TsEdi, Teleservicios Editoriales, S.L. — Mayo 28, 2008, 2:56 pm

Ejercicio 21 - La reescritura

Tras votar el ejercicio anterior, hoy practicaremos algo tan importante para cualquier autor como es la reescritura.

Para ello, debéis releer el primer capítulo de nuestra novela y, sin cambiar lo que se dice, intentar mejorar el estilo y corregir los errores gramaticales o de cualquier tipo que encontréis.

En los foros se ha comentado que sería preferible que usárais expresiones y vocabularios del español universal, es decir, que no se utilicen localismos que puedan identificar la procedencia de su autor. Creemos que debéis tener esto en cuenta fundamentalmente porque si no se hiciera así, el estilo de cada capítulo sería diferente, con lo que caeríais en una falta de coherencia estilística.

Después, votad la propuesta que os parezca más correcta y no olvidéis votar la propuesta de ayer.

11 comentarios »

Suscripción RSS a los comentarios de la entrada.

  1. Comentario por MarianGardi @ Mayo 28, 2008, 8:39 pm

    Nidia miraba absorta el Océano Atlántico. De todos los viajes que había hecho, este prometía ser el más absurdo y también el más lejano. No acertaba a descubrir en qué momento Carlos la había convencido para volar a Nueva York al encuentro con el Papa. Junto a ellos, seis extrañas parroquianas daban a la excursión el fervor del que ella carecía. Se esforzaba, sin éxito, en sentir interés por Benedicto XVI y no perdía la esperanza de que al aterrizar en Newark sus dudas se disiparan. El viaje, subvencionado por la parroquia, llegó como un regalo del cielo, ya que su economía no le permitía hacer extras y rechazarlo hubiera sido un desprecio para Carlos ¿O era esta la disculpa para decir que sí? Carlos tenía la extraña capacidad de nublarle el entendimiento y últimamente hasta sentía palpitaciones cuando se le acercaba. Él era muy convincente y ella se dejaba convencer sin oponer resistencia.
    Las visitas de Nidia a la iglesia eran escasas y espaciadas, sólo cuando iba a ver a Carlos la cosa cambiaba. Discurría entonces por jornadas de misas, viejecitas rezando el rosario, funerales y celebraciones dominicales. Los eventos eucarísticos del mes se concentraban en pocos días y las gentes de la parroquia la invitaban a sus fiestas como una parroquiana más. En uno de estos festejos había conocido a Aurora,una mujer viuda, catequista de sesenta años, muy dicharachera que estaba sentada junto a ella en el avión. Era la que iba desvelándole el secreto de los merengues con chocolate mientras Nidia, algo distraída, observaba cómo Carlos intentaba convencer a Paula de que el avión no se precipitaría al océano.

  2. Comentario por Mariangeles @ Mayo 28, 2008, 8:40 pm

    lo siento mucho, pero estoy haciendo un trabajo temporario que me ocupa el dia completo. Es solo hasta el domingo, pero justo en estos dias me estoy perdiendo lo mas importante.
    Por eso digo que lo siento, me encantaria poder estar hasta el final, pero no me será posible.
    Espero poder seguir accediendo a la página y leer los avances.
    Mucha suerte y muchas gracias a todos!
    Mariángeles desde Berlín

  3. Comentario por viajera @ Mayo 28, 2008, 8:51 pm

    Primer capítulo
    Nidia miraba incrédula el Océano Atlántico. De todos los viajes que había hecho, aquel prometía ser el más absurdo y también el más lejano. No acertaba a descubrir en qué momento Carlos la había convencido para volar a Nueva York al encuentro con el Papa. Junto a ellos, seis extrañas parroquianas daban a la excursión el fervor del que ella carecía. Se esforzaba, sin éxito, en sentir interés por Benedicto XVI y no perdía la esperanza de que al aterrizar en Newark, la paloma del Espíritu Santo bajara a iluminarla. El viaje, subvencionado por la parroquia, había llegado como un regalo inesperado a su precaria economía y rechazarlo hubiera sido un insulto para Carlos. ¿O era esa la disculpa para decir que sí? Carlos tenía la extraña capacidad de nublarle el entendimiento y últimamente hasta sentía palpitaciones cuando le hablaba. Era muy convincente y ella se dejaba convencer con alegría, al menos por él.

    Las visitas de Nidia a la iglesia eran escasas y espaciadas, pero cuando iba a ver a Carlos la cosa cambiaba. Transcurría entonces por jornadas plagadas de misas de tarde, viejecitas con rosarios, funerales y celebraciones dominicales. Los eventos eucarísticos del mes se concentraban en pocos días y las gentes de la parroquia la invitaban a sus fiestas como una parroquiana más. En uno de estos festejos había conocido a Aurora la viuda, una catequista de sesenta y pico, muy dicharachera que iba sentada junto a ella. Estaba develándole el secreto de los merengues con chocolate mientras Nidia, algo distraída, observaba cómo Carlos intentaba convencer a Paula de que el avión no se precipitaría al océano.

    Paula abría y cerraba los ojos compulsivamente dando la impresión de que le fuera a dar un ataque de algo serio. Estaba claro que ver sólo mar y nubes no la tranquilizaba y todos empezaban a notar cierto cosquilleo de vértigo en el estómago. Emilia y Lourdes, las mayores del grupo, solían mostrarse templadas aunque comenzaba a resultarles poco gracioso perder la vida en ejercicios de caída libre.

    - Es que esta chica es muy nerviosa – comentaba Aurora en bajo a Nidia – Cada poco tiempo tiene depresión. Ya le decía yo que no viniera sin su marido, pero él trabaja tanto que es imposible llevarlo de viaje.

    Nidia se acordó de que ella también había dejado a Nelson enjaulado en la contraseña del correo electrónico, claro que eso no podía contárselo a Aurora, ni a Carlos, ni a nadie de los allí presentes, así que mejor se callaba. La última vez que entró en el correo le dijo a Nelson: “… en los próximos días no tendré computadora, así que no podré escribirte. Besitos.´´ Cuando le había comentado lo del viaje, Nelson sugirió que podían encontrarse en Nueva York, pero un compromiso ineludible lo había impedido. Después de tres años de correos todavía no se han visto nunca y no sabe mucho de él, pero escribir le equilibra y le impide hacer más locuras de las que haría en condiciones normales. No sabe muy bien el motivo, pero cuando Nelson dijo que no podría ir a verla, sintió un alivio muy grande. Quizás no quiera que Carlos y él se encuentren o quizás no quiera ninguna interrupción en el fin de semana que va a pasar con Carlos.

    Nidia, olvídalo, Carlos es un cura y tú no quieres tener nada que ver con un cura ¿verdad? No es para ti, no es para nadie. Todos los días intenta convencerse de que Carlos es su amigo y es bueno que lo sea porque su amistad la tranquiliza, pero su ángel malo no deja de repetirle: No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy, porque si lo disfrutas hoy, puedes repetirlo mañana. Se siente mal con estos pensamientos tan impuros ¿podrá confesarle a Carlos su pecado? Él siempre ve todo más claro aunque a veces lo encuentra algo confuso, pero seguramente es por exceso de trabajo. Le gustaría contarle que se escribe con Nelson, pero tiene la sensación de que no le gusta que le hable de otros hombres, como si ella fuera un ser virginal y asexuado. Qué raros son los curas, concluye.

