“De viajes y viajeros”

Filed under: Creatividad - Tercer ejercicio — Corina Harry at 3:22 am on Domingo, enero 31, 2010

“¡Cabello demasiado largo para ser varón!”, diría mi abuela, siempre tan apegada a los mandatos ancestrales. Aro en la oreja derecha. Las? manos en la cintura. Hartazgo en la mirada. Demasiado calor para ser primavera. Sandalias tipo franciscanas. La manga de su camisa blanca de hilo, absorbe el sudor que brota de su frente. Demasiada humedad para la montaña. Anteojos color caramelo porque filtran el sol sin oscurecerte las cosas. Es posible. No me preocupa. Me preocupa que siga pasando el tiempo y nada se haya decidido. ¿Quién decide? Nadie lo dijo. Sigo esperando. La mano derecha se eleva, su mirada se encuentra con el pesado reloj pulsera que la manga de la holgada camisa blanca de hilo escondía. “¡Cabello demasiado ondulado para llevarlo largo!”? Tampoco me preocupa. Me sigue preocupando que siga pasando el tiempo y no se haya decidido nada. Todavía no se dijo quien decide y sigo esperando. El agua mineral de la botella de plástico ya está caliente. Es un asco. No se puede tomar. No hay otra cosa. No es mi culpa. Yo no tengo nada que ver. “¡Demasiadas canas para un cabello ondulado!” ? Las canas no tienen nada que ver con el pelo. Tienen que ver con la edad. El agua caliente no me hidrata. Paciencia. El pavimento está tan caliente que si se mira fijo, da la sensación de que se mueve. Si se mira hacia lo lejos, parece que estuviera mojado, y si miras más allá, ya no hay pavimento. Se termina el camino. No me había dado cuenta. A lo mejor no se termina. A lo mejor hay una curva o una cuesta hacia abajo y por eso no se ve el camino. Debe ser eso. No se ve porque es una cuesta. Cuando lleguemos allá, seguro que se ve la cuesta… o un precipicio. Si a lo lejos hay montañas, no puede haber un ? precipicio. El precipicio no existe. Casi seguro que se trata de una pequeña cuesta abajo seguida de una cuesta arriba, que lleva a las montañas de allá a lo lejos. El antebrazo de la manga de la holgada camisa blanca de hilo, está empapada del sudor y de la grasa que brota junto al sudor de su frente. “¡Demasiado varonil para llevar el pelo atado”!? Una nube blanca, tapa por unos instantes el sol que recalienta el pavimento y el motor del micro. “¡Gracias nube! ¡Quédate ahí, por favor, nube! ¡No te muevas! ¡No te vayas!” ? Somos catorce arriba del micro. Catorce. Los conté dos veces seguidas. Al rato los volví a contar. Tengo hambre. Tengo sed. Tengo sueño. Anoche no dormí muy bien. No fue gracioso que me hicieran beber tanto. No tengo la costumbre de beber. Mi hígado no se hizo para soportar tanto alcohol. Al otro día me levanto de mal humor, con aliento a muerte y con los ojos hinchados. Hoy me levanté de mal humor. Tengo hambre. Tengo sed. Tengo sueño. Es difícil, al menos para mí, dormir en una cama que no es la mía. Es difícil, al menos para mí, dormir si tengo hambre y sed. Tengo hambre, tengo sed y tengo sueño. Lo único que puedo hacer es dormir. El agua de la botella de plástico está caliente y comida no hay. Del otro lado de la montaña nos esperan con el almuerzo. Entonces no puede ser precipicio. Nadie lo dice, pero seguramente se trata de una cuesta que baja y después sube. Porque si fuera un precipicio el micro no hubiera venido por este camino. A lo mejor se equivocó de cartel y tomó el camino errado. Porque no se ve que pase ningún auto, ningún micro, nadie de a caballo o en bicicleta o caminando. A la manga de la camisa blanca de hilo, empapada de sudor y grasa que emana de la frente, se le suma el polvo de la tierra que se empezó a levantar por culpa del viento que, no solo se llevó la nube blanca, sino que trajo nubes grises y llenó de tierra los ojos de todos los que los tenían abiertos. Y a quienes los tenían cerrados, les llenó la nariz? y la boca. El hombre que roncaba en el fondo del micro se despertó cuando sintió la aspereza de la tierra seca en su igualmente seca garganta. Cierro la ventanilla. El viento hace tambalear el micro con