Ejercicio 18 - Primer capítulo
Estamos en este momento justo en la mitad del taller, así que mientras seguís con el ejercicio anterior, vamos a adentrarnos ya en la escritura de nuestra novela.
En este ejercicio debéis escribir el primer capítulo de la novela, teniendo en cuenta los siguientes datos:
1.- Lo que ocurre en este capítulo es:
Nidia en el avión junto a Carlos repasa los hechos que la han llevado hasta allí. Describe a sus compañeros de viaje y se pregunta qué pinta allí. Esbozo de su relación con Carlos.
2.- Debéis empezar con estos párrafos, aunque podéis cambiar el estilo para adaptarlo al vuestro o para hacer que el principio sea más atrayente:
Nidia miraba incrédula el Océano Atlántico. De todos los viajes que había hecho, aquel prometía ser el más absurdo y también el más lejano. No acertaba a descubrir en qué momento Carlos la había convencido para volar a Nueva York al encuentro con el Papa. Junto a ellos, seis extrañas parroquianas daban a la excursión el fervor del que ella carecía. Se esforzaba, sin éxito, en sentir interés por Benedicto XVI y no perdía la esperanza de que al aterrizar en Newark, la paloma del Espíritu Santo bajara a iluminarla. El viaje, subvencionado por la parroquia, había llegado como un regalo inesperado a su precaria economía y rechazarlo hubiera sido un insulto para Carlos. ¿O era esa la disculpa para decir que sí? Carlos tenía la extraña capacidad de nublarle el entendimiento y últimamente hasta sentía palpitaciones cuando le hablaba. Era muy convincente y ella se dejaba convencer con alegría, al menos por él.
Las visitas de Nidia a la iglesia eran escasas y espaciadas, pero cuando iba a ver a Carlos la cosa cambiaba. Discurría entonces por jornadas plagadas de misas de tarde, viejecitas con rosarios, funerales y celebraciones dominicales. Los eventos eucarísticos del mes se concentraban en pocos días y las gentes de la parroquia la invitaban a sus fiestas como una parroquiana más. En uno de estos festejos había conocido a Aurora la viuda, una catequista de sesenta y pico, muy dicharachera que iba sentada junto a ella. Estaba desvelándole el secreto de los merengues con chocolate mientras Nidia, algo distraída, observaba cómo Carlos intentaba convencer a Paula de que el avión no se precipitaría al océano.
Debéis enviar el primer capítulo (con o sin título de capítulo) antes del domingo a las 12.00 h de España para daros tiempo luego a leer los de vuestros compañeros y poder votar.
La extensión es la que cada uno quiera, pero tened en cuenta la estructura que tenemos que seguir, es decir, no contéis en este capítulo lo que se debe contar en los siguientes.
Buen fin de semana a todos.
Capítulo I
El vuelo IB6842 con destino a Nueva York había despegado hacía unos minutos del aeropuerto de Barajas. Nidia desde su asiento junto a la ventanilla se encontraba contemplando el Océano Atlántico. Aquella mañana de viernes había amanecido con un sol radiante cuyos rayos penetraban en el interior del avión iluminando la cara de Nidia.
Sus compañeros de viaje charlaban animadamente. Carlos le había propuesto tiempo atrás apuntarse a este viaje y si bien en un primer momento dijo no, se encontró al cabo de unos días rectificando.
No era una mujer religiosa, pero de vez en cuando acudía a la parroquia donde Carlos era el vicario y asistía a sus celebraciones. Benedicto XVI no le provocaba entusiasmo alguno, pero al ver a los parroquianos con aquella alegría pensó que tal vez sus ánimos podían elevarse junto a ellos.
El viaje no le costó mucho dinero pues a Carlos como promotor de otros viajes de peregrinaje, la agencia le había ofrecido unos descuentos que él aplicó sobre los billetes de Nidia y Aurora que eran las que tenían mayores dificultades económicas. La oferta le llegó como un regalo ya que se encontraba en un momento anímico muy bajo y rechazarlo como hizo al principio era un insulto para el propio Carlos.
La presencia del sacerdote le producía un cierto desasosiego. Carlos tenía la extraña capacidad de nublarle el entendimiento y cuando la hablaba su corazón se alteraba notablemente.
Las visitas a la parroquia se habían hecho cada vez mas frecuentes por los que todos la consideraban como una parroquiana mas y la invitaban a sus fiestas. En estos actos había coincidido con todos ellos y la tenían como de la familia.
Sin embargo la pasión que ellos sentían por este viaje no había calado hondo en ella. Por unos momentos sus pensamientos abandonaron el avión y se trasladaron a dieciocho años atrás. De la relación vivída con sus compañeras de clase surgió la amistad con Emilia. Una tarde al ir a casa de su amiga se encontró con Carlos su hermano.
