Navidad en Baboli

Filed under: Relato - Segundo ejercicio — Quioreng at 5:27 pm on Jueves, diciembre 31, 2009

Os voy a contar la historia de María y de Jon. Unos papás que todavía no tenían ningún bebé. María y Jon vivían en una casita preciosa con jardín. Con ellos vivía el abuelo Nicolás. Un viejito un poco gruñón. En realidad muy gruñón, no era amigo de las visitas, ni de los cumpleaños, ni de las fiestas, ni de nada que cambiara su vida normal. Siempre andaba sólo de aquí para allá con su bastón, su boina y su perro Rodolfo. Un galgo corredor precioso que le acompañaba a todas partes. A María no le importaba que el abuelo fuera tan gruñón y le permitía todas sus rarezas menos una. Porque aunque no le gustaran ni las fiestas, ni las celebraciones, todos los años en casa de María y de Jon se celebraba la Navidad por todo lo alto. El abuelo refunfuñaba igual, pero sabía que se tenía que aguantar. María y Jon en su afán por ser papás siguieron todos los consejos que les dieron, pero el bebé no llegaba. Y después de estudiar todas las opciones decidieron buscar una escuela de papás. Navegaron por la web buscando la mejor de las mejores. Tener un bebé era muy importante para ellos y querían hacerlo muy bien. Al fin encontraron una que tenía en su página comentarios de muchos papás felices que contaban sus experiencias de éxito, después de pasar por sus aulas. Incluso algunos colgaron las fotos de sus retoños. La directora de la escuela, la Señorita Fleur de l´école, era muy exigente con los requisitos. No dejaba matricularse a cualquiera. Así que tuvieron que pedir una cita con ella para ser admitidos.

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Llegó el día en que? María y Jon se entrevistarían con la Srta. Fleur de l´école. Se levantaron muy temprano, y mientras Jon estaba en la ducha, María ponía el desayuno al abuelo como todos los días.

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– Te digo que no tengo hambre.- Refunfuñó el abuelo, levantándose de la mesa de la cocina.- Aún no es la hora de desayunar, como quieres que tenga hambre tan temprano. Bueno, bueno, bueno. Rodolfo, vamos, hoy parece que damos antes el paseo. ¡Será posible!

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Después del pequeño desacuerdo con el abuelo, María y Jon fueron a la escuela con sus mejores trajes. Cuando llegaron la secretaria de la escuela les acompañó hasta el despacho y por fin les recibió la Señorita Fleur de l´école. Todo en la escuela era muy antiguo y exótico. En el despacho de la Señorita Fleur, además del escritorio, tenía una mesa baja hexagonal con un centro de fruta, en la que se acomodaron sentados en unos cojines. La decoración colonial hacía juego con un titi, que colgaba por su cola de un perchero y una jaula con un loro azul, rojo y amarillo,? que repetía, Té, té, gato, gato, una y otra vez. La entrevista fue de lo más extraña. Tomaron el té mientras la Señorita Fleur les hacía preguntas, como cual era su dulce favorito o de que color llevaban los calcetines. Mientras, el mono bombardeada sin piedad, con uvas a Jon. Sin la menor reacción por parte de la Señorita Fleur. María se moría de la risa, aunque intentaba contenerla. Y Jon cada vez estaba más nervioso. Lo mejor fue cuando un gato se subió a una estantería que estaba encima de la cabeza de Jon y le hizo pipí encima. María no pudo contenerse y estalló en carcajadas a lo que se unió la Señorita Fleur, mientras limpiaba la cara a Jon con una servilleta de papel. Pero después de todo fueron admitidos. Y les fué de mil amores desde ese momento. No se puede decir que las clases fueran convencionales y aunque no tuvieran ningún motivo, confiaban ciegamente en que todo iba a salir bien. Y estaban en lo cierto, porque la escuela de la Señorita Fleur era mágica. En realidad era la escuela donde los primeros papás aprendieron a ser papás. María y Jon pasaron las pruebas finales con honores y les entregaron el diploma de papás en una gran fiesta de graduación. A la que, claro, el abuelo Nicolás no acudió. En la fiesta lo pasaron de maravilla y llegaron tardísimo a casa. A la mañana siguiente abusaron de almohada y cuando se levantaron el abuelo Nicolás refunfuñaba sin parar. Que si la escuela esto, que si la escuela lo otro, pero como? María y Jon estaban acostumbrados no le hicieron mucho caso y fueron a desayunar. María quiso examinar de nuevo sus diplomas y al extenderlos se dio cuenta de que tenían algo pegado al dorso. Era muy fino, rectangular, de plástico negro, del tamaño de un paquete de chicles en grageas. Tenía una pantalla cuadrada y en un extremo un botón de color rojo con el símbolo de la velocidad angular (?), en el otro.

