Navidad gris y navidad blanca.

Filed under: Relato - Segundo ejercicio — Carminacd at 12:44 pm on Lunes, diciembre 28, 2009

En nuestra vida hemos pasado dos navidades que me quedaron grabadas. Antes de convertirme en prostituta barata, antes del éxodo, antes de la miseria emocional.

Yo estaba embarazada por tercera vez, mi hija mayor tenía diez años. Vivíamos en un país del sur del mundo, en una ciudad extremadamente cosmopolita en relación con la capacidad económica de la mayoría de sus habitantes, aunque eso significaba una gran ventaja para nosotros por la proliferación de sus medios de transporte y gran riqueza y calidad de sus servicios médicos. Los autobuses públicos circulaban asiduamente, podíamos acceder a uno de ellos cada cinco minutos y el costo del boleto era ínfimo.

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? En aquel momento pasábamos hambre, no teníamos dinero para comprarnos ropa ni darnos ningún gusto, ni viajar, la mayoría de las veces no pagábamos los impuestos; era otro tipo de miseria la que nos atosigaba, una miseria más honrosa que ésta. Recuerdo que yo usaba largas faldas y camisas de algodón con canesú cayendo como una lluvia holgada sobre la panza, de futura mamá; toda ropa cedida por familiares caritativos y por mi gentilísima comadre.

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Aquel año, mi nena, consumió completamente sus ahorros (digamos para actualizar la cifra, unos cuarenta euros) con el propósito de hacerle un regalo a cada miembro de la familia. Toda, toda: tíos, tías, primitos, abuelos; en total cuarenta personas, así que tenía un euro para dedicar a cada una de ellas.

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Recorrimos juntas negocitos de souvenirs, supermercados y shoping, lugares que pudieran satisfacer su necesidad. Me torna a la memoria uno en particular donde conseguimos ensaladeras de plástico para sus tías abuelas, las hermanas de mis padres y de mis suegros. ¿Qué otras cosas regaló?: repasadores, paneras, fruteras, pañuelitos, a las mujeres; muñequitas a las nenas y autitos a los primos varones; no recuerdo bien qué les obsequió a los hombres, quizá llaveros y sacacorchos o linternas.

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Una vez completada su lista de personas, adquiridos los correspondientes regalos y terminado el dinero disponible, habiendo comprado todo sin envoltura; surgió el problema de cómo y con qué empaquetar cuarenta objetos de la mayor diversidad de tamaños, colores y formas que nosotras jamás habíamos adquirido ni recibido.

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Para solucionar el pequeño obstáculo resolvimos envolverlos con papel de periódicos. Pedimos diarios viejos a los vecinos, en la panadería y a los abuelos. Algunas hojas tuvimos que unirlas entre sí con engrudo que es un pegamento casero y económico hecho con harina y agua, para poder cubrir la grandeza del futuro agasajo. También pegamos sobre las letras grises flores de papeles de colores arrugados que guardaba yo con atención luego de haber desenvuelto cada presente recibido con anterioridad a las fiestas navideñas durante los cumpleaños y el día del niño.

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No fue difícil esconder a los ojos indiscretos de los demás tal cantidad de donativos ya que a casa no es que viniera mucha gente.

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El día de Navidad el entusiasmo de mi nena era inmenso, disfrutaba más pensando en cuánto podía hacer feliz a cada integrante de la familia cuando viera que recibía un regalo también de parte de ella que esperando o imaginando qué cosa percibiría ella misma. Aquel año, ella fue más feliz donando a los demás parte de su tiempo, empeño y todo su dinero que haciendo su lista de regalos preferidos para el 25 de diciembre.

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A las doce de la noche, debajo del árbol no cabía todo aquel bagaje de humildes y muy sentidas gratificaciones, así que el suelo completo del living de la casa de los abuelos maternos donde la gran familia se había reunido para festejar el nacimiento del niño Jesús estaba cubierto de regalos. Cada paquete llevaba escrito el nombre de su destinatario. Era una fiesta en sí misma ver a mi nena caminar entre los paquetes buscando, leyendo los nombres y entregando en manos ansiosas su dono. Luego el sonido de los papeles al abrirse, romperse, arrugarse y por último caer al piso donde formaron una alfombra crujiente debajo de los pies. Todos sonreían, comentaban y agradecían, ella estaba muy satisfecha de su obra.

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Y esa fue nuestra Navidad gris, barnizada con la tinta de los papeles de periódicos viejos.

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La segunda que me quedó grabada en los recuerdos es, en realidad, la primera que pasamos en el exilio.

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Uno de los más grandes cambios que vivimos fue el del clima. Nuestra ciudad natal era cálida y húmeda, ubicada en el centro de nuestro largo y vasto país, a la orilla de un rio marrón ancho como el mar.

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La zona a la que fuimos a vivir en el exterior era seca en verano; fría, lluviosa en otoño y nevada en invierno. En verdad, el otoño y la primavera compartían un único clima, no se comprendía jamás cuál de las dos estaciones estabas viviendo salvo por las lluvias otoñales y las flores primaverales.

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Nos impactaba también el haber pasado todas nuestras navidades en verano y cambiar a temperaturas bajo cero y lluvias convertidas en nevadas.

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Esa Navidad en particular fuimos a la montaña, a un hotel humilde, pero donde no nos faltaba nada. Teníamos la calefacción siempre encendida, aunque no estuviéramos en la habitación, el desayuno internacional y abundante; internacional porque en la zona donde estábamos venían muchos turistas austríacos y alemanes a pasar las fiestas. Tanto era así que la misa se ofrecía en los dos idiomas, el local y el alemán.

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Cuando salíamos nos abrigábamos muy bien, nuestros hijos ya tenían sus trajes para esquiar y las botas para caminar sobre la nieve y el hielo sin resbalar, nosotros nos poníamos sólo las botas; eso sí: guantes, bufandas de dos metros de largo, gorros de lana, aparte de las camperas rellenas de plumas de ganso.

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En la plaza principal se erguía el mercado natalicio, carpas blancas que ofrecían a los transeúntes sus productos tejidos, comestibles, de cuero y el vino tinto caliente para combatir el frío. Del campanario de la iglesia surgía un concierto natalicio en vivo, la banda se encontraba allí y desde esa altura se esparcía la bellísima música por todo el pueblito. Compramos garrapiñada de maní, guantes de lana y una bufanda para regalar.

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A las ocho de la noche comenzó a nevar, no era la primera vez que veíamos la nieve, pero en el marco montañoso, entre los pinos y las casas de madera con techos a dos o cuatro aguas, entre las luces blancas natalicias con formas de estrellas y muérdago y los mensajes de felicidades en las vidrieras; con la música cayendo desde el pico máximo de la iglesia, esa nevada era maravillosamente especial.

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Y esa fue nuestra Navidad blanca, la nieve cayendo dulcemente sobre la cabeza de mi esposo y de mis hijos hubiera querido yo que sirviera para purificar mis propios actos, para lograr que las consecuencias de mis perversiones no los manchara ni los condenara indirectamente por mi culpa.

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1 comentario »

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Comment by carla

29 diciembre 2009 @ 11:57 pm

Ante todo Feliz 2010, Carmina. Me gusta mucho como describes la ciudad, la fiesta, parece que estemos allí. También me parece que la forma de medio relato medio recuerdo es muy original. Felicidades por tu relato.

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