Su corazón de quinceañera se revolucionó. Ante su vista estaba un muchacho atlético de pelo rubio oscuro y unos grandiosos ojos verdes. Todo él destilaba una personalidad que cualquiera de sus compañeras desearía conocer. Debido a sus dotes físicas , nobleza e inteligencia le hacían un candidato para conquistar. Ella quedó prendada.
Sin embargo pronto se dio cuenta de que Carlos era un idealista que pretendía luchar y ayudar alos demás contra las injusticas que en cualquier sociedad se crean.
Cuando comentó a Emilia que estaba locamente enamorada de su hermano, ésta se puso a reir a carcajadas.
- Perdona Nidia, dijo sin podrse contener la risa- Carlos pretende irse a misiones.
Carlos había destacado de inmediato en los estudios universitarios alcanzando notas que le colocaban en los primeros lugares en derecho y teología, las dos carreras que compaginaba.
Carlos a veces iba a buscar a Emilia a la salida del colegio y las acompañaba a casa. Esto hizo que Nidia se fuese encariñando cada día mas con Carlos. Pero él la veía como a una hermana pequeña a la que cuidar.
Los padres de Nidia en aquella época se acababan de separar. Su madre no le tocó otra cosa que ponerse a trabajar lo que suponía llegase tarde a casa lo que provocaba desolación en Nidia.
-¿Quieres tomar algo?- la pregunta la sacó de sus pensamientos . Carlos se encontraba de pie a su lado. Llevaba dos vasos de cartón uno con café y otro con Coca Cola. Nidia le sonrió y alargando la mano tomó el vaso de Coca Cola. Aprovechando que el asiento de Aurora que iba a su lado estaba libre en ese momento, Carlos se sentó a junto a ella. Nidia notó como la mano que sostenía el vaso temblaba, pero Carlos la estaba mirando tranquilamente a la cara.
-¿Estás bien , inquirió Carlos dulcemente. Ella asintió afirmativamente intentando no descubir que a su lado era imposible no estarlo.
- Verás, continuó Carlos,- la casa que nos han dejado para esto días se encuentra en un lugar precioso y además cercano a donde se producirán los actos, por lo que podremos disfrutar de un cierto descanso.
Durante un rato estuvieron hablando de los planes para los dos días siguientes y después Carlos volvió con las otras parejas.
Ella regresó asus pensamientos. Cuando años mas tarde y a través de Emilia se enteró que Carlos marchaba al Seminario Mayor a terminar Teología y convertirse en sacerdote Nidia sintió que se le hundía su mundo. Esa noche la pasó en vela llorando como una desconsolada. Su madre al oir unos gemidos se acercó a su habiación y se interesó por lo que la pasaba. Ella entre sollozos le contó lo que su amiga le había dicho y explicó a su madre que se había enamorado locamente de Carlos el hermano de su mejor amiga.
La madre intentó que entendiera que ella era muy joven para pensar en esas cosas y que tendría la oportuniad de conocer a otros chicos que al final le darían el cariño que necesitaba.
Día mas tarde al ir a a buscar a Emilia se encontró en el portal de la casa a Carlos y sin dudarlo le confesó su amor. Carlos que no esperaba esta confesión quedó perplejo. Después, cuando hubo digerido la situación la había cogido de la mano y le dijo:
- Nidia lo que me estas proponiendo no puede ser. Carlos hizo un pequeño paréntesis para añadir - Debes reservar tu amor para aquél que te querrá para siempre en su corazón. En el mío lo estas pero como hermana y así debe continuar. Además en mi corazón no cabe el amor de pareja.
Ella sin embargo se había lanzado a sus brazos llegando a besarle cerca de los labios. Él la apartó y con gesto serio se marchó. Ella quedó llorando en el portal mientras la gente que entraba o salía la miraban en su tortura.
Notó como una lágrimas corrían por su cara. Se secó con el pañuelo rápidamente y cerrando los ojos quedó dormida.
Carlos después de conversar con todos y cada uno de los que iban en el viaje con él, volvió a su asiento con el ánimo de efectuar algunas lecturas del breviario. Le fue imposible. Recordó como había conocido a Nidia en su casa cuando ésta acompañaba a su hermana y como habían ido familiarizándose. Cuando tomó la determinación del sacerdocio asumió que nunca nacería en él la pasión y el amor de pareja. Todo su amor se volcaría en los otros pero desde la visión de hermano.
Y así había sido hasta el momento.
Había invitado a Nidia a este viaje, al detectar durante sus encuentros en la parroquia que no pasaba por el mejor momento de su vida. Se había quedado sin trabajo hacía poco, no tenía pareja y se encontraba muy sóla ya que había muerto su madre hacía poco.
Él la había recomendado a su amigo Richard que era responsable de personal de una Mutua.
