El hada dorada

Filed under: Relato - Tercer ejercicio — Sofia Moreno at 2:26 am on Miércoles, enero 27, 2010

Un día, como todas las mañanas, Pedro salió de su casa camino del colegio. Sus padres ya no le acompañaban, pues la escuela estaba a tan solo doscientos metros del edificio de pisos donde vivía. Además, era un barrio muy tranquilo, donde nunca pasaba nada digno de reseñar en la página de sucesos del periódico.

Así que Pedro iba por la acera, arrastrando su pesada cartera sobre ruedas. Su mochila estaba nuevecita, porque era un regalo de Navidad que le acababan de traer los tres Reyes Magos, Gaspar, Melchor y Baltasar.

Era el primer día de escuela tras las vacaciones de Navidad y Pedro iba arrastrando los pies. No le apetecía nada volver al cole. Muchos niños se burlaban de él porque Pedro llevaba gafas y le sobraban unos pocos kilitos. No era un niño de esos que tenían muchos amigos. Pedro tenía solo dos amigos, Juan y Samuel. Juan era nuevo, había llegado este año al colegio. La familia de Samuel era de América Latina, un país cuyo nombre Pedro no lograba nunca recordar. Un sitio de calor y palmeras, seguro, pensaba Pedro mientras esquivaba una farola.

Era lo único bueno de volver al cole: preguntarles a Juan y Samuel qué habían hecho ellos durante las tres semanas de vacaciones navideñas, si habían tomado las uvas el día treinta y uno, si habían ido a la cabalgata de Reyes y sobre todo, qué regalos les habían tocado.

Pedro iba pensando en todo esto mientras se arrastraba penosamente por la acera, helada y limpia. Ahora le tocaba cruzar con cuidado una calle en el semáforo y luego, caminar otros ochenta metros pegado a la valla del parque. Después del parque estaba el colegio y allí acabaría su paseo matutino.

Siempre que caminaba por esta parte del trayecto, Pedro miraba dentro del parque. Era el orgullo del alcalde, pues estaba muy bien cuidado. Le habían dado tres veces el premio de la región al parque más limpio y mejor cuidado, al mejor parque. Todas las tardes, Pedro iba a pasar dos horitas allí, jugando en los columpios y bajando por el tobogán. Era estupendo tener ese parque tan bonito cerca de casa. Con tan solo cruzar la calle estaba en un pequeño paraíso.

El alcalde tenía una manera eficaz de mantener su parque limpio y cuidado: todas las noches, a las diez, el guardia lo cerraba con llave; así ningún borracho o algo peor aún podía entrar a estropearlo. Desde el primer día en que fue inaugurado, el alcalde decidió que sería el parque de los niños y por eso puso un viejecito de guardia allí. El viejecito les regañaba si decían palabras feas, dirimía en las disputas cuando no estaban de acuerdo sobre quién había ganado el partido de fútbol, avisaba a Margarita que ya eran las siete y su madre la estaría esperando en su casa, no dejaba entrar a ningún perro grande si no estaba atado con correa y recordaba a los dueños que solo los podían soltar en las zonas especiales señaladas al efecto, unas grandes praderas al final del terreno, allí muy lejos. También les recordaba que si el perro debía hacer alguna necesidad, para eso estaba el «pipi-can», un recinto apartado y cubierto con un espeso lecho de arena.

En una palabra, era un parque modelo.

Pedro miró por entre la valla que rodeaba al parque. Habían plantado un bosquecillo de árboles jóvenes pero tupidos cerca de aquella valla. De pronto, Pedro vio algo raro entre la espesura. Una lucecita pequeña, casi imperceptible. Se agachó, pues la luz estaba casi en el suelo. Miró con cuidado. Una minúscula silueta no mayor que su dedo meñique, con forma de… ¡mujer! Qué extraño. Pedro se quedó mirando, hipnotizado.

