TsEdi, Teleservicios Editoriales, S.L. — Junio 3, 2008, 3:57 pm

Ejercicio 24 - Reescritura del capítulo 2

Como hoy parece que a la mayoría no os ha dado tiempo a escribir el capítulo 3, vamos a dejar de plazo hasta mañana a las 12 h de España para poder enviar y votar el capítulo 3.

Además, hoy vamos a revisar el capítulo 2 . Igual que hicistéis con la reescritura del capítulo 1, debéis revisar el texto que quedó con más votaciones (* Capítulo 2) y reescribirlo evitando los errores que encontréis e intentando mejorar el estilo.

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  1. Comentario por IAIA @ Junio 3, 2008, 7:30 pm

    Dalcia S.A. era una enorme nave situada en una pradera. Su cuidado césped emergía como por ensueño de la naturaleza y trabajar allí parecía un privilegio más que una obligación. Samantha paseaba la mirada por el verde recién cortado y no podía disimular un cierto orgullo, como si todo aquello fuera de su propiedad. Se había puesto un conjunto de chaqueta y pantalón con aire deportivo aunque le había costado encontrarlo de su talla. Estaba harta de que no hubiera ropa juvenil para gorditas y esto era lo más sport que había probado. Por supuesto no estaba dispuesta a ir de chándal. Con chándal parezco una vaca. Le costó mucho apuntarse al curso de rafting, pero su jefe le dijo que como coordinadora de grupo no podía faltar. Renato era un jefe cercano y maravilloso, pero no hubiera podido contarle sus horribles sueños de los últimos días: verse en medio del grupo en bañador, que alguien le preguntara su talla para el traje de neopreno. Lo siento, no tenemos esa talla. O aún peor, que le dieran un traje y no consiguiera introducirse en él. Además tuvo que convencer a su madre para que se quedara con Titín. Con cinco años, su niño ya no le daría mucho trabajo, pero su madre era experta en chantaje emocional y le cobraría el favor, lo sabía. Cuando le enseñó el conjunto que se había comprado tuvo que oírla, como siempre: ¿Vas a ir así? ¿Te has visto en el espejo? Para su progenitora hubiera sido más adecuado un traje de chaqueta que le disimulara los kilos aunque los veía con cualquier vestimenta. En realidad, por mucho que se esforzara en adelgazar, Samantha siempre sería la hija gorda que no quiso tener y aprovechaba cualquier momento para recordárselo. Era una causa perdida.
    La invitación de Renato para llevarla en su coche al curso la acabó de decidir, eso y la ausencia de protesta de Juan. Juan nunca protestaba, mejor así. No soportaría estar casada con un hombre demasiado mandón. No había sido muy difícil convencerlo. Llevaba toda la semana trabajando en el curso de excelencia telefónica y estaba agotada. Le dijo que necesitaba relajarse y un poco de deporte le vendría bien aunque siempre tenía en su contra el maldito cigarro que no era capaz de abandonar. Al principio creyó que no podría organizar la formación para teleoperadoras, pero resultó más fácil de lo que esperaba. Nidia, una de sus empleadas, había hecho algo parecido el año pasado y se había ofrecido a dejarle sus apuntes. Sólo les echaré un vistazo, le aseguró, pero en cuanto lo tuvo en sus manos, supo que aquello era un milagro y tenía que aprovecharlo. Además Nidia sólo había hecho una sustitución y no sabía si la volvería a llamar. Sin duda estaba muy preparada, así que no le vendría mal esperar tranquilamente a que necesitara sus servicios. Renato había manifestado enseguida su intención de contratarla de forma estable, pero ella había influido para que fuera un mes a prueba con la excusa de que así se iría adaptando a las necesidades del puesto. Nunca olvidaría aquella entrevista: las ansias de Renato por contratar a Nidia y sus ojos desnudándola habían contrariado tanto a Samantha que apenas pudo controlar los nervios. En la media hora que duró la conversación notó aquel sarpullido que le salía en la cara cuando algo la desquiciaba. Afortunadamente, había podido frenar los primeros impulsos de su jefe y ahora Nidia estaba en lista de espera para el curso de excelencia. No deja de ser gracioso que le vaya a dar un curso con sus propios apuntes, pensó mientras miraba el reloj. No tenía remordimientos ¿por qué habría de tenerlos? Si Nidia quería un puesto estable era lógico que invirtiera en ello y colaborar con ella era una forma de hacerlo, la mejor forma de hacerlo.
    Renato se estaba retrasando. Hacía veinte minutos que estaba delante de la empresa y no se le veía por ninguna parte. Espero que no se haya arrepentido. Recordó la conversación con su madre, había intentado convencerla para que no se fuera. El niño te necesita y yo ya estoy mayor para hacer de niñera. Mamá, sólo serán dos días, Titín no te causará ningún problema. Durante la semana tienes trabajo y no me importa hacerme cargo de él, pero el fin de semana es asunto tuyo. Y además creo que tienes un marido. Aunque pareciera lo contrario, la relación suegra –yerno era perfecta, pero el placer de torturar a Samantha la superaba. Juan hacía todo tipo de arreglos en su casa sin protestar, era el yerno ideal y cada vez protestaba menos porque la suegra siempre tenía en los labios la frase adecuada: yo me encargo de vuestro hijo, pero ¿Quién se encarga de mí? Samantha la disculpaba diciendo que la viudedad temprana no le había sentado bien y Juan la disculpaba y callaba porque era un hombre de paz y ya bastantes problemas le daba su propia madre como para preocuparse de su suegra.
    Renato no llegaba. Aprovechó para llamar a Titín que acababa de venir de la escuela. El niño está bien, no te preocupes. La abuela estaba encantada con él, pero siempre acababa pidiendo una recompensa: una paellera eléctrica, un vestido, un collar, pagar la cuenta de los pintores que renovaron el salón: es que el niño lo mancha mucho, le explicó. Pero lo peor de todo era su candidatura eterna a que se trasladaran a vivir con ella. Tras años de psicólogo no habían conseguido que se acostumbrara a dormir sola en aquella inmensa casa y una semana tras otra volvía a cantar la maravilla de vivir todos juntos y a insistir en que les dejaría el piso de arriba para ellos y todos serían felices. Este punto era uno de los que Juan no aceptaba y aunque no decía nada a doña Rosa, su suegra, sí le había dejado claro a Samantha que jamás vivirían bajo el mismo techo que su madre. No tenía que insistir, ambos coincidían en este particular. Juan y ella estaban de acuerdo en lo esencial, administrativamente se podía decir que eran una comunidad de bienes, pero palabras como pasión y sexo no encajaban en su convivencia diaria. Él llegaba tarde de trabajar o de tomar un vino con los amigos y cuando se tumbaban en la cama ya estaban vencidos por el sueño. El sexo que había era escaso y rápido con el agravante de que Juan no toleraba el humo y tras un breve coito Samantha tenía que irse a la sala a fumar. A veces tenía la sensación de que la única función de Juan había sido copular con ella para engendrar a Titín. Lástima no haberlo devorado después de la fecundación como la viuda negra de aquel documental, pensaba a veces.
    Se estaba poniendo nerviosa, ya había dado cincuenta vueltas delante de la verja de la empresa, el guarda de seguridad la había mirado y la había saludado al principio, pero ahora simplemente tenía curiosidad por saber qué hacía allí. Empezaba a sentir vergüenza ¿Qué pensaría el guarda al verla salir con Renato? O peor ¿Qué pensaría si se daba cuenta de que le habían dado plantón? Quizás no había sido tan buena idea venir. En casa la esperaba su marido, si se iba ahora podría poner la excusa de una indisposición repentina y volvería al hogar de donde no tenía que haber salido. Empezó a caminar hacia el aparcamiento intentando evitar al guarda cuando oyó un claxon a sus espaldas. El Mercedes Clase C de Renato estaba justo detrás. Se sonrojó y hasta se le humedecieron los ojos de emoción mientras el corazón le golpeaba la garganta, el pecho, el cuerpo todo. Él dijo: ¿Llevas mucho tiempo esperando? Y ella: No, no, acabo de llegar.

