Relato de Navidad

Filed under: Relato - Segundo ejercicio — Sofia Moreno at 1:02 am on Sábado, enero 9, 2010

Salía de la tienda cargada de bolsas de papel, esas bolsas tan bonitas que regalan las tiendas elegantes con cualquier compra, por pequeña que sea. La crisis económica tenía algunas (pocas) cosas buenas. Una de ellas era que los precios parecían ser bastante más razonables y moderados que otros años. Recordaba perfectamente que hacía décadas que no podía comprar en aquella tienda, desde que escogió al marido equivocado. Eso es lo que ocurre cuando te casas por amor, pensó.

En realidad no estaba arrepentida, su vida era agradable. No era el hombre equivocado, aunque a veces le parecía que el amor jugaba malas pasadas. De todas sus hermanas, ella era la que más cuidaba de no pasarse con el presupuesto. Era evidente que su esposo no sabía administrar del todo bien el dinero. No tenía vicios ni malos hábitos, no se gastaba su sueldo en casinos ni en mujeres, ni siquiera en discos o en alguna afición respetable. Simplemente, el dinero se escurría entre sus dedos. Compraba cosas inútiles y ridículas. Nuevas fuentes para ir al horno, cuando ya tenían seis. Nuevas sartenes, cuando ella llegó a contar ocho.

Se encaprichaba con las cosas. Las navidades pasadas, se compró otro chaquetón de cuero, cuando ya tenía uno un poco rozado, es cierto, pero muy ponible. El argumento siempre era el mismo: “¡ Pero si está muy bien de precio !” Ella no se lo discutía, esa no era la cuestión. Aunque solo costara un mísero euro, era una compra estúpida, puesto que no hacía falta ese objeto. Sumando tantos gastos, por muy pequeños que fueran, el dinero desaparecía de la cuenta corriente antes del día veinte de cada mes.

Mientras él más malgastaba sus recursos, más ahorraba ella. Hasta que un día, se hartó.

Estaban preparándose para salir. Les habían invitado de nuevo a comer en casa de algún familiar. Otro rollo de comida en ciernes… Él se arreglaba la corbata, coqueto, mientras ella se pintaba en el baño. Y entonces, ella se dio cuenta de repente. Toda la ropa que él se puso era nueva o casi nueva. Toda la ropa que ella se puso era vieja, o casi vieja. Lo peor fue el abrigo y la bufanda. El parecía un marqués, ella una criada. No estaban en absoluto en sintonía. Era llamativa la diferencia en su indumentaria.

Ella no dijo nada. Acudió al tostón de comida. Sonrió por educación. Apenas abrió la boca para hablar, solo para degustar las minúsculas exquisiteces carísimas que el camarero le puso ante las narices. Sentía los minutos pasar lentamente, segundo a segundo. Por fin acabó ese rito aburridísimo de las comidas navideñas con la familia política. Ninguno de los familiares de su marido le dirigió la palabra, excepto para decir “hola, qué tal”, con obsequiosa falsedad. Ya se sabe que algunos llaman educación a la hipocresía más cortés.

Estaba decidida.

Al día siguiente, salió de compras y usó la tarjeta, como si no supiera que estaba quemando las naves cuando lo que la esperaba era el naufragio más total. No fue a las tiendas económicas a las que solía acudir. No rebuscó entre los muebles esa oferta a muy bajo costo. Se compró lo que le gustó, por fin, por primera vez en más de veinte años, sin mirar las etiquetas del precio. Regresó a las tiendas que frecuentaba antes de unir su destino al de su amor de juventud. La juventud quedaba lejos, el amor también.

Disfrutó de lo lindo, probándose vestidos atrevidos que favorecían su silueta curvilínea. Hacía años que enfundaba sus vaqueros casi todas las mañanas, como un uniforme de monja moderna. Vaquero y camiseta. Camiseta y vaquero. Vaquero y jersei. Jersei y vaquero. Vaquero con zapato plano, vaquero con deportivas, vaquero con botas de tacón, vaquero con sandalias, vaquero, vaquero, vaquero.

Se dejó puestas muchas de sus adquisiciones para salir a la calle. El círculo de la falda bailaba alrededor de sus piernas. Incluso le pareció que algunos la miraban, como si hubiera dejado de ser transparente por obra y milagro de aquellos trozos de tela. Se sentía bien, se sentía joven, se sentía bonita. Todo lo que llevaba, o casi, era nuevo.