La pequeña dama iba vestida con un traje antiguo y se afanaba ayudando a las hormigas a cargar unas migas de pan. Para ese ser y para las hormigas, las migas eran enormes, como un piano de cola para nosotros. Hacían esfuerzos tremendos, hasta que conseguían poner cada miga encima de una esforzada hormiga, que se alejaba entonces.

Pedro lo miraba todo con la boca abierta. Nunca había visto nada parecido. En algunos cuentos que sus padres le leían antes de irse a dormir salían personajes así. Se llamaban hadas, y si eran hombres, elfos. Pero cuando le leyeron el primer cuento donde salían estos personajes diminutos, Pedro le había preguntado a su padre: «Papá, ¿existen las hadas?» Su padre había sido rotundo: «Solo en los cuentos, cariño.»

Y allí estaba ahora esa señora, con su falda larga. De pronto, la dama debió darse cuenta que alguien la estaba mirando, porque se volvió de sopetón y observó a Pedro fijamente, directo a los ojos. Enseguida, a toda velocidad, se escondió tras una hoja seca que había escapado al rastrillo del jardinero municipal. Pedro habló muy bajito: «No tengas miedo, no te escondas, no voy a hacerte daño, por favor, sal.»

La gente pasaba a su lado, pero solo veían a un niño agachado cerca de su mochila. Pensaban que estaba sin duda anudando el cordón de su zapato. Pedro seguía inmóvil. Incluso el tenue vaho de su respiración era como un huracán de bruma y niebla, que envolvía la hoja tras la que se escondía la pequeña hada. Ella se asomó tímidamente, observando al niño gigante. Con voz temblorosa, habló por fin, mientras Pedro se quedaba lo más quieto posible, cuidando de no asustarla: «¿Cómo te llamas?» dijo el hada.

– «Pedro. ¿Y tú? ¿Quién eres? ¿Vives aquí? ¿Cómo es que nunca te he visto antes? ¿Eres un hada, como las de los cuentos?
– Sí, soy un hada. Es verdad, en los cuentos hablan mucho de nosotras. No, no vivo aquí. Solo estoy de paso. Por eso no me habías visto antes. Llegué hace dos días. Estoy en una misión.
– ¿En una misión? ¿Como los agentes secretos?»

El hada se rió. Cada carcajada sonaba como un pequeñísimo diamante que se estrellara contra un suelo de mármol.

– «Bueno, no sé cómo serán las misiones de los agentes secretos. Me envía el Consejo Mágico. Mi misión es observar la vida en este parque. Verás, el Consejo Mágico decide dónde podemos vivir las hadas, pero también los elfos, los duendes, los gnomos, los orcos, etc. Cuando se inaugura un nuevo parque, esperamos un poco a que los árboles crezcan y el matorral esté bien tupido. Después, si no hay demasiada actividad de máquinas cortacésped, podadoras, aparatos para soplar las hojas, sierras mecánicas y así, pues entonces el Consejo envía a alguna de nosotras en misión para decidir si podemos establecernos aquí, cuántas de nosotras podrían venir y cosas parecidas. ¿Comprendes?
– Claro que comprendo, pero yo no tenía ni idea que las hadas vivíais en parques, dentro de las ciudades. Creía que solamente vivíais en los grandes bosques, lejos de la actividad de los humanos.
– Allí es dónde mejor estamos. Pero el Consejo ha decidido que los humanos nos necesitan de nuevo. Verás, hace miles y miles de años, vivíamos todos en buena armonía: humanos, animales y seres mágicos. Luego vino «El Día Fatal» y tuvimos que retirarnos a los bosques más alejados para poder sobrevivir. Ya no podíamos convivir con los humanos porque nos perseguían, querían meternos en frascos de cristal para observarnos. Nos capturaban y nos usaban como juguetes para sus hijos. Nosotros no podemos vivir encerrados. A los tres días de carecer de libertad, morimos. Exhalamos el último suspiro y morimos. Por eso tuvimos que refugiarnos en parajes tan recónditos, que muchos humanos creen que solamente existimos en el reino de la imaginación, de los cuentos, de la fantasía.
– Mi Papá dice que las hadas existen solo en los cuentos.
– ¿Lo ves? La mayoría de la gente así lo cree, sobre todo los adultos. Los niños son distintos, aunque no todos, claro. Algunos tampoco creen que existamos en la realidad. Solo porque no nos ven.
– Oye, hada, ¿cómo he de llamarte, cuál es tu nombre? Porque tendrás uno, ¿verdad?
– Claro, Pedro, como todo el mundo, faltaría más. Me llamo Clemsidra.
– Es un nombre precioso.
– Pedro, ¿no deberías estar ya en el colegio?
– ¿Y tú cómo lo sabes?»