    Fátima y Laura jugaban a las cartas. Habían subido al avión con la baraja a pesar de los pronósticos de Carlos de que las iban a detener por intentar degollar pasajeros. No era fácil imaginar a Fátima implicada en terrorismo internacional con su sonotone delatador que emitía pitidos agudos en los momentos más inoportunos. No era la primera vez que el aparato descontrolado se dejaba sentir en medio de la misa provocando miradas extrañadas a los asistentes, mientras Fátima seguía la celebración sin inmutarse porque nada oía.

    Cuando Nidia tuvo noticias del viaje a Nueva York creyó que en la parroquia se habían vuelto locos ¿tanto movimiento para tan poco tiempo? Pero Carlos, que tenía respuesta para todo, se sacó de la manga los husos horarios y hasta la vuelta al mundo en ochenta días, así que viajando a Nueva York se ahorraban unas cuantas horas y el fin de semana era más largo. En definitiva, si salían a las 11,35h de España y después de ocho horas y media de vuelo, llegarían a Nueva York a las 14,10h apenas dos horas y media más tarde. Haciendo caso omiso del cansancio y el jetlag tenían todo el fin de semana por delante. Nidia pensó que sus huesos de veintiséis años de antigüedad podían soportarlo, pero se quedó catatónica cuando Carlos le contó que las feligresas más ancianas se habían apuntado con entusiasmo para ver al Papa Ratzinger. Estuvo dudando porque después de tanto tiempo de demandante de empleo, por fin estaba pendiente de un trabajo más o menos fijo. Había estado un mes a prueba con una jefa, Samantha, que estrenaba modelos para ponerse delante de un teléfono, pero era lo mejor que había podido encontrar y necesitaba tener experiencia. Era improbable que Samantha la llamara justo ese fin de semana, así que llamó a Carlos y, presa de una taquicardia incomprensible, le dijo que iría con él.

  4. Comentario por CarminaCD @ Mayo 28, 2008, 9:28 pm

    Eliminé repeticiones y rimas internas, corregí con sinónimos algunas palabras y retoqué la puntuación, aunque no conozco mucho es lo único que logro hacer.
    Primer capítulo
    Nidia miraba incrédula el Océano Atlántico. De todos los viajes hechos por ella, aquél prometía ser el más absurdo y también el más lejano. No acertaba a descubrir en qué momento Carlos la convenció para volar a Nueva York al encuentro con el Papa. Junto a ellos, seis alegres parroquianas daban al paseo el fervor del que ella carecía. Se esforzaba, sin éxito, en sentir interés por Benedicto XVI y no perdía la esperanza de que al aterrizar en Newark, la paloma del Espíritu Santo bajara a iluminarla. El viaje, subvencionado por la parroquia, había llegado como un regalo inesperado a su precaria economía y rechazarlo hubiera sido un insulto para Carlos. ¿O era esa la disculpa para decir que sí? Carlos tenía la extraña capacidad de nublarle el entendimiento y, últimamente, hasta sentía palpitaciones cuando le hablaba. Era muy convincente y ella se dejaba convencer con alegría, al menos por él.
    Las visitas de Nidia a la iglesia eran exiguas y espaciadas, pero si se trataba de ver a Carlos era todo diferente. Discurría, entonces, por jornadas invadidas de misas de tarde, viejecitas con rosarios, exequias y celebraciones dominicales. Los eventos eucarísticos del mes se concentraban en pocos días y la gente de la parroquia la invitaba a sus fiestas como una beata más. En uno de estos festejos había conocido a Aurora la viuda, una catequista de sesenta y pico, muy dicharachera que iba sentada junto a ella. Aurora estaba desvelándole el secreto de los merengues con chocolate mientras Nidia, algo distraída, observaba cómo Carlos intentaba convencer a Paula de que el avión no se precipitaría al océano.
    Paula abría y cerraba los ojos compulsivamente trasmitiendo la impresión de que le fuera a dar un ataque de algo serio. Quedaba claro que ver sólo mar y nubes no era tranquilizante y todos empezaban a notar cierto cosquilleo de vértigo en el estómago. Emilia y Lourdes, las mayores del grupo, solían mostrarse templadas aunque comenzaba a resultarles poco gracioso perder la vida en ejercicios de caída libre.
    - Es que esta chica es muy nerviosa – comentaba Aurora por lo bajo a Nidia – Cada tanto sufre de depresión. Ya le decía yo que no viniera sin su marido, pero él trabaja mucho y es imposible tacerlo viajar.
    Nidia recordó que ella también había dejado a Nelson enjaulado en la contraseña del correo electrónico, claro que eso no podía contárselo a Aurora, ni a Carlos ni a nadie de los allí presentes; era mejor quedarse callada. La última vez que entró en el correo le dijo a Nelson: “… en los próximos días no tendré ordenador, así que no podré escribirte. Besitos.´´ Cuando le había comentado lo del viaje, Nelson sugirió un encuentro en Nueva York, pero un compromiso ineludible lo había impedido. Después de tres años de correos todavía no se han visto nunca y no sabe mucho de él, pero escribir la equilibra y le impide hacer más locuras de las que haría en otra situación. No conoce el motivo, pero cuando Nelson dijo que no podría ir a verla, sintió un alivio muy grande. Quizás no quiera que Carlos y él se encuentren o quizás no quiera ninguna interrupción en el fin de semana que va a pasar con Carlos.
    “Nidia, olvídalo, Carlos es un cura y tú no quieres tener nada que ver con un cura ¿verdad? No es para ti, no es para nadie”. Todos los días intenta convencerse de que Carlos es un amigo y es algo bueno porque su amistad la tranquiliza, pero el ángel malo le machaca al oído: No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy, porque si lo disfrutas hoy, puedes repetirlo mañana. Se siente mal con estos pensamientos tan impuros ¿podrá confesarle a Carlos su pecado? Él siempre ve todo claro aunque ultimamente lo encuentra algo confundido, seguro por exceso de trabajo. La tranquilizaría contarle que se escribe con Nelson, pero le ha dado la sensación de que a Carlos no le gusta que le hable de otros hombres, como si ella fuera un ser virginal y asexuado. Qué raros son los curas.
    Fátima y Laura jugaban a las cartas. Habían subido al avión con la baraja a pesar de que Carlos las amenazara en broma con que las iban a detener por intentar degollar pasajeros. No era fácil imaginar a Fátima implicada en terrorismo internacional con su sonotone delatador que emitía pitidos agudos en los momentos más inoportunos, se repetían las veces en las que el aparato descontrolado se dejaba sentir en medio de la misa provocando miradas extrañadas de los asistentes, mientras Fátima seguía la celebración sin inmutarse porque nada oía.
    Cuando Nidia tuvo noticias del viaje a nueva York creyó que en la parroquia se habían vuelto locos ¿tanto movimiento por tan poco tiempo? Pero Carlos, que tenía respuesta para todo, se sacó de la manga los husos horarios y hasta la vuelta al mundo en ochenta días, así que viajando a Nueva York se ahorraban unas cuantas horas y el fin de semana era más largo. En definitiva, si salían a las 11,35h de España y después de ocho horas y media de vuelo, llegarían a Nueva York a las 14,10h apenas dos horas y media más tarde. Haciendo caso omiso del cansancio y el jetlag tenían todo el fin de semana por delante. Nidia pensó que sus huesos de veintiséis años de antigüedad podían soportarlo, pero se quedó catatónica cuando Carlos le contó que las feligresas más ancianas se habían apuntado con entusiasmo para ir a ver al Papa Ratzinger. Estuvo dudando porque después de tanto tiempo como demandante de empleo, por fin estaba pendiente de un trabajo más o menos fijo. Había estado un mes a prueba con una jefa, Samantha, que estrenaba modelos para ponerse delante de un teléfono, pero era lo mejor que había podido encontrar y necesitaba crearse experiencia. Era improbable que Samantha la requiriera justo ese fin de semana, así que llamó a Carlos y, presa de una taquicardia incomprensible, le dijo que iría con él.

