Navidad perenne

Filed under: Relato - Segundo ejercicio — Alicia at 8:10 pm on Lunes, diciembre 28, 2009

Navidad perenne

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No le era común arrastrar el trineo con sólo cuatro renos. Los interminables viajes habían minado las fuerzas de los más diestros y los actuales no eran duchos en transitar los laberínticos caminos del mundo; como consecuencia, disminuidas la cantidad y la experiencia,

debería recurrir a nuevas estrategias para lograr su plan.

Se le hacía dura la tarea a medida que los años pasaban. El asiento cubierto de pieles parecía quejarse de su sobrepeso; hundido en el centro, lo obligaba a inclinarse sobre un costado haciendo peligrar el equilibrio y del respaldo de antaño no quedaban huellas. No ocurría lo mismo con las bridas de cuero, cada año se ocupaba de renovarlas para no correr riesgos.

El traje de pana roja también daba muestras del uso continuado. El desgaste resaltaba en los codos y rodillas de un modo llamativo y el botón faltante evidenciaba la prominencia del abdomen. El armiño de los bordes y del gorro lucía opaco y raído a pesar del cuidado con que intentaba disimularlo.

No se quejaba. Amaba lo suyo a punto tal que no sabría a qué dedicarse de no ser aquello. Y no sería fácil encontrar otra actividad que le generara tal satisfacción.

¿Qué otra situación podría equipararse con sus vivencias? Los gestos de asombro ante su llegada, el leve temblor de las manos y hasta algunas lágrimas, compensaban con creces sus incomodidades. Los ojos admirados e inocentes, las sonrisas eternas y los gritos de júbilo no se abandonaban así porque sí.

Su agenda pesaba en demasía teniendo en cuenta que a las obligaciones le sumaba los recuerdos de cada viaje, sobre todo de aquellos que él consideraba especiales.

El collar de caracolas de Brenda, la pequeña samoana, el trozo de colmillo de elefante de Aman, traído desde Angola,? el sikus que le obsequiara Ucumari en su viaje al altiplano y cientos que se agregaban a la lista interminable.

No podía abandonarlos, no cabía? en él la intención a pesar de los inconvenientes que cada año aumentaban en número y complejidad.

El último, surgido de los avances de la civilización, parecía sobrepasarlo; no le sería fácil eludirlo pero aún así lo intentaría. Para ello, buscó una salida que creyó elegante.

Faltando una semana para la Nochebuena se calzó el traje de fiesta, garabateó en un papel los principales obstáculos a recordar y ? ? clareando la mañana se dirigió al lugar convenido.

Habían elegido encontrarse en las afueras del pueblo y? reconocerse por las vestimentas. Dudó en la elección de éstas, más que por lo estético por la holgura o estrechez de las prendas; se resolvió por las de seda que se amoldaban mejor a sus dimensiones excesivas.

El encuentro se concretó pasadas las seis, sin cuestiones para identificarse. A esa hora el lugar estaba casi desierto y la obviedad del ropaje descartaba cualquier equivocación.

El convocado concurrió, según lo acordado, con una chaqueta clara que contrariamente a lo expuesto, sobresalía ampliamente de su físico esmirriado.

Un viejo tronco caído de ciprés les sirvió de apoyo y fue testigo del encuentro y de la definición.

La turbación que experimentaba Santa Claus fue diluyéndose a medida que surgían soluciones a los problemas planteados y la buena predisposición del visitante sumada a otros factores relevantes le permitió suponer que había elegido bien.

No les llevó mucho tiempo congeniar sobre las nuevas tácticas y casi llegada la noche los detalles menores estaban resueltos. Los renos, el asiento, el traje y hasta el respaldo ausente, todo iba a revertirse aunque fuera de manera pausada y esporádica.

Pero faltaba plantear lo primordial, lo que inquietaba su vigilia ? desde que las aldeas comenzaron a transformarse en pueblos y ciudades.

Fue entonces que, tomando la mano de su colaborador, le confesó tímidamente el? temor que lo acuciaba. Esperaba una respuesta afirmativa; de no ser así, cercano y doloroso sería su retiro.

Los copos espumosos y blancos comenzaron a amontonarse hasta casi cubrir el tronco y a ellos mismos. Los segundos se le hicieron eternos y un suspiro hondo evidenció su ansiedad.

De pronto, su expresión manifestó lo que esperaba; los ojos vidriosos y la sonrisa abierta mostraban a las claras la resolución del conflicto.

Daba por hecho entonces que seguiría rebasando su agenda y sus espacios con los collares del Pacífico, el marfil de África y las artesanías americanas. Que continuaría regocijándose con las miradas asombradas, las lágrimas nacientes y las manos temblorosas. Que su corazón latiría más de prisa cada año y que ya no? se desvelaría ante ? la difícil tarea de introducirse por las renovadas, angostas y para él inaccesibles chimeneas de las ciudades del mundo.

Apoyó su humanidad en el desvencijado asiento, azuzó a los renos y desanduvo el camino, con el corazón henchido y el alma desbordada en las vísperas de una nueva y radiante Navidad.

2 comentarios »

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Comment by carla

29 diciembre 2009 @ 11:41 pm

Alicia, Feliz año 2010 ante todo y enhorabuena por tu relato que me ha gustado mucho porque es muy original. Aproximar a lo humano y a lo pesado del cargo y sucesión a un personaje como Santa es difícil pero lo has conseguido. Gracias por tu historia.

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Comment by Alicia

30 diciembre 2009 @ 12:00 am

Carla, eres muy amable con tu comentario, gracias.Te deseo también un Feliz inicio y espero que continuemos contactándonos. Cariños, Alicia.

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