  2. Comentario por viajera @ Junio 3, 2008, 8:45 pm

    Dalcia S.A. era una enorme nave situada en una pradera. Su cuidado césped emergía como por ensueño de la naturaleza y trabajar allí parecía un privilegio más que una obligación. Samantha paseaba la mirada por el verde recién cortado y no podía disimular un cierto orgullo, como si todo aquello fuera de su propiedad. Se había puesto un conjunto de chaqueta y pantalón con aire deportivo aunque le había costado encontrarlo de su talla. Estaba harta de que no hubiera ropa juvenil para gorditas y esto era lo más sport que había probado. Por supuesto no estaba dispuesta a ir de chándal. Con chándal parezco una vaca. Le costó mucho apuntarse al curso de rafting, pero su jefe le dijo que como coordinadora de grupo no podía faltar. Renato era un jefe cercano y maravilloso, pero no hubiera podido contarle sus horribles sueños de los últimos días: verse en medio del grupo en bañador, que alguien le preguntara su talla para el traje de neopreno. Lo siento, no tenemos esa talla. O aún peor, que le dieran un traje y no consiguiera introducirse en él. Además tuvo que convencer a su madre para que se quedara con Titín. Con cinco años, su niño ya no le daría mucho trabajo, pero su madre era experta en chantaje emocional y le cobraría el favor, lo sabía. Cuando le enseñó el conjunto que se había comprado tuvo que oírla, como siempre: ¿Vas a ir así? ¿Te has visto en el espejo? Para su progenitora hubiera sido más adecuado un traje de chaqueta que le disimulara los kilos aunque los veía con cualquier vestimenta. En realidad, por mucho que se esforzara en adelgazar, Samantha siempre sería la hija gorda que no quiso tener y aprovechaba cualquier momento para recordárselo. Era una causa perdida.

    La invitación de Renato para llevarla en su coche al curso la acabó de decidir, eso y la ausencia de protesta de Juan. Juan nunca protestaba, mejor así. No soportaría estar casada con un hombre demasiado mandón. No había sido muy difícil convencerlo. Llevaba toda la semana trabajando en el curso de excelencia telefónica y estaba agotada. Le dijo que necesitaba relajarse y un poco de deporte le vendría bien aunque siempre tenía en su contra el maldito cigarro que no era capaz de abandonar. Al principio creyó que no podría organizar la formación para teleoperadoras, pero resultó más fácil de lo que esperaba. Nidia, una de sus empleadas, había hecho algo parecido el año pasado y se había ofrecido a dejarle sus apuntes. Sólo les echaré un vistazo, le aseguró, pero en cuanto lo tuvo en sus manos, supo que aquello era un milagro y tenía que aprovecharlo. Además Nidia sólo había hecho una sustitución y no sabía si la volverían a llamar. Sin duda estaba muy preparada, así que no le vendría mal esperar tranquilamente a que necesitaran sus servicios. Renato había manifestado enseguida su intención de contratarla de forma estable, pero ella había influido para que fuera un mes a prueba con la excusa de que así se iría adaptando a las necesidades del puesto. Nunca olvidaría aquella entrevista: las ansias de Renato por contratar a Nidia y sus ojos desnudándola habían contrariado tanto a Samantha que apenas pudo controlar los nervios. En la media hora que duró la conversación notó aquel sarpullido que le salía en la cara cuando algo la desquiciaba. Afortunadamente, había podido frenar los primeros impulsos de su jefe y ahora Nidia estaba en lista de espera para el curso de excelencia. No deja de ser gracioso que le vaya a dar un curso con sus propios apuntes, pensó mientras miraba el reloj. No tenía remordimientos ¿por qué habría de tenerlos? Si Nidia quería un puesto estable era lógico que invirtiera en ello y colaborar con ella era una forma de hacerlo, la mejor forma de hacerlo.

    Renato se estaba retrasando. Hacía veinte minutos que estaba delante de la empresa y no se le veía por ninguna parte. Espero que no se haya arrepentido. Recordó la conversación con su madre, había intentado convencerla para que no se fuera. El niño te necesita y yo ya estoy mayor para hacer de niñera. Mamá, sólo serán dos días, Titín no te causará ningún problema. Durante la semana tienes trabajo y no me importa hacerme cargo de él, pero el fin de semana es asunto tuyo. Y además creo que tienes un marido. Aunque pareciera lo contrario, la relación suegra –yerno era perfecta, pero el placer de torturar a Samantha la superaba. Juan hacía todo tipo de arreglos en su casa sin protestar, era el yerno ideal y cada vez protestaba menos porque la suegra siempre tenía en los labios la frase adecuada: yo me encargo de tu hijo, pero ¿Quién se encarga de mí? Samantha la disculpaba diciendo que la viudes temprana no le había sentado bien y Juan la disculpaba y callaba porque era un hombre de paz y ya bastantes problemas le daba su propia madre como para preocuparse de su suegra.

    Renato no llegaba. Aprovechó para llamar a Titín que acababa de venir de la escuela. El niño está bien, no te preocupes. La abuela estaba encantada con él, pero siempre acababa pidiendo una recompensa: una paellera eléctrica, un vestido, un collar, pagar la cuenta de los pintores que renovaron el salón: es que el niño lo mancha mucho, le explicó. Pero lo peor de todo era su candidatura eterna a que se trasladaran a vivir con ella. Tras años de psicólogo no habían conseguido que se acostumbrara a dormir sola en aquella inmensa casa y una semana tras otra volvía a cantar la maravilla de vivir todos juntos y a insistir en que les dejaría el departamento de arriba para ellos y todos serían felices. Este punto era uno de los que Juan no aceptaba y aunque no decía nada a doña Rosa, su suegra, sí le había dejado claro a Samantha que jamás vivirían bajo el mismo techo que su madre. No tenía que insistir, ambos coincidían en este particular. Juan y ella estaban de acuerdo en lo esencial, administrativamente se podía decir que eran una comunidad de bienes, pero palabras como pasión y sexo no encajaban en su convivencia diaria. Él llegaba tarde de trabajar o de tomar un vino con los amigos y cuando se tumbaban en la cama ya estaban vencidos por el sueño. El sexo que había era escaso y rápido con el agravante de que Juan no toleraba el humo y tras un breve coito Samantha tenía que irse a la sala a fumar. A veces tenía la sensación de que la única función de Juan había sido copular con ella para engendrar a Titín. Lástima no haberlo devorado después de la fecundación como la viuda negra de aquel documental, pensaba a veces.

    Se estaba poniendo nerviosa, ya había dado cincuenta vueltas delante de la verja de la empresa, el guarda de seguridad la había mirado y la había saludado al principio, pero ahora simplemente tenía curiosidad por saber qué hacía allí. Empezaba a sentir vergüenza ¿Qué pensaría el guarda al verla salir con Renato? O peor ¿Qué pensaría si se daba cuenta de que le habían dado plantón? Quizás no había sido tan buena idea venir. En casa la esperaba su marido, si se iba ahora podría poner la excusa de una indisposición repentina y volvería al hogar de donde no tenía que haber salido. Empezó a caminar hacia el estacionamiento intentando evitar al guarda cuando oyó una bocina a sus espaldas. El Mercedes Clase C de Renato estaba justo detrás. Se sonrojó y hasta se le humedecieron los ojos de emoción mientras el corazón le golpeaba la garganta, el pecho, el cuerpo todo. Él dijo: ¿Llevas mucho tiempo esperando? Y ella: No, no, acabo de llegar.