  5. Comentario por Norma Risler @ Mayo 28, 2008, 9:58 pm

    Reescritura del Primer capítulo
    Nidia miraba incrédula el Océano Atlántico. De todos los viajes que había hecho, aquel prometía ser el más absurdo y también el más lejano. No acertaba a descubrir en qué momento Carlos la había convencido para volar a Nueva York al encuentro con el Papa. Junto a ellos, seis extrañas parroquianas daban a la excursión el fervor del que ella carecía. Se esforzaba, sin éxito, en sentir interés por Benedicto XVI pero no perdía la esperanza de que al aterrizar en Newark, su estado de ánimo cambiaría. El viaje, subvencionado por la parroquia, había llegado como un regalo inesperado a su precaria economía y rechazarlo hubiera sido un insulto para Carlos. ¿O era esa la excusa para decir que sí? Carlos tenía la extraña capacidad de nublarle el entendimiento y últimamente hasta sentía palpitaciones cuando le hablaba. Era muy convincente y ella se dejaba convencer muy fácilmente por él.
    Habitualmente las visitas de Nidia a la iglesia eran escasas y espaciadas, pero cuando iba a ver a Carlos era distinto. Transcurría entonces por jornadas plagadas de misas de tarde, viejecitas con rosarios, funerales y celebraciones dominicales. Los eventos eucarísticos del mes se concentraban en pocos días y la gente de la parroquia la invitaban a sus fiestas como a una parroquiana más. En uno de estos festejos había conocido a Aurora, que era viuda, de algo más de sesenta años, catequista y muy dicharachera, que iba sentada junto a ella. Estaba revelándole el secreto de los merengues con chocolate mientras Nidia, algo distraída, observaba cómo Carlos intentaba convencer a Paula que el avión no se precipitaría al océano.
    Paula abría y cerraba los ojos compulsivamente dando la impresión de que le fuera a dar un ataque de algo serio. Estaba claro que ver sólo mar y nubes no la tranquilizaba, y todos empezaban a notar cierto cosquilleo de vértigo en el estómago. Incluso a Emilia y Lourdes, las mayores del grupo, que en general eran tranquilas, comenzaba a resultarles poco gracioso perder la vida en ejercicios de caída libre.
    - Es que esta chica es muy nerviosa – comentaba Aurora en bajo a Nidia – Con frecuencia tiene depresión. Ya le decía yo que no viniera sin su marido, pero él trabaja tanto que es imposible llevarlo de viaje.
    Nidia se acordó de que ella también había dejado a Nelson enjaulado en la contraseña del correo electrónico, claro que eso no podía contárselo a Aurora, ni a Carlos, ni a ninguno de los allí presentes, así que mejor se callaba. La última vez que entró en el correo le dijo a Nelson: “… en los próximos días no tendré ordenador, así que no podré escribirte. Besitos.´´ Cuando le había comentado lo del viaje, Nelson sugirió que podrían encontrarse en Nueva York, pero un compromiso ineludible lo había impedido. Después de tres años de comunicarse por correo, todavía no se habían visto nunca y no sabe mucho de él, pero escribir le equilibra y le impide hacer más locuras de las que haría en condiciones normales. No sabe muy bien el motivo, pero cuando Nelson dijo que no podría ir a verla, sintió un alivio muy grande. Quizás no quiera que Carlos y él se encuentren o quizás no quiera ninguna interrupción en el fin de semana que va a pasar con Carlos.
    Nidia, olvídalo, Carlos es un cura y tú no quieres tener nada que ver con un cura ¿verdad? No es para ti, no es para nadie. Todos los días intenta convencerse de que Carlos es sólo su amigo y es bueno que lo sea porque su amistad la tranquiliza, pero su ángel malo no deja de repetirle: No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy, porque si lo disfrutas hoy, puedes repetirlo mañana. Se siente mal con estos pensamientos tan impuros ¿podrá confesarle a Carlos su pecado? Él siempre ve todo más claro, aunque a veces lo encuentra algo confuso, seguramente por exceso de trabajo. Le gustaría contarle que se escribe con Nelson, pero tiene la sensación de que no le gusta que le hable de otros hombres, como si ella fuera un ser virginal y asexuado. Qué raros son los curas, concluye.
    Fátima y Laura jugaban a las cartas. Habían subido al avión con la baraja, riéndose de los pronósticos de Carlos de que las iban a detener por intentar secuestrar pasajeros. No era fácil imaginar a Fátima implicada en terrorismo internacional con su sonotone delatador que emitía pitidos agudos en los momentos más inoportunos. No era la primera vez que el aparato descontrolado se dejaba sentir en medio de la misa provocando miradas extrañadas a los asistentes, mientras Fátima seguía la celebración sin inmutarse porque nada oía.
    Cuando Nidia tuvo noticias del viaje a Nueva York creyó que en la parroquia se habían vuelto locos ¿tanto movimiento para tan poco tiempo? Pero Carlos, que tenía respuesta para todo, se sacó de la manga los husos horarios y hasta “la vuelta al mundo en ochenta días”, así que viajando a Nueva York se ahorraban unas cuantas horas y el fin de semana era más largo. En definitiva, si salían a las 11,35h de España, después de ocho horas y media de vuelo, llegarían a Nueva York a las 14,10h apenas dos horas y media más tarde. Haciendo caso omiso del cansancio y el jetlag, tenían todo el fin de semana por delante. Nidia pensó que ella con sus veintiséis años podía soportarlo, pero se quedó muy admirada cuando Carlos le contó que las feligresas más ancianas se habían anotado con entusiasmo para ver al Papa Ratzinger. Estuvo dudando porque después de tanto tiempo de no conseguir empleo, por fin tenía la oporunidad de un trabajo más o menos fijo. Había estado un mes a prueba en una empresa donde Samantha, una de las jefas, que estrenaba modelos sólo para ponerse delante de un teléfono. El trabajo no era el ideal pero era lo mejor que había podido encontrar y necesitaba adquirir experiencia. Era improbable que Samantha la llamara justo ese fin de semana, así que llamó a Carlos y, presa de una taquicardia incomprensible, le dijo que viajaría con él.