Recordó el encuentro que tuvieron poco antes de marchar al seminario y como su madre cuando se lo comentó le había dicho que lo vía venir ya que la muchacha no le perdía de vista mientras estaba en casa. Sin embargo no le había dicho nada por que confiaba en su criterio.
Por su parte él pensaba que era una persona muy necesitada de cariño en general y él no podía negárselo. Eso sí siempre que no sobrepasase los límites.
Nidia era agraciada, tenía el pelo rubio ondulado. La forma de su cara era angelical . Su rostro sin embargo denotaba un cierto halo de tristeza, para él motivado por la separación de los padres. Éste hecho según Emilia estuvo a punto de costarle la vida debido a la depresión en la que se hundió.
Después de cinco años de no verse se la encontró de nuevo un día en su casa cuando fue a visitar a su madre que estaba enferma. Nidia estaba con Emilia a la que solía acompañar durante algunas horas.
Carlos esperaba que éste viaje le proporcionara un estado de ánimo mas positivo y que a su regreso con el nuevo puesto de trabajo en la Mutua recuperara la vitalidad suficiente para encarar la vida y ser feliz.
Carlos se notó cansado y pensó era el momento de romper un poco el sueño dado las jornadas tan intensas que les esperaban.
Nidia miraba incrédula el Océano Atlántico. De todos los viajes que había hecho, aquel prometía ser el más absurdo y también el más lejano. No acertaba a descubrir en qué momento Carlos la convenció para volar a Nueva York al encuentro con el Papa. Junto a ellos, seis alegres parroquianas daban al paseo el fervor del que ella carecía. Se esforzaba, sin éxito, en sentir interés por Benedicto XVI y no perdía la esperanza de que al aterrizar en Newark, la paloma del Espíritu Santo bajara a iluminarla. El viaje, subvencionado por la parroquia, había llegado como un regalo inesperado a su precaria economía y rechazarlo hubiera sido un insulto para Carlos. ¿O era esa la disculpa para decir que sí? Carlos tenía la extraña capacidad de nublarle el entendimiento y últimamente hasta sentía palpitaciones cuando le hablaba. Era muy convincente y ella se dejaba convencer con alegría, al menos por él.
Las visitas de Nidia a la iglesia eran escasas y espaciadas, pero cuando iba a ver a Carlos la cosa cambiaba. Discurría entonces por jornadas plagadas de misas de tarde, viejecitas con rosarios, funerales y celebraciones dominicales. Los eventos eucarísticos del mes se concentraban en pocos días y la gente de la parroquia la invitaba a sus fiestas como una beata más. En uno de estos festejos había conocido a Aurora la viuda, una catequista de sesenta y pico, muy dicharachera que iba sentada junto a ella. Estaba desvelándole el secreto de los merengues con chocolate mientras Nidia, algo distraída, observaba cómo Carlos intentaba convencer a Paula de que el avión no se precipitaría al océano. Para Paula, una señorita de 38 años con cabello largo ensortijado el que siempre traía atado con una hebilla de carey marrón, era su primer viaje fuera de Galicia; a ver si en otro país conseguía marido. Las otras cuatro compañeras de ruta eran de la más variada edad entre cincuenta y setenta años, una monada de comitiva; sí que iba a ser una experiencia nueva para Nidia quien se estaba convenciendo de la bondad de los merengues con chocolate. ¿Sería verdad que a los hombres se los conquista por el estómago? ¿Funcionaría esa cláusula con un atractivo sacerdote? Miraba a Carlos acercarse a cada señora y señorita que los acompañaba para reasegurarlas y confortarlas, algo casi innecesario ya que lo lograba sólo con su presencia. Lo vio hacer reír a la viuda de Robledo y envidió el privilegio. Concepción, sentada junto a la viuda de Robledo ya sacaba su Biblia del bolso de mano, era una de las de su colección, con tapas en cuero bordado a mano y perforaciones en forma de cruz. Delante de Nidia y Aurora iban sentadas Remedios y Dolores, las hermanitas de alrededor de sesenta y ocho años a las que nunca nadie les conoció un amor y ¿alguna vez alguien se hubiera atrevido a preguntarles si eran gemelas? El temor que infundían era mayor al de Dios. El único que sabía llevarlas por el camino de la amabilidad era Carlos.
Carlos era tan bonito como un actor de cine; rubio, alto, de ojos verdes. Nidia llegaba a adivinar hasta debajo de la sotana el cuerpo bien formado, los músculos delimitados en esos brazos, pecho y espalda ancha. La primera vez que lo vio ella tendría que haber seguido por otro camino, no el de la iglesia, no el de su palabra ni el de su sonrisa. Quería acercársele, cómo lograrlo si Aurora no dejaba de hablar.