Había mucha gente caminando por aquella calle peatonal. En sitios estratégicos se apostaban los sempiternos mendigos. Algunos no parecían tan míseros y ella se alegró por ellos. Es más, iban vestidos aproximadamente como ella lucía a diario, vaqueros, zapatillas deportivas, un viejo abrigo raído por los años, una bufanda un tanto deshilachada. Se estremeció. “Si no alcanzo a darme cuenta a tiempo, habría acabado pareciéndome a ellos, me habrían confundido con una mendiga más…”

Algunos eran jóvenes y ganaban algo de dinero mientras practicaban sus ejercicios de música clásica en la calle. Tocaban maravillosamente bien. Esos no daban tanta pena, así que eran un entretenimiento más que ofrecía la ciudad. Otros hacían cosas graciosas o sorprendentes. Había verdaderos artistas, qué duda cabía. Se acercó a una mesita de camping. Sobre un tapete sencillo estaba dispuesta toda una cristalería fina. Las copas contenían agua pero cada una tenía una cantidad diferente de líquido. El anciano llevaba guantes con los dedos recortados, de modo que podía rozar el borde de las copas con las yemas mientras la palma de sus manos quedaba resguardada del frío. La música se elevaba en el aire, extraña, desconocida, como finas volutas de humo. Se insinuaba en su alma. Sonaba lenta y un tanto triste, sensible.

Se apartó sin escándalo, suavemente. Siguió su camino. Los adornos de Navidad podían parecer alegres y brillantes, algo bueno y bonito, pero a veces eran demasiado chillones. Llegó a la altura de un numeroso grupo de personas que observaban otra actuación callejera. ¡Oh, no! Esto sí que daba pena, la cabra subida en un taburete que a su vez estaba en precario equilibrio sobre una silla común y corriente. Un anciano tocaba la flauta, muy mal por cierto. Iba a apartarse rápidamente, cuando lo vio. Estaba sentado en el suelo. Parecía que su trabajo consistía en cuidar de la gorra donde caían unas pocas monedas. No podía ser. Debía estar soñando.

Se detuvo a observarlo. Vio cómo se movía. No había duda. Era él. Pero, ¿cómo era posible? ¿Qué hacía allí disfrazado de mendigo, pasando frío en la calle, sentándose en la dura losa? No acertaba a entenderlo. Se colocó casi detrás de una pareja, para que él no pudiera verla. Esperó. La gente se movió, iban unos, venían otros y ella se fue ocultando con habilidad entre los viandantes. Pero allí seguía, observándole, escondiéndose para no ser vista, escudriñando.

Al cabo de casi una hora, recogieron los mendigos su taburete, su silla, su cabra y su gorra. Ataron una vieja cuerda alrededor del cuello del pobre animal. Daba lástima verlo. Se marcharon lentamente, moviéndose con torpeza pues la silla y el taburete les estorbaban. Cruzaron la esquina y dejaron atrás el paseo peatonal lleno de luces y tiendas esplendorosas. Entraron en una callejuela pobretona y oscura. Pararon en el primer bar. Empujaron la puerta. Les sirvieron sendas copas de anís, que apuraron de un trago.

No podía ser él, él nunca bebía anís, solo cava y del mejor. Desde la acera del otro lado de la calle, ella lo veía todo a través del cristal del bar. Empezaron a charlar y reír animadamente entre ellos. Parecían estar muy contentos. Volcaron el contenido de la gorra sobre la barra y comenzaron a contar. Se dieron palmadas en la espalda. La recaudación había debido ser buena, muy buena. Pidieron una segunda ronda. Ella seguía atenta, inmóvil. Nadie la molestó. Nadie la confundió con una cualquiera, con sus nuevas ropas elegantes y distinguidas. No iba vestida como una meretriz.

Esperó pacientemente otra media hora, pese al frío. Al fin pasó algo. El anciano le saludó efusivamente y se marchó, cargado con el taburete y la silla en una sola mano, mientras la cuerda de la cabra se enroscaba en la otra. El se quedó en la barra del bar y consultó su reloj. Solía llegar del trabajo una hora y media más tarde. Pidió algo y le trajeron un vaso de agua, otro de algo que parecía café y un periódico. Se instaló lo más cómodamente posible sobre un alto taburete y se dispuso a esperar.

Ella no aguardó más. Entró con suavidad en el bar, casi como un fantasma. El no podía verla, pues estaba enfrascado en el diario y las grandes hojas le tapaban la vista. Ella ocupó otro taburete alto, contiguo al de él. Dejó pasar el tiempo, pero finalmente se le acercó el camarero y preguntó qué quería. No tenía más remedio que contestar. El reconocería su voz de inmediato. Pidió un té con limón.