    (Quisiera saber qué es un “sonotone”, o que alguien cambie el término por uno más universal)

  6. Comentario por veronica @ Mayo 28, 2008, 11:52 pm

    Nidia miraba incrédula el Océano Atlántico. De todos los viajes que había hecho, aquel prometía ser el más absurdo y también el más lejano. No acertaba a descubrir en qué momento Carlos la había convencido para volar a Nueva York al encuentro con el Papa. Junto a ellos, seis extrañas parroquianas daban a la excursión el fervor del que ella carecía. Se esforzaba, sin éxito, en sentir interés por Benedicto XVI y no perdía la esperanza de que al aterrizar en Newark, la paloma del Espíritu Santo bajara a iluminarla. El viaje, subvencionado por la parroquia, había llegado como un regalo inesperado a su precaria economía y rechazarlo hubiera sido un insulto para Carlos. ¿O era esa la disculpa para decir que sí? Carlos tenía la extraña capacidad de nublarle el entendimiento y últimamente hasta sentía palpitaciones cuando le hablaba. Era muy convincente y ella se dejaba convencer con alegría, al menos por él.

    Las visitas de Nidia a la iglesia eran escasas y espaciadas, pero cuando iba a ver a Carlos la cosa cambiaba. Discurría entonces por jornadas plagadas de misas de tarde, viejecitas con rosarios, funerales y celebraciones dominicales. Los eventos eucarísticos del mes se concentraban en pocos días y las gentes de la parroquia la invitaban a sus fiestas como una parroquiana más. En uno de estos festejos había conocido a Aurora la viuda, una catequista de sesenta y pico, muy dicharachera que iba sentada junto a ella. Estaba desvelándole el secreto de los merengues con chocolate mientras Nidia, algo distraída, observaba cómo Carlos intentaba convencer a Paula de que el avión no se precipitaría al océano.

    Paula abría y cerraba los ojos compulsivamente dando la impresión de que fuera a darle un ataque de algo serio. Estaba claro que ver sólo mar y nubes no la tranquilizaba y todos empezaban a notar cierto cosquilleo de vértigo en el estómago. Emilia y Lourdes, las mayores del grupo, solían mostrarse templadas aunque comenzaba a resultarles poco gracioso perder la vida en ejercicios de caída libre.

    - Es que esta chica es muy nerviosa – comentaba Aurora en voz baja a Nidia – Cada poco tiempo tiene depresión. Ya le decía yo que no viniera sin su marido, pero él trabaja tanto que es imposible llevarlo de viaje.

    Nidia se acordó de que ella también había dejado a Nelson enjaulado en la contraseña del correo electrónico, claro que eso no podía contárselo a Aurora, ni a Carlos, ni a nadie de los allí presentes, así que mejor se callaba. La última vez que entró en el correo le dijo a Nelson: “… en los próximos días no tendré ordenador, así que no podré escribirte. Besitos.” Cuando le había comentado lo del viaje, Nelson sugirió que podían encontrarse en Nueva York, pero un compromiso ineludible lo había impedido. Después de tres años de correos todavía no se han visto nunca y no sabe mucho de él, pero escribir le equilibra y le impide hacer más locuras de las que haría en condiciones normales. No sabe muy bien el motivo, pero cuando Nelson dijo que no podría ir a verla, sintió un alivio muy grande. Quizás no quiera que Carlos y él se encuentren o quizás no quiera ninguna interrupción en el fin de semana que pasará con Carlos.

    Nidia, olvídalo, Carlos es un cura y tú no quieres tener nada que ver con un cura ¿verdad?. No es para ti, no es para nadie. Todos los días intenta convencerse de que Carlos es su amigo y es bueno que lo sea porque su amistad la tranquiliza, pero su ángel malo no deja de repetirle: “No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”, porque si lo disfrutas hoy, puedes repetirlo mañana. Se siente mal con estos pensamientos tan impuros ¿podrá confesarle a Carlos su pecado? Él siempre ve todo más claro aunque a veces lo encuentra algo confuso, pero seguramente es por exceso de trabajo. Le gustaría contarle que se escribe con Nelson, pero tiene la sensación de que no le gusta que le hable de otros hombres, como si ella fuera un ser virginal y asexuado. Qué raros son los curas, concluye.

    Fátima y Laura jugaban a las cartas. Habían subido al avión con la baraja a pesar de los pronósticos de Carlos de que las iban a detener por intentar degollar pasajeros. No era fácil imaginar a Fátima implicada en terrorismo internacional con su sonotone delatador que emitía pitidos agudos en los momentos más inoportunos. No era la primera vez que el aparato descontrolado se dejaba sentir en medio de la misa provocando miradas extrañadas a los asistentes, mientras Fátima seguía la celebración sin inmutarse porque nada oía.

    Cuando Nidia tuvo noticias del viaje a nueva York creyó que en la parroquia se habían vuelto locos ¿tanto movimiento para tan poco tiempo? Pero Carlos, que tenía respuesta para todo, se sacó de la manga los husos horarios y hasta la vuelta al mundo en ochenta días, así que viajando a Nueva York se ahorraban unas cuantas horas y el fin de semana era más largo. En definitiva, si salían a las 11,35h de España y después de ocho horas y media de vuelo, llegarían a Nueva York a las 14,10h apenas dos horas y media más tarde. Haciendo caso omiso del cansancio y el jetlag tenían todo el fin de semana por delante. Nidia pensó que sus huesos de veintiséis años de antigüedad podían soportarlo, pero se quedó catatónica cuando Carlos le contó que las feligresas más ancianas se habían apuntado con entusiasmo para ver al Papa Ratzinger. Estuvo dudando porque después de tanto tiempo de demandante de empleo, por fin estaba pendiente de un trabajo más o menos fijo. Había estado un mes a prueba con una jefa, Samantha, que estrenaba modelos para ponerse delante de un teléfono, pero era lo mejor que había podido encontrar y necesitaba coger experiencia. Era improbable que Samantha la llamara justo ese fin de semana, así que llamó a Carlos y, presa de una taquicardia incomprensible, le dijo que iría con él.

  7. Comentario por MarianGardi @ Mayo 29, 2008, 12:33 am

    Nidia miraba absorta el Océano Atlántico. De todos los viajes que había hecho, este prometía ser el más absurdo y también el más lejano. No acertaba a descubrir en qué momento Carlos la había convencido para volar a Nueva York al encuentro con el Papa. Junto a ellos, seis extrañas parroquianas daban a la excursión el fervor del que ella carecía. Se esforzaba, sin éxito, en sentir interés por Benedicto XVI y no perdía la esperanza de que al aterrizar en Newark sus dudas se disiparan. El viaje, subvencionado por la parroquia, llegó como un regalo del cielo, ya que su economía no le permitía hacer extras y rechazarlo hubiera sido un desprecio para Carlos ¿O era esta la disculpa para decir que sí? Carlos tenía la extraña capacidad de nublarle el entendimiento y últimamente hasta sentía palpitaciones cuando se le acercaba. Él era muy convincente y ella se dejaba convencer sin oponer resistencia.
    Las visitas de Nidia a la iglesia eran escasas y espaciadas, sólo cuando iba a ver a Carlos la cosa cambiaba. Discurría entonces por jornadas de misas, viejecitas rezando el rosario, funerales y celebraciones dominicales. Los eventos eucarísticos del mes se concentraban en pocos días y las gentes de la parroquia la invitaban a sus fiestas como una parroquiana más. En uno de estos festejos había conocido a Aurora,una mujer viuda, catequista de sesenta años, muy dicharachera que estaba sentada junto a ella en el avión. Era la que iba desvelándole el secreto de los merengues con chocolate mientras Nidia, algo distraída, observaba cómo Carlos intentaba convencer a Paula de que el avión no se precipitaría al océano.