  3. Comentario por KAMIL @ Junio 3, 2008, 8:49 pm

    Dalcia S.A. era una enorme factoría en medio de una pradera. Su cuidado césped emergía como por ensueño de la naturaleza y trabajar allí parecía más un privilegio que una obligación. Samantha paseaba la mirada por el verde recién cortado y no podía disimular un cierto orgullo, como si todo aquello fuera de su propiedad. Se había puesto un conjunto de chaqueta y pantalón con aire deportivo aunque le había costado encontrarlo de su talla. Estaba harta de que no hubiera ropa juvenil para gorditas y esto era lo más sport que había probado. Por supuesto no estaba dispuesta a ir de chándal. Con chándal parezco una vaca. Le costó mucho apuntarse al curso de rafting, pero su jefe le dijo que como coordinadora de grupo no podía faltar. Renato era un jefe cercano y maravilloso, pero no hubiera podido contarle sus horribles sueños de los últimos días: verse en medio del grupo en bañador, que alguien le preguntara su talla para el traje de neopreno. Lo siento, no tenemos esa talla. O aún peor, que le dieran un traje y no consiguiera introducirse en él. Además tuvo que convencer a su madre para que se quedara con Titín. Con cinco años, su niño ya no le daría mucho trabajo, pero su madre era experta en chantaje emocional y le cobraría el favor, lo sabía. Cuando le enseñó el conjunto que se había comprado tuvo que oírla, como siempre: ¿Vas a ir así? ¿Te has visto en el espejo? Para su progenitora hubiera sido más adecuado un traje de chaqueta que le disimulara los kilos aunque los veía con cualquier vestimenta. En realidad, por mucho que se esforzara en adelgazar, Samantha siempre sería la hija gorda que no quiso tener y aprovechaba cualquier momento para recordárselo. Era una causa perdida.
    La invitación de Renato para llevarla en su coche al curso la acabó de decidir, eso y la ausencia de protesta de Juan. Juan nunca protestaba, mejor así. No soportaría estar casada con un hombre demasiado mandón. No había sido muy difícil convencerlo. Llevaba toda la semana trabajando en el curso de excelencia telefónica y estaba agotada. Le dijo que necesitaba relajarse y un poco de deporte le vendría bien aunque siempre tenía en su contra el maldito cigarro que no era capaz de abandonar. Al principio creyó que no podría organizar la formación para teleoperadoras, pero resultó más fácil de lo que esperaba. Nidia, una de sus empleadas, había hecho algo parecido el año pasado y se había ofrecido a dejarle sus apuntes. Sólo les echaré un vistazo, le aseguró, pero en cuanto lo tuvo en sus manos, supo que aquello era un milagro y tenía que aprovecharlo. Además Nidia sólo había hecho una sustitución y no sabía si la volvería a llamar. Sin duda estaba muy preparada, así que no le vendría mal esperar tranquilamente a que necesitara sus servicios. Renato había manifestado enseguida su intención de contratarla de forma estable, pero ella había influido para que fuera un mes a prueba con la excusa de que así se iría adaptando a las necesidades del puesto. Nunca olvidaría aquella entrevista: las ansias de Renato por contratar a Nidia y sus ojos desnudándola habían contrariado tanto a Samantha que apenas pudo controlar los nervios. En la media hora que duró la conversación notó aquel sarpullido que le salía en la cara cuando algo la desquiciaba. Afortunadamente, había podido frenar los primeros impulsos de su jefe y ahora Nidia estaba en lista de espera para el curso de excelencia. No deja de ser gracioso que le vaya a dar un curso con sus propios apuntes, pensó mientras miraba el reloj. No tenía remordimientos ¿por qué habría de tenerlos? Si Nidia quería un puesto estable era lógico que invirtiera en ello y colaborar con ella era una forma de hacerlo, la mejor forma de hacerlo.
    Renato se estaba retrasando. Hacía veinte minutos que estaba delante de la empresa y no se le veía por ninguna parte. Espero que no se haya arrepentido. Recordó la conversación con su madre, había intentado convencerla para que no se fuera. El niño te necesita y yo ya estoy mayor para hacer de niñera. Mamá, sólo serán dos días, Titín no te causará ningún problema. Durante la semana tienes trabajo y no me importa hacerme cargo de él, pero el fin de semana es asunto tuyo. Y además creo que tienes un marido. Aunque pareciera lo contrario, la relación suegra –yerno era perfecta, pero el placer de torturar a Samantha la superaba. Juan hacía todo tipo de arreglos en su casa sin protestar, era el yerno ideal y cada vez protestaba menos porque la suegra siempre tenía en los labios la frase adecuada: yo me encargo de vuestro hijo, pero ¿Quién se encarga de mí? Samantha la disculpaba diciendo que la viudedad temprana no le había sentado bien y Juan la disculpaba y callaba porque era un hombre de paz y ya bastantes problemas le daba su propia madre como para preocuparse de su suegra.
    Renato no llegaba. Aprovechó para llamar a Titín que acababa de venir de la escuela. El niño está bien, no te preocupes. La abuela estaba encantada con él, pero siempre acababa pidiendo una recompensa: una paellera eléctrica, un vestido, un collar, pagar la cuenta de los pintores que renovaron el salón: es que el niño lo mancha mucho, le explicó. Pero lo peor de todo era su candidatura eterna a que se trasladaran a vivir con ella. Tras años de psicólogo no habían conseguido que se acostumbrara a dormir sola en aquella inmensa casa y una semana tras otra volvía a cantar la maravilla de vivir todos juntos y a insistir en que les dejaría el piso de arriba para ellos y todos serían felices. Este punto era uno de los que Juan no aceptaba y aunque no decía nada a doña Rosa, su suegra, sí le había dejado claro a Samantha que jamás vivirían bajo el mismo techo que su madre. No tenía que insistir, ambos coincidían en este particular. Juan y ella estaban de acuerdo en lo esencial, administrativamente se podía decir que eran una comunidad de bienes, pero palabras como pasión y sexo no encajaban en su convivencia diaria. Él llegaba tarde de trabajar o de tomar un vino con los amigos y cuando se tumbaban en la cama ya estaban vencidos por el sueño. El sexo que había era escaso y rápido con el agravante de que Juan no toleraba el humo y tras un breve coito Samantha tenía que irse a la sala a fumar. A veces tenía la sensación de que la única función de Juan había sido copular con ella para engendrar a Titín. Lástima no haberlo devorado después de la fecundación como la viuda negra de aquel documental, pensaba a veces.
    Se estaba poniendo nerviosa, ya había dado cincuenta vueltas delante de la verja de la empresa, el guarda de seguridad la había mirado y la había saludado al principio, pero ahora simplemente tenía curiosidad por saber qué hacía allí. Empezaba a sentir vergüenza ¿Qué pensaría el guarda al verla salir con Renato? O peor ¿Qué pensaría si se daba cuenta de que le habían dado plantón? Quizás no había sido tan buena idea venir. En casa la esperaba su marido, si se iba ahora podría poner la excusa de una indisposición repentina y volvería al hogar de donde no tenía que haber salido. Empezó a caminar hacia el aparcamiento intentando evitar al guarda cuando oyó un claxon a sus espaldas. El Mercedes Clase C de Renato estaba justo detrás. Se sonrojó y hasta se le humedecieron los ojos de emoción mientras el corazón le golpeaba la garganta, el pecho, el cuerpo todo. Él dijo: ¿Llevas mucho tiempo esperando? Y ella: No, no, acabo de llegar.

