La dríade Diana

Filed under: Relato - Tercer ejercicio — Carminacd at 3:40 pm on Lunes, enero 4, 2010

(Con libre interpretación de la historia mitológica de Hércules en el Jardín de las Hespétides)

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Las mariposas se le subían desde el estómago, a través del esófago hasta la garganta como queriéndosele escapar por la boca. Entonces sonreía con los dientes apretados para formar una reja imposible de traspasar. Diana tenía once años, largos cabellos castaños como el tronco del árbol que la vio nacer, ojos del color y la dulzura de la miel y estaba comenzando su adiestramiento para ser cuidadora de los encantos de su ambiente natural, su casa, su mundo. Sus prendas eran tejidas con hojas y con hilos y con fibras de hierbas finas, siempre vestía de verde, minifalda con volados, musculosas, vestidos cortos que terminaban en picos provocados por las hojas de los bordes.

Ella era lo que se puede definir una Ninfa caprichosa, si sus mariposas eran suyas ¿por qué razón iba a dejarlas evadirse y deambular por el mundo fuera de su cuerpo? ¿dónde, sino dentro de ella, estarían mejor protegidas y alimentadas de sueños, ilusiones y sentimientos? Ella no comprendía por qué las otras ninfas les permitían nacer y abrían la boca gustosas, por su propia voluntad, para dejar partir sin destinación a sus mariposas.

– ¡Vamos Diana! – la animaban – déjalas salir, te nacerán otras y el mundo entero necesita mariposas para embellecerlo.

A ella se le escapaban solo si, después de comer, la sobrecogía el ímpetu de hacer un eructito. Un eructito de alas y colores.

Diana era una dríade, una ninfa de las que nacen en un roble en medio del bosque, en los lugares más escondidos, donde muy pocos conocen o pueden llegar. La misión de las dríades en su larga, larga vida, es la de custodiar las manzanas de oro del árbol que se encuentra en el centro mismo de un maravilloso jardín ubicado cerca de la cordillera del Atlas en Marruecos; el Jardín de las Hespérides que era el huerto de la diosa Hera en el oeste del mundo conocido para aquella época remota grecoromana.

Las ninfas, y Diana entre ellas, custodiaban el árbol que daba manzanas de oro, no por el valor económico del oro en sí mismo, sino porque esas? manzanas tenían el poder de hacer inmortal a quien comiera o solo mordiera una; es decir, de transformarlo en dios con todos los enormes beneficios que ello acarrea, como por ejemplo entrar en el Olimpo y quedarse a vivir ahí en el mismísimo paraíso de los dioses griegos sin que nunca jamás la muerte pueda tocarlo, ni siquiera envejecer. Entonces varios semidioses medio mortales, le tenían unas ganas locas a las manzanas y las hermosas guardianas, las pobrecitas ninfas, hasta se habían sentido obligadas a poner refuerzos en la guardia permanente del manzano prodigioso: habían traído un dragón. Un dragón inmenso que superaba la altura de los robles más antiguos del bosque, con seis cabezas, de esa forma el dragón nunca se dormía completamente del todo, siempre quedaba despierta una de sus cabezas con los ojos bien abiertos, por lo menos para cuidar de noche y escupirle una bocanada de fuego calentito, calentito, crepitante y rojo al primer medio dios medio mortal que se animara a entrar en el jardín o quisiera intentar traspasar la barrera de colinas boscosas que escondían la floresta mágica del resto del África y del mundo.

De esta forma las adorables jovencitas pudieron relajarse un poco y disfrutar de las bondades del jardín, de la frescura debajo de la sombra de los antiguos y frondosos robles, del canto embriagador de los pájaros que anidaban en ellos, de la transparente agua del arroyo que bordeaba el bosque. Se divertían muchísimo desde que el deber de custodiar y vigilar era compartido entre ellas y el dragón, les había aliviado inmensamente el trabajo agotador de adorar las manzanas de día y de noche sin poder quitarles los ojos de encima.

Las risas de hada llenaban el aire de felicidad entre juegos, vuelos, saltos y persecuciones divertidas. Las ninfas corrían una detrás de la otra, escondiéndose dentro de los troncos de los robles que las vieron nacer y crecer y comenzar su importantísima labor protegiendo las manzanas doradas.

Mientras tanto, algún tiempo antes, Hércules, el hermoso semidiós, el hijo que tuvo Zeus con una mujer mortal había cometido un delito que le llevó a tener que cumplir varias penas desarrollando labores especiales. Hércules ? era poseedor de una fuerza descomunal, la mayor fuerza que existiera en el mundo y que nunca haya existido ni existirá jamás, influenciado por la diosa Hera que lo odiaba por su procedencia, perdió momentáneamente la razón destruyendo un pueblito de campesinos. Al volver en sí y darse cuenta del sufrimiento y la devastación que había causado, se aisló del mundo, pero uno de sus hermanos lo encontró y lo llevó frente al Oráculo donde el mismo Hércules pidió ser castigado y se le impusieron doce labores reparadoras del daño provocado. Una de esas era la de robar las manzanas de oro del Jardín de las Hespérides para castigar a Hera por haber hecho enloquecer a Hércules provocando las desgracias destructivas con su fuerza sobre un pobre pueblito que no tenía ninguna culpa del rencor y los celos de la diosa contra el hijo ilegítimo de su marido Zeus.

El primer problema para Hécules fue encontrar el huerto ya que desconocía por completo dónde se hallaba el jardín con el árbol de las manzanas de oro, por otra parte no existía nadie que se le ocurriera a él que pudiera conocer su ubicación. Al final de todos sus rodeos, se dirigió al dios del mar, un descomunal dios mitad pez mitad humano, de barbas y cabellos largos y rojizos, con cola de pez color turquesa y escamas brillantes como esmeraldas. No había sido esa su primera idea, llegó a él luego de pasar por varios pobres desafortunados que cayeron en sus manos exprimidoras de información.