    Paula abría y cerraba los ojos compulsivamente daba la impresión de que iba a desmallarse. Ver sólo el mar y las nubes no la tranquilizaba en absoluto y todos empezaban a notar cierto cosquilleo de vértigo en el estómago. Emilia y Lourdes, las mayores del grupo, se mostraban templadas aunque no les hacia ninguna gracia perder la vida en ejercicios de caída libre.

    - Es que esta chica es muy nerviosa – comentaba por lo bajo Aurora a Nidia – Cada poco tiempo tiene depresión. Ya le decía yo que no viniera sin su marido, pero él trabaja tanto que es imposible sacarlo de viaje.

    Nidia se acordó de que ella también había dejado a Nelson enjaulado en la contraseña del correo electrónico, claro que eso no podía contárselo a Aurora, ni a Carlos, ni a nadie de los allí presentes, así que mejor se callaba. La última vez que entró en el correo le dijo a Nelson: “… en los próximos días no tendré ordenador, así que no podré escribirte. Besitos.´´ Cuando le había comentado lo del viaje, Nelson sugirió que podían encontrarse en Nueva York, pero un compromiso ineludible lo había impedido. Después de tres años de comunicación virtual, todavía no se conocen fisicamente, tampoco sabe demasiado de su vida, pero escribir le equilibra y le impide hacer más locuras de las que haría en condiciones normales. No sabe muy bien el motivo, pero cuando Nelson le dijo que no podría ir a verla, sintió un gran alivio. Quizás no quiere que Carlos y él se encuentren o quizás no desea ninguna interrupción durante el fin de semana que piensa dedicar a Carlos.

    Nidia, olvídalo, Carlos es un cura y tú no quieres tener nada que ver con un cura ¿verdad? No es para ti, no es para nadie. Todos los días intenta convencerse de que Carlos es su amigo y es bueno que lo sea porque su amistad la tranquiliza, pero su ángel malo no deja de repetirle: No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy, porque si lo disfrutas hoy, puedes repetirlo mañana. Se siente mal con este tipo de pensamientos ¿podrá confesarle a Carlos su pecado? Él siempre ve todo con nitidez, aunque a veces ultimamente también lo encuentra algo confuso, piensa que será por un exceso de trabajo. Le gustaría contarle que se escribe con Nelson, pero tiene la sensación de que no le gusta que le hable de otros hombres, como si ella fuera un ser virginal y asexuado. Qué raros son los curas, concluye.

    Fátima y Laura jugaban a las cartas. Habían subido al avión con la baraja a pesar de los pronósticos de Carlos de que las iban a detener por intentar degollar pasajeros. No era fácil imaginar a Fátima implicada en terrorismo internacional con su sonotone delatador que emitía pitidos agudos en los momentos más inoportunos. No era la primera vez que el aparato descontrolado se dejaba sentir en medio de la misa provocando miradas extrañas en los asistentes, mientras Fátima seguía la celebración sin inmutarse.

    Cuando Nidia tuvo noticias del viaje a Nueva York creyó que en la parroquia se habían vuelto todos locos ¿tanto movimiento para una semana? Eso sí, Carlos, tenía recurso para todo, se había sacado de la manga los husos horarios y hasta la vuelta al mundo en ochenta días, así que viajando a Nueva York se ahorraban unas cuantas horas y el fin de semana era más largo. En definitiva, si salían a las 11,35h de España y después de ocho horas y media de vuelo, llegarían a Nueva York a las 14,10h apenas dos horas y media más tarde. Haciendo caso omiso del cansancio y el jetlag tenían todo el fin de semana por delante. Nidia pensó que sus huesos de veintiséis años no podrían soportar la fatig, pero se quedó catatónica cuando Carlos le contó que las feligresas más ancianas se habían apuntado con entusiasmo para ver al Papa Ratzinger. Estuvo dudando porque después de tanto tiempo siendo demandante de empleo, por fin estaba pendiente de un trabajo más o menos fijo. Había estado un mes a prueba con una jefa, Samantha, que estrenaba modelos para ponerse delante de un teléfono, era lo mejor que había podido encontrar y necesitaba coger experiencia. Seria improbable que Samantha la llamara justo ese fin de semana, así que llamó a Carlos y, presa de una taquicardia incomprensible, le dijo que iría con él.

