Ejercicio 25 - Capítulo 4
Ya tenemos el capítulo 3, que es el escrito por Kamil y al que podéis acceder desde el enlace de la columna izquierda.
Hoy vamos a escribir el capítulo 4. Recordad que el argumento debe ser este:
4.-Carlos está exultante, preocupado por todo y por todos. La presencia de Nidia le da energía. Le ha costado mucho organizar esta excursión, pero ha valido la pena. Están en el autobús camino de la casa parroquial del Bronx que le ha cedido su amigo Manuel que lleva años trabajando allí. Esta casa además era de su amigo Renato y allí pasó un verano inolvidable. Relato de lo que pasó con la casa. Se pregunta dónde estará Renato. Promete averiguarlo. Nidia va a su lado, apenas hablan, pero Carlos está muy contento.
América es el lugar donde los caminos se multiplican y las emociones se diversifican. Las “chicas” y Nidia se han acomodado en el autobús y Carlos no cabe en sí de la alegría al ver que sus planes se están llevando a cabo tan satisfactoriamente. Han llegado las seis sanas y salvas pese a los pronósticos negros augurados por la edad y los achaques. La energía que Nidia transmite a las beatas es estupenda. Nidia está radiante, su cabello oscuro y lacio se desliza hacia adelante por sobre sus hombros de una manera tan sensual que Carlos debe quitarle los ojos de encima para no evidenciar el brillo que ella les causa. Le ha costado mucho organizar esta excursión, casi humillarse ante la jerarquía eclesiástica que se le vino en contra por temor a que la vieja comitiva no resistiera tanto trajín y tanta emoción (ver al Papa no es broma), pero ha valido la pena; sólo por tener consigo a Nidia durante un fin de semana se justifica el cansancio, las infinitas llamadas telefónicas, el interminable paseo de idas y vueltas buscando fondos para concretar el viaje.
Se dirigen a la casa de Renato, bah, a la casa que Renato donó a la parroquia cuando su tío abuelo murió y le pidió hacerlo en su última voluntad. Era la casa donde Carlos había pasado un verano inolvidable en su adolescencia y ahora la administraba su amigo y párroco Manuel junto con dos monjitas. Recorrería los mismos corredores donde hubo bailado descalzo y en remerita y calzoncillos acompañando a Renato en sus locuras de juventud. Con la música a todo volumen, los escasos muebles del tío abuelo no impedían los conciertos improvisados con lámparas de pie como guitarra eléctrica. Qué viejecito tolerante había resultado el tío. El recuerdo de la vida que Carlos y Renato confirieron a la antigua casona del Bronx había impulsado al anciano a donarla a la parroquia cuando Carlos se ordenó sacerdote. ¿En qué andaría Renato hoy? Lo averiguará a su vuelta a España, una amistad así no podía quedar en el olvido, lo anotó en su pro-memoria.
Nidia iba sentada a su lado pero no se animaba a dirigirle la palabra para no demostrar la alegría que le causaba su presencia. La sedosidad de sus cabellos tan cercanos le hacían erizar los suyos. El perfume que emanaba era más embriagador que el que despedía el cáliz del domingo en misa.
- Es importante que no os separéis de mí. Hemos aterrizado en la Terminal C del aeropuerto de Newark en Nueva Jersey. El AirTrain nos llevará hasta el autobús. Es un monorraíl, pero no os preocupéis, no se caerá. Tomad los billetes de autobús, pero repito: No nos separaremos.
Carlos sabía que debía insistir hasta la saciedad porque no quería verse buscando ancianas por Newark adelante. ¿Tú crees que nos perderemos? Le decía Nidia. Tú no, pero ellas… yo bien sé a quien tengo, respondía Carlos sin quitar ojo a sus feligresas que habían parado de hacer fotos desde antes de pisar tierra estadounidense: ¡Mira, el aeropuerto parece una seta! ¡Don Carlos, mire, parece obra de extraterrestres! Desde el cielo una serie de pistas de aterrizaje redondas hacían las maravillas de la grey y Carlos no dejaba de admirarse del entusiasmo de sus jóvenes viejecitas. Estaba contento con ellas, sin embargo, había requerido la compañía de Nidia para controlarlas porque a veces se sentía desbordado por sus ocurrencias. Había sido una gran idea decir a Nidia que su presencia era imprescindible, de lo contrario quizás no se hubiera animado a acompañarlos, por la diferencia de edad y por el motivo de la excursión. Carlos sabía que Nidia en el fondo era creyente, pero no lo manifestaba a menudo y su espiritualidad no se amoldaba a las creencias convencionales, pero cuando hablaban ambos sabían que había algo en común que los unía y eso podía llamarse Dios o podía llamarse… Le había costado mucho organizar el viaje porque primero se apuntó mucha gente y después se fueron borrando por motivos varios por lo que se había quedado con el exiguo grupo actual. Otro se hubiera deprimido, pero Carlos era optimista por naturaleza y sabía que aquellas memorables damas le harían ganar el cielo.
