Lo que nos une

Filed under: Microrrelato: Tercer ejercicio — carla at 1:43 am on Domingo, marzo 7, 2010

Gordon lo sintió. Notó que algo no iba bien. Decidió que aullar y participar sus temores al mundo exterior era lo que tenía que hacer. Era su deber. Lo percibía. Su dueño no estaba. Hacía tres semanas que no le sacaba a pasear, que no le daba de comer, que no le palmeaba la cabeza cuando él se apresuraba a darle la bienvenida a casa. Su dueña tan cariñosa con él llegaba durante aquellos días a deshoras y apesadumbrada, sin brillo en los ojos. Su risa cantarina que contagiaba tantas veces a su dueño no había vuelto a resonar por la casa. Las conversaciones por teléfono, ya no resonaban felices, sino que acababan últimamente en suspiros o en dolorosos silencios. ? Ella ahora se ocupaba de que no le faltara comida para el día siguiente, pero tampoco le paseaba.

Un chico de unos quince años, era quien le llevaba al parque y le dejaba correr y jugar con los perros de sus amigos. Lo pasaba bien, pero no era lo mismo que con sus dueños pues estaban pendientes de él y le tiraban una pelota y,… De nuevo, en su interior y sin que pudiera evitarlo, un fuerte dolor le golpeó. No podía respirar. Experimentó una honda presión en el estómago y en el pecho.? Aquella sensación provocó un ladrido entrecortado? y volvió a aullar. Así pasó aquella noche de verano para disgusto de sus vecinos.

A la mañana siguiente, su ama entró y encontró a Gordon en un charco en el sillón que solía ocupar las horas de su dueño frente a la televisión y que como amigo fiel él pasaba a sus pies. Ella no dijo nada. Con lágrimas en los ojos, retiró la humedad y abrazó al perro.

Gordon miró a su dueña, que vestía de riguroso negro, y se prometió acompañarla y conseguir que algún día su sonrisa le volviera a iluminar.

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