  8. Comentario por joaco @ Mayo 29, 2008, 2:20 am

    Nidia miraba incrédula el Océano Atlántico. De todos los viajes que había hecho, aquel prometía ser el más absurdo y también el más lejano. No acertaba a descubrir en qué momento Carlos la había convencido para volar a Nueva York al encuentro con el Papa. Junto a ellos, seis singulares parroquianas daban a la excursión el fervor del que ella carecía. Se esforzaba, sin éxito, en sentir interés por Benedicto XVI y no perdía la esperanza de que al aterrizar en Newark, la paloma del Espíritu Santo bajara a iluminarla. El viaje, subvencionado por la parroquia, había llegado como un regalo inesperado a su precaria economía y rechazarlo hubiera sido un insulto para Carlos. ¿O era esa la disculpa para decir que sí? Carlos tenía la extraña capacidad de nublarle el entendimiento y últimamente hasta sentía palpitaciones cuando le hablaba. Era muy persuasivo y ella se dejaba convencer con alegría, al menos por él.
    Las visitas de Nidia a la iglesia eran escasas y espaciadas, pero cuando iba a ver a Carlos la cosa cambiaba. Participaba entonces en jornadas plagadas de misas de tarde, viejecitas con rosarios, funerales y celebraciones dominicales. Los eventos eucarísticos del mes se concentraban en pocos días y la gente de la parroquia la invitaban a sus fiestas como una parroquiana más. En uno de estos festejos había conocido a Aurora la viuda, una catequista de sesenta y pico de años, muy dicharachera que iba sentada junto a ella. Estaba develándole el secreto de los merengues con chocolate mientras Nidia, algo distraída, observaba cómo Carlos intentaba convencer a Paula de que el avión no se precipitaría al océano.
    Paula abría y cerraba los ojos compulsivamente dando la impresión de que le fuera a dar un ataque de algo serio. Estaba claro que ver sólo mar y nubes no la tranquilizaba y todos empezaban a notar cierto cosquilleo de vértigo en el estómago. Emilia y Lourdes, las mayores del grupo, solían mostrarse templadas aunque comenzaba a resultarles poco gracioso perder la vida en ejercicios de caída libre.
    - Es que esta chica es muy nerviosa – comentaba Aurora en voz baja a Nidia – Cada poco tiempo tiene depresión. Ya le decía yo que no viniera sin su marido, pero él trabaja tanto que es imposible llevarlo de viaje-.
    Nidia se acordó de que ella también había dejado a Nelson “enjaulado” en la contraseña del correo electrónico. Claro que eso, no podía contárselo a Aurora, ni a Carlos, ni a nadie de los ahí presentes, así que mejor se callaba. La última vez que entró en el correo le dijo a Nelson: “En los próximos días no tendré ordenador, así que no podré escribirte. Besitos.” Cuando le había comentado lo del viaje, Nelson sugirió que podían encontrarse en Nueva York, pero un compromiso ineludible se lo impediría. Después de tres años de correos aún no se conocen y no sabe mucho de él, pero escribir le equilibra y le impide hacer más locuras de las que haría en condiciones normales. No sabe muy bien el motivo, pero cuando Nelson dijo que no podría ir a verla, sintió un gran alivio. Quizá no quiera que Carlos y él se encuentren o quizá no quiera ninguna interrupción en el fin de semana que va a pasar con Carlos.
    “Nidia, olvídalo, Carlos es un cura y tú no quieres tener nada que ver con un cura ¿verdad? No es para ti, no es para nadie.” Todos los días intenta convencerse de que Carlos es su amigo y es bueno que lo sea porque su amistad la tranquiliza, pero también se repite: “No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy, porque si lo disfrutas hoy, puedes repetirlo mañana.” Se siente mal con estos pensamientos tan impuros ¿podrá confesarle a Carlos su pecado? Él siempre ve todo más claro aunque a veces lo encuentra algo confuso, pero seguramente es por exceso de trabajo. Le gustaría contarle que se escribe con Nelson, pero tiene la sensación de que no le gusta que le hable de otros hombres, como si ella fuera un ser virginal y asexuado. “Qué raros son los curas.” concluye.
    Fátima y Laura jugaban a las cartas. Habían subido al avión con la baraja a pesar de los pronósticos de Carlos de que las iban a detener por intentar degollar pasajeros. No era fácil imaginar a Fátima implicada en terrorismo internacional por el sonido de su teléfono celular, pues emitía pitidos agudos en los momentos más inoportunos. No era la primera vez que el aparato descontrolado se dejaba escuchar en medio de la misa provocando miradas extrañadas en los asistentes, mientras Fátima seguía la celebración sin inmutarse pues, nada oía.
    Cuando Nidia tuvo noticias del viaje a Nueva York creyó que en la parroquia se habían vuelto locos ¿Tanto movimiento para tan poco tiempo? Pero Carlos, que tenía respuesta para todo, se sacó de la manga los husos horarios y hasta la vuelta al mundo en ochenta días, así que viajando a Nueva York se ahorraban unas cuantas horas y el fin de semana era más largo. En definitiva, si salían a las 11.35 hrs. de España y, después de ocho horas y media de vuelo, llegarían a Nueva York a las 14.10 hrs. Apenas dos horas y media más tarde. Haciendo caso omiso del cansancio tenían todo el fin de semana por delante. Nidia pensó que sus huesos de veintiséis años de antigüedad podían soportarlo, pero se quedó atónita cuando Carlos le contó que las feligresas más ancianas se habían apuntado con entusiasmo para ver al Papa Ratzinger. Estuvo dudando porque después de tanto tiempo de demandante de empleo, por fin estaba pendiente de un trabajo más o menos fijo. Había estado un mes a prueba con una jefa, Samantha, que entrenaba aspirantes a telefonistas, pero era lo mejor que había podido encontrar y necesitaba adquirir experiencia. Era improbable que Samantha la llamara justo ese fin de semana, así que llamó a Carlos y, presa de una taquicardia incomprensible, le dijo que iría con él.

  9. Comentario por IAIA @ Mayo 29, 2008, 2:57 am

    Nidia miraba incrédula el Océano Atlántico. De todos los viajes que había hecho, aquel prometía ser el más absurdo y también el más lejano. No acertaba a descubrir en qué momento Carlos la había convencido para volar a Nueva York al encuentro con el Papa. Junto a ellos, seis extrañas parroquianas daban a la excursión el fervor del que ella carecía. Se esforzaba, sin éxito, en sentir interés por Benedicto XVI y no perdía la esperanza de que al aterrizar en Newark, la paloma del Espíritu Santo bajara a iluminarla. El viaje, subvencionado por la parroquia, había llegado como un regalo inesperado a su precaria economía y rechazarlo hubiera sido un insulto para Carlos. ¿O era esa la disculpa para decir que sí? Carlos tenía la extraña capacidad de nublarle el entendimiento y últimamente hasta sentía palpitaciones cuando le hablaba. Era muy convincente y ella se dejaba convencer con alegría, al menos por él.

    Las visitas de Nidia a la iglesia eran escasas y espaciadas, pero cuando iba a ver a Carlos la cosa cambiaba. Transcurría entonces por jornadas plagadas de misas de tarde, viejecitas con rosarios, funerales y celebraciones dominicales. Los eventos eucarísticos del mes se concentraban en pocos días y las gentes de la parroquia la invitaban a sus fiestas como una parroquiana más. En uno de estos festejos había conocido a Aurora la viuda, una catequista de sesenta y pico, muy dicharachera que iba sentada junto a ella. Estaba develándole el secreto de los merengues con chocolate mientras Nidia, algo distraída, observaba cómo Carlos intentaba convencer a Paula de que el avión no se precipitaría al océano.

    Paula abría y cerraba los ojos compulsivamente dando la impresión de que le fuera a dar un ataque de algo serio. Estaba claro que ver sólo mar y nubes no la tranquilizaba y todos empezaban a notar cierto cosquilleo de vértigo en el estómago. Emilia y Lourdes, las mayores del grupo, solían mostrarse templadas aunque comenzaba a resultarles poco gracioso perder la vida en ejercicios de caída libre.

    - Es que esta chica es muy nerviosa – comentaba Aurora en bajo a Nidia – Cada poco tiempo tiene depresión. Ya le decía yo que no viniera sin su marido, pero él trabaja tanto que es imposible llevarlo de viaje.

    Nidia se acordó de que ella también había dejado a Nelson enjaulado en la contraseña del correo electrónico, claro que eso no podía contárselo a Aurora, ni a Carlos, ni a nadie de los allí presentes, así que mejor se callaba. La última vez que entró en el correo le dijo a Nelson: “… en los próximos días no tendré computadora, así que no podré escribirte. Besitos.´´ Cuando le había comentado lo del viaje, Nelson sugirió que podían encontrarse en Nueva York, pero un compromiso ineludible lo había impedido. Después de tres años de correos todavía no se han visto nunca y no sabe mucho de él, pero escribir le equilibra y le impide hacer más locuras de las que haría en condiciones normales. No sabe muy bien el motivo, pero cuando Nelson dijo que no podría ir a verla, sintió un alivio muy grande. Quizás no quiera que Carlos y él se encuentren o quizás no quiera ninguna interrupción en el fin de semana que va a pasar con Carlos.

    Nidia, olvídalo, Carlos es un cura y tú no quieres tener nada que ver con un cura ¿verdad? No es para ti, no es para nadie. Todos los días intenta convencerse de que Carlos es su amigo y es bueno que lo sea porque su amistad la tranquiliza, pero su ángel malo no deja de repetirle: No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy, porque si lo disfrutas hoy, puedes repetirlo mañana. Se siente mal con estos pensamientos tan impuros ¿podrá confesarle a Carlos su pecado? Él siempre ve todo más claro aunque a veces lo encuentra algo confuso, pero seguramente es por exceso de trabajo. Le gustaría contarle que se escribe con Nelson, pero tiene la sensación de que no le gusta que le hable de otros hombres, como si ella fuera un ser virginal y asexuado. Qué raros son los curas, concluye.