Él no reaccionó en seguida. Con cautela, bajó un poco el periódico para mirar prudentemente. Ella se dejó mirar. Había ido a la peluquería. Había cambiado su peinado. Su pelo no era del mismo color ni del mismo largo. La textura de su cabello también había cambiado bajo las expertas manos de la peluquera. Llevaba un vestido que él no conocía, zapatos que nunca había visto en el armario, un precioso abrigo fucsia que debía ser carísimo. No podía ser su mujer, era imposible. Su mujer nunca se gastaba tanto en su aspecto. La verdad, pensó, el parecido es asombroso. Si mi mujer se arreglara así, sería clavadita a esta tía. Y qué guapa está.

Pasaron unos minutos mientras ella bebía su té. Tuvo que esperar porque quemaba. El la miraba. Ella lo sabía y se dejaba mirar mientras soplaba el líquido de hermoso color rojo. Aplastó la rodaja de limón dentro de la taza. Por fin pudo beber. Le sentó bien. Tenía frío, después de tanto tiempo espiándole en la calle. Suspiró. Pidió la cuenta, pagó y se marchó sin mirarle. No se dio la vuelta. Caminó hasta el aparcamiento, se internó en las tripas de la ciudad, bajo el suelo, pagó en la caja, subió al coche, arrancó y se marchó. Rodaban dos gruesas lágrimas por sus mejillas, pero no se oía nada.

Llegó a casa y llamó al compañero de trabajo de su marido, un viejo amigo, que ya había regresado de la oficina. Charló de cosas insustanciales con voz de Navidad, alegre y ligera. Por fin le preguntó: “¿Y hace mucho que no ves a xxx? ” Evidentemente, el ex-compañero de trabajo no sabía que él había decidido guardar el secreto. “Oye, le cuesta contarlo”, dijo ella, “no quiere darme detalles y claro, por no herirle, prefiero no insistir. Por eso te llamo. Me gustaría saber cómo fue.” Se lo contó todo. Cómo le llamaron de la oficina de personal. La cara que puso al volver a su mesa. Cómo recogió sus pertenencias. Cómo estrechó con fuerza la mano de su compañero. Lo callado que estaba. Finalmente, la mujer y el ex-compañero de trabajo se despidieron animadamente y dieron por concluida la conversación telefónica, prometiendo verse pronto, aún cuando sabían perfectamente los dos que nunca más volverían a cruzarse sus caminos.

Después, ella se quitó las ropas maravillosas y las guardó cuidadosamente al fondo del armario. Ya volvía a vestir su uniforme de mediocridad, vaquero y esta vez, zapatillas de andar por casa, un poco zarrapastrosas y deslucidas. Se fue a la cocina. Se anudó el mandil en el talle. Preparó un rico guiso de garbanzos con bacalao, una receta complicada y tradicional que le tomó toda una hora.

Para cuando estaba acabando de cocinar, entró él en el recibidor. Se quitó el abrigo elegante, escondió rápidamente la bolsa con las ropas normalitas tirando a pobretonas y finalmente entró en la cocina y le puso un delicado beso en la mejilla a su mujer, como si ella fuera a quebrarse con un beso más enérgico.

“¡Qué bien huele, cariño! ¡No me digas que te has decidido a volver a preparar garbanzos con bacalao y espinacas, con lo riquísimos que te salían! ¡Qué bien! Oye, ¿qué te han hecho en el pelo? ¡Estás guapísima!” Ella disimuló la lagrimita que le estaba cayendo, se colocó en la cara una sonrisa totalmente verídica, digna de la mejor actriz y se dio la vuelta por fin. “¿Te gusta cómo me han dejado esta vez? Tenía ganas de cambiar un poco, de algo más de fantasía. Vamos a cenar, que se enfría.”

(fin)

2 comentarios »

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Comment by NADDIA

14 enero 2010 @ 4:48 pm

Muy bonita historia, Sofía, aunque muy triste también.

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Comment by Sofia Moreno

21 enero 2010 @ 1:35 am

La verdad, Naddia, es un relato demasiado deprimente.
No tuve tiempo de retocarlo para cambiar el final. Tal vez así hubiera podido salvarlo. No me gusta nada. Es sensiblero y dan ganas de llorar. Bueno, no todo lo que escribo me gusta. Así se aprende también. Ahora leo el tuyo y te comento. Feliz final de día/noche,
Sofía

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