Clemsidra se rió de nuevo, esparciendo destellos de luz en forma de sonido.

– «Pedro, te lo explicaré cuando salgas del cole y vuelvas a pasar por aquí. Ahora debes darte prisa o llegarás tarde y eso no le gusta a tu «Seño». Pero recuerda que a esas horas de la tarde, cuando regreses, hay mucha gente en el parque y yo estaré escondida entre el follaje, así que tendrás que buscarme por esta zona con mucho cuidado. Cuando me busques, di estas tres palabras muy suavemente: garblinka, gurblonka, birlaika. Repítelas para no olvidarlas.
– Garblinka, gurblonka, birlaika ; garblinka, gurblonka, birlaika ; garblinka, gurblonka, birlaika… Vale, creo que ya lo tengo. Me voy, pero luego me lo explicas todo, ¿vale?
– Vale, preguntón.»

La calidez de la pequeñísima sonrisa de Clemsidra bastaba para crear un micro-clima a su alrededor. Aparecieron de pronto diminutas flores en torno suyo, pero Pedro ya estaba lejos, corriendo hacia la escuela. Un mundo nuevo empezó para él ese mágico día de la vuelta al cole.

Aquella tarde, Pedro se acercó sigilosamente al lugar en que había visto al hada Clemsidra por la mañana y buscó con cuidado, pronunciando las palabras mágicas que había estado repitiendo mentalmente duranto todo el día. Incluso las había apuntado en su libreta de borrador, por si se le olvidaban. Buscó detrás de los estrechos troncos de árbol, debajo de las hojas muertas, entre la maleza, siempre susurrando: «Garblinka, gurblonka, birlaika ; garblinka, gurblonka, birlaika…» una y otra vez. Por fin la encontró. Estaba recostada en una mullida seta, tomando rayos de sol. Tal vez dormía.

