Añoranza

Filed under: -Creación de personajes — Regina Gonzalez at 12:35 pm on Viernes, octubre 30, 2009

Añoranza

Café Vienés. 8,45 de la tarde. Estoy tomando una cerveza mientras ojeo distraídamente un periódico. Rastreo el café con la mirada, está medio lleno o medio vacío, según se mire. No es un lugar ruidoso. La mayor parte de las mesas están ocupadas por parejas, que, se adivina, se susurran palabras amorosas. La mesa del fondo está ocupada por un grupo de jóvenes que charla animadamente. Son seis; no, siete. Ninguno pasa de los treinta. Una de las jóvenes está medio recostada en el sofá dos plazas, situado contra la pared. Apoya la cabeza en una de sus manos, parece que la conversación no fuera con ella. Se incorpora bruscamente y comienza a hablar. El joven que está a su lado, se ve obligado a retirarse un poco…la chica gesticula exageradamente, mueve las manos, los brazos como si necesitara reafirmar con el gesto lo que dice. Leo en sus labios: -las flo…d.. mal- Traduzco: -las flores del mal- ¡Claro, poesía!. Hablan de poesía . Es guapa, lleva el pelo corto, con mechas coloradas … Hay algo en ella…¡Ya sé! me recuerda a mi amiga Adelaida.
La recuerdo bien. Mi amiga Adelaida era una apasionada de Baudelaire. La conocí en el partido, “Yaya “, era su nombre de guerra. No era excesivamente guapa, pero tenía un cuerpo escultural que siempre ocultaba bajo largas faldas, bota campera y grandes jerséis, siempre negros, que disimulaban sus bellas curvas naturales. Cuando hablaba gesticulaba, también, de manera exagerada y cuando, tiraba los panfletos con “la vietnamita”, para eso era la mejor, su cuerpo giraba como un molinillo siguiendo la dirección de la manivela. Arrolladora.
Trataba a Marx como si fuera un viejo conocido. Nunca imponía pero tampoco cedía un pelo en sus principios ideológicos. En eso, era contundente. Inquieta y activa, era la primera cuando había que salir a manifestarse.
Pero en Yaya, también, había algo oscuro que raras veces mostraba. En realidad, toda esa apariencia de mujer dura y segura, encerraba un espíritu sensible, triste y melancólico; un alma de poeta romántico. Sensiblerías, en aquellos tiempos en que a alguien se le valoraba más por su activismo que por su alma de poeta, y menos por su belleza.
Yo la conocía bien y sabía que cuando estaba pensativa y ensimismada – entonces se rascaba su mano izquierda- Adelaida estaba en uno de esos instantes de producción poética que para ella no eran más que un signo de debilidad…¿¡ Qué habrá sido de Adelaida…!?. Ya son las 10. Los jóvenes siguen charlando. Yo me levanto y me voy.

Añoranza

Café Vienés. 8,45 de la tarde. Estoy tomando una cerveza mientras ojeo distraídamente un periódico. Rastreo el café con la mirada, está medio lleno o medio vacío, según se mire. No es un lugar ruidoso. La mayor parte de las mesas están ocupadas por parejas, que, se adivina, se susurran palabras amorosas. La mesa del fondo está ocupada por un grupo de jóvenes que charla animadamente. Son seis; no, siete. Ninguno pasa de los treinta. Una de las jóvenes está medio recostada en el sofá dos plazas, situado contra la pared. Apoya la cabeza en una de sus manos, parece que la conversación no fuera con ella. Se incorpora bruscamente y comienza a hablar. El joven que está a su lado, se ve obligado a retirarse un poco…la chica gesticula exageradamente, mueve las manos, los brazos como si necesitara reafirmar con el gesto lo que dice. Leo en sus labios: -las flo…d.. mal- Traduzco: -las flores del mal- ¡Claro, poesía!. Hablan de poesía . Es guapa, lleva el pelo corto, con mechas coloradas … Hay algo en ella…¡Ya sé! me recuerda a mi amiga Adelaida.
La recuerdo bien. Mi amiga Adelaida era una apasionada de Baudelaire. La conocí en el partido, “Yaya “, era su nombre de guerra. No era excesivamente guapa, pero tenía un cuerpo escultural que siempre ocultaba bajo largas faldas, bota campera y grandes jerséis, siempre negros, que disimulaban sus bellas curvas naturales. Cuando hablaba gesticulaba, también, de manera exagerada y cuando, tiraba los panfletos con “la vietnamita”, para eso era la mejor, su cuerpo giraba como un molinillo siguiendo la dirección de la manivela. Arrolladora.
Trataba a Marx como si fuera un viejo conocido. Nunca imponía pero tampoco cedía un pelo en sus principios ideológicos. En eso, era contundente. Inquieta y activa, era la primera cuando había que salir a manifestarse.
Pero en Yaya, también, había algo oscuro que raras veces mostraba. En realidad, toda esa apariencia de mujer dura y segura, encerraba un espíritu sensible, triste y melancólico; un alma de poeta romántico. Sensiblerías, en aquellos tiempos en que a alguien se le valoraba más por su activismo que por su alma de poeta, y menos por su belleza.
Yo la conocía bien y sabía que cuando estaba pensativa y ensimismada – entonces se rascaba su mano izquierda- Adelaida estaba en uno de esos instantes de producción poética que para ella no eran más que un signo de debilidad…¿¡ Qué habrá sido de Adelaida…!?. Ya son las 10. Los jóvenes siguen charlando. Yo me levanto y me voy.

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