Nidia miraba incrédula el Océano Atlántico. De todos los viajes que había hecho, aquel prometía ser el más absurdo y también el más lejano. No acertaba a descubrir en qué momento Carlos la había convencido para volar a Nueva York al encuentro con el Papa. Junto a ellos, seis extrañas parroquianas daban a la excursión el fervor del que ella carecía. Se esforzaba, sin éxito, en sentir interés por Benedicto XVI y no perdía la esperanza de que al aterrizar en Newark, la paloma del Espíritu Santo bajara a iluminarla. El viaje, subvencionado por la parroquia, había llegado como un regalo inesperado a su precaria economía y rechazarlo hubiera sido un insulto para Carlos. ¿O era esa la disculpa para decir que sí? Carlos tenía la extraña capacidad de nublarle el entendimiento y últimamente hasta sentía palpitaciones cuando le hablaba. Era muy convincente y ella se dejaba convencer con alegría, al menos por él.
Las visitas de Nidia a la iglesia eran escasas y espaciadas, pero cuando iba a ver a Carlos la cosa cambiaba. Discurría entonces por jornadas plagadas de misas de tarde, viejecitas con rosarios, funerales y celebraciones dominicales. Los eventos eucarísticos del mes se concentraban en pocos días y las gentes de la parroquia la invitaban a sus fiestas como una parroquiana más. En uno de estos festejos había conocido a Aurora la viuda, una catequista de sesenta y pico, muy dicharachera que iba sentada junto a ella. Estaba desvelándole el secreto de los merengues con chocolate mientras Nidia, algo distraída, observaba cómo Carlos intentaba convencer a Paula de que el avión no se precipitaría al océano.Paula una viuda de sesenta y ocho años era la primera ves que subía a un avión. Estaba blanca como un papel y temblando. Lo más lejos que haba viajado era a lo de su hermana, como a media hora de su casa. Ella estaba aterrorizada pero Carlos con su infinita paciencia logro convencerla de que nada pasaría.
Además estaban María, una docente jubilada de 65 años, junto con la esposa del farmaceútico doña Carmela de 60 años. También estaban las hermanas Rosales, Manuela de 58 y Josefa de 62 fieles seguidoras de Carlos, con asistencia perfecta a la Iglesia, no se perdían ni una misa.
El viaje transcurrió sin sobresaltos, pero Nidia no pudo dormir en todo el viaje, estaba exausta. Cerraba los ojos pero los ronquidos de Aurora no la dejaban dormir. En su cabeza un pensamienta le daba vueltas y vueltas,-¿ Por qué Carlos no se da cuenta de mi amor? -¿Será qué el sólo me quiere como una más de sus feligreses?
1. Nidia miraba incrédula el Océano Atlántico. De todos los viajes que había hecho, aquel prometía ser el más absurdo y también el más lejano. No acertaba a descubrir en qué momento Carlos la había convencido para volar a Nueva York al encuentro con el Papa. Junto a ellos, seis extrañas parroquianas daban a la excursión el fervor del que ella carecía. Se esforzaba, sin éxito, en sentir interés por Benedicto XVI y no perdía la esperanza de que al aterrizar en Newark, la paloma del Espíritu Santo bajara a iluminarla. El viaje, subvencionado por la parroquia, había llegado como un regalo inesperado a su precaria economía y rechazarlo hubiera sido un insulto para Carlos. ¿O era esa la disculpa para decir que sí? Carlos tenía la extraña capacidad de nublarle el entendimiento y últimamente hasta sentía palpitaciones cuando le hablaba. Era muy convincente y ella se dejaba convencer con alegría, al menos por él.
Las visitas de Nidia a la iglesia eran escasas y espaciadas, pero cuando iba a ver a Carlos la cosa cambiaba. Discurría entonces por jornadas plagadas de misas de tarde, viejecitas con rosarios, funerales y celebraciones dominicales. Los eventos eucarísticos del mes se concentraban en pocos días y las gentes de la parroquia la invitaban a sus fiestas como una parroquiana más. En uno de estos festejos había conocido a Aurora la viuda, una catequista de sesenta y pico, muy dicharachera que iba sentada junto a ella. Estaba desvelándole el secreto de los merengues con chocolate mientras Nidia, algo distraída, observaba cómo Carlos intentaba convencer a Paula de que el avión no se precipitaría al océano. Paula una viuda de sesenta y ocho años era la primera vez que subía a un avión. Nidia miraba a Paula intentando imaginarla más joven, se preguntaba si siempre había sido tan guapa.
Consuelo y Aurora conversaban airosamente sobre los deberes de Dios. Una decía que Dios no tenía la culpa de los problemas mundanos, mientras la otra vislumbraba que todo era su responsabilidad. Eran morenas las dos, parecían hermanas, a Nidia lo que le chocaba de Aurora era su dulzura que seguramente se desprendía de la redondez de sus facciones.