  4. Comentario por Yssavel @ Junio 3, 2008, 11:28 pm

    Dalcia S.A. era un enorme edificio que emergía, como por ensueño, en medio de un cuidado césped emergía, trabajar allí parecía un privilegio más que una obligación; Samantha paseaba la mirada por el verde recién cortado y no podía disimular un cierto orgullo, como si todo aquello fuera de su propiedad. Se había puesto un conjunto de chaqueta y pantalón con aire deportivo, le había resultado muy complicado localizarlo de su talla; estaba harta de que no hubiera ropa juvenil para gorditas, esto era lo más sport que había encontrado y por supuesto que no estaba dispuesta a ir de chándal, se veía todavía más como una vaca.
    Le costó mucho apuntarse al curso de rafting, pero Renato la convenció: “Como coordinadora de grupo no puedes faltar”, como negarse con lo agradable y fantástico que era, aunque sabía que nunca le contaría sus pesadillas de los últimos días: verse en medio del grupo en bañador, alguien preguntándole su talla para el traje de neopreno, y contestándole: “lo siento, no tenemos esa talla”; o, aún peor, que le dieran un traje y no consiguiera introducirse en él. Además tuvo que convencer a su madre para que se quedara con Titín; con cinco años, su niño ya no le daría mucho trabajo, pero su madre era experta en chantaje emocional y le cobraría el favor, lo sabía. Cuando le enseñó el conjunto que se había comprado tuvo que oírla, como siempre: “¿vas a ir así?, ¿te has visto en el espejo?”; para su progenitora hubiera sido más adecuado cualquier traje que Samantha no eligiera, por mucho que se esforzara en adelgazar siempre sería la hija gorda que no quiso tener y aprovechaba cualquier momento para recordárselo, y también aprovechaba cualquier oportunidad para reprocharle y rectificarle absolutamente todo, nunca estaría a la altura deseada por su madre.
    Le había contado lo del curso a Juan; él no había dicho nada, nunca protestaba, mejor así, nunca había sido mandón y cada vez menos, ya ni le pedía explicaciones por nada, aunque ella se sintió obligada a dárselas: llevaba toda la semana trabajando en el curso de excelencia telefónica y estaba agotada; le dijo que necesitaba relajarse y un poco de deporte le vendría bien, siempre tenía en su contra el maldito cigarro que no era capaz de abandonar.
    Al principio creyó que no podría organizar la formación para teleoperadoras, pero resultó más fácil de lo que esperaba. Nidia, una de sus ex-empleadas, había asistido a uno parecido el año pasado y le había ofrecido sus apuntes. “Sólo les echaré un vistazo”, le aseguró, pero en cuanto lo tuvo en sus manos, supo que aquello era un milagro y tenía que aprovecharlo. Nidia sólo había hecho una sustitución pero sin duda estaba muy preparada. Renato había demostrado enseguida su intención de contratarla de forma estable, pero ella había conseguido que sólo fuera un mes a prueba, con la excusa de que así se iría adaptando a las necesidades del puesto. Nunca olvidaría aquella entrevista: las ansias de Renato por contratar a Nidia, sus ojos desnudándola, … todavía recordarlo le producía nauseas; en el tiempo que duró la conversación apenas pudo controlar los nervios, hasta notó aquel sarpullido que le salía en la cara cuando algo la desquiciaba. Afortunadamente, había podido frenar los primeros impulsos de su jefe y ahora Nidia estaba en lista de espera para el curso de excelencia. No deja de ser gracioso que le vaya a dar un curso con sus propios apuntes, pensó mientras miraba el reloj. No tenía remordimientos ¿por qué habría de tenerlos? Si Nidia quería un puesto estable era lógico que invirtiera en ello y colaborar con ella era una forma de hacerlo, la mejor forma de hacerlo.
    Renato se estaba retrasando. Hacía veinte minutos que estaba delante de la empresa y no se le veía por ninguna parte, ojalá no se haya arrepentido. Recordó la conversación con su madre, había intentado convencerla para que no se fuera.:
    “El niño te necesita y yo ya estoy mayor para hacer de niñera.”
    “Mamá, sólo serán dos días, Titín no te causará ningún problema.”
    “Durante la semana tienes trabajo y no me importa hacerme cargo de él alguna vez, pero el fin de semana es asunto tuyo. Y además creo que tienes un marido.”

    Aunque pareciera lo contrario, la relación suegra –yerno era perfecta, pero el placer de torturar a Samantha la superaba. Juan hacía todo tipo de arreglos en su casa sin protestar, era el yerno ideal y cada vez protestaba menos porque la suegra siempre tenía en los labios la frase adecuada: “Yo me encargo de vuestro hijo, pero ¿quién se encarga de mí? Samantha la disculpaba diciendo que la viudedad temprana no le había sentado bien y Juan callaba, demasiados problemas le daba su propia madre como para preocuparse de su suegra.
    Nerviosa miró de nuevo el reloj, sacó el teléfono del bolso y llamó Titín; su madre le dijo que acababa de llegar de la escuela y que estaba bien, luego habló unos minutos con él. La abuela estaba encantada con su único nieto, ambos disfrutaban mucho juntos, pero siempre acababa reclamando una recompensa, del tipo que fuera, no desaprovechaba ninguna oportunidad. Lo peor de todo era su candidatura eterna a que se trasladaran a vivir con ella. Tras años de psicólogo no habían conseguido que se acostumbrara a dormir sola en aquella inmensa casa y una semana tras otra volvía a cantar las maravillas de vivir todos juntos y a insistir en que les dejaría el piso de arriba para ellos y todos serían felices. Este punto era uno de los que Juan no aceptaba y aunque no decía nada a doña Rosa, su suegra, sí le había dejado claro a Samantha que jamás vivirían bajo el mismo techo que su madre. No tenía que insistir, ambos coincidían en este particular. Juan y ella estaban de acuerdo en lo esencial, administrativamente se podía decir que eran una comunidad de bienes, pero palabras como pasión y sexo no encajaban en su convivencia diaria. Él llegaba tarde de trabajar o de tomar un vino con los amigos y cuando se tumbaban en la cama ya estaban vencidos por el sueño. El sexo que había era escaso y rápido con el agravante de que Juan no toleraba el humo y tras un breve coito Samantha tenía que irse a la sala a fumar. A veces tenía la sensación de que la única función de Juan había sido copular con ella para engendrar a Titín. Lástima no haberlo devorado después de la fecundación como la viuda negra de aquel documental, pensaba a veces.

    Se estaba poniendo nerviosa, ya había dado cincuenta vueltas delante de la verja de la empresa, al principio el guarda de seguridad la había mirado y la había saludado, pero ahora simplemente tenía curiosidad por saber qué hacía exactamente allí durante tanto tiempo. Empezaba a sentir vergüenza ¿Qué pensaría el guarda al verla salir con Renato? O peor ¿Qué pensaría si se daba cuenta de que le habían dado plantón? Quizás no había sido tan buena idea venir. En casa la esperaba su marido, si se iba ahora podría poner la excusa de una indisposición repentina y volvería al hogar de donde no tenía que haber salido. Empezó a caminar hacia el aparcamiento intentando evitar al guarda cuando oyó un claxon a sus espaldas. El Mercedes Clase C de Renato estaba justo detrás. Se sonrojó y hasta se le humedecieron los ojos de emoción mientras el corazón le golpeaba la garganta, el pecho, el cuerpo todo. Él dijo: ¿Llevas mucho tiempo esperando? Y ella: No, no, en absoluto, acabo de llegar.