Habían sobrevivido al AirTrain con raíles que iban por las alturas y ahora iban en un autobús hasta River Avenue en el Bronx. Se alojarían en una casa que les había cedido su amigo Manuel, párroco del Bronx desde hacía muchos años. No era la casa parroquial sino una que habían cedido unos antiguos parroquianos hacía ya años. Qué curiosa es la vida, pensaba Carlos mientras veía pasar kilómetros de casas, no era la primera vez que iba a estar en aquella casa y no porque se dedicara a visitar a su amigo cura, sino porque aquel inmueble había pertenecido a los padres de su amigo Renato Cabral. Renato era natural de Nueva York y había vivido en River Avenue hasta que sus padres habían dado por finalizada su larga vida de emigrantes y habían regresado a España. Toda le infancia y juventud de Renato se había desarrollado en el Bronx, pero todos los años pasaba parte del verano en España porque sus padres no querían que olvidara sus orígenes y porque sabían que si se enamoraba de una nativa ya nunca podrían desligarse del sueño americano.
Carlos y Renato habían coincidido en varios campamentos de verano. Renato había estado muchas veces en la casa de Carlos y finalmente ambos se fueron un verano al Bronx para que Carlos conociera Nueva York. Fue un verano inolvidable. Renato mostró a su amigo lo turístico y lo cotidiano, lo étnico, lo particular y lo universal. Nueva York era un cruce de culturas, de lenguas, de razas, nada sobraba, nada faltaba, el conjunto era lo que la hacía no sólo grande sino grandiosa. Renato contaba que era la única ciudad de la Era Moderna que había llegado a tener el carácter cosmopolita que tuvieron Roma o Alejandría en la Era Antigua. Resultaba sencillo creer a Renato, decía las cosas con tanta convicción que parecían dogmas. Nadie se atrevía a contradecirlo. Ya en plena adolescencia era un líder entre sus amigos. Carlos intuía ya por entonces que llegaría lejos y no se había equivocado. Cuando Renato regresó a España orientó sus pasos hacia la vida empresarial. Su perfecto inglés americano le había abierto todas las puertas y su convicción de que triunfaría fue el mejor impulso para escalar hasta el punto que había alcanzado. Hacía tiempo que no sabía nada de él, pero le habían llegado noticias de su traslado a Galicia para asumir la gerencia de una empresa. Tenía que llamarlo, le haría gracia recibir noticias de su antigua casa.
El autobús atravesó un puente y giró a la derecha. Estaban en el Bronx. Don Carlos, en esta avenida hay árboles, se ve que los americanos no están tan deshumanizados como creíamos. Carlos apenas podía contener la risa, la genialidad de Fátima no tenía comparación posible. Nidia se mordía los labios para no soltar una carcajada. Se miraron. Qué extraño era tenerla allí, a su lado y aunque sabía que no podía decirlo, la deseaba. La deseaba como nunca había deseado a nadie, con todos los sentidos y con todo el cuerpo, en cada palabra que decía y en cada roce de su piel. Hubiera dado la vida por saber si ella notaba algo similar, pero era improbable que se lo dijera. Te quiero Nidia, te quiero con todo mi corazón. Tan intenso era su pensamiento que creía haberlo expresado en voz alta. La mirada de Nidia parecía comprender y una paz sobrenatural lo invadió el resto del camino.