Callada y con un rosario en la mano se encontraba en el asiento de delante, Ángeles. Un poco más joven que las anteriores y con su hábito de monja estaba lejana a todos. En su silencio parecía en posesión de la serenidad necesaria para vivir en paz.
Nidia no podía dormir y sabía que su nerviosismo se debía al estar tan cerca, tan cerca de Carlos. Era difícil llegar a él, a que comprendiera que para ella era más que un sacerdote y lo que le agitaba era tenerlo tan cerca y tan inaccesible.
Nidia miraba incrédula el Océano Atlántico. De todos los viajes que había hecho, aquel prometía ser el más absurdo y también el más lejano. No acertaba a descubrir en qué momento Carlos la había convencido para volar a Nueva York al encuentro con el Papa. Junto a ellos, seis extrañas parroquianas daban a la excursión el fervor del que ella carecía. Se esforzaba, sin éxito, en sentir interés por Benedicto XVI y no perdía la esperanza de que al aterrizar en Newark, la paloma del Espíritu Santo bajara a iluminarla. El viaje, subvencionado por la parroquia, había llegado como un regalo inesperado a su precaria economía y rechazarlo hubiera sido un insulto para Carlos. ¿O era esa la disculpa para decir que sí? Carlos tenía la extraña capacidad de nublarle el entendimiento y últimamente hasta sentía palpitaciones cuando le hablaba. Era muy convincente y ella se dejaba convencer con alegría, al menos por él.
Las visitas de Nidia a la iglesia eran escasas y espaciadas, pero cuando iba a ver a Carlos la cosa cambiaba. Discurría entonces por jornadas plagadas de misas de tarde, viejecitas con rosarios, funerales y celebraciones dominicales. Los eventos eucarísticos del mes se concentraban en pocos días y las gentes de la parroquia la invitaban a sus fiestas como una parroquiana más. En uno de estos festejos había conocido a Aurora la viuda, una catequista de sesenta y pico, muy dicharachera que iba sentada junto a ella. Estaba desvelándole el secreto de los merengues con chocolate mientras Nidia, algo distraída, observaba cómo Carlos intentaba convencer a Paula de que el avión no se precipitaría al océano.
¿Acaso eran celos lo que sentía?, a ratos parecía que deseaba cambiar de lugar con Paula, que las atenciones de Carlos sólo se centraran en ella y nadie más. ¡Pero qué estoy pensando!, repetía en su interior cuando esas ideas acechaban en su mente. Lo miraba con ternura, siempre desde niños, Carlos tuvo esa particular personalidad que atraía a los demás, muchas veces en su infancia soñó con crecer juntos o al menos llegar a un noviazgo con él, jamás imaginó el camino del sacerdocio en la vida de su amigo, pero ahí estaba junto a aquellas parroquianas instándolas a encomendarse al Señor cuando alguna turbulencia del avión les causara temor.
Sentada junto a aquella ventana recordó el día en que ambos tomaron rumbos distintos. Carlos la abrazó con fuerza, Nidia dejó escapar una lágrima ¿de alegría tal vez?, al menos eso quería pensar ella, lo cierto es que siempre supo que esa tarde en el andén del terminal de buses, un hombre atractivo, joven y encantador, se escapaba de su vida por entregarse a Dios.
Carlos abrió la ventana del bus y le entregó un rosario, el mismo que recibió de regalo en su primera comunión, el mismo que ahora Nidia atesoraba y llevaba consigo para hacer recuerdos del pasado con su amigo.
Aurora continuaba hablando de recetas caseras, Paula se había calmado y Carlos apoyado en su almohadilla cerraba los ojos, parecía estar rezando, sólo él sabía lo que pasaba por su mente. Nidia no podía quitar sus ojos del joven sacerdote, ni siquiera el viaje a Nueva York le causaba tanta ansiedad como estar a su lado y descubrir qué sucedía realmente con esas palpitaciones que retumbaban en sus sentidos cada vez que conversaban.
Nidia miraba incrédula el Océano Atlántico. De todos los viajes que había hecho, aquel prometía ser el más absurdo y también el más lejano. No acertaba a descubrir en qué momento Carlos la había convencido para volar a Nueva York al encuentro con el Papa. Junto a ellos, seis extrañas parroquianas daban a la excursión el fervor del que ella carecía. Se esforzaba, sin éxito, en sentir interés por Benedicto XVI y no perdía la esperanza de que al aterrizar en Newark, la paloma del Espíritu Santo bajara a iluminarla. El viaje, subvencionado por la parroquia, había llegado como un regalo inesperado a su precaria economía y rechazarlo hubiera sido un insulto para Carlos. ¿O era esa la disculpa para decir que sí? Carlos tenía la extraña capacidad de nublarle el entendimiento y últimamente hasta sentía palpitaciones cuando le hablaba. Era muy convincente y ella se dejaba convencer con alegría, al menos por él.