«- Clemsidra» bisbiseó el niño. «Clemsidra, ¿estás dormida?
– No, solo estoy disfrutando del sol en mi cara. Su calorcito me sienta bien. Estos días ha hecho muchísimo frío y es un gran placer sentir el calor del sol en el rostro, aunque sea sol de invierno y no llegue a calentar mucho. Se siente una mucho mejor con esta suave caricia de calor. ¿Tú no tomas el sol? ¿No te pone tu mamá a tomar el sol de invierno?
– Pues no, la verdad. Pero hay un niño en mi clase que va a esquiar todos los años y vuelve tostado, como si hubiera estado en la playa en pleno verano. Nunca lo he comprendido. Él va a la nieve, así que ¿cómo puede tostarse al sol?
– Bueno, tendrás que preguntárselo a tu profesor de ciencias, porque yo, Pedro, no tengo tiempo de explicártelo hoy. Mi misión acabará en dos o tres días y tendré que marcharme. Me queda aún mucho por hacer y no tengo tiempo, lo siento. Al menos ya he cumplido otra de mis tareas: comprobar si hay algo de sol en este parque, para que los niños puedan recibir su bondadoso influjo incluso en los días más fríos del invierno. Y sí, así es, aquí si se puede recibir algo de calor solar. Eso es muy bueno, ¿sabes?
– Pues no, no lo sabía. Pero dime, Clemsidra, esta mañana dijiste que el Consejo Mágico ha decidido que las hadas deben volver a vivir con los humanos. Pero, Clemsidra, ¿por qué? ¿Qué les ha decidido a cambiar de opinión? ¿Los humanos ya no somos una amenaza para vosotras, las hadas?
– Verás, Pedro, el anciano Elfo Mayor ha observado que los humanos parecen querer portarse mejor. No solo con nosotras, sino en otras cosas también. Cada vez son menos los humanos crueles y más los humanos bondadosos. No paráis de firmar tratados de paz y de buena amistad entre los pueblos, pero luego os cuesta cumplirlos. Inventáis códigos de conducta ejemplares, códigos deontológicos para las profesiones, de manera que un médico, por ejemplo, se niega a practicar la tortura. Todas esas ideas son excelentes, pues os alejan del mal y os acercan al bien. Pero siempre os cuesta ponerlas completamente en práctica.
– Bueno, a mí me gusta ser bueno, pero a veces…
– Sí, es difícil, ¿verdad, Pedro?
– Pues sí, muy difícil, sobre todo cuando te están machacando. Hay un niño en mi clase que no para de burlarse de mí. Es difícil no tener ganas de vengarme…
– Lo comprendo. ¿Y qué haces cuando eso ocurre?
– Pues procuro pensar en otra cosa, me pongo a pintar algo muy rojo y muy gordo, como las llamas de un fuego, y así poco a poco siento que me voy calmando y se me pasan las ganas de estrangularle.
– Eso está muy bien, Pedro. Y ahora, dime, ¿ya has entendido porqué hemos regresado entre los humanos?
– No estoy muy seguro, creo…, bueno, no sé.
– Como te decía, el anciano Elfo Mayor observó que queríais ser buenos pero que no lo conseguíais nunca del todo. Muchos humanos se portan fenomenal y no se meten con nadie. Pero basta que unos pocos se porten mal y hagan sufrir a los demás como para desbaratar todos vuestros esfuerzos hacia el bien. ¿Entiendes?
– Sí, es como en clase. Somos quince niños tranquilos que pintan y canturrean sin molestar a nadie. Pero entonces se le funden los plomos a Antonio, que es un bestia. Te rompe tu dibujo y todo se va a la porra. No sabemos porqué es así, pero siempre acaba portándose fatal. Y entonces la «Seño» nos castiga a toda la clase sin recreo, por culpa del maldito Antonio de la porra, y ya la hemos «pifiado». Todo estropeado por culpa de uno solo. Somos quince buenos y solo uno malo, pero ese malo nos hace la vida imposible a todos los demás, qué lata…
– Así es, Pedro. A los mayores les pasa exactamente igual. Solo hay un terrorista entre un millón de personas, pero todo ese millón de personas debe fastidiarse por culpa de un terrorista, solamente un asqueroso terrorista. Uno, nada más.
– Eso no es justo.
– Pues claro que no, Pedro. Por eso decidió el Consejo que debíamos ayudaros a quitaros de encima a esos cafres asesinos. Como casi todo el mundo tenía ganas de ser bueno de verdad, pues decidimos dejar nuestro refugio y ayudaros a lograr el verdadero bien para todos. Espero que tengamos éxito. Ya veremos…
– Pero, ¿cómo lo vais a hacer? Eso es imposible, Clemsidra.
– El Consejo Mágico tiene un ayudante muy importante: es el Consejo de Sabios que Inventan Inventos Inventivos, el CSIII. Estos sabios llevan milenios probando fórmulas mágicas para mejorar las cosas. No lo vas a creer, pero hace poco descubrieron por fin el elixir de la eterna felicidad. Se esparcen unas gotas sobre la Tierra y… ¡zás! Se acabó la maldad de esos imbéciles terroristas malvados. Lo único que les interesará desde ese momento será cómo conseguir más flores en sus macetas de geranios, cómo conseguir repollos más grandes en sus huertas y agua más pura en los ríos. Todas sus energías serán para ese tipo de cosas. No volverán a meterse con nadie. Serán curiosos e inteligentes, pero solamente volcarán sus facultades hacia problemas humanitarios: cómo acabar con la sequía, cómo conseguir que los rizos del pelo no se caigan y queden lacios y deslucidos cuando se pasa el efecto de la permanente en el peinado, cómo lograr una mahonesa realmente rica, cómo andar por el campo sin ensuciarse las botas en los charcos, ese tipo de problemas les ocuparán todo su tiempo. ¿Qué te parece, Pedro?
– ¡Pues maravilloso! Antonio me dejará en paz y podremos pintar tranquilamente sin que nadie nos fastidie. ¡Maravilloso! ¡Maravilloso! ¡Maravillooooso!»