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– Jon mira esto, ¿que será?,- mientras lo despegaba.- Aquí parece que pone algo. Atra, se lo acercó un poco? Atraedor. ¿Atraedor?. ¿Será para atraer los bebés o algo así?.

– No tengo ni idea, pero de la Señorita Fleur puedo esperarme cualquier cosa.

– Mira en el tuyo hay otro igual. María toqueteó la pantalla y se iluminó proyectando una luz muy intensa, primero azul, luego verde, cambiaba de color y María no conseguía ver nada. Y apretó el botón pensando que así funcionaría. Jon, ojoplático, no daba crédito. Se formó un torbellino en el lugar donde estaba María. Los platos volaban alrededor de la cocina, junto con los cubiertos, y el abuelo Nicolás y Rodolfo, que acababan de entrar, también se unieron al remolino.

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– ¡María, María!.-Intentando alcanzar el remolino.- ¡Pero hombre Nicolás! ¿?Donde va usted, también ahora?.

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? Duró unos tres minutos y después se cayó todo al suelo.

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– ¡María! ¡María!.-Había desaparecido.

– ¿Se puede saber que es lo que has hecho? Primero me dejáis sin desayunar y ahora esto. El abuelo se sacudía los pantalones y buscaba su garrote. Aunque Jon no le hacía ningún caso.

– No hay ningún agujero ni nada. ¡Por donde! ¡Por donde! No puede ser.

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Y entonces se acordó del aparatito. Buscó su diploma entre los platos, cubiertos y demás vajilla que había por el suelo. Aquí está. Cogió el atraedor y apretó el botón rojo. Se repitió la escena y mientras el abuelo volvía a volar por los aires, Jon entró en una espiral de color. Estaba un poco mareado cuando por fin paró de dar vueltas.

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– ¡María! Estas aquí. ¡Que susto me has dado!. ¿Estás bien?.

– Si, Jon, todo está bien.

– Uff, menos mal.

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? Pi, pi, sonó el atraedor de Jon. En la pantalla apareció: ¡Bienvenido a Baboli!. Y es que Jon y María habían “aterrizado” en la ciudad mágica de Baboli. El lugar donde van los niños cuando los papás miran hacía otro lado un momento y de repente desaparecen, no logran encontrarlos porque están en Baboli. La ciudad donde es real todo lo que los niños sueñan. Me gustaría poder describírosla pero no me es posible, ya que cambia cada vez que un niño lo desea. Puede que por la mañana tu casa sea un castillo de trufa y por la tarde una nave espacial. Recuerdo que los García llegaron a vivir dentro de un elefante. Las calles de Baboli que ayer te llevaban al mercado hoy pueden llevarte al circo y mañana quizá al dentista, así que es muy emocionante vivir cualquier día normal. María y Jon por más que daban al botón rojo, no lograban volver a casa. Así que buscaron un lugar donde pasar la noche. Y a la mañana siguiente despertaron en su cama de siempre. Después de dar mil explicaciones al abuelo se fueron de inmediato a la escuela. La Señorita Fleur les explicó que habían estado en Baboli, en la ciudad de los niños y que podían volver siempre que quisieran. Les explicó que era el mejor lugar para conseguir ser papás. Sólo había una regla. Si un niño era engendrado en Baboli, debía de quedarse allí.

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– ¿Y que vamos a hacer con el abuelo?. Preguntaron los dos a la vez.

– Un bebé puede invitar a vivir toda su familia.

– ¡Ah! Dijeron aliviados.

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Y a partir de entonces pasaban en Baboli casi todo su tiempo libre. Cada vez les gustaba más. Y al llegar la primavera sucedió el milagro. María estaba embarazada. La pequeña fue engendrada en Baboli así que se mudaron definitivamente allí. El abuelo Nicolás, como no le gustaban los cambios, prefirió quedarse sólo con Rodolfo, pero prometió ir cuando naciera el bebé. Pasaron los meses y María estaba casi a punto de dar a luz. María y Jon estaban muy contentos, les encantaba vivir en Baboli. Pero echaban de menos una cosa de su tierra. Baboli era una ciudad muy joven, sin tradición y allí no había Navidad. María adoraba la Navidad. Recordaba momentos muy felices de su infancia y no quería que su bebé se lo perdiera. Deseaba con tanta fuerza que hubiera Navidad en Baboli. Echaba de menos los adornos y las luces de las calles. La gente cantando villancicos, los dulces, los regalos y sobre todo el amor tan especial que surgía en la gente. Pero la ciudad sólo respondía a los deseos de los niños. El día 24 de diciembre nació la pequeña, según el calendario de Baboli. Según vuestro calendario sería más o menos septiembre. Es que los niños son un poco impacientes y por eso todo llega a Baboli un poco más deprisa. Los médicos pusieron a la niña en los brazos de María. Los barrotes de la cama se llenaron de espumillón, aparecieron guirnaldas adornando la puerta y comenzó a lucir un pino que se veía por la ventana. Jon accionó el atraedor y un remolino trajo al abuelo Nicolás y a su perro Rodolfo.