El dios del mar sí que sabía la ubicación del bosque donde se encontraba el manzano, pero de allí a decírselo a Hércules había mucho camino por recorrer todavía. Fue un encuentro difícil entre dos titanes sobre y debajo del agua inmensamente azul del Mar Mediterráneo, hasta que Hércules comprendió que por la fuerza con este dios no obtendría lo que buscaba. Comenzó a pensar, mientras luchaba, en qué cosa podría necesitar un dios del mar para hacer un intercambio entre lo que él pudiera darle y la información que le servía. Hasta que se le ocurrió una idea, claro: ¡vacaciones!

– Mira que de esta forma no llegaremos a ninguna parte.- trató Hércules de influenciar al dios que no se cansaba aunque Hércules lo superara en fuerza y empeño en la pelea – ¿Puedo hacerte una propuesta que te permitiría pasar algún tiempo extra en el Olimpo con tus colegas divinos?

Y así le propuso suplantarlo en sus tareas por todo el tiempo que él necesitara para descansar en cambio de que aunque sea lo guiase con sus palabras, si quería con un acertijo, con lo que fuera, todo le serviría frente a la ignorancia total que le oscurecía el camino; que le iluminara el recorrido a seguir hasta las cercanías del huerto de Hera, sin llegar a acompañarlo en persona ni a decirle exactamente dónde estaba para que el dios no quedara mal en el Olimpo por delator de secretos divinos.

Así guiado y no guiado por el dios del mar, persuadido en lugar de por la fuerza por la inteligencia, llegó Hércules a las puertas del jardín de las Hespérides donde le esperaba otro gran desafío caliente como un volcán en erupción, escupidor de lava a través de seis cabezas en lugar de una. Aunque allí sí su espada y su fuerza fueron suficientes, pues, siendo igualmente un dragón, no se comparaba siquiera con una divinidad. Golpes, cortes precisos, puños, cabezasos, recibió también una que otra quemadura que soportó heroicamente. Logró ahogar las llamaradas en el agua del riachuelo y atar a la bestia con bejucos resistentes, enredaderas que colgaban de los árboles antiguos de esa zona tropical.

Abatido el dragón Hércules hizo su entrada en el jardín donde lo vieron por primera vez las dríades mayores que eran casi todas de cabellos rizados y rojizos recogidos con peinetas de madera que ellas mismas hacían usando como materia prima las más bellas ramas de los robles.

Las hermanas mayores de Diana se enamoraron a primera vista del maravilloso semidiós que usurpaba su reino, se enamoraron de sus cabellos rubios y largos, de sus músculos, de su incomparable belleza; pero a Diana no podía moverle ni un cabello ese bruto fortachón que había desafiado y vencido al dragón. ¿Acaso solo ella comprendía las malas intenciones del grandulón ese? ¿No serían ahora ellas las próximas víctimas de su fuerza destructiva? ¿Qué podía hacer si sus hermanas ya estaban estupidizadas y no opondrían resistencia a sus requerimientos?

Diana se dispuso a armar un plan de ataque ya que las demás solo lograban revolotear alrededor del estatuario intruso con la boca abierta babeando enamoradas. Por lo pronto tenía que descubrir, aunque ella intuía que fuera por las manzanas de oro, para qué el megamusculoso se había tomado tantas molestias para llegar hasta allí.

Lo peor fue cuando comenzó a ver a las dríades mayores que le ofrecían voluntariamente las manzanas al semidiós.

Estaba sola.

-? ? ? ? ? ? ? ? ? Per ¡ qué están haciendo! – se desesperaba Diana al ver todo su reino que se hacía pedazos a su alrededor. Todo por lo que siempre habían luchado. Por lo que habían nacido, iba desapareciendo por idiotez, por amor.

Entonces Diana rayó la cáscara de una manzana de oro entre las piedras, la diluyó con agua del arroyo formando una pintura dorada donde sumergió manzanas normalísimas y con ellas, mientras se escondía entre la fronda del manzano prodigioso, sustituyó todas las manzanas que quedaban en el árbol con las creadas por ella y también aquellas que Hércules había logrado acumular sobre la hierba fresca, mientras sus hermanas mayores distraían al megamúsculos con sus besos y sus ofertas de manjares y bebidas preciosas sin saber que formaban parte de su plan.

Luego de haberse gozado todo el tiempo que quiso, Hércules dejó el Jardín de las Hespérides llevándose su botín contrahecho de manzanitas decorativas.

Diana no sabía hasta cuándo ni cómo resistiría esa farsa en el olimpo, pero mientras nadie se quisera morder una manzana duraría su seguridad, luego sería otra la historia cuando se descubriera toda la verdad, pero ahí recién se haría problema para resolver las consecuencias.

Poco a poco fue volviendo todo a la normalidad luego de la inusual visita. Desataron al dragón que tardó en secarse por dentro y volver a echar fuego por la boca, pero no tardó tanto como lo que se tomaron sus hermanas para dejar de adular al fortachón.

2 comentarios »

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Comment by carla

7 enero 2010 @ 11:03 pm

Feliz 2010¡¡¡
Tu cuento es mágico. Se nota mucho trabajo en su realización y desarrollo. Enhorabuena Carmina¡¡¡
Nos leemos. Saludos

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Comment by Carminacd

8 enero 2010 @ 4:30 pm

Gracias Carla
es verdad que investigué acerca del tema, sobre todo por miedo ya que nunca había escrito un cuento para niños
Gracias por apreciarlo
Carmiña

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