LAS NAVIDADES DE PALMIRA

Filed under: Relato - Segundo ejercicio — NADDIA at 11:22 pm on Miércoles, enero 13, 2010

La casa de Palmira se llenaba de regalos cuando se aproximaba la Navidad. Su padre era un buen médico y los pacientes agradecidos no dudaban en llenar su casa de cestas, champán, besugos, mariscos, vinos y todo tipo de obsequios que Palmira veía como algo natural perteneciente a la Navidad. Así pasó Palmira su infancia creyendo que en todas las casas habría la misma lluvia de regalos que en la suya. Para cuando fue mayor, su padre ya se había jubilado y los regalos habían ido desapareciendo poco a poco. El ser humano olvida enseguida y los favores del pasado se fueron diluyendo hasta llegar a un retiro confortable, pero sin lujos.

Palmira no se había casado a pesar de la preocupación de su padre porque se quedara sola en el mundo el día que él le faltara, pero ella no podía soportar la idea de abandonarlo después de haber sido su única compañía tras la muerte de su madre. La propuesta de irse fuera de casa no la había seducido así que había estudiado piano y canto y había ayudado a su padre como enfermera, pero nunca había querido una titulación, decía que si no podía ser médico no le interesaba ser ayudante de otro que no fuera su padre. Le hubiera gustado ser médico como su padre, pero en aquella época las mujeres no estudiaban en las facultades y más allá de la costura o la música todo lo demás era considerado como poco femenino. Su madre la había avisado de pequeña que el mundo no sería un lugar fácil. Después vino Dios y se llevó a su madre. Palmira se enfadó con Dios y juró no volver a misa, pero como su padre la obligaba a asistir a la Iglesia, juró que no volvería a rezar, así que sólo movía los labios para disimular, pero nunca más rezó a aquel Dios tan malo que le había quitado a su madre.

Era Navidad otra vez y Palmira fue a misa con su padre como de costumbre aunque aquel día fue algo diferente. Palmira sentía un olor especial en el aire y no eran el incienso ni la mirra ni los perfumes de los feligreses lo que hacía el aire diferente, era algo distinto que no era capaz de determinar. La misa del Gallo ya no se celebraba a media noche porque se suponía que el cura también tenía derecho a reunirse con su familia o con alguien de la parroquia que lo invitara, así que a las ocho de la tarde, justo antes de la cena se juntaban los parroquianos y celebraban la Navidad. Los cantos alegres propios de la fecha alegraban a Palmira porque las misas para ella solían ser un gran aburrimiento. En medio de la homilía vio que Dios le hablaba por boca del Niño Jesús: <Palmira: tu padre te adora y lo sabes, pero tu presencia en su vida, lejos de ser un alivio ha pasado a ser una carga. Teme dejarte sola por eso no ha querido salir con Engracia, la vecina de la casa de enfrente>.

Palmira miró a su padre que seguía tranquilamente la homilía de Don Salvador y tuvo ganas de preguntarle si lo que acababa de escuchar era cierto. Después de una breve meditación, concluyó que no estaría bien que el Niño Jesús mintiera y decidió creerlo. < ¿Y qué puedo hacer yo?> le dijo? ? ? ? ? ? ? < ¿Debo irme de casa con el primero que encuentre?> <No – dijo el Niño – sólo con aquel en cuyo corazón te veas reflejada>.

Palmira miró desesperanzada al Niño. <Creo que eso ya no existe, Jesús, hace muchos años que el ser humano se ha vuelto egoísta y el amor de verdad ya no se lleva, pero te lo agradezco de todas formas y prometo rezar de verdad cada vez que venga a la Iglesia.>.

Desde aquel día Palmira acudía? diariamente a misa con o sin su padre. Don Salvador, el joven cura que llevaba la parroquia, se sintió gratamente sorprendido por el interés repentino de aquella feligresa por todo lo referente a los eventos de la comunidad. Palmira pensaba que los curas siempre tenían un nombre adecuado a su condición, como si sus padres en la cuna ya hubieran determinado cuál sería su futuro.

Y así, entre misas, reuniones, catequesis y campamentos de confirmación, Palmira fue convirtiéndose en la mano derecha del sacerdote Don Salvador y un día cualquiera Don Salvador descubrió que ya no le gustaba estar solo y que, quizás, podría servir a Dios de otra manera.

Pasó todo un año desde que el Niño Jesús habló a Palmira y de nuevo el 24 de diciembre y ante aquel mismo Niño, Palmira y Salvador, que había renunciado a sus votos, se juraban amor eterno. El padre de Palmira acudía atónito y feliz al evento en compañía de Engracia, la vecina, la que tanto había anhelado ejercer como madre de Palmira.

2 comentarios »

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Comment by Sofia Moreno

21 enero 2010 @ 1:52 am

Me encanta cómo describes la psicología de Palmira (“pensaba que los curas siempre tenían un nombre adecuado a su condición, como si sus padres en la cuna ya hubieran determinado cuál sería su futuro”). Es una bonita historia con final feliz, muy agradable. Me he reído cuando sale por primera vez la vecina en labios del Niño Jesús. Qué bueno. Un detalle pequeño y de forma solamente, no de fondo: hay algunas repeticiones de palabras, que dan un efecto un poco pesado. La historia es preciosa, el cura abandona los hábitos para ser feliz y hacerla a ella dichosa también. He disfrutado leyéndote. ¡Ciao!

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Comment by NADDIA

23 enero 2010 @ 12:49 am

Gracias Sofía por tu comentario. Tienes razón, habría que cambiar algunas cosas, pero como iba con retraso y no me paré a repasar. En fin…

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