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– ¡Menudo mareo! Y es que no podéis vivir en un sitio normal.-? Rodolfo se sacudió moviendo las orejas.

– Hola Abuelo. Le saludo Jon. La primera vez te mareas un poco, pero luego te acostumbras.

– Bueno, bueno. Y donde esta el niño.

– Niña. Es una niña.- María dijo con el bebé en sus brazos. Y está aquí.

– ¿Una niña?

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El abuelo se asomó para verla y sucedió algo mágico. Le empezó a crecer una barba blanca, a Rodolfo se le puso la nariz roja y le salieron unos grandes cuernos. La boina ahora era un gorro rojo, su ropa se volvió roja también y su bastón se convirtió en un saco lleno de regalos. Una camilla arrendó a Rodolfo y se puso a sobrevolar las habitaciones del hospital.?

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– Jo, jo, jo. El abuelo intentaba protestar pero no era capaz de decir otra cosa. Jo, jo, jo. Rodolfo voló demasiado cerca del abuelo le hizo caer en la camilla y se lo llevó volando por la ventana. Jo, jo, jo. El abuelo refunfuñaba, pero sabía que se tenía que aguantar.? ? Jo, jo, jo.

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– ¡Abuelo! Pero si es. María y Jon no salían de su asombro. Pero si es.

– ¡Papá Noel!.-dijo Jon terminando la frase.

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Mientras tanto el gobernador de Baboli recibía quejas a miles de los ciudadanos de Baboli. Se estaba volviendo loco. Todos los atraedores estaban inservibles. Nadie podía entrar ni salir de la ciudad.

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– Debe de ser un fallo en el canal de flujo. Estamos tratando de solucionar la avería.-El gobernador se peinaba el pelo con los dedos con cara de desesperación.- Si puede ser algo haciendo interferencias. ¿Qué? ¿Una estrella? ¿Qué estrella?

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Y es que justo encima del hospital se había instalado una gran estrella. El gobernador de Babolí estaba preocupado. No podían estar incomunicados. Así que les mandó un mail a los tres mejores astrónomos del mundo, Melchor de Noruega, Gaspar el americano, y Baltasar originario de Africa. Contestaron de inmediato para pedir instrucciones de cómo llegar a Baboli, porque ya se habían percatado de la nueva estrella. Los atraedores estaban inservibles pero se podía llegar a Baboli cruzando el? desierto de Taklamakán. Uno de los más grandes y más inhóspitos del mundo. Los astrónomos cogieron el primer vuelo a Xijang, aunque aprovecharon para hacer escala en Paris y comprar bonitas capas de diseño. El resto del viaje lo harían en camello, se guiarían con GPS de día y siguiendo la estrella de noche. Feroces vientos y tormentas de arena fueron sus compañeros de viaje. Bordearon la antigua ruta de la seda y después de mucho esfuerzo aún no había amanecido el 6 de enero cuando consiguieron? llegar a las puertas del hospital de Baboli. El gobernador no había llegado, así que fueron a visitar a la niña de María y de Jon y le hicieron muchos regalos. Primero a ella y después a todos los demás niños de Baboli. Al día siguiente el gobernador fue a darle las gracias a los reyes porque la estrella ya no estaba. En realidad no volvió a aparecer hasta el próximo 24 de diciembre. Y así fue como llegó la Navidad a Baboli. Con sus adornos, su Papá Noel, y sus Reyes Magos. María y Jon decidieron llamar a su hija, Natividad porque ella como todos los niños trajo el espíritu navideño a todos en su hogar, Baboli. Bueno a todos menos a su abuelito Nicolás que refunfuñaba igual, pero sabía que se tenía que aguantar.? ? Jo, jo, jo.

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Fin.

2 comentarios »

687

Comment by Alfonso

31 diciembre 2009 @ 7:52 pm

Tener tanta imaginación y poder ir al país de la fantasia es un dón. Cualquier cosa es posible allí pero lo dificil es imaginarlo. Tu lo haces muy bien.
Me parece más dificil que escribir relatos muy serios, reales y casi siempre más tristes. Alegria y Fantasia para el 2010. ¡Feliz año! Yo también quiero ir a Baboli. Me lo propongo para el nuevo año.
Muchas gracias por el relato.

689

Comment by Quioreng

4 enero 2010 @ 12:16 pm

Muchísimas gracias a ti por leerlo!!! Me hace muchísima ilusión que te guste. Feliz Año. Vamonos juntos a Baboli, te invito, ;-)).

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