    Fátima y Laura jugaban a las cartas. Habían subido al avión con la baraja a pesar de los pronósticos de Carlos de que las iban a detener por intentar degollar pasajeros. No era fácil imaginar a Fátima implicada en terrorismo internacional con su celular de última generación que emitía pitidos agudos en los momentos más inoportunos. No era la primera vez que el aparato descontrolado se dejaba sentir en medio de la misa provocando miradas extrañadas a los asistentes, mientras Fátima seguía la celebración sin inmutarse porque nada oía.

    Cuando Nidia tuvo noticias del viaje a Nueva York creyó que en la parroquia se habían vuelto locos ¿tanto movimiento para tan poco tiempo? Pero Carlos, que tenía respuesta para todo, se sacó de la manga los husos horarios y hasta la vuelta al mundo en ochenta días, así que viajando a Nueva York se ahorraban unas cuantas horas y el fin de semana era más largo. En definitiva, si salían a las 11,35h de España y después de ocho horas y media de vuelo, llegarían a Nueva York a las 14,10h apenas dos horas y media más tarde. Haciendo caso omiso del cansancio a causa del viaje en avión tenían todo el fin de semana por delante. Nidia pensó que sus huesos de veintiséis años de antigüedad podían soportarlo, pero se quedó catatónica cuando Carlos le contó que las feligresas más ancianas se habían apuntado con entusiasmo para ver al Papa Ratzinger. Estuvo dudando porque después de tanto tiempo de demandante de empleo, por fin estaba pendiente de un trabajo más o menos fijo. Había estado un mes a prueba con una jefa, Samanta, que estrenaba modelos para ponerse delante de un teléfono, pero era lo mejor que había podido encontrar y necesitaba tener experiencia. Era improbable que Amanta la llamara justo ese fin de semana, así que llamó a Carlos y, presa de una taquicardia incomprensible, le dijo que iría con él.

  10. Comentario por valleolid @ Mayo 29, 2008, 10:05 am

    Nidia miraba incrédula el Océano Atlántico. De todos los viajes en que había participado, éste tenía todos los ingredientes para ser el mas absurdo y también el mas lejano. No acertaba a descubrir en qué momento Carlos la había convencido para volar a Nueva York al encuentro que se celebraba en dicha ciudad con el Papa. Junto a ellos, seis alegres parroquianas daban al peregrinaje el fervor que ella carecía. Se esforzaba sin éxito, en sentir interés por Benedicto XVI y no perdía la esperanza de que al aterrizar en Newark, la paloma del Espíritu Santo bajara a iluminarla. El viaje estaba subvencionado por la parroquia, Había llegado como un regalo inesperado a su precaria economía y rechazarlo hubiera sido un insulto para Carlos. ¿O era él el motivo para decir que sí?. Carlos, tenía la extraña capacidad de nublarle el entendimiento y últimamente hasta sentía palpitaciones cuando él la hablaba. Carlos era muy convincente y ella facilmente se dejaba convencer con alegría por él.
    Las visitas de Nidia a la iglesia eran pocas y espaciadas, pero cuando iba a ver a Carlos la cosa cambiaba. Entonces transcurrían los días en medio de misas, viejecitas con rosarios, funerales y eucaristías dominicales. De vez en cuando se sucedían celebraciones especiales motivo de alguna fiesta como Pascua o el Patrón de la parroquia, momentos en los que era invitada como una parroquiana más. En uno de estos festejos había conocido a Aurora. La mujer era una viuda de sesenta y pico de años, dedicada a dar catequesis a los pequeños que durante el año harían la primera comunión.
    Sentada junto a ella en el avión, pretendía desvelarle el secreto de los meregues con chocolate. Mientras Nidia, algo distraída, observaba cómo Carlos intentaba convencer a Paula de que el avión no se precipitaría al océano.
    Paula abría y cerraba los ojos compulsivamente dando la impresión de que estuviera a punto de darle un ataque. Estaba claro que ver sólo mar y nubes no la tranquilizaba y todos comenzaban anotar un cierto cosquilleo de vértigo en el estómago. Emilia y Lourdes, las mayores del grupo, solían mostrarse templadas aunque comenzaba a resultarles poco gracioso perder la vida en ejercicios de caída libre.
    - Es que esta chica es muy nerviosa- comentaba Aurora en voz baja a Nidia.- De vez en cuando tiene una depresión. Ya le decía yo que no viniera sin su marido, pero él trabaja tanto que es imposible llevarle de viaje.
    Nidia se acordó de que ella también habia dejado a Nelson enjaulado en la contraseña del correo electrónico, claro que eso no podía contárselo a Aurora , ni a Carlos ni a nadie de los allí presentes, así que mejor callar.
    La última vez que entró en el correo le dijo a Nelson: “… en los próximos días no tendré ordenador, así que no podré escribirte. Besitos”.
    Cuando le había comentado lo del viaje, Nelson sugirió que podían encontrarse en Nueva York, pero un compromiso ineludible por su parte, lo había impedido. Después de tres años cruzándose correos todavía no se habían visto nunca y no sabe mucho de él, pero escribir la equilibra y la impide hacer mas locuras de las que haría en condiciones normales.
    No sabe muy bien el motivo, pero cuando Nelson dijo que no podría ir a verla, sintió un alivio muy grande. Quizás no quiera que Carlos y él se encuentren o quizás no quiera ninguna interrupción en el fin de semana que va a pasar con Carlos.
    Nidia, olvídalo. Carlos es un cura y tú no quieres tener nada que ver con un cura ¿verdad?. No es para ti, no es para nadie. Todos los días intenta convencerse de que Carlos es su amigo y es bueno que los sea porque su amistad la tranquiliza, pero su angel malo no deja de repetirle: No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy, porque si lo disfrutas hoy, puedes repertirlo mañana. Se siente mal con estos pensamientos tan impuros ¿podrá confesarle a Carlos su pecado? El siempre ve todo mas claro aunque a veces ella lo encuentra algo confuso, pero seguramente será por exceso de trabajo. Le gustaría contarle que se escribe con Nelson, pero tiene la sensación de que no le gusta que le hable de otros hombres, como si ella fuese un ser virginal y asexuado. Qué raros son los curas, concluye.
    Fátima y Laura jugaban a las cartas. Habían subido al avión con la baraja a pesar de la broma sugerida por Carlos, de que las iban a detener por intentar degollar pasajeros. No era fácil imaginar a Fátima implicada en terrorismo internacional con su sonotone delatador que emitía pitidos agudos en los momentos mas inoportunos. No era la primera vez que el aparato descontrolado se dejaba sentir en medio de la misa provocando las miradas extrañadas a los asistentes, mientras Fátima seguía la celebración sin inmutarse porque no nada oía.
    Cuando Nidia tuvo noticias del viaje a Nueva York creyó que en la parroquia se habían vuelto locos ¿tanto movimiento para tan poco tiempo? Pero Carlos, que tenía respuesta para todo, se sacó de la manga los husos horarios y hasta la vuelta al mundo en ochenta días, así que viajando a Nueva York se ahorraban unas cuantas horas y el fin de semana era mas largo. En definitiva, si salían a las 11,35 h de España y después de ocho horas y media de vuelo, llegarían Nueva York a las 14,10h apenas dos horas y media más tarde. Haciendo caso omiso del cansancio y el jetlag tenían todo el fin de semana por delante. Nidia pensó que sus huesos de veintiseis años de antigüedad podían soportarlo, pero se quedó catatónica cuando Carlos le contó que las feligresas mas ancianas se habían apuntado con entusiasmo para ver al Papa Ratzinger. Estuvo dudando porque después de tanto tiempo de demandante de trabajo, por fin estaba pendiente de un trabajo mas o menos fijo. Había estado durante un mes a prueba con una jefa, Samantha, que estrenaba cada día un modelito para ponerse delante de un teléfono, pero era lo mejor que había podido encontrar y necesitaba coger experiencia.
    Era improbable que Samantha la llamara justo este fin de semana,así que llamó a Carlos y , presa de una taquicardia incomprensible, le dijo que iría con él.