Se estaban acercando, Carlos reconocía el lugar y, de repente, el 393 de River Avenue apareció como una visión: ladrillos cara vista en el exterior, ventanas de abertura vertical, algunos árboles en la calle, cuatro escaleras a la entrada y la puerta de madera. Todo estaba tal como Carlos lo recordaba, pero algo más viejo, como una invitación para adentrarse en el pasado. La primera planta era la que ocuparían, las demás estaban dedicadas a actividades parroquiales. Los padres de Renato también habían vivido en esa planta. Las demás estaban divididas en habitaciones para alquilar. Carlos sólo se acordaba de la primera planta: tres cuartos grandes, otro más pequeño, un salón, los aseos y la cocina. Su amigo Manuel le había comentado que ahora había tres piezas dobles y una sencilla que es la que ocupaba él cuando tenía que quedarse a dormir con algún grupo de gente. Carlos podía utilizar la que quisiera aunque Manuel le había recomendado quedarse con la individual para gozar de un momento de tranquilidad. La distribución era tal como había dicho Manuel, pero no había ninguna cama adicional porque Nidia se había apuntado a última hora y nadie contaba con ella. Carlos indicó a las señoras que se instalaran en las habitaciones dobles y ofreció la suya a Nidia, pero ella, acostumbrada a deambular por el mundo, desplegó su saco de dormir y dijo que pasaría la noche en el sofá del salón.
Aquel lugar no se había limpiado en meses, el polvo se veía por los rincones. Carlos se puso enseguida manos a la obra: localizó cubo, jabón, trapos y dejó la casa impecable. Todas las acompañantes lo miraban extrañadas por su desmesurado afán limpiador. Finalizada la tarea, se duchó y, ya limpio y relajado, propuso ir a comer.
- Señoras: tenemos casi veinticuatro horas antes de encontrarnos con el Papa en el Estadio de los Yankees ¿Qué les parece si visitamos la Estatua de la Libertad?
-¿La Estatua de la Libertad? Ay no, Don Carlos, eso está muy lejos y ya no estamos para esos trotes, Nidia nos ha dicho que en el Bronx nació el Hip Hop ¿por qué no vamos a un espectáculo de esos?
Atónito, Carlos, fue superando el momento “estoy soñando” y tuvo que rendirse a la evidencia de que sus acompañantes eran mucho más jóvenes que él. Irían a ver Hip Hop.
Carlos estaba muy nervioso, no se separen por favor, mientras esperaban en la parada del autobús para ir al Bronx. Carlos miraba los distintos autobuses que pasaban pero nada, hasta que por fin, allá viene, gritó Carlos. Vayan subiendo y acomodence que yo me encargo de los boletos.
Emilia y Lourdes se sentaron juntas, por otro lado Fatima y Laura. Paula que todavía no podía asimilar lo del viaje se sentó con Aurora. Nidia le guardó un asiento a Carlos.
Durante el camino, Carlos les iba comentando que la casa parroquial hacia donde se dirigian, había sido cedida por su amigo el párroco Manuel, que hacía como diez años que trabajaba allí. Si yo les contara la historia de esa casa. Aurora interrumpe y pregunta - Pero padre Carlos cuente, usted sabe que nosotras somos muy confiables.
Carlos se sonrie, durante mi adolescencia conocí a Renato. Los padres de Renato eran los antiguos dueños de la casa, ellos al volver a España donaron la casa a la parroquia. Aurora vuelve a interrumpir Pero Padre -¿Cómo conoció, a Renato? Siempre acompañaba a mi madre que venía a realizar cursos de perfeccionamiento. Así fue como conocí a Renato, que era uno de los hijos de la amiga de mi madre donde siempre nos quedabamos. Pero un verano Renato me invitó para que viniera a quedarme, asi que hice mis maletas y me vine, ese verano fue fantástico e inolvidable para mi.
Después Emilia pregunta - ¿ Padre, pero Renato sigue viviendo aquí en Nueva York? La verdad que no tengo lamenor idea, lo último que supe de él fue que estaba viviendo en España. Ni bien regresemos voy a preguntarle a sus padres.
Luego Paula pregunta -¿ Padr falta mucho para llegar? No ya casi, dos cuadras más y llegamos por suerte la parada esta en la esquina de la casa parroquial.
Bueno llegamos, no se olviden de nada, Carlos le ayuda a Lurdes a bajar.
Carlos está exultante, preocupado por todo y por todos. Sólo encuentra sosiego en la presencia de Nidia, su sola existencia le da energía. Le ha costado mucho organizar esta excursión, pero cree que en definitiva, ha valido la pena.
Llega el autobus. Como de costumbre, Nidia le guardó un asiento a Carlos. Ahora están todos en el autobús camino de la casa parroquial del Bronx que le ha cedido su amigo Manuel que lleva años trabajando allí. Esta casa además era de su amigo Renato y allí pasó un verano inolvidable. Renato…
Y comienza a contarles a los viajantes la historia de Renato. Lo conocí cuando éramos chicos e una de esas reuniones parroquiales. Era un chico lleno de energía, espiritual y muy fogoso. Pero la familia perdió la casa por las deudas del padre. A él sólo le importaba beber y apostar a los caballos.
