PRUDENCIA

Filed under: Creatividad - Segundo ejercicio — Corina Harry at 10:54 pm on Miércoles, noviembre 11, 2009

Nevó durante toda la tarde. Por fin paró un poco y salí a la calle. Pero no había forma de caminar sin dejar huellas. Me encontrarías. Entonces llegó ella, con su flamante coche rojo y oliendo a puta barata. Entró en tu casa por la puerta principal y yo aproveché las rodadas de su coche para alejarme. Puse cuidado en tapar la nariz con un pañuelo para que no cayeran las gotas de sangre sobre la nieve. Decidí que alejarme, no era lo mejor. Regresé sobre lo andado y entré a tu casa por la puerta trasera intentando que ella no me viera. El olor que desparramaba en el ambiente, me sugería los lugares por donde no transitar si no quería toparme con ella. No quería encontrármela de sorpresa y tener que entablar la misma conversación insana de siempre. ¿Por qué será que te empecinas en relacionarte con alguien que huele tan mal? ¿Por qué no me advertiste a cerca de cómo eran las cosas? ¿Piensas que nunca te perdonaría semejante cosa? Es cierto, jamás lo haría. De todas formas, lo hecho, hecho está. Y aquí me encuentro, tan cerca de ella, que tengo miedo de contagiarme el olor. Ya lo decía tu madre: “auto rojo, auto de puta barata con aires de grandeza”. Comencé a pensar alguna estrategia efectiva para huir de la casa antes de que tú llegaras y de que ella terminara de desparramar su espantoso olor. Lo primero que se me ocurrió fue salir corriendo. Lo intenté, pero el vidrio de la puerta trasera provocó que mi nariz comenzara a sangrar nuevamente.? “La? debilidad capilar es hereditaria” – dijo el médico de cabecera de la familia. Pero ¿por qué siempre era yo la que debía poner a prueba esas cuestiones? Acaso ¿tú no eres parte de esta familia? Por suerte el pañuelo era de papel tisú y podía deshacerme de él fácilmente arrojándolo por el retrete, y así nadie se daría cuenta de que mi nariz había sangrado por enésima vez. Me pareció una idea estupenda hasta que lo arrojé por el retrete y recordé que el sonido de la descarga del agua podría advertirla de que no se encontraba sola en la casa. Decidí retirarlo y estrujarlo, buscar una bolsita plástica y colocarlo dentro, con la idea de sacarlo de la casa y proceder a arrojarlo? muy lejos. Comencé la operación de rescate del papel tisú. Logré asirlo con una mano. Al estrujarlo para que no chorreara sobre el piso del baño, la sangre, que ya se había mezclado con el agua, tiñó de un rojo pálido el blanco retrete de loza. Abrir una canilla, o apretar el botón, serían igualmente ruidosos y yo no quería eso. Quedarme encerrada en el baño hasta que ella se fuera en su flamante coche rojo y oliendo a puta barata, era un riesgo que quizás debía correr. Pero ¿Y si tú llegabas antes de que ella se fuera? Siempre tuvo mucha paciencia, ¿Por qué perderla ahora, hoy, en este preciso momento? ¿Acaso no te ha esperado mil veces más de la cuenta, sólo para verte unos instantes? Creo que dejar su olor en los espacios en los que transita, es uno de sus mayores placeres. Ese, y que la vean con su auto rojo. ¿Qué tiene el rojo de especial? No era el momento de ponerme a pensar en eso. La sangre en el retrete era lo que realmente me preocupaba. De pronto pensé que tampoco eso era tan importante. Ella no se molestaría en averiguar a qué obedecía la presencia de una ligera coloración rojiza en un baño. Y ¡si preguntaba? ¿Qué le dirías? Por un momento comprendí que estaba teniendo un comportamiento algo paranoico.? Decidí dejar de pensar. Pero la verdad es que si no hubiera nevado en toda la tarde, si no me hubiera sangrado la nariz, si no hubiera querido que no me encontraras y sobre todo, si no hubiera llegado ella en su flamante coche rojo y oliendo a puta barata, las cosas hubieran sido mucho más fáciles para mi. Pero todo eso ocurrió y no pude evitarlo. Pero lo cierto es que yo estaba en la misma casa que ella con mi nariz sangrante. Me senté en el suelo intentando armar una nueva estrategia de huida. El tiempo corría, tú llegarías en cualquier momento, ella estaba allí, y yo también. No era lo esperado, pero me entretenido mirando cada rincón de tu cuarto, cada objeto que me había sido familiar durante tantos años. La idea de detener el tiempo me pareció obsoleta y deslucida; antigua, estúpida. Pero era lo único que venía a mi mente. Era obvio que necesitaba tiempo para pensar y no lo tenía. ¿Cómo salir de la casa, luego de haber vuelto a entrar? No podía quedarme toda la noche sentada en un rincón sin ser vista. O debajo de la cama, o dentro de un placard. La nieve comenzó a caer nuevamente, podría salir de la casa y caminar hasta la ruta. Los copos que caerían tras mis pasos borrarían las huellas de mi pisada. Así lo hice. Me quité el abrigo para barrer con él las huellas más profundas. La nieve caía con fuerza. Comencé a sentir frío. Necesitaba llegar a la ruta. La nevada se volvía más intensa. Mis manos comenzaron a entumecerse. No era normal que nevara tanto en esa época del año. La nieve borró no solo mis huellas sino las de todo ser vivo alrededor de la casa. Me dolían los pies. Un apagón se apoderó de la única luz de referencia. El auto rojo seguramente ya se habría cubierto de nieve, ya que no se distinguía del resto. Todo era blanco. Todo era nieve. Mis rodillas también se habían dormido. De pronto comprendí que no era yo la que debía de haber dejado la casa. Pretendí regresar. Era demasiado tarde. Había anochecido y yo había perdido todo punto de referencia. Mis piernas estaban hundidas en la nieve y la tormenta comenzaba a tapar el resto de mi cuerpo. Me encontrarías, pero sería demasiado tarde.

1 comentario »

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Comment by albino

16 noviembre 2009 @ 6:05 pm

Hola Corina. Me pareció bueno el final, y la psicología de la protagonista reflejada en reinicidencias constantes sobre el papel tisú logran transimitir esa paranoia. Saludos

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