Apocalipsis

Filed under: Microrrelato: Tercer ejercicio — Alicia at 2:54 pm on Lunes, marzo 8, 2010

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? Ella era pausada, serena, casi podría decirse solemne. Cada día llegaba al atardecer, permanecía durante la noche y al despuntar el alba desaparecía sigilosamente hasta la próxima vez. Incluso había ocasiones en que se quedaba tratando de no ser vista hasta que, a la hora establecida, se presentaba en el sitio acostumbrado.

Esperaba cada encuentro como el primero. En aquella oportunidad se vistió discretamente, más que de costumbre, para impactarlo; sabía que era soberbio y que no admitiría competencia. Se conocieron y fue un amor a primera vista; se prometieron fidelidad eterna y así era.

Cada semana se ataviaba especialmente sin desechar la austeridad. La segunda cita agregó cierto brillo para no pasar por recatada y en la tercera se atrevió a más: se presentó con el mejor traje de luces y notó la admiración en su semblante. No obstante, temiendo el fantasma de los celos, en la cuarta ? redujo lo llamativo y de a poco retomó su aspecto original. Así durante épocas que parecieron infinitas.

Criticaba de él la falta de puntualidad. Al comienzo respetaba sus plazos informales; ello no la conformaba pero los toleraba en el afán por complacerlo. Con el correr de los tiempos los adelantos y las demoras se hicieron rutinarios y hasta llegó a asumirlos como propios, emulándolo.?

Entonces los encuentros eran impuntuales pero cíclicos y apasionados. Ella aportaba su mesura y su delicadeza y él la inundaba con el? fuego avasallante y abrasador de la pasión. Y al amanecer volvía a desaparecer, a veces solapadamente oculta observándolo todo, mientras él tomaba las riendas del quehacer cotidiano.

A lo largo de su historia formaron parte de acontecimientos que los tuvieron como testigos o partícipes según el momento, siendo a veces su relación motivo de inquietud en las generaciones que les temieron y les idolatraron.

Cuando creyeron que ya nada quedaba por hacer se dispusieron a aguardar el final, íntimamente realizados. Cada mañana y cada anochecer suponían que era el último, enfrentándolos no obstante con las mismas fuerzas, con las mismas ganas.

No vislumbraban la forma ni esperaban la gloria que les llegó celestialmente según la profecía:

“…Apareció en? el Cielo una gran señal: una mujer vestida del Sol, con la Luna debajo de los pies y sobre su cabeza una corona de estrellas…” (Ap.12, 1)

Como estaba dispuesto, como estaba escrito.

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