CÍPLICO

Filed under: Relato - Segundo ejercicio — SILVIA SOLIS CAMACHO at 7:36 am on Miércoles, enero 20, 2010

CÍPLICO

“Y Dios decidió? dividir el mundo. Mitad de envidiosos y Mitad de los otros. Para probar a estos últimos, llamó a uno de ellos y le? dijo que le regalaría un castillo, joyas y demás cosas valiosas? ? con la condición de que estuviera de acuerdo? en que a su hermano, ? le? obsequiara el doble… prefirió no recibir nada”

Algo había de espectacular en ese lugar. Los sillones se perdían de vista formados uno tras otro. Diez o quince personas con semblantes muy pálidos, casi verdes, esperaban.

Cíplico tomó su turno y se sentó al lado opuesto a mí. Sus ojos se veían entornados por grandes ojeras. Su boca casi seca enmarcada en labios delgados.? Se sentía un viento helado en todo el ambiente.

Luego de larga espera, lo vi salir del consultorio. Había ido a una revisión médica de rutina. Estaba? tan pálido como los demás; igual de verde.? Se acercó y dijo:

– Vámonos? ? -siguió caminando.

-¡Bah!? Siempre con tus cosas –murmuré-.? ¿Qué te dijo el médico?

? -¡qué va a decir!, tengo leucemia ¿no? -contestó cortante-.

Seguimos sin hablar. Meditabundo recordé cuando éramos niños. Como primogénito gozaba de todos los privilegios y? las atenciones.

Cuando llegó él me despojó de todo. Nuestros días juntos fueron tornándose difíciles. A mí ya no me tomaban en cuenta para nada. Él era el pequeño, indefenso, el que más necesitaba, ¿y yo?

Empecé a verlo como? enemigo. Mientras trascurría el tiempo, más crecía mi resentimiento y un fuerte rechazo hacia él. ¿Envidia?, ¡Por supuesto que no! ¡Sólo Justicia! No se te puede dar todo y de un momento a otro, despojarte.

Hiciera lo que hiciera, él siempre era? mejor. Se empeñaba en superarme en todo y siempre lo lograba.

Mamá lo quería más. Sus travesuras de niño eran visiblemente festejadas en tanto las mías por pequeñas e insignificantes que fueran, eran castigadas duramente.

Fuimos creciendo. Él las mejores cosas, los mimos, las caricias. A mí me daba rabia que me responsabilizaran como hermano mayor? de su seguridad y hasta de su bienestar. Recuerdo que siempre fue así. Quise imitarlo, ser igual que él, pero no funcionó:

– Por favor hijo,? eres mayor,? no te toca portarte igual.

Rebeldía total fue el siguiente paso: malas calificaciones; en realidad nunca había sido muy brillante pero, al menos, obtenía? ? regulares notas.? Maltratos, regaños y castigos fue lo único que logré. Él por su parte, recibía cursos especiales para ponerse al corriente de algunos atrasos. Él deportista, bien educado y cariñoso. Mamá lo exhibía en sus reuniones con familiares y amigos por sus hazañas; cuando alguien preguntaba por mí, ella decía: -¡Es una verdadera calamidad? un día de estos, va a matarme de un disgusto!

Cuando mamá se enteró de su enfermedad cambió completamente. Meditabunda caminaba casi todo el día como sombra de aquí para allá, regando sus rezos por toda la casa, mirándome de manera hosca, casi hostil.

El sábado pasado la? escuché decir a papá en voz tan baja como un murmullo y con un hondo suspiro de resignación ¿por qué él? ¿por qué no el otro?

? Lo lógico era que fuese yo dados mis antecedentes. Se refirió a aquella ocasión en que? el maestro de matemáticas le informó que andaba fumando de esa porquería de hierba ¡puros problemas! y él, tan buen hijo. Un sollozo apagó su voz.

Seguimos caminando. Normalmente no teníamos nada que decirnos. Lo miraba de? reojo. La ? delgadez de Cíplico era extrema, su piel pálida verdosa y esas ojeras tan profundas como si buscara ocultarse tras un antifaz.

Llegamos a casa. Mi madre, como siempre, corrió hacia él? y le preguntó:

¿Cómo te sientes?, ¿Qué te dijo el doctor?

–Lo de siempre, -contestó-.

Días después, casi a media noche, entró su sombra en mi dormitorio y se sentó a la orilla de la cama. Me desperté y al verlo junto a mí,? sentí miedo; así, bajo las tinieblas, parecía un ser de otro mundo.

– Mira, -dijo- necesito hablarte.

Es cierto que entre nosotros no ha existido mucha comunicación pero, quiero pedirte un favor. ? Un regalo de Navidad. Yo escuchaba en silencio ¡era el colmo! Él que acaparaba todo era capaz de pedirme algo. Lo vi tan desamparado que no pude más que pensar que a pesar de todo, era mi hermano.

El médico aseguró que ? mi enfermedad no tiene remedio –dijo con voz entrecortada-,? ira decayendo poco a poco y no tengo el valor de seguir hasta el final. La decadencia es una humillación? que no quiero pasar. ¡Ayúdame!

-¿Cómo sabes que lo haré? -Murmuré? tímidamente-.?

-Siempre quisiste mi lugar.

Traté de ser indiferente, de acallar mi corazón. Busqué amontonar en el fondo oscuro de la conciencia, la alegría que por un instante recorrió mi espalda.

Es un sufrimiento inútil –siguió- y no lleva a ningún? lugar Será el final. Precisamente en esa fecha donde todos están felices y llenos de esperanza, ¡no es el colmo! Ese día, mientras la mitad del mundo festeja, la otra sufre.

Cuando vio mis titubeos, arremetió:

-Volverás a ser el único.

No agregó más y salió apresuradamente.

Pasó no sé cuánto tiempo. Llegó la navidad y no hubo celebraciones. El árbol permaneció en la penumbra; la cena y el brindis esperaron inútilmente.

Mis padres permanecían cabizbajos y silenciosos y no se percataban de mi presencia.

Estuve caminando de un lado a otro de? mi habitación sin encender ? la luz. Mi rostro se iluminó cuando prendí un fósforo con el que? encendí un cigarro mal envuelto en una sábana.

Fumé mientras mi mente se extraviaba en un laberinto de locura.

Llegué hasta su cama; lo vi más flaco que nunca, más verde que nunca.

? Me vio y aunque no dijo nada, su mirada devolvió un destello de complicidad. Permanecí ? de pie junto a su lecho por unos minutos.

Olía a humedad, alcohol, a éter o alcanfor; a rencor? añejo o a fracaso, ¡quien podría soportarlo! Salí apresuradamente.

Mamá entró bruscamente? a mí cuarto gritando: ¡Tu hermano!, ¿Qué has hecho con tu hermano?

Con irónica soberbia y respondí: “¿Acaso soy el guardián de mí hermano?”

De lo que hayas hecho ya responderán ante el que nace ahora.

Con todas mis fuerzas cerré los ojos mientras me invadía un silencio vertical.

Todo ha sido inútil. Aunque no él esté ? siempre seré el malo.

En ese momento comprendí que? mi vida es sólo un segundo lugar. Fue entonces que lloré.

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