  5. Comentario por Norma Risler @ Junio 4, 2008, 12:56 am

    Reescritura Capítulo 2
    El edificio de la empresa Dalcia S.A. parecía una enorme nave situada en una pradera. Su cuidado césped emergía como por ensueño de la naturaleza y trabajar allí parecía un privilegio más que una obligación. Samantha paseaba la mirada por el verde del pasto recién cortado y no podía dejar de sentir un cierto orgullo, como si todo aquello fuera de su propiedad. Se había puesto un conjunto de chaqueta y pantalón con aire deportivo aunque le había costado encontrarlo de su talla. Estaba harta de que no hubiera ropa juvenil para gorditas y esto era lo más sport que había probado. Por supuesto no estaba dispuesta a ir de chándal porque la hacía sentir incómoda. Le costó mucho apuntarse al curso de rafting, pero su jefe le dijo que como coordinadora de grupo no podía faltar. Renato era un jefe cercano y maravilloso, pero no hubiera podido contarle sus horribles sueños de los últimos días: verse en medio del grupo en bañador, que alguien le preguntara su talla para el traje de neopreno. Lo siento, no tenemos esa talla. O aún peor, que le dieran un traje y no consiguiera introducirse en él. Además tuvo que convencer a su madre para que se quedara con Titín. Con cinco años, su niño ya no le daría mucho trabajo, pero su madre era experta en chantaje emocional y le cobraría el favor, lo sabía. Cuando le enseñó el conjunto que se había comprado tuvo que oírla, como siempre: ¿Vas a ir así? ¿Te has visto en el espejo? Para su progenitora hubiera sido más adecuado un traje de chaqueta que le disimulara los kilos, aunque los veía con cualquier vestimenta. En realidad, por mucho que se esforzara en adelgazar, Samantha siempre sería la hija gorda que no quiso tener y aprovechaba cualquier momento para recordárselo. Era una causa perdida.
    La invitación de Renato para llevarla en su coche al curso la acabó de decidir, eso y la ausencia de protesta de Juan. Juan nunca protestaba, mejor así. No soportaría estar casada con un hombre demasiado mandón. No había sido muy difícil convencerlo. Llevaba toda la semana trabajando en el curso de excelencia telefónica y estaba agotada. Le dijo que necesitaba relajarse y un poco de deporte le vendría bien aunque siempre tenía en su contra el maldito cigarrillo que no era capaz de abandonar. Al principio creyó que no podría organizar la formación para teleoperadoras, pero resultó más fácil de lo que esperaba. Nidia, una de las asistentes, había hecho algo parecido el año pasado y se había ofrecido a dejarle sus apuntes. Sólo les echaré un vistazo, le aseguró, pero en cuanto los tuvo en sus manos, supo que aquello era un milagro y tenía que aprovecharlo. Además Nidia sólo había hecho una sustitución y no sabía si la volvería a llamar. Sin duda estaba muy preparada, así que no le vendría mal esperar tranquilamente a que necesitara sus servicios. Renato había manifestado enseguida su intención de contratarla de forma estable, pero ella había influido para que fuera un mes a prueba con la excusa de que así se iría adaptando a las necesidades del puesto. Nunca olvidaría aquella entrevista: las ansias de Renato por contratar a Nidia y sus ojos desnudándola habían contrariado tanto a Samantha que apenas pudo controlar los nervios. En la media hora que duró la conversación notó aquel sarpullido que le salía en la cara cuando algo la desquiciaba. Afortunadamente, había podido frenar los primeros impulsos de su jefe y ahora Nidia estaba en lista de espera para el curso de excelencia. No deja de ser gracioso que le vaya a dar un curso con sus propios apuntes, pensó mientras miraba el reloj. No tenía remordimientos ¿por qué habría de tenerlos? Si Nidia quería un puesto estable era lógico que invirtiera en ello y colaborar con ella era una forma de hacerlo, la mejor forma de hacerlo.
    Renato se estaba retrasando. Hacía veinte minutos que estaba delante de la empresa y no se le veía por ninguna parte. Espero que no se haya arrepentido. Recordó la conversación con su madre, había intentado convencerla para que no se fuera. El niño te necesita y yo ya estoy mayor para hacer de niñera. Mamá, sólo serán dos días, Titín no te causará ningún problema. Durante la semana tienes trabajo y no me importa hacerme cargo de él, pero el fin de semana es asunto tuyo. Y además creo que tienes un marido. Aunque pareciera lo contrario, la relación suegra –yerno era perfecta, pero el placer de torturar a Samantha la superaba. Juan hacía todo tipo de arreglos en su casa sin protestar, era el yerno ideal y cada vez protestaba menos porque la suegra siempre tenía en los labios la frase adecuada: yo me encargo de vuestro hijo, pero ¿Quién se encarga de mí? Samantha la disculpaba diciendo que la viudez temprana no le había sentado bien y Juan la disculpaba y callaba porque era un hombre de paz y ya bastantes problemas le daba su propia madre como para preocuparse de su suegra.
    Renato no llegaba. Aprovechó para llamar a Titín que acababa de venir de la escuela. El niño está bien, no te preocupes. La abuela estaba encantada con él, pero siempre acababa pidiendo una recompensa: una paellera eléctrica, un vestido, un collar, pagar la cuenta de los pintores que renovaron el salón: es que el niño lo mancha mucho, le explicó. Pero lo peor de todo era su candidatura eterna a que se trasladaran a vivir con ella. Tras años de psicólogo no habían conseguido que se acostumbrara a vivir sola en aquella inmensa casa y una semana tras otra volvía a cantar la maravilla de vivir todos juntos y a insistir en que les dejaría el piso de arriba para ellos y todos serían felices. Este punto era uno de los que Juan no aceptaba y aunque no decía nada a doña Rosa, su suegra, sí le había dejado claro a Samantha que jamás vivirían bajo el mismo techo que su madre. No tenía que insistir, ambos coincidían en este particular. Juan y ella estaban de acuerdo en lo esencial, administrativamente se podía decir que eran una comunidad de bienes, pero palabras como pasión y sexo no encajaban en su convivencia diaria. Él llegaba tarde de trabajar o de tomar un vino con los amigos y cuando se tumbaban en la cama ya estaban vencidos por el sueño. El sexo que había era escaso y rápido con el agravante de que Juan no toleraba el humo y tras un breve coito Samantha tenía que irse a la sala a fumar. A veces tenía la sensación de que la única función de Juan había sido copular con ella para engendrar a Titín. Lástima no haberlo devorado después de la fecundación como la viuda negra de aquel documental, pensaba a veces.
    Se estaba poniendo nerviosa, ya había dado cincuenta vueltas delante de la verja de la empresa, el guarda de seguridad la había mirado y la había saludado al principio, pero ahora simplemente tenía curiosidad por saber qué hacía allí. Empezaba a sentir vergüenza ¿Qué pensaría el guarda al verla salir con Renato? O peor ¿Qué pensaría si se daba cuenta de que le habían dado plantón? Quizás no había sido tan buena idea venir. En casa la esperaba su marido, si se iba ahora podría poner la excusa de una indisposición repentina y volvería al hogar de donde no tenía que haber salido. Empezó a caminar hacia el aparcamiento intentando evitar al guarda cuando oyó un claxon a sus espaldas. El Mercedes Clase C de Renato estaba justo detrás. Se sonrojó y hasta se le humedecieron los ojos de emoción mientras el corazón le golpeaba la garganta, el pecho, el cuerpo todo. Él dijo: ¿Llevas mucho tiempo esperando? Y ella: No, no, acabo de llegar.

  6. Comentario por CarminaCD @ Junio 4, 2008, 10:25 am

    Reescribir Capítulo 2, sólo verbos y algunas repeticiones.

