CLARA WIECK

Filed under: Relato - Segundo ejercicio — Corina Harry at 8:50 pm on Lunes, diciembre 28, 2009

Una vez más, los apremios económicos requerían que Clara emprendiera una nueva gira. Robert no se encontraba bien de salud y había ocho niños que alimentar. El menor todavía de pañales y aferrado al pecho de su madre.? El viaje sería largo y tedioso. Tío Brhams se encargaría de los siete mayores en la casa de Leipzig y papá Robert acunaría al bebé en el camarín del teatro mientras mamá Clara diera uno de sus afamados conciertos de navidad.

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La sala se iba colmando de gente de varias regiones de Europa. El niño dormía en la cuna en el camarín principal. El concierto se había dividido en dos partes a pedido de Clara. El intervalo sería de media hora, lapso mínimo que el bebé necesitaba para alimentarse. Los empresarios responsables de la sala no estaban conformes con los gastos que acarrearían mantener el teatro iluminado tanto tiempo extra. Pero para Clara nada de eso entraba en discusión. De todas formas el público ya estaba allí y sería bien recompensado por la espera. A Clara le maravillaba ver como su leche daba forma y tamaño al cuerpo de su hijito como lo había hecho con los otros siete. Por nada del mundo iba a privarse de uno de los placeres femeninos más maravillosos que la naturaleza le había regalado: su hijo en su pecho, momento sublime y sagrado.

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La primera parte del concierto se convirtió en una cautivante delicia que hizo olvidar todos los inconvenientes y malhumores de los empresarios de sala. El éxtasis del público y de la crítica garantizaba una buena recompensa económica. Comenzado el intervalo, en cada pasillo del teatro, los comentarios acerca de si Clara seguía manteniendo su figura después de ocho partos o sobre si Robert continuaba enfermo y qué decían los doctores, hizo que la media hora no fuera suficiente para tanta lengua suelta.

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Mientras tanto, en su camarín, Clara se empeña en que su hijo se prenda a su pecho antes de ser requerida nuevamente en el escenario. El niño sigue durmiendo. Ni las dulces palabras de Clara, ni los intentos de su padre por despertarlo, logran sacar al niño de su sueño profundo. Clara intenta amamantarlo dormido, pero él tan sólo sonríe al contacto de sus labios con el pezón de su madre. ? ?

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Transcurrida la media hora pactada, Clara regresa al escenario sin haber logrado alimentar a su hijo que sigue durmiendo en su cuna bajo la mirada vigilante de su padre. ? Clara se sienta al piano ovacionada por la audiencia. Los aplausos se atemperan. Las manos de Clara comienzan a deslizarse sobre el teclado. El público percibe una particular sensibilidad en la interpretación de la obra. ¿Será que su condición innata se ha acrecentado con cada alumbramiento? ?

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Los dos primeros movimientos de la Sonata Nº 14 de Beethoven transcurrieron claros y diáfanos ante los oídos imperturbables del auditorio. Clara comenzó a sentir que algo se interponía entre ella y el teclado de marfil. Las notas comenzaban a brotar de sus dedos al ritmo impuestos por sus pechos desbordantes del líquido alimento; del único e irremplazable sustento ? del niño que se despierta en la cuna y reclama a su madre. ?

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Clara percibe el despertar del niño. El niño distingue el goteo de leche tibia que cae en el regazo de Clara que se inclina suavemente hacia delante como si con ello pudiera preservar el contenido de sus pechos. Clara ya no le presta atención ni a sus manos ni al teclado. En su mundo sólo existen las gotas que caen indefensas mojando su vestido. El niño distingue el goteo de los pechos de su madre. Clara percibe el reclamo de su hijo.

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Tercer movimiento: “Presto”. Los dedos de Clara sobre el teclado del piano semejan un torbellino desmedido y presuroso. Sin embargo cada nota es precisa, prolija, limpia dentro de un fraseo perfecto y profundamente emotivo. El tiempo apremia. Clara agradece a Dios que el último movimiento de la sonata sea un presto. El público absorto no contiene el aliento como si la exhalación de una sola persona pudiera detener la perfección del milagro.

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El último acorde trajo el alivio al cuerpo del Clara. Simultáneamente a la explosión de los aplausos, Clara sale del escenario y corre a su camarín, toma al niño de brazos de Robert y se sienta feliz a amamantarlo. El niño sonríe mirando a Clara a los ojos y recibe con avidez el amor y la leche de su madre mientras resuenan los aplausos del público que no se resigna a abandonar la sala hasta que la artista regrese al escenario. Clara sonríe y Robert cierra la puerta del camarín preservando ese momento sublime y sagrado: el niño en su pecho.

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CORINA HARRY

3 comentarios »

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Comment by Alfonso

29 diciembre 2009 @ 9:37 pm

Realmente maravilloso, increible. Me parece dificilisimo hacer un relato de un tema que parece poco dado a novelar. De algo tan normal como amamantar a un niño eres capaz de sacar un relato sensible, sugerente, con ritmo hasta el final.
¡Extraordinario!

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Comment by Sofia Moreno

8 enero 2010 @ 9:51 pm

Querida Corina,

Contesté a tu mensaje privado (el que enviaste hace semanas a mi correo email) pero todos mis intentos fueron vanos, ya que me los devolvían siempre. ¡Lo intenté hasta 4 veces! Si quieres que te pueda escribir, pon mi dirección de mail en la modalidad de «contacto autorizado».

Coincido con el comentario anterior, tu relato es maravilloso, aunque a mí, siendo mujer y madre, no me sorprende que de ese tema sí se pueda sacar un buen relato. Tú y yo sabemos que es un tema que a las mujeres que somos madres nos llega de verdad al alma.

Enhorabuena, querida Corina, no defraudas a tus lectores. ¡Sigue así !

705

Comment by Sofia Moreno

8 enero 2010 @ 9:58 pm

Por cierto, que hay un famoso relato de Guy de Maupassant (varón, hombre) sobre el amamantamiento, aunque tiene tintes distintos, ya que no se trata de amamantar a una criatura sino a un adulto muy hambriento, cuando no hay nada más que echarse a la boca, solo la leche de una nodriza a quien le han quitado al niño que amamantaba por dinero. Sus pechos rebosan y ella sufre dolores extremos porque el niño no la alivia de su carga láctea.

No os lo perdáis, es bastante bueno, aunque nos parezca hoy en día muy raro que las cosas fueran así: leche materna a cambio de dinero. Muchas mujeres se ganaban así la vida, siendo ayas o nodrizas, allá en los siglos muy, muy pasados. Menos mal que vamos progresando algo.

Enhorabuena por tu relato, Sofía

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