Las visitas de Nidia a la iglesia eran escasas y espaciadas, pero cuando iba a ver a Carlos la cosa cambiaba. Discurría entonces por jornadas plagadas de misas de tarde, viejecitas con rosarios, funerales y celebraciones dominicales. Los eventos eucarísticos del mes se concentraban en pocos días y las gentes de la parroquia la invitaban a sus fiestas como una parroquiana más. En uno de estos festejos había conocido a Aurora la viuda, una catequista de sesenta y pico, muy dicharachera que iba sentada junto a ella. Estaba desvelándole el secreto de los merengues con chocolate mientras Nidia, algo distraída, observaba cómo Carlos intentaba convencer a Paula de que el avión no se precipitaría al océano.
Paula abría y cerraba los ojos compulsivamente dando la impresión de que le fuera a dar un ataque de algo serio. Estaba claro que ver sólo mar y nubes no la tranquilizaba y todos empezaban a notar cierto cosquilleo de vértigo en el estómago. Emilia y Lourdes, las mayores del grupo, solían mostrarse templadas aunque comenzaba a resultarles poco gracioso perder la vida en ejercicios de caída libre.
- Es que esta chica es muy nerviosa – comentaba Aurora en bajo a Nidia – Cada poco tiempo tiene depresión. Ya le decía yo que no viniera sin su marido, pero él trabaja tanto que es imposible llevarlo de viaje.
Nidia se acordó de que ella también había dejado a Nelson enjaulado en la contraseña del correo electrónico, claro que eso no podía contárselo a Aurora, ni a Carlos, ni a nadie de los allí presentes, así que mejor se callaba. La última vez que entró en el correo le dijo a Nelson: “… en los próximos días no tendré ordenador, así que no podré escribirte. Besitos.´´ Cuando le había comentado lo del viaje, Nelson sugirió que podían encontrarse en Nueva York, pero un compromiso ineludible lo había impedido. Después de tres años de correos todavía no se han visto nunca y no sabe mucho de él, pero escribir le equilibra y le impide hacer más locuras de las que haría en condiciones normales. No sabe muy bien el motivo, pero cuando Nelson dijo que no podría ir a verla, sintió un alivio muy grande. Quizás no quiera que Carlos y él se encuentren o quizás no quiera ninguna interrupción en el fin de semana que va a pasar con Carlos.
Nidia, olvídalo, Carlos es un cura y tú no quieres tener nada que ver con un cura ¿verdad? No es para ti, no es para nadie. Todos los días intenta convencerse de que Carlos es su amigo y es bueno que lo sea porque su amistad la tranquiliza, pero su ángel malo no deja de repetirle: No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy, porque si lo disfrutas hoy, puedes repetirlo mañana. Se siente mal con estos pensamientos tan impuros ¿podrá confesarle a Carlos su pecado? Él siempre ve todo más claro aunque a veces lo encuentra algo confuso, pero seguramente es por exceso de trabajo. Le gustaría contarle que se escribe con Nelson, pero tiene la sensación de que no le gusta que le hable de otros hombres, como si ella fuera un ser virginal y asexuado. Qué raros son los curas, concluye.
Fátima y Laura jugaban a las cartas. Habían subido al avión con la baraja a pesar de los pronósticos de Carlos de que las iban a detener por intentar degollar pasajeros. No era fácil imaginar a Fátima implicada en terrorismo internacional con su sonotone delatador que emitía pitidos agudos en los momentos más inoportunos. No era la primera vez que el aparato descontrolado se dejaba sentir en medio de la misa provocando miradas extrañadas a los asistentes, mientras Fátima seguía la celebración sin inmutarse porque nada oía.
Cuando Nidia tuvo noticias del viaje a nueva York creyó que en la parroquia se habían vuelto locos ¿tanto movimiento para tan poco tiempo? Pero Carlos, que tenía respuesta para todo, se sacó de la manga los husos horarios y hasta la vuelta al mundo en ochenta días, así que viajando a Nueva York se ahorraban unas cuantas horas y el fin de semana era más largo. En definitiva, si salían a las 11,35h de España y después de ocho horas y media de vuelo, llegarían a Nueva York a las 14,10h apenas dos horas y media más tarde. Haciendo caso omiso del cansancio y el jetlag tenían todo el fin de semana por delante. Nidia pensó que sus huesos de veintiséis años de antigüedad podían soportarlo, pero se quedó catatónica cuando Carlos le contó que las feligresas más ancianas se habían apuntado con entusiasmo para ver al Papa Ratzinger. Estuvo dudando porque después de tanto tiempo de demandante de empleo, por fin estaba pendiente de un trabajo más o menos fijo. Había estado un mes a prueba con una jefa, Samantha, que estrenaba modelos para ponerse delante de un teléfono, pero era lo mejor que había podido encontrar y necesitaba coger experiencia. Era improbable que Samantha la llamara justo ese fin de semana, así que llamó a Carlos y, presa de una taquicardia incomprensible, le dijo que iría con él.