Sin darse cuenta, Pedro había comenzado a saltar de alegría mientras gritaba esta palabra de esperanza. La pobre Clemsidra tuvo que ponerse a salvo y agarrarse con fuerza a una rama baja. Los saltos de Pedro provocaron un mini-terremoto que, para el hada, no fue tan mini. Afortunadamente, tampoco fue nada grave. Pedro se tranquilizó y se aseguró que Clemsidra seguía bien. Se despidieron muy contentos los dos. Al día siguiente, tal vez volvieran a verse en el camino que Pedro tomaba a diario para acudir a su colegio. Tal vez, si había suerte. Todo era posible.

***

En los cien años que siguieron, las cosas cambiaron mucho para los humanos. Misteriosamente, muy poco a poco, fueron resolviéndose todos los conflictos y guerras que habían desgarrado a la humanidad entre sí. Increíblemente, los gobiernos se pusieron al fin de acuerdo y desapareció el hambre en el mundo. Bueno, a veces alguien se ponía a régimen y pasaba hambre, pero ya saben que no me refiero a eso. Me refiero al hambre de verdad. También hubo acuerdos, eso no era nada nuevo, pero esta vez, se fueron cumpliendo poco a poco, progresivamente. Por ejemplo, el acuerdo sobre desarme y el otro, sobre el clima. Y también se fueron cumpliendo los convenios sobre enfermedades, vacunas, derechos del niño, derechos humanos.

Durante esos cien años, las hadas vivieron de nuevo entre nosotros, pero solo los niños podían verlas. Aunque los adultos no supiéramos captar su presencia, sí que surtió efecto entre nosotros el trabajo de las hadas. Todos los días se despertaban a las seis de la mañana, desayunaban una gota de rocío y dos gramos y medio de polen de flores y salían a volar. Volaban durante todo el día, esparciendo por toda la tierra sus invisibles gotas de amistad y buen humor, felicidad y risas. En tan solo esos cien años, todo cambió para bien. ¿Verdad que ahora, en el año 2112, estamos mejor que hace cien años? Poca gente lo sabe, pero es gracias a las hadas. Pedro fue uno de los primeros en enterarse. De mayor, llegó a ser Secretario de Estado de Golosinas, Chuches y Refrescos Azucarados. Un buen puesto, con un buen sueldo. Vivió ochenta felices años. Tuvo cinco hijos, todos sonrientes.

Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado. ¿Te ha gustado?

(fin)

1 comentario »

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Comment by NADDIA

1 marzo 2010 @ 10:34 pm

Voy con retraso, como siempre. Había que hacer una crítica a los relatos de los compañeros aunque yo creo que eso sería cosa de los profes porque yo no me veo capacitada para juzgar a nadie, pero allá voy. Tu cuento me gusta y me parece muy entretenido, pero tengo que buscarle un pero, así que voy a decir que tiene un final demasiado feliz. Me explico, yo diría que hoy día ni los niños creen en tanta felicidad. No digo que no sea deseable sino que cuesta… ¿asimilarlo??? En fin, ojalá fuera cierto. Yo hubiera acabado cuando pones los tres asteriscos, deja el final abierto e igualmente se deduce que va a llegar algo bueno. Y dicho esto, añado que me ha encantado un mundo tan feliz. Un abrazo.

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