    Dalcia S.A. era una enorme nave varada en una pradera. Su cuidado césped emergía como por ensueño de la naturaleza y trabajar allí parecía un privilegio más que una obligación. Samantha paseaba la mirada por el verde recién cortado y no podía disimular un cierto orgullo, como si todo aquello fuera de su propiedad. Se puso un conjunto de chaqueta y pantalón con aire deportivo aunque le había costado encontrarlo de su talla. Hartada de que no hubiera ropa juvenil para gorditas, esto era lo más sport que se había probado. Por supuesto no estaba dispuesta a ir de chándal. “Con chándal parezco una vaca”. Le costó mucho apuntarse al curso de rafting, pero su jefe le dijo que como coordinadora de grupo no podía faltar. Renato era un jefe cercano y maravilloso, pero no hubiera podido contarle sus horribles sueños de los últimos días: verse en medio del grupo en bañador, que alguien le preguntara su talla para el traje de neopreno. Lo siento, no tenemos esa talla. O aún peor, que le dieran un traje y no consiguiera introducirse en él. Además tuvo que convencer a su madre para que se quedara con Titín. Con cinco años, su niño ya no le daría mucho trabajo, pero su madre era experta en chantaje emocional y le cobraría el favor. Cuando le enseñó el conjunto que se había comprado tuvo que oírla, como siempre: “¿Vas a ir así? ¿Te has visto en el espejo?” Para su progenitora hubiera sido más adecuado un traje de chaqueta que le disimulara los kilos aunque los viera con cualquier vestimenta. En realidad, por mucho que se esforzara en adelgazar, Samantha siempre sería la hija gorda que no quiso tener y aprovechaba cualquier momento para recordárselo. Era una causa perdida.
    La invitación de Renato para llevarla en su coche al curso la acabó de decidir, eso y la ausencia de protesta de parte de Juan. Juan nunca protestaba, mejor así. No soportaría estar casada con un hombre demasiado mandón. No había sido muy difícil convencerlo. Llevaba toda la semana trabajando en el curso de excelencia telefónica y se sentía agotada. Le dijo que necesitaba relajarse y un poco de deporte le vendría bien aunque siempre tenía en su contra el maldito cigarro que no era capaz de abandonar. Al principio creyó que no podría organizar la formación para teleoperadoras, pero resultó más fácil de lo que esperaba. Nidia, una de sus empleadas, había hecho algo parecido el año pasado y se había ofrecido a dejarle sus apuntes. Sólo les echaré un vistazo, le aseguró, pero en cuanto lo tuvo en sus manos, supo que aquello era un milagro y tenía que aprovecharlo. Además Nidia sólo había hecho una sustitución y no sabía si la volvería a llamar. Sin duda estaba muy preparada, así que no le vendría mal esperar tranquilamente a que necesitara sus servicios. Renato había manifestado enseguida su intención de contratarla de forma estable, pero ella había influido para que fuera un mes a prueba con la excusa de que así se iría adaptando a las necesidades del puesto. Nunca olvidaría aquella entrevista: las ansias de Renato por contratar a Nidia y sus ojos desnudándola habían contrariado tanto a Samantha que apenas pudo controlar los nervios. En la media hora que duró la conversación notó aquel sarpullido que le salía en la cara cuando algo la desquiciaba. Afortunadamente, pudo frenar los primeros impulsos de su jefe y ahora Nidia estaba en lista de espera para el curso de excelencia. No deja de ser gracioso que le vaya a dar un curso con sus propios apuntes, pensó mientras miraba el reloj. No tenía remordimientos ¿por qué habría de tenerlos? Si Nidia quería un puesto estable era lógico que invirtiera en ello y colaborar con ella era una forma de hacerlo, la mejor forma de hacerlo.
    Renato se estaba retrasando. Hacía veinte minutos que estaba delante de la empresa y no se le veía por ninguna parte. Espero que no se haya arrepentido. Recordó la conversación con su madre, había intentado convencerla para que no fuera. El niño te necesita y yo ya estoy mayor para hacer de niñera. Mamá, sólo serán dos días, Titín no te causará ningún problema. Durante la semana tienes trabajo y no me importa hacerme cargo de él, pero el fin de semana es asunto tuyo. Y además creo que tienes un marido. Aunque pareciera lo contrario, la relación suegra –yerno era perfecta, pero el placer de torturar a Samantha la superaba. Juan hacía todo tipo de arreglos en su casa sin protestar, era el yerno ideal y cada vez protestaba menos porque la suegra siempre tenía en los labios la frase adecuada: yo me encargo de vuestro hijo, pero ¿Quién se encarga de mí? Samantha la disculpaba diciendo que la viudez temprana no le había sentado bien y Juan la disculpaba y callaba porque era un hombre de paz y ya bastantes problemas le daba su propia madre como para preocuparse de su suegra.
    Renato no llegaba. Aprovechó para llamar a Titín que acababa de venir de la escuela. El niño está bien, no te preocupes. La abuela estaba encantada con él, pero siempre acababa pidiendo una recompensa: una paellera eléctrica, un vestido, un collar, pagar la cuenta de los pintores que renovaron el salón: es que el niño lo mancha mucho, le explicó. Pero lo peor de todo era su candidatura eterna a que se trasladaran a vivir con ella. Tras años de psicólogo no habían conseguido que se acostumbrara a dormir sola en aquella inmensa casa y una semana tras otra volvía a cantar la maravilla de vivir todos juntos y a insistir en que les dejaría el piso de arriba para ellos y todos serían felices. Este punto era uno de los que Juan no aceptaba y aunque no decía nada a doña Rosa, su suegra, sí le había dejado claro a Samantha que jamás vivirían bajo el mismo techo que su madre. No tenía que insistir, ambos coincidían en este particular. Juan y ella estaban de acuerdo en lo esencial, administrativamente se podía decir que eran una comunidad de bienes, pero palabras como pasión y sexo no encajaban en su convivencia diaria. Él llegaba tarde de trabajar o de tomar un vino con los amigos y cuando se tumbaban en la cama ya estaban vencidos por el sueño. El sexo que había era escaso y rápido con el agravante de que Juan no toleraba el humo y tras un breve coito Samantha tenía que irse a la sala a fumar. A veces tenía la sensación de que la única función de Juan había sido copular con ella para engendrar a Titín. Lástima no haberlo devorado después de la fecundación como la viuda negra.
    Se estaba poniendo nerviosa, ya había dado cincuenta vueltas delante de la verja de la empresa, el guarda de seguridad la había mirado y la había saludado al principio, pero ahora simplemente tenía curiosidad por saber qué hacía allí. Empezaba a sentir vergüenza ¿Qué pensaría el guarda al verla salir con Renato? O peor ¿Qué pensaría si se daba cuenta de que le habían dado plantón? Quizás no había sido tan buena idea venir. En casa la esperaba su marido, si se iba ahora pudiera poner la excusa de una indisposición repentina, volvería al hogar de donde no tendría que haber salido. Empezó a caminar hacia el aparcamiento intentando evitar al guarda cuando oyó un claxon a sus espaldas. El Mercedes Clase C de Renato estaba justo detrás. Se sonrojó y hasta se le humedecieron los ojos de emoción mientras el corazón le golpeaba la garganta, el pecho, el cuerpo todo. Él dijo: ¿Llevas mucho tiempo esperando? Y ella: No, no, acabo de llegar.