  11. Comentario por KAMIL @ Mayo 29, 2008, 11:26 am

    Nidia miraba incrédula el Océano Atlántico. De todos sus viajes, aquel prometía ser el más absurdo y también el más lejano. No acertaba a descubrir en qué momento Carlos la había convencido para volar a Nueva York al encuentro con el Papa. Junto a ellos, seis extrañas parroquianas daban a la excursión el fervor del que ella carecía. Se esforzaba, sin éxito, en sentir interés por Benedicto XVI y no perdía la esperanza de que al aterrizar en Newark, la paloma del Espíritu Santo bajara a iluminarla. El viaje, subvencionado por la parroquia, había llegado como un regalo del cielo a su precaria economía y rechazarlo hubiera sido un desprecio para Carlos. ¿O era esa la disculpa para decir que sí? Carlos tenía la extraña capacidad de nublarle el entendimiento y últimamente hasta sentía palpitaciones cuando le hablaba. Era muy convincente y ella se dejaba convencer con alegría, al menos por él.
    Las visitas de Nidia a la iglesia eran exiguas y espaciadas, pero si se trataba de ver a Carlos todo era diferente. Discurría entonces por jornadas invadidas de misas de tarde, viejecitas con rosarios, funerales y celebraciones dominicales. Los eventos eucarísticos del mes se concentraban en pocos días y las gentes de la parroquia la invitaban a sus fiestas como una parroquiana más. En uno de estos festejos había conocido a Aurora, una viuda catequista de sesenta y pico, muy dicharachera que iba sentada junto a ella. Estaba desvelándole el secreto de los merengues con chocolate mientras Nidia, algo distraída, observaba cómo Carlos intentaba convencer a Paula de que el avión no se precipitaría al océano.
    Paula abría y cerraba los ojos compulsivamente dando la impresión de que le fuera a dar un ataque de algo serio. Quedaba claro que ver sólo mar y nubes no la tranquilizaba y todos empezaban a notar cierto cosquilleo de vértigo en el estómago. Emilia y Lourdes, las mayores del grupo, se mostraban templadas aunque no les hacía ninguna gracia perder la vida en ejercicios de caída libre.
    - Es que esta chica es muy nerviosa – comentaba Aurora en bajo a Nidia – Cada poco tiempo sufre una depresión. Ya le decía yo que no viniera sin su marido, pero él trabaja tanto que es imposible llevarlo de viaje.
    Nidia recordó que ella también había dejado a Nelson enjaulado en la contraseña del correo electrónico, claro que eso no podía contárselo a Aurora, ni a Carlos, ni a nadie de los allí presentes, así que mejor se callaba. La última vez que entró en el correo le dijo a Nelson: “… en los próximos días no tendré ordenador, así que no podré escribirte. Besitos.´´ Cuando le había comentado lo del viaje, Nelson sugirió que podían encontrarse en Nueva York, pero un compromiso ineludible lo había impedido. Después de tres años de comunicación virtual todavía no se han visto nunca y no sabe mucho de él, pero escribir la equilibra y le impide hacer más locuras de las que haría en condiciones normales. No sabe muy bien el motivo, pero cuando Nelson dijo que no podría ir a verla, sintió un gran alivio. Quizás no quiere que Carlos y él se encuentren o quizás no desea ninguna interrupción en el fin de semana que va a dedicar a Carlos.
    “Nidia, olvídalo, Carlos es un cura y tú no quieres tener nada que ver con un cura ¿verdad? No es para ti, no es para nadie”. Todos los días intenta convencerse de que Carlos es su amigo y es bueno que lo sea porque su amistad la tranquiliza, pero su ángel malo no deja de repetirle: “No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy, porque si lo disfrutas hoy, puedes repetirlo mañana”. Se siente mal con estos pensamientos tan impuros ¿podrá confesarle a Carlos su pecado? Él siempre ve todo más nítido aunque a veces lo encuentra algo confuso, pero seguramente es por exceso de trabajo. Le gustaría contarle que se escribe con Nelson, pero Carlos cambia de tema cuando le habla de otros hombres, como si ella fuera un ser virginal y asexuado. Qué raros son los curas, concluye.
    Fátima y Laura jugaban a las cartas. Habían subido al avión con la baraja a pesar de los pronósticos de Carlos de que las iban a detener por intentar degollar pasajeros. No era fácil imaginar a Fátima implicada en terrorismo internacional con su audífono delatador que emitía pitidos agudos en los momentos más inoportunos. No era la primera vez que el aparato descontrolado se dejaba sentir en medio de la misa provocando miradas extrañadas a los asistentes, mientras Fátima seguía la celebración sin inmutarse porque nada oía.
    Cuando Nidia tuvo noticias del viaje a nueva York creyó que en la parroquia se habían vuelto locos ¿tanto movimiento para tan poco tiempo? Pero Carlos, que tenía respuesta para todo, se sacó de la manga los husos horarios y hasta la vuelta al mundo en ochenta días, así que viajando a Nueva York se ahorraban unas cuantas horas y el fin de semana era más largo. En definitiva, saliendo a las 11,35h de España y tras ocho horas y media de vuelo, llegarían a Nueva York a las 14,10h apenas dos horas y media más tarde. Haciendo caso omiso del cansancio y el jetlag tenían todo el fin de semana por delante. Nidia pensó que sus veintiséis años podían soportarlo, pero se quedó catatónica cuando Carlos le contó que las feligresas más ancianas se habían apuntado con entusiasmo para ver al Papa Ratzinger. Estuvo dudando porque después de tanto tiempo de demandante de empleo, por fin estaba pendiente de un trabajo más o menos fijo. Había estado un mes a prueba con una jefa, Samantha, que estrenaba modelos para ponerse delante de un teléfono, pero era lo mejor que había podido encontrar y necesitaba adquirir experiencia. Era improbable que Samantha la requiriera justo ese fin de semana, así que llamó a Carlos y, presa de una taquicardia incomprensible, le dijo que iría con él.

Deje un comentario

Debes registrarte antes de insertar un comentario.