La verdad es triste pero hoy en día no se nada del paradero de Renato. ¿Qué habrá sido de él?
¿Dónde vivirá ahora? Cuando volvamos lo voy a averiguar…
Nidia va a su lado, y no se pierde detalle. Apenas hablan, pero Carlos está muy contento.
Llegan a su destino y todos descienden del autobús. Como de costumbre, Nidia busca estar al lado de Carlos.
capítulo IV
Llegados al aeropuerto de destino, cada uno de los componentes del grupo retiró su equipaje de la cinta transportadora. Con el pasaporte en la mano se dirigieron a pasar el precectivo control de aduana, saliendo posteriormente a un inmenso hall donde se encontraron con Sor Isabel una monja escolapia que era superiora de una pequeña comunidad que cuidaba de la la casa parroquial y de los sacerdotes que ejercían allía su ministerio.
Carlos saludó a Sor Isabel a la que presentó el grupo. Ella fue saludando uno tras otro correspondiendo a todos en castellano. Volvieron a recoger y guiados por la monja se dirigieron a un inmenso parking donde les esperaba un microbús de doce plazas.
Carlos estaba exultante. NO le preocupaba el cansancio acumulado por la preparación del viaje sino el objetivo: unas almas que iban al encuentro del Santo Padre. La mayoría de ellos tenían todo tipo de problemas sobre todo económicos y él había luchado con sus fuerzas para que todos tuviesen la oportunidad de recibir una inyección de moral con aquél viaje.
Para él sin embargo suponía una dura prueba. Llevaba tiempo luchando contra un sentimiento que últimamente llevaba incustrado como un cuchillo. Se agarraba firmemente a los principios que le habían llevado a aceptar su compromiso de sacerdote. Estos no habían variado, pero sin embargo, algunas nubes flotaban sobre su espíritu. Había comenzado anotar la energía que Nidia ejercía sobre él.
Llevaba un año organizando este viaje. A partir de que Roma hubo confirmado las fechas del viaje de Su Santidad a Nueva York, él contactó con la agencia de viajes habitual de la parroquia, para peregrinaciones solicitándole una previsión de quince plazas.
A partir de este punto fue negociando diferentes aspectos hasta conseguir una reducción cuantitativa como fue no ir a hotel y si a la casa donde se alojarían.
Aún así el precio fue superior al que preveían por lo que siete parroquianos habían desistido.
Después su lucha fue convencer a Nidia para que les acompañara, aunque en un principio ésta se negó tiempo mas tarde maduro la idea y decidió unirse a ellos. Carlos creía que éste viaje le podía hacer mucho bien y para él suponía un encuentro con alguien a la que últimamente parecía necesitar mas de la cuenta. Pero había valido la pena.
Sor Isabel al salir del aeropuerto había tomado un desvio que según explicó reducía el camino a la casa.
En su negociar para conseguir hacer asequible el viaje había contactado con Manuel un sacerdote que había sido compañero en el seminario y que ahora trabajaba en Nueva York.
Manuel le dijo que ellos disponían de una casa en la parroquia Santa Agueda, que estaba cuidada por monjas escolapias. Cuando le dijo donde estaba situada, el corazón le dio un vuelco. Hacía unos años había viajado a Nueva York en un intercambio de estudiantes y cosas de la vida en la familia que le acogió tenían un hijo de su edad que era hermano del estudiante que se alojaba en sucasa de Barcelona. Pronto se hicieron amigos y aquel verano se hizo un recuerdo inolvidable.
La casa disponía en aquel entonces de un jardín cerrado con zona para juegos y piscina. La mañana estaba dedicada al estudio del inglés y cuando caía la tarde se reunía con Renato y su pandilla de amigos para jugar. Entre el grupo de muchachos había una chica, Sandra. Una muñeca. El ya por aquellos días veía claro su camino hacia el sacerdocio, sin embargo, en los juegos no evitaba el roce con la muchacha. Estaban llegando los últimos días en aquel paraiso antes de volver a Barcelona. Cuando la obscuridad se había hechpo patente en el jardín y la iluminación con luces y sombras abarcaba todos los lugares del mismo, Sandra le cogió de la mano y le acompañó a un rincón con la excusa de contarle un secreto. Cuando estuvieron detrás de un roble cercano a la tapia Sandra se le arrojó a los brazos y le besó. En un primer momento no reaccionó y al ver que la muchacha continuaba besándole respondió a los mismos y sus manos acariciaron los pechos de la chica.