  7. Comentario por valleolid @ Junio 4, 2008, 10:35 am

    El edifico en forma de nave de la empresa Dalcia, S.A., estaba ubicado en medio de una pradera. Su cuidado cesped emergía como por ensueño de la naturaleza y trabajar allí parecía mas un privilegio que una obligación. Samantha paseaba su mirada por el cesped recién cortado y no podía disimular un cierto orgullo, como si todo aquello fuese de su propiedad.
    Se había puesto un conjunto de chaqueta y pantalón con aire deportivo, aunque le había costado encontrarlo de su talla. Estaba harta de que no hubiese ropa juvenil para gorditas y esto era lo mas sport que había encontrado. Por supuesto no estaba dispuesta a ir en chandal. “Con chandal parezco una vaca”, pensó para si. Le costó mucho apuntarse al curso de rafting, pero su jefe le dijo que como coordinadora de grupo no podía faltar.
    Renato era un jefe cercano y maravilloso, pero no hubiera podido contarle sus horribles sueños de los últimos días: verse en medio del grupo en bañador y que alguien le preguntara su talla para el traje de neopreno. “Lo siento no tenemos esa talla”. O aún peor, que le dieran un traje y no consiguiera introducirse en él.
    Por otro lado tuvo que convencer a su madre para que se quedara con Tintín. Con cinco años, su niño ya no le daría mucho trabajo, pero su madre era una experta en chantaje emocional por lo que ya esperaba cual sería el precio que le pondría a este nuevo favor. Cuando al llegar a casa después de la compra del conjunto y se lo enseñó, tuvo que oírla como siempre: “¿Vas a ir así? ¿Te has visto en el espejo? Para su progenitora hubiera sido mas adecuado un traje de chaqueta que le disimulara los kilos aunque los veía con cualquier vestimenta. En realidad, por mucho que se esforzara en adelgazar, Samantha era consciente de que siempre sería la hija gorda que no quiso tener y aprovecha cualquier momento para recordárselo. Era una causa perdida.
    Si tenía dudas, la invitación de Renato para llevarla en su coche al curso la acabó por decidir, eso y la ausencia de alguna protesta por parte e Juan, su marido. Éste nunca protestaba y para ella era mejor así. No soportaría estar casada con un hombre demasiado mandón. No había sido difícil convencerlo.
    Llevaba toda la semana trabajando en el curso por excelencia telefónica y estaba agotada. Le dijo que necesitaba relajarse y un poco de deporte no le vendría mal, aunque siempre tenía en su contra el maldito cigarro que no era capaz de abandonar.
    Cuando se planteó el curso de teleoperadoras le surgió la duda de si sería capaz de organizarlo, pero al final había resultado mas fácil de lo que esperaba.
    Nidia que había estado a las órdenes de Samantha durante una sustitución de verano, había hecho algo parecido el año pasado y se ofreció para dejarle sus apuntes. “Sólo les echaré un vistazo”", le aseguró, pero cuando los tuvo en sus manos, supo que aquello era un milagro y tenía que aprovecharlo.
    Samantha dudaba si volvería a llamar a Nidia. Sin duda estaba muy preparada, así que no le vendría mal esperar tranquilamente a que necesitara de sus servicios. Renato había manifestado enseguida su intención de contratarla de forma estable, pero ella había influido para que fuera un mes a prueba con la excusa de que se iría adaptando a las necesidades del puesto. Nunca olvidaría aquella entrevista : las ansias de Renato por contratar a Nidia y sus ojos desnudándola habían contrariado tanto a Samantha que apenas pudo controlar los nervios. En la media hora que duró la conversación notó aquel salpullido que le salía en la cara cuando algo la desquiciaba. Afortunadamente, había podido frenar los primeros impulsos de su jefe, pero nuevamente surgiría el problema ya que Nidia estaba en la lista de espera para el curso por excelencia. Pensó, mientras miraba el reloj, que no dejaba de ser gracioso que le fuera a dar el curso a Nidia con sus propios apuntes. Sin embargo ella no tenía reordimientos ¿por qué habría de tenerlos? Si Nidia quería un puesto estable era lógico que invirtiera en ello y colaborar con ella y esto era una forma de hacerlo, la mejor forma de hacerlo.
    Renato se estaba retrasando. Hacía veinte minutos que estaba delante de la empresa y no le veía por ninguna parte. ” Espero que no se haya arrepentido” . Recordó la conversación con su madre, había intentando convencerla para que no se fuera. “El niño te necesita y yo ya estoy mayor para hacer de niñera”. ” Mama´, sólo serán dos días, Tintín no te causará ningún problema”.
    Pero su madre insisitió: ” Durante la semana tienes trabajo y no me importa hacerme cargo de él, pero el fin de semana es asunto tuyo. Y además creo que tienes un marido”. Aunque pareciera lo contrario, la relación suegra -yerno era casi perfecta, pero el placer de torturar a Samantha la superaba. Juan hacía todo tipo de arreglos en su casa sin protestar, era el yerno ideal y cada vez protestaba menos porque la suegra siempre tenía en los labios la frase adecuada: “yo me encargo de vuestro hijo, pero ¿Quién se encarga de mi? ” Samantha la disculpaba diciendo que la viudedad temprana no le había sentado bien y Juan la disculpaba y callaba porque era un hombre de paz y ya tenía bastante con los problemas que le daba su propia madre, como para preocuparse de su suegra.
    Renato no llegaba. Aprovechó para llamar a Tintín que acababa de regresar de la escuela. “El niño está bien no te preocupes”. La abuela estaba encantada con él, pero siempre acababa pidiendo una recompensa: una paellera eléctrica, un vestido, un collar, pagar la cuenta de los pintores que renovaron el salón: “es que el niño lo mancha mucho”, le explicó. Pero lo peor de todo era su canción eterna para que se trasladaran a vivir con ella. Tras años de psicólogo no habían conseguido que se acostumbrara a dormir sola en aquella inmensa casa y una semana tras otra volvía a cantar la maravilla de vivir todos junto y a insistir en que les dejaría el piso de arriba para ellos y todos serían felices. Pero este era un punto en el que Juan no estaba de acuerdo y aunque nunca le decía nada a doña Rosa, su suegra, si se lo había dejado claro a Samantha: nunca vivirían bajo el mismo techo que su madre.
    No tenía que insistir ya que ambos coincidían en ese particular. Juan y ella estaba de acuerdo en lo esencial, administrativamente se podía decir eran una comunidad de bienes, pero palabras como pasión y sexo no encajaban en su convivencia diaria. Él llegaba tarde de trabajar o de tomar un vino con los amigos y cuando se tumaban en la cama ya estaban venciados por el sueño. El sexo que había era escaso y rápido con el agravante de que Juan no toleraba el humo y tras un breve coito Samantha tenía que irse a la sala a fumar. A veces tenía la sensación de que la única función de Juan había sido copular con ella para engrendrar a Tintín. A veces pensaba, que había sido una lástima no haberlo devorado después de la fecundación, como la viuda negra de aquel documental.
    Se estaba poniendo nerviosa por la tardanza de Renato. Llevaba dadas cincuenta vueltas delante de la verja de la empresa y el guarda de seguridad no la perdía ojo. Al principio la había saludado pero ahora parecía iba en aumento su curiosidad por saber que hacía allí. Empezaba a sentir vengüenza ¿ Qué pensaría el guarda al verla salir con Renato? O peor ¿Qué pensaría si se daba cuenta de que la había dado plantón? Quizás no había sido tan buena idea el punto de reunión. En casa la esperaba su marido, si se iba ahora podría poner la excusa de una indisposición repentina y volvería al hogar de donde no tenía que haber salido. Empezó a caminar hacia el aparcamiento intentando evitar al guarda cuando oyó un claxon a sus espaldas. El Mercedes Clase C de Renato estaba justo detrás. Se sonrojó y hasta se le humedecieron los ojos de emoción mientras su corazón la golpeaba la gargant, el pecho, el cuerpo todo. - ¿Llevas mucho tiempo esperando? preguntó Renato Y ella le respondió: No, no, acabo de llegar.