las catorce personas dentro. Me preocupa que siga pasando el tiempo y nada se haya decidido aún. ¿Quién decide? Nadie lo dijo. Sigo esperando. ¿Cuánto más hay que esperar? Las gotas de lluvia son un alivio. Abro la ventanilla. La vuelvo a cerrar. No es agua, parece barro. No cae granizo y sin embargo el chasis del micro se abolla al recibir el impacto de cada gotón que se precipita sobre nosotros. El hombre de la garganta seca baja del micro desoyendo las órdenes del de? “el cabello demasiado largo para ser varón”. Y pese a que lo esperamos durante bastante rato, no volvió al micro. Una mujer que amamantaba a su hijo recién nacido, le dio de mamar también a su otro pequeño, que si bien había dejado el pecho hacía más de un año, no dejaba de llorar por la sed que sentía. El parabrisas se cubrió de lodo. Las ventanillas chorreaban lodo por fuera y sudor de encierro por dentro. Un hombre de mediana edad sugirió que cuando parase la tormenta de lodo todos los varones deberían orinar el parabrisas porque si no, no se iba a ver nada y el chofer no iba a poder manejar. De acá solo nos sacan con una grúa. Con que vea el de la grúa, alcanza y sobra. El micro comenzó a moverse en reversa. Giró sobre sus cuatro ruedas mientras avanzaba por donde habíamos venido, o al menos eso es lo que parecía. Nunca se supo cuantas veces el micro giró sobre sí mismo. Se perdió la cuenta y la calma. Los inútiles y consabidos gritos de siempre, no alcanzaban a mitigar el miedo provocado por estar dentro de una caja de metal con cuatro ruedas, sin saber hacia donde nos estábamos dirigiendo. El hombre de la garganta seca probablemente estaría a unos cuantos kilómetros de nosotros. ¿Seguiría vivo o se lo habría literalmente, tragado la tierra? Me seguía preocupando que siguiera pasando el tiempo y nadie decidiera nada. La espera estática se convirtió en una espera de movimiento vertiginoso y descontrolado. ¿Alguien va a tomar una decisión? Nadie lo dijo. Sigo esperando. Sigue en pie la propuesta de orinar el parabrisas. Pero ¿Cuándo? Cuando el micro se detenga. Se podría intentar hacerlo antes; buscar la manera. Al menos se vería qué estaba sucediendo afuera. Mejor no ver. Ya nos vamos a enterar. Orinas ahora y al segundo, al parabrisas lo vuelve? tapar el lodo. Es un desperdicio. Que a nadie se le ocurra abrir las ventanillas. Seguimos girando. El barro no cesa de caer. Las luces internas del micro no funcionan desde que se apagó el motor por vaya a saber Dios, qué avería se produjo por recalentamiento. El micro se detiene. Contrariamente a lo que se podría creer, en lugar de tranquilidad, se generó una inquietud aún más profunda. De esas que desafían el carácter, la templanza y la coherencia. No se sabe donde estamos, ni qué es lo que sucede. Alguien propone abrir la puerta. Otro se lo prohíbe. No se sabe lo que? hay afuera. ¿Quién debería tomar una decisión? ¿El chofer? ¿Algún pasajero experto? Experto ¿en qué? ¿Quién puede ser experto en micros naufragando en medio del lodo? Sigo esperando. El tiempo ¿sigue pasando o se ha detenido? Nadie lo dice. Tampoco se miran los relojes pulsera. Nadie tiene celular. Se nos ? dijo que no lo lleváramos, porque donde se iba no había señal. ¿Nos seguirán esperando con el almuerzo detrás de aquellas montañas? ¿Existirán todavía las montañas? ¿O será ese lodo que en forma de lluvia despiadada estuvo cayendo sobre el micro todo este tiempo? Alguien se suma al pedido de abrir la puerta. Alguien se suma a la prohibición de abrirla. El chofer dice que no sabe que es lo que se debe hacer en estos casos. Nunca le dijeron. Sigo esperando que alguien tome una decisión. ¿Cuál? No se. ¿Quién? Tampoco. Tengo hambre. Tengo sed. Tengo sueño. El agua de la botella de plástico está caliente y comida no hay. Estamos demasiado lejos de la montaña detrás de la cual nos esperaban con comida. Usted sepa disculpar las molestias de haberlo traído hasta aquí, pero hasta que alguien no tome una decisión, voy a dormir un rato.

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