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Esa mañana, el vuelo IB6842 despegó del aeropuerto de Barajas llevando en su interior a una joven mujer que, pensativa trataba de encontrar las respuestas que le darían sentido a ese viaje. De todos los que había hecho, aquel prometía ser el más absurdo, pero también el más lleno de posibilidades. No acertaba a descubrir por qué había decidido aceptar la invitación de Carlos. El encuentro con el Papa no era un sueño acariciado desde siempre, los seis feligreses con los que iban, no eran personas con las que alguna vez hubiera imaginado viajar. No obstante, ahí estaba, ocupando el asiento de un avión con destino a Nueva York. El viaje, subvencionado por la parroquia, había llegado como un regalo inesperado y rechazarlo hubiera sido un insulto para Carlos. ¿O había sido esa la razón para decir que sí?
Nunca antes había sido una mujer que se distinguiera por su fervor religioso y por la frecuencia de sus visitas a la iglesia. Pero desde su reencuentro con Carlos, su asistencia a jornadas plagadas de misas de tarde, viejecitas con rosarios, funerales y celebraciones dominicales se había convertido en una constante. Los eventos eucarísticos del mes se concentraban en pocos días y Nidia era invitada como una parroquiana más. En uno de estos festejos había conocido a Aurora, una viuda catequista de sesenta y pico de años, muy dicharachera que iba sentada junto a ella. Ahora, mientras la escuchaba develarle el secreto de los merengues con chocolate, recordaba la primera vez que la vio. Era un día de mayo, la noche anterior había disfrutado de la tibieza de un cuerpo desconocido que la invitó a terminar la fiesta en su departamento. Al despertar, sintió, como tantas otras veces, un profundo vacío. Decidió ir a la iglesia, quería ver a Carlos, hablar con él, sentir que le importaba a alguien. Llegó poco después del mediodía. La iglesia estaba toda iluminada, niños y niñas vestidas de blanco cargaban un ramo de flores que depositaban al pie del altar a la Virgen María, mientras cantaban: “Oh, señora y Madre mía, con filial cariño vengo a ofrecerte en este día cuanto soy y cuanto tengo: Mis ojos para mirarte, mi voz para bendecirte, mi vida para servirte, mi corazón para amarte. Acepta, Madre, este don que te ofrenda mi cariño y guárdame como a un niño cerca de tu corazón.” El olor a nardos y azucenas, la música, el humo de las velas y aquellas voces infantiles le provocaron un mareo que la hizo palidecer y buscar dónde sentarse. Ahí, junto a ella estaba Aurora, que después de señalarle que se sentara junto a ella, inicio la plática. Poco después, cuando Carlos la presentó supo que aquella mujer sería como una madre para ella.
Pepita y Angelita, sentadas en los asientos delanteros, miraban por la ventanilla el pasar de las nubes, como esperando ver algún ser celestial. Eran dos hermanas solteronas de las más entusiastas parroquianas, que habían dispuesto de sus ahorros para hacer este viaje y así “Tener la bendición de Dios en la Tierra”. Angelita, la más joven de las dos, decía: “El Padre Carlitos se está ganando un lugar más cerca a nuestro señor con la redención que está haciendo con está muchachita”. Pepita se limitaba a fruncir el seño indicando las dudas que le causaba que una mujer tan joven, “con esos pantalones a la cadera y enseñando el ombligo” tuviera buenas intenciones para con el padre Carlos.
-Recuerda que el padre Carlitos nunca olvida que una de las siete obras espirituales es corregir al que yerra, y si esta muchachita ha errado bien puede enderezar su camino- respondía en tono de prédica.
-Pues dirás lo que quieras, pero ella no me da buena espina.
Más atrás, Doña Jimena y Don Leonardo, una pareja con cincuenta años de matrimonio, revisaban entusiasmados el itinerario a seguir. Habían decidido hacer ese viaje ahora que sus dos hijos se habían casado y él era jubilado. Don Leonardo pensaba que complaciendo los deseos de su esposa la compensaría por todos los años dedicados a la crianza de sus hijos. Y que mejor que viajar a América y conocer al Papa.
