EL CAMINO DEL INFIERNO

Filed under: Creatividad - Segundo ejercicio — cc at 10:46 am on Lunes, agosto 30, 2010

Nevó durante toda la tarde por fin paró un poco y salí a la calle. Pero no había forma de caminar sin dejar huellas. Me encontrarías. Entonces llegó ella con su flamante coche rojo y oliendo a puta barata.
Entró en tu casa por la puerta principal y yo aproveché las rodadas de su coche para alejarme. Puse cuidado en tapar la nariz con su pañuelo para que no cayeran las gotas de sangre sobre la nieve.

Me alejé del lugar procurando no ser visto.
Sentía martillear la cabeza mientras el frío me helaba las mejillas.
Al llegar al pueblo más cercano lo encontré desierto a pesar de que era pleno día. Todos los establecimientos permanecían abiertos. Pero…
-¿Dónde estaba la gente?.
Entre en un bar cercano, sobre la barra se podían contemplar las bebidas como acabadas de servir.
Me aproxime a la nevera que se encontraba en la cocina, en la parte trasera. Al abrirla el terror recorrió toda mi columna vertebral helándome la sangre. En su interior perfectamente envueltos en plástico transparense te podían ver toda una colección de restos humanos, así como varias cabezas que habían sido cortadas limpiamente de un tajo, al lado de estas descansaban cuatro ampollas de sangre roja y espesa.
-¡La epidemia se había extendido hasta aquel lugar y no debía salir de él!
Anochecía, tenía que darme prisa. Recorrí el recinto buscando aquello que me permitiera llevar a cabo mi plan. Por fin lo halle, en el garaje sobre una estantería se apilaban las latas de gasolina. Me dispuse a realizar la labor meticulosamente.
En unas horas todo el pueblo ardía como una gran antorcha que iluminaba el cielo nocturno.
Tanto él como ella divisarían el fuego pero no me importaba, ya no podían detenerme.
Continué caminando en la oscuridad sin rumbo fijo. Atrás quedaba el olor nauseabundo de aquellos monstruos sedientos de sangre. Entonces apareció ella envuelta en un transparente velo que dejaba al descubierto toda la belleza de su piel sin vida. Tomé la última lata de gasolina guardada para la ocasión en la mochila que colgaba de mi hombro arrojándola ante sus pies de nieve. Después lance el cigarrillo que ardía entre mis labios, en unos segundo los gritos infernales y el olor a quemado se extendió en la oscuridad de la noche.
Sabia que el lugar de donde provenía, aquella casa de la que yo había huido era un reguero de muerte y que en su interior albergaba un cadáver sin alma y sin vida.

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