Sin escrúpulos

Filed under: Creatividad - Segundo ejercicio — carla at 12:11 pm on Domingo, noviembre 15, 2009

Nevó durante toda la tarde. Por fin paró un poco y salí a la calle. Pero no había forma de caminar sin dejar huellas. Me encontrarías. Entonces llegó ella, con su flamante coche rojo y oliendo a puta barata. Entró en tu casa por la puerta principal y yo aproveché las rodadas de su coche para alejarme. Puse cuidado en tapar la nariz con un pañuelo para que no cayeran las gotas de sangre sobre la nieve, pero ésta sería mi última visita de cortesía.

Me dirigí a mi coche gris cubierto, en parte, por la nieve. Una vez en el interior, el teléfono móvil encendió la pantalla y el manos libres dejó paso a una voz aterciopelada:

? ? Señor Johnson, el Jefe de Seguridad no sabía dónde se encontraba. ¿Está bien, señor?

? ? Sí, Adelaida. Ahora voy, estoy tomando la autopista hacia el despacho, tranquila.

Suspiré y repasé mentalmente mis siguientes pasos mientras me introducía en el endiablado tráfico de la city.

Dos días después de nuestro encuentro, mi candidatura arrasaba en las primarias. La primera llamada que recibí me llenó más que cualquier otra. Fue un simple, contundente y significativo: «Todo ok, señor». Colgué y me giré sobre mí mismo para asomarme al Hudson. La vista era privilegiada, digna de un futuro Gobernador. A mí, Michael Johnson Jr. ? nada me impediría triunfar. El obstáculo había desaparecido.

El Inspector Farrell era nuevo en aquel destino. Arrastrado a la gran ciudad por amor, se enfrentaba a su primer caso. Un hombre sin apenas recursos vivía a todo tren y había decidido suicidarse. La impersonal nota de despedida no le convencía. ¿Quién quería desaparecer viviendo así? Además había cierto aroma de mujer que le despistaba. Sus sentidos se agudizaron cuando buscando entre las cosas personales del fallecido, encontraron una foto de él y un niño y, posiblemente, el mismo chico convertido en joven en su graduación en otra fotografía posterior. Su intuición pocas veces le fallaba.

Cloe Wilkins había decidido que su tesis se centraría en la personalidad del político Michael Johnson. Al contrario que los chicos de su edad, ella no estaba desencantada con el mundo de la política pues veía en este nuevo personaje el viento fresco que necesitaba su país. Al igual que para él, su infancia había sido difícil ya que su madre también había fallecido cuando ella era muy pequeña. Se sentía muy cercana a él. Había concertado una entrevista con su asistente y en unos días se conocerían. El fin de semana que comenzaba lo iba a dedicar a reconstruir la vida de aquel hombre que como tantos otros personajes públicos guardaba un halo de misterio no exento de cierto romanticismo. Encendió la televisión para disponerse a cenar y se quedó sin aliento. En un especial informativo destacaban la triste muerte del padre de Michael Johnson.

El funeral fue discreto e íntimo. El Inspector Farrell observaba desde la distancia al hijo desconsolado. El que su padre no tuviera fotos de él en zonas? visibles de la casa, le resultaba raro. Ese golpe del destino, pensó, le granjearía todavía más admiradores.

El lunes después del entierro me cité con la estudiante universitaria Cloe Wilkins en la más absoluta intimidad en una exclusiva cafetería de Manhattan. Poco a poco cogimos confianza y los encuentros se hicieron menos serios y más románticos. Mi labia y detalles lograron conquistarla.

Un soleado dos de noviembre del año después de conocernos se celebró el enlace. Sólo unos pocos fueron testigos de la unión. En mis votos, dediqué unas palabras a mi padre añorando que no estuviera para sentirse feliz por su hijo. Cloe arrobada por mi ternura, recordó también la figura de su madre.

Seis meses después Cloe Wilkins echaría de menos aún más a su progenitora tras la primera paliza, inicio de las sucesivas, que durante un tiempo su esposo apagaría con pasión, lágrimas y arrepentimiento.

? ? “Eres una puta, como lo fue mi madre. Todas sois iguales”. Aquella frase resonaba en mi cabeza cada vez con más fuerza. Cuando ? perdía el control, acababa llamándola por el nombre de mi madre, Candance.

Cloe estaba tan hundida que no sabía a quién recurrir. En un primer momento intentó comprenderle y buscó en el despacho cerrado siempre bajo llave algo que le encadenara al pasado, que le hiciera ser así. Sin embargo, encontró una dirección de Brasil y un teléfono. Investigando cada vez con más interés, descubrió que mensualmente su marido ingresaba una suma considerable de dinero a nombre de Susan F. Se sintió traicionada. Michael estaba muy relacionado y su aire santurrón desorientaba a sus detractores.

Una mañana el teléfono de Michael sonó sin que él estuviera cerca. Enseguida Cloe reconoció el número pues lo había memorizado: era Susan F. Temblando cogió el móvil y preguntó qué quién era. Al otro lado reconocieron su voz: ¿Eres Cloe? No cuelgues. Ten cuidado. Te hará desaparecer como a su padre. ? ? Al otro lado sollozaron. ? ? Habla con Farrell. Él no se venderá. ? ?? Sonaba angustiada y verdadera.

Se quedó helada. A pesar de las ya continuas palizas y las humillaciones no me veía capaz de aquello, hasta que enfadado entré en el despacho y al ver que estaba allí, rojo de ira, la golpeé con tal fuerza, que su sangre tiñó la pared cercana.

Durante meses, Cloe aguantó la imagen de pareja feliz mientras en mi ausencia investigaba. Una tarjeta del Inspector Farrell avivó en su memoria la recomendación de Susan. Memorizó el número, pero no podría hablar con nadie sin que yo lo supiera. Estaba aislada. Con paciencia, se ganó la amistad de un camarero que contactó con el Inspector.

Susan F. se había vendido por dinero, pero lejos de sentirse afortunada, se arrastraba por hoteles selectos que no estaban hechos para ella. No dudó en prestar declaración por la muerte de su amante, mi padre, ? a pesar de convertirse en cómplice.

Fui declarado culpable del asesinato de mi padre, de lesiones sobre mi esposa y de provocar el aborto del hijo de ambos.

Se supo que mi madre ? abandonó nuestro hogar para irse con un vendedor de coches de segunda mano a Las Vegas donde terminaría ejerciendo la prostitución. El secreto que el miserable de mi padre quería desvelar y que amenazaba mi ? imagen perfecta.

5 comentarios »

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Comment by Carminacd

16 noviembre 2009 @ 12:12 pm

WOW!! ¡De película!!
Saludos
Carmiña

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Comment by carla

17 noviembre 2009 @ 8:43 am

Muchas gracias por tu comentario Carmiña. Pretendía transmitir algo «peliculero».
Saludos

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Comment by carla

17 noviembre 2009 @ 8:45 am

Ah, al trasladar el relato que hice en documento Word, los guiones se convirtieron en cuadraditos. Lo siento. Espero que el sentido no se pierda.
Saludos

516

Comment by albino

17 noviembre 2009 @ 2:37 pm

Hola Carla. ¡Al fin! Leo un argumento diferente, más creativo. Y justamente se trata de eso: Ejercicios de creatividad… Saludos

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Comment by carla

19 noviembre 2009 @ 12:45 am

Gracias Albino por tu comentario. Espero que lo hayas disfrutado.
Saludos.

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