Mientras tanto, Carlos intentaba convencer a Paula de que el avión no se precipitaría al océano. Sabía que ella no se encontraba bien. Su reciente divorcio la tenía al borde de la locura. Durante las largas pláticas que habían tenido en el confesionario, Carlos había conocido los pormenores de la separación y sabía que Paula necesitaba de mucho apoyo. La había invitado al viaje con la esperanza de que saliera de ese estado depresivo en que se encontraba.
Nidia miraba incrédula el Océano Atlántico. De todos los viajes que había hecho, aquel prometía ser el más absurdo y también el más lejano. No acertaba a descubrir en qué momento Carlos la había convencido para volar a Nueva York al encuentro con el Papa. Junto a ellos, seis extrañas parroquianas daban a la excursión el fervor del que ella carecía. Se esforzaba, sin éxito, en sentir interés por Benedicto XVI y no perdía la esperanza de que al aterrizar en Newark, la paloma del Espíritu Santo bajara a iluminarla. El viaje, subvencionado por la parroquia, había llegado como un regalo inesperado a su precaria economía y rechazarlo hubiera sido un insulto para Carlos. ¿O era esa la disculpa para decir que sí? Carlos tenía la extraña capacidad de nublarle el entendimiento y últimamente hasta sentía palpitaciones cuando le hablaba. Era muy convincente y ella se dejaba convencer con alegría, al menos por él.
Las visitas de Nidia a la iglesia eran escasas y espaciadas, pero cuando iba a ver a Carlos la cosa cambiaba. Discurría entonces por jornadas plagadas de misas de tarde, viejecitas con rosarios, funerales y celebraciones dominicales. Los eventos eucarísticos del mes se concentraban en pocos días y las gentes de la parroquia la invitaban a sus fiestas como una parroquiana más. En uno de estos festejos había conocido a Aurora la viuda, una catequista de sesenta y pico, muy dicharachera que iba sentada junto a ella. Estaba desvelándole el secreto de los merengues con chocolate mientras Nidia, algo distraída, observaba cómo Carlos intentaba convencer a Paula de que el avión no se precipitaría al océano. Paula miraba el mar y las nubes, pero nada ni nadie lograba tranquilizarla. atl vez no debía haber venido sin su marido.
Nidia le había comentado lo del viaje a su amigo por internet, Nelson, qiuen se mostró muy interesado en encontrarla en Nueva York, pero Nidia inventó una excusa para evitarlo. Después de tres años de correos todavía no se han visto nunca y no sabe mucho de él, y tenía sus temores… Será mejor que Carlos y Nelson nunca se conozca, será mejor.
Tenía muchas esperanzas de que algo pasara con Carlos, pero, ¿cómo? Carlos es un sacerdote, mo es una relación posible.
Sus pensamientos más íntimos bullían entre las nubes, tanto que ni se enteraba que el resto de los pasajeros estaban entonando una canción, algunos bebían y charlaban animosamente, otros dormían.
Sus fantasías estaban protagonizadas por Carlos.
Nidia fijaba la mirada a través de la ventanilla mientras meditaba si la invitación de Carlos a Nueva York, junto al grupo de feligreses de la Parroquia para conocer al Papa Benedicto XVI, no seria simplemente una excusa para estar junto a ella. O sería ella, la que necesitaba pensar que asi era: “Que Carlos sintió la necesidad de sentirla cerca de nuevo”.
Nidia era catolica por tradición y atea por convinción, al conocer a Carlos en la parroquia del barrio, fue cuando decidió que le gustaba axistir a todas las actividades de juventud que promovía la sacristia, pronto hizo amigos y uno de ellos era el sacerdote de ojos penetrantes.
Estaba alli y se pellizcaba para saber si aquello era realidad o era un sueño, tantas veces había soñado con algo parecido.
Enamorarse de un cura como Carlos no era dificil, su físico parecía un modelo de alta costura, su porte, su caminar, todo en él era atrayente, menos pensar que pudiera ser el sacerdote de su Parroquia.
Nidia no estaba acostumbrada a meditar sobre la moralidad, sólo pensaba que Carlos le atraia como un imán y necesitaba su contacto físico, su presencia, se habia enamorado como una perra le decia a su mejor amiga: “Si hija sí, el amor es asi de necesitado, el viaje a Nueva York estoy segura de que Carlos lo ha programado y me ha invitado para poder estar juntos. No ves que ya hace mucho tiempo que está coladito por mí” “¡Qué imaginación la tuya chica! ¿No crees que él pasa de ti?”.
El piloto anunciaba la llegada a la ciudad de los Rascacielos he invitaba a los pasajeros a mirar las vistas, el día era claro y luminoso y el espectaculo de poder observar la Estatua de la Libertad desde el cielo era una oportunidad maravillosa para el grupod e parroquianos que nunca habian viajado a Estados Unidos.
Pronto llegarian al hotel y lo que sucederia en los días siguientes era toda una incognita en los pensamientos de Nidia.