  8. Comentario por veronica @ Junio 5, 2008, 12:42 am

    Capítulo 2
    Dalcia S.A. era una enorme nave situada en una pradera. Su cuidado césped emergía como por ensueño de la naturaleza y trabajar allí parecía un privilegio más que una obligación. Samantha paseaba la mirada por el verde recién cortado y no podía disimular un cierto orgullo, como si todo aquello fuera de su propiedad. Se había puesto un conjunto de chaqueta y pantalón con aire deportivo aunque le había costado encontrarlo de su talla. Estaba harta de buscar ropa juvenil para gorditas y no encontrarla y esto era lo más sport que había probado. Por supuesto no estaba dispuesta a ir de chándal. “Con chándal parezco una vaca” se repetía en silencio. Le costó mucho apuntarse al curso de rafting, pero su jefe le dijo que como coordinadora de grupo no podía faltar. Renato era un jefe cercano y maravilloso, su atractivo no radicaba en lo físico, más bien en su seguridad. Por lo mismo, no hubiera podido contarle sus horribles sueños de los últimos días: verse en medio del grupo en bañador, que alguien le preguntara su talla para el traje de neopreno. “Lo siento, no tenemos esa talla”. O aún peor, que le dieran un traje y no consiguiera introducirse en él. Renato jamás comprendería esa clase de sueños.
    Además tuvo que convencer a su madre para que se quedara con Titín. Con cinco años, su niño ya no le daría mucho trabajo, pero su madre era experta en chantaje emocional y le cobraría el favor, lo sabía. Cuando le enseñó el conjunto que se había comprado tuvo que oírla, como siempre: ¿Vas a ir así? ¿Te has visto en el espejo? Para su progenitora hubiera sido más adecuado un traje de chaqueta que le disimulara los kilos aunque los veía con cualquier vestimenta. En realidad, por mucho que se esforzara en adelgazar, Samantha siempre sería la hija gorda que no quiso tener y aprovechaba cualquier momento para recordárselo. Era una causa perdida.
    La invitación de Renato para llevarla en su coche al curso la acabó de convencer, eso y la ausencia de reclamo de Juan. Juan nunca protestaba, mejor así. No soportaría estar casada con un hombre demasiado mandón. No había sido muy difícil convencerlo. Llevaba toda la semana trabajando en el curso de excelencia telefónica y estaba agotada. Le dijo que necesitaba relajarse y un poco de deporte le vendría bien aunque siempre tenía en su contra el maldito cigarro, un vicio incapaz de abandonar. Al principio creyó que no podría organizar la formación para teleoperadoras, pero resultó más fácil de lo que esperaba. Nidia, una de sus empleadas, había hecho algo parecido el año pasado y se había ofrecido a dejarle sus apuntes. “Sólo les echaré un vistazo”, le aseguró, pero en cuanto lo tuvo en sus manos, supo que aquello era un milagro y tenía que aprovecharlo. Además Nidia sólo había hecho una sustitución y no sabía si la volvería a llamar. Sin duda estaba muy preparada, así que no le vendría mal esperar tranquilamente a que necesitara sus servicios. Renato había manifestado enseguida su intención de contratarla de forma estable, pero ella había influido para que fuera un mes a prueba con la excusa de que así se iría adaptando a las necesidades del puesto. Nunca olvidaría aquella entrevista: las ansias de Renato por contratar a Nidia y sus ojos desnudándola habían contrariado tanto a Samantha que apenas pudo controlar los nervios. En la media hora que duró la conversación notó aquel sarpullido que salía en su cara cuando algo la desquiciaba. Afortunadamente, había podido frenar los primeros impulsos de su jefe y ahora Nidia estaba en lista de espera para el curso de excelencia. No deja de ser gracioso que le vaya a dar un curso con sus propios apuntes, pensó mientras miraba el reloj. No tenía remordimientos ¿por qué habría de tenerlos? Si Nidia quería un puesto estable, era lógico que invirtiera en ello y colaborar con ella era una forma de hacerlo, la mejor forma de hacerlo.
    Renato estaba retrasándose. Hacía veinte minutos que estaba delante de la empresa y no se le veía por ninguna parte. Espero que no se haya arrepentido. Recordó la conversación con su madre, había intentado convencerla para que no se fuera.
    -El niño te necesita y yo ya estoy mayor para hacer de niñera.
    - Mamá, sólo serán dos días, Titín no te causará ningún problema.
    -Durante la semana tienes trabajo y no me importa hacerme cargo de él, pero el fin de semana es asunto tuyo. Y además creo que tienes un marido- Aunque pareciera lo contrario, la relación suegra –yerno era perfecta, pero el placer de torturar a Samantha la superaba. Juan hacía todo tipo de arreglos en su casa sin protestar, era el yerno ideal y cada vez rezongaba menos porque la suegra siempre tenía en los labios la frase adecuada: -yo me encargo de vuestro hijo, pero ¿Quién se encarga de mí?-. Samantha la disculpaba diciendo que la viudedad temprana no le había sentado bien y Juan la disculpaba y callaba porque era un hombre de paz y ya bastantes problemas le daba su propia madre como para preocuparse de su suegra.
    Renato no llegaba. Aprovechó para llamar a Titín que acababa de venir de la escuela. El niño está bien, no te preocupes. La abuela estaba encantada con él, pero siempre acababa pidiendo una recompensa: un horno eléctrico, un vestido, un collar, pagar la cuenta de los pintores que renovaron el salón: es que el niño lo mancha mucho, le explicó. Pero lo peor de todo era su candidatura eterna a que se trasladaran a vivir con ella. Tras años de psicólogo no habían conseguido que se acostumbrara a dormir sola en aquella inmensa casa y una semana tras otra volvía a cantar la maravilla de vivir todos juntos y a insistir en que les dejaría el piso de arriba para ellos y todos serían felices. Este punto era uno de los que Juan no aceptaba y aunque no decía nada a doña Rosa, su suegra, sí le había dejado claro a Samantha que jamás vivirían bajo el mismo techo que su madre. No tenía que insistir, ambos coincidían en este particular.
    Juan y Samantha estaban de acuerdo en lo esencial, administrativamente se podía decir que eran una comunidad de bienes, pero palabras como pasión y sexo no encajaban en su convivencia diaria. Él llegaba tarde de trabajar o de tomar un vino con los amigos y cuando se tumbaban en la cama ya estaban vencidos por el sueño. El sexo que había era escaso y rápido con el agravante de que Juan no toleraba el humo y tras un breve coito Samantha tenía que irse a la sala a fumar. A veces tenía la sensación de que la única función de Juan había sido copular con ella para engendrar a Titín. Lástima no haberlo devorado después de la fecundación como la viuda negra de aquel documental, pensaba a veces.
    Se estaba poniendo nerviosa, ya había dado cincuenta vueltas delante de la verja de la empresa, el guarda de seguridad la había mirado y la había saludado al principio, pero ahora simplemente tenía curiosidad por saber qué hacía allí. Empezaba a sentir vergüenza ¿Qué pensaría el guarda al verla salir con Renato? O peor ¿Qué pensaría si se daba cuenta de que le habían dado plantón? Quizás no había sido tan buena idea venir. En casa la esperaba su marido, si se iba ahora podría poner la excusa de una indisposición repentina y volvería al hogar de donde no tenía que haber salido. Empezó a caminar hacia el aparcamiento intentando evitar al guarda cuando oyó un claxon a sus espaldas. El Mercedes Clase C de Renato estaba justo detrás. Se sonrojó y hasta se le humedecieron los ojos de emoción mientras el corazón le golpeaba la garganta, el pecho, el cuerpo todo. Él dijo: ¿Llevas mucho tiempo esperando? Y ella: No, no, acabo de llegar.

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