Cuando fue consciente de lo que hacía se alejó bruscamente de Sandra y arrancó a correr hacia el interior de la casa. Subió a su habitación y amargamente lloró.
Los días siguientes fueron de una lucha contínua. Por un lado le apetecía bajar a jugar con aquel grupo de amigos, por otro lado estaba Sandra a la volvería a besar si se encontraba de nuevo con ella, pero también estaba su vocación que le obligaba a resevarse a Dios.
La despedida fue triste. No sabían si la vida los volvería a unir, pero Renato le había prometido que no le olvidaría y que sus cartas mantendrían viva esa amistad naciente. Y lo había cumplido.
Sabía por su último escrito que estos días estaría en Barcelona nada mas y nada menos que con Richard, compañero de colegio y gran amigo. Sabía de su relación y que como sacerdote no podía dar el consentimiento de la misma ya que no estaba aceptada por la Iglesia, pero como amigo no podía dejar de apoyarles en la búsqueda de un punto de equilibrio. Pero era conciente de que era una relación errónea ya que si bien Richard estaba totalmente enamorado de Renato, éste no le correspondía de igual manera.
Se lo intentó decir de buenas maneras a Richard, pero éste cegado de amor no quería verlo, así que pensó que era cuestión de que se vieran y solucionaran el conflicto, por lo que aconsejó a Richard que le mandase un correo alegando algo urgente para que Renato se desplazara y hablaran claramente. Pero tenía miedo de la reacción de Richard ante una solución negativa.
Nidia en todo el viaje de autocar había mantenido un discreto silencio al comtemplar el rosto de Carlos en sus pensamientos y ensoñación.
La casa parroquial la ha cedido Manuel, un viejo amigo de Carlos quien lleva años trabando en el Bronx. Alguna vez Carlos pasó un verano inolvidable en aquél lugar junto con su amigo Renato que solía pasar sus vacaciones ahí. Ambos jamás imaginaron cuales serían sus destinos. Siempre se pensó que con la personalidad del ahora joven sacerdote, llegaría a convertirse incluso en artista de televisión, tan extrovertido y alegre, un líder innato. En la política calzaría perfecto, jamás nadie imaginó que la religión católica sería su camino a seguir. Ahora arriba del bus, junto a aquellas devotas señoras y su joven amiga Nidia intentaba organizar una excursión impecable. ¡Qué todo salga perfecto!. Que su grupo se lleve el mejor de los recuerdos del lugar y del encuentro con el Papa Benedicto. Decían sus pensamientos.
Sentado junto al chofer del bus, se dirigía al grupo haciendo un poco de guía turístico, la presencia de Nidia lo reconfortaba, el nerviosismo quedaba de lado al verla, ella era su gran motivación para emanar energía y traspasarla a los demás. Su amiga lo observaba con admiración.
Llegaron al fin, las señoras se apoyaban del brazo del chofer para descender del autobús, Nidia bajó de las primeras junto a su amigo, él sonrió y observaba aquella casa. La voz de Renato en su adolescencia se escuchaba como un eco del pasado. Los recuerdos se asomaban por esa ventana. Su primer viaje lejos de su país a un destino incierto.
Renato era unos pocos años mayor que Carlos, prácticamente fue quien le enseñó como conquistar mujeres, seducirlas con galantería e involucrarse con ellas sin necesidad de afectos. Carlos estuvo por primera vez en aquella casa parroquial con una mujer. Una joven que le recordaba a su amiga Nidia, tenía ese estilo dulce y su mirada nostálgica. Nunca se atrevió a contarle ese episodio de su vida a su amiga, ¿por qué? quizás porque no sabía si sería capaz de obviar la parte en que la joven norteamericana le hacía pensar en ella.
-¿En qué piensas?- se acercó suavemente al verlo retraído.
- En mi amigo Renato, hace tiempo que no sé nada de él, creo que lo contactaré a mi regreso a España. ¿No te conté de nuestras vacaciones aquí?… fue un verano inolvidable.
- Me encantaría escuchar es historia – Carlos se quedó por unos segundos pegado en la mirada de Nidia, algo en su interior le decía que probablemente esa sería “la segunda vez” que estuvieran juntos.
Las señoras alborotadas por conocer la casona, se acercaron al sacerdote quien involuntariamente se fue alejando del lado de Nidia para invitar a las damas a ingresar a la casa y acomodarse en las habitaciones.