Cal y sangre

Filed under: Redacción: Cuarto ejercicio — Carminacd at 10:21 am on Viernes, abril 30, 2010

Amor escondido

Te dedico esta carta desafiando al tiempo y a la lógica. ? No me dieron lápiz (hubiera querido uno negro que escribiera fuerte y decidido, de esos que dejan un canal en la hoja debajo de su trazo) y ni hablar de un teclado. Los muros van a sustituir tanto el papel como la pantalla y me permitirán sentir que soy una Marqués de Sade del siglo veintiuno aunque no lleguen mis paredes a transformarse en libros. La amplitud del mensaje depende de mi astucia. Esparciré vocablos hasta cuando descubran que logro desatarme las sogas que inmovilizan mis manos y aflojar la venda apestosa y húmeda y, aunque una vez fuera blanca, hoy ya gris. Cuando me cubren, baja un hedor nauseabundo hasta mi boca y, para no vomitar sobre mi propia túnica, recreo el sabor del chocolate con churros que me ofrecías en el bar de la esquina (ese iluminado a medias por farolitos chinos anaranjados que le daban un toque íntimo y exótico a la última mesa). Recordatorio: liberar al canario apenas salga de acá. La amplia jaula de rejas verdes es espaciosa para él solo, pero no deja de ser una prisión. Nunca van a saber a quién dedico estas letras. Perdoname si no logro rememorar nuestras tardes en el patio de la iglesia, sentados en el banco de madera o si el ímpetu que da a luz las palabras no queda reflejado en unos pobres signos.

Esa noche, cuando fueron por mí, hubiera revestido con sangre tus huellas sobre la cama, en el respaldo del sillón, el picaporte de la puerta de mi cuarto, la cucharita del café; hubiera preferido quemar la casa tan sólo por ocultarte.

Sigo marcando la pórtland para acercarme a la única pureza que resiste intacta. Me privaron de mi hogar, destruyeron los muebles y arruinaron mis libros (¿Te acordás de la encuadernación de “Las mil y una noches”?); poseyeron este cuerpo que me ata a la Tierra y, si salgo de acá, solo voy a poder ofrecerte un par de piernas temblorosas para seguir tus pasos; a veces, una mirada ausente.

Los desafiaría y me propinaría yo los puños y me aplicaría la picana para no darles tu nombre, negándoles el placer de hacerlo ellos. El agua del barril, la falta de respiración, fortalecen el silencio que envuelve tu imagen en mi mente con un mantel de margaritas y un sombrero de paja. Amurallo tus letras por detrás de los ojos junto con dos o tres ideas aún inalteradas. Pueden estar buscándote. ¿Cuáles serán las pistas que sigue un asesino? ¿Dónde posa sus ojos? ¿Qué roce habrá aflorado alguna vez de su mano sin provocar arcadas ni causar deshonor?

Como Scherezade cuento una historia cada noche para salvar mi vida. Aunque narro todos los días la misma ficción, hasta el mínimo detalle, oculto algunos personajes y evito ramificaciones, para proteger otras vidas. Las palabras dichas en el momento oportuno y con la tonalidad justa, sirven como escudo, aire, agua y prórroga de un proceso del que a veces desearíamos ver el final.

Hoy no me dieron el desayuno. No es que extrañe esa masa informe, marrón y con gusto, temperatura y textura de mármol; pero, quizá, esta tarde, mi amor, te dedique en secreto la última historia.

Tu amada escondida.

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