer nostálgicos, a las familias que a su alrededor cruzaban del paseo a sus casas. Y sus vocecitas inocentes preguntando !mamá, y papá cuándo va a volver¡ yo quiero que este con nosotros. Cada semana la escapada furtiva, para tratar de asimilar, cual era su sitio, como una cobarde, buscaba en el dolor y la rabia, las fuerzas que fallaban y, seguía el sendero del destierro a encontrarlo ante la fría piedra que lo tenía cautivo.

Al desandar el camino sin mirar atrás, las dudas atormentaban su corazón y, en la garganta los sollozos le impedían respirar.
Por qué seguir aquí, qué la aferraba a esta tierra, nada tenían en común, lejos de los suyos sin conocer apenas a nadie, sin presente ni futuro, con la escasez en los bolsillos del emigrante sin nada que perder o ganar, su mundo se reducía al hogar sin él, y con unos niños que educar y mantener,
Aquellos pensamientos doloridos alimentaban su pesar, pero buscaba refugio en el reducido espacio de su casa en la que el vacío su ausencia se hacia más palpable. Todo el empeño en que simulara a un hogar; en el barrio de aquella ciudad desconocida, era una batalla perdida de antemano. Ahora solo era una más, entre más de dos millones de mujeres viudas.

Ser viuda: Esa condición no deseada, pero asumida, reza en muchos de los papeles oficiales que acreditan el estado civil.
Con el paso de los años, se asumen derechos y deberes que conllevan esa u otras etiquetas, como es soltero/a, casado/a, separado/a y viudo/a, de está categoría, censadas en asociaciones por toda España; hoy son 18 regionales, con más de 420.000 viudas asociadas que representan 18 comunidades autónomas y a las más de dos millones de viudas que existen hoy en España.
“¿No ha rehecho su vida? “ La frase que engloba en sí misma una batalla contra la desigualdad en lo que respecta al requisito de estado civil, viuda/viudo es la obligación implícita de una vida deshecha e incompleta por el mero estado de serlo.
Mi acreditación como viuda data desde el 21 de noviembre de 1981, hasta la actualidad, toda una experta en estas lides.
El 45% del sueldo que en vida tuviera el cónyuge, en mi caso, está cantidad del 45 % expresada en dos pensiones de orfandad hasta que mis hijos de cinco y siete años alcanzaban la edad de dieciocho años y ni un minuto más, a la que mientras yo no me case, me corresponde de por vida la otra mitad de ese mismo 45%.
En cuanto al derecho de ayudas por parte de cualquier administración como cabeza de familia, eran impensables porque en el momento de fallecer mi marido que contaba treinta y cuatro años dejó, en el 45% por ley, la cantidad que sobrepasaba cien pesetas de las de antes del sueldo base ínter profesional del año 1981. Por lo que carecía de cualquier ayuda a pesar de no tener trabajo retribuido, ni bienes o inmuebles que pudieran en ese momento, hacer más llevadera, la difícil situación de una pérdida irreparable en mi familia y en mi corazón.
Después de tres años de dura enfermedad que dio con los últimos esfuerzos por salvar su vida, lejos de las respectivas familias, de un entorno conocido y que tubo que ser el lugar de arranque del rehacer cotidiano de la familia mermada por la muerte del esposo y padre, al escaso año de haber iniciado la diáspora sin retorno, de una vida mas o menos normalizada a mil kilómetros de nuestra vida anterior, en otra zona del país que recorrimos de norte a sur. Dónde establecimos nuestra frágil familia, en un barrio limítrofe de una ciudad acogedora pero extraña, con costumbres y modos de habla y convivencia, todos nuevos, adaptándonos a nuevas situaciones en un pequeño piso de cuarenta y ocho metros cuadrados, acogieron una nueva forma de afrontar cada día sin apenas unos miles repartidos en la compra de la vivienda, la manutención y las mínimas necesidades, de abrigo y educación.
Las dificultades fueron en aumento, desde la simple petición de un crédito, al que por pesar sobre una pensión considerada alimenticia y no contributiva, era siempre denegado, por lo mismo, una simple tarjeta de crédito, con la necesidad de una firma masculina que acreditará mi intención de cumplir con el pago. Dándose por supuesto que mí firma y compromiso no eran suficientes para hacer frente, al crédito de cien mil pesetas, que me facilitaran la compra de ropa, zapatos y libros.
La realidad se ha impuesto, no existe consideración especial a pesar de que en vida mi esposo, fuera un contribuyente más y su familia acogida al sistema de prestaciones que marca la ley, una vez desaparecida la cabeza visible del trabajador, esposo y padre desaparece además con él, la seguridad económica, la estabilidad de la familia que aún asumida por el otro cónyuge, por ser mujer, carece del apoyo de las instituciones y la sociedad ve con indiferencia la lucha de la viuda, que lejos de ser quemada en la pira funeraria de otras civilizaciones más bárbaras, quedan olvidadas a su suerte, ellas y sus familias. Quién de ustedes no conoce a una de las asistentas, señoras de la limpieza, o cocineras de bares, costureras etc. Entre las humildes e ignoradas señoras en los más humildes trabajos, para sacar a diario ése ¿y no has rehecho tú vida?
Es estado civil de viuda, no es un estado de Gracia, es más bien un estado de desgracia permanente. Pues cada una de nosotras, lo hace a diario, en la medida de nuestras fuerzas, trabajando en casas ajenas. Mientras en nuestras casas, nos aguardan los hijos que precisan amor, calor, zapatos, ir al médico, que el profesor nos diga que esté estudia poco, que el otro necesita clases de apoyo, etc. En las noches en blanco, haciendo números, intentando cursos nocturnos, para encontrar un trabajo mejor remunerado, para poder ayudarlos en sus tareas escolares, por llenar sus vidas de todo lo que hubieran tenido de vivir su padre, es decir el cien por cien del rendimiento de su trabajo, de su apoyo y consejo, deben y pueden salir adelante, con sus estudios, ilusiones, y rehaciendo cada día con puntadas de valor y cariño de esas madres viudas, que a pesar de lo peyorativo del calificativo, la viuda del cuarto A, que pesa pero apenas se valora.
En la actualidad más de tres millones que lo ostentan con honor y dignidad que se enfrentan a diario una batalla perdida de antemano, ser viuda es un cargo duro de llevar a cabo, siempre en tela de juicio en la educación que se da a los hijos, cuya única culpable, si sale mal es la que queda, si sale bien, nadie te da el honroso mérito de haber forjado un futuro para los hijos. Tiene también sus momentos de gloria, que se llevan adelante con el corazón roto, cuando tu hija se casa y llevarla al altar lo hace otra persona que su padre y el ramo de novia se deja como presente sobre una fría tumba, cuando los nietos dicen la primera vez abuela, o cuando te dan el primer dibujo que queda pegado como un cuadro de Miro en la puerta del frigo, y ante él, en la noche solitaria, piensas en lo afortunada que eres al poderlo contemplar. El único galardón que atesoras, algo que consideras un regalo merecido por la lucha silenciosa que la vida y no tú te ha obligado a llevar, no eran las expectativas de una vida, es el deber de seguir a pesar de las mil veces que hubieras tirado la toalla, y al mirarlos a ellos, al fruto de tu amor por el cónyuge desaparecido, recuerdas el amor que unió vuestros destinos y que has intentado por todos los medios, preservas en su memoria de lo que podía haber sido un padre. Mientras para ti, queda en el corazón el vacío de haber hecho el cien por cien de padre y madre, con o sin el 55% restante que te escamotean las leyes